En toda una semana a Helen le dieron trabajos para el mes entero. Poco a poco comenzaba a acostumbrarse al clima universitario y a sus exigencias. En esos días había conocido a más personas, que en sus 18 años. Era un ambiente en el que estaba muy a gusto y toda esa gente parecía extraordinariamente interesante. Aunque ninguno de ellos estaba grabado en su mente, como ese Oliver. Ya había pasado una semana, desde que lo conociera, y no había tenido la oportunidad de hablar de nuevo con él. Sin embargo, se sorprendió a sí misma espiando el departamento de Jason, por si su amigo regresaba. Era un simple extraño, pero el hecho de pensar en él, la ponía de muy buen ánimo. Eso la alteraba un poco. Tal vez Oliver tenía novia o estaba casado y no quería arriesgarse a volver a sufrir por alguien, como le pasara con Dom. Ese desgraciado sí que le había hecho mal. Pero debía dejar de pensar en amoríos y sufrimientos. Estaba caminando por la ciudad más hermosa del planeta, no tenía sentido amargarse por cosas del pasado. Además, tenía que hacer algunas compras en la librería y le convenía apurarse, sino los negocios cerrarían.
Una vez que ya consiguió lo que necesitaba y mientras caminaba se detuvo en una esquina, la cual se encontraba a un par de cuadras del edificio. Se había quedado observando un bonito piano en una tienda de instrumentos musicales. Recordó esa tibia ilusión de ser cantante, triunfar y ser famosa. Pero no tenía las fuerzas necesarias, como para intentar alcanzarlo. En una de esas llegaría la oportunidad de demostrar su talento. Mientras tanto, estaba satisfecha con la vida que estaba llevando.
Pero, de pronto, notó que dentro del local estaba uno de los músicos que admiraba: Alex Orbison. Solía escuchar a su banda, pero él era a quien le prestaba toda la atención. Más allá de su atractivo físico, Alex tocaba el piano con una pasión que la estremecía. Podía ver que dejaba el alma en el escenario. Aunque también le gustaba la voz del cantante, Oliver…Oliver. Sin saberlo, lo había conocido días antes. ¿Cómo era que no lo había notado? Pues, era más ilusa de lo que creía. Dejando de lado ese detalle, no podía perder la oportunidad que tenía de conocer a Alex.
Se dispuso a entrar a la tienda. Mientras se iba acercando a él, fingía estar interesada por los instrumentos que allí había.
-¿Te gusta?-Preguntó un hombre detrás de ella. Para su sorpresa, quien había hablado era Alex.
-Eh...sí…yo…-Comenzaba a ponerse un tanto nerviosa. Más allá de su amabilidad, su sola presencia la intimidaba. Alex se veía mucho más apuesto en persona.-Bueno…en realidad…vine para pedirte un autógrafo.-Sonrió avergonzada.
-¿Necesita algo señorita?-Irrumpió el vendedor.
-Mmm…yo…
-Está conmigo.-Se apresuró a aclarar Alex.-Es mi asistente.-Sonrió.
-¡Ah! Bien, señor. Volviendo a lo nuestro, ¿va a llevarse este teclado?
-Sí, claro.
-Muy bien. Acompáñeme por aquí, que le diré cuanto debe pagar.
Antes de marcharse, Alex le hizo una pequeña seña a Helen para que lo esperara. Parecía un sueño lo que estaba viviendo. Sin dudas, ese día se estaba transformando en uno de los mejores de su vida.
Una vez que Alex regresó, lo ayudó a llevar el teclado hasta su auto. Disfrutaba cada segundo porque sabía que, tal vez, no lo volvería a ver. Aunque esos instantes junto a él habían sido los más maravillosos que pudiera haber vivido.
-Bueno…este…gracias Alex.-Dijo tímidamente.-Fue un enorme placer haberte conocido.
-Espera. Falta el autógrafo aún.-Sonrió él. Mientras Alex lo estaba firmando, ente la visible emoción que Helen estaba sintiendo, una Ferrari plateada estacionaba justo al lado de ellos. De ella bajó un hombre alto y de cabello castaño. Helen estaba tan feliz por haber conocido a Alex, que no había percibido que Oliver era quien había llegado.
-Ah, discúlpame.-Dijo con toda serenidad. -¿Podrías decirme tu nombre?
-Helen.-Intervino Oliver, muy sonriente.-Ella se llama Helen.-La tomó por los hombros.-Veo que tienes muchas admiradoras, Alex.
-¡Ah!-Levantó la mirada hacia ella.-Así que tú eres Helen.
-Bueno, sí.-Dijo, sin entender muy bien a qué querían llegar Oliver y Alex. Se sentía sorprendida y feliz por haberlo vuelto a ver.
-Aquí tienes, Helen.-Alex le alcanzó el papel con la dedicatoria pertinente.-Bien, debo irme. Maggie y la niña me esperan en casa, ¿necesitabas algo Oliver?-Le guiñó el ojo, en señal de complicidad.
-Bueno, después podemos hablarlo…-En su interior agradeció tenerlo como amigo, en especial, porque lo estaba dejando con Helen. -¡Adiós!
Ambos vieron a Alex partir. Helen comenzaba a sentirse incomoda, sabiendo que detrás suyo estaba Oliver. No debía ser demasiado inteligente para darse cuenta que Alex se había marchado al propósito.
-Bien, yo también debería irme…-Se dio media vuelta, pero Oliver la tomó del brazo.
-Puedo llevarte…si quieres.-Sugirió, con la misma mirada que un niño pide un juguete, a la que no pudo negarse. En minutos llegaron al edificio. Durante el trayecto, ninguno se había animado a hablar, por lo que no sabían bien que decir.
-Bueno, gracias por haberme traído hasta aquí, Oliver.-Lo miró fijamente a sus brillantes ojos verdes y trató de contenerse, para evitar besarlo ahí mismo.
-Me gustaría que cenemos en lo de Jason.-Inquirió Oliver y tomó por sorpresa a Helen.
-No creo que…-Intentó inventar alguna excusa.
-Por favor.-Le acarició suavemente la mano y ella pareció estremecerse ente el suave roce de él.
-Vivo con mi prima, Oliver…
-Pues ella también está invitada.-Interrumpió.-Las espero en dos horas.
Helen no hizo más que sonreír y entrar en su departamento. No veía peligroso cenar con Oliver. Tal vez había encontrado un amigo, aunque esa idea no la emocionaba mucho que digamos. En fin, no era nada de otro mundo. Era solo una cena. ¿Qué más podía suceder?
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