Nueve meses después…
Oliver habìa hecho lo imposible por terminar la gira por Europa en tiempo y forma. Solo que no contaba con que Uma llegara antes de lo previsto. Había tomado parte de sus cosas y fue en busca de un avión que lo lleve a Londres lo antes posible. En absoluta soledad y en plena madrugada, Oliver llegó a la capital inglesa.
Ni siquiera pasó por su casa, fue directo al hospital. Minutos antes, Gwen le había informado que Helen ya estaba en la sala de trabajo de parto. Aunque eso podría llevarle horas, era mejor estar con ella en esos momentos. Estaba seguro de que no podría transmitirle tranquilidad, pero al menos contenerla.
Era el instante más feliz de su vida. Helen lo convertiría en padre y no había cosa en el mundo que lo enorgullezca más que su futura hija. Era lo que siempre había querido: encontrar a la mujer de sus sueños y formar una familia con ella. Una mujer buena, dulce, cariñosa, apasionada y compañera. Helen reunía todas esas cualidades y muchas más. Estaba perdidamente enamorado de ella y por nada dejaría que se marchara otra vez.
Luego de muchas idas y vueltas, por fin estaban juntos, disfrutando de la felicidad que les había sido esquiva en otras ocasiones. Nadie interfería con eso. Charlotte se había ido a Irlanda y desde entonces, Oliver no volvió a saber más de ella. Y esperaba no saber nada de esa mujer por el resto de su vida. Lo había lastimado mucho, a él y a Helen. No le deseaba nada malo, lo único que quería era que no se vuelva a meter en su vida. Y como venían las cosas, no lo volvería a hacer. Pero ella ya formaba parte de su pasado. No tiene caso volver a mencionarla.
Mientras caminaba rápidamente por los pasillos del hospital, Oliver recordó la noche en donde todo empezó. Sonreía de solo volver a ver la expresión de sorpresa de Helen, cuando el médico le dijo que estaba embarazada. Era una especie de recompensa por todo lo que tuvieron que pasar juntos. Y esta vez, su paternidad, era de verdad.
Fue la misma noche en que él regresó junto a ella, dos días antes de Año Nuevo. Al principio le pareció algo de lo cual debía preocuparse. Pero después de saber lo que realmente había provocado ese desmayo, los tranquilizó a ambos y los alegró también. Por esas cosas que tenía la vida, serían padres. Estaban felices por ello.
Se mudaron a una nueva casa, en el campo, lejos de la ciudad, sus complicaciones y su ruido. Oliver compró una casa en medio de la nada, en Kent. Realmente era un lugar mágico. Todo a su alrededor era verde, repleto de copiosos árboles y con un lago artificial, no muy alejado de la casa. Helen amaba la ciudad, pero ese sitio era mucho mejor de lo que alguna vez se hubiese atrevido a imaginar. Estaba segura de que era el lugar ideal para ellos, donde podrían criar sin problemas al bebé (que hasta ese momento, no sabían del sexo del mismo). Lo único que tenía en contra esa casa, era que, cuando Helen tenía algún antojo, Oliver tenía que tomar la Ferrari y manejar bastante hasta la ciudad. Pero tampoco ella los tenía todo el tiempo y en horas inapropiadas.
Oliver dividió su tiempo entre los numerosos recitales que la banda tenía y su novia. Pero sabía llevarlo muy bien. Además de que Helen lo comprendía y lo apoyaba por completo. Más allá de esto, no se perdió de los momentos más importantes del embarazo, ya que estuvo presente en todas las ecografías que le habían realizado a ella y, en especial, en la que se enteraron de que quien venía en camino, era una niña. Sí. Una niña. Tal como lo soñara Oliver, anteriormente.
Helen también estaba muy alegre y ansiosa por su hija. Se había encargado de decorar el cuarto de la niña cuidadosamente. Haciendo hincapié en cada mínimo detalle de esta, para que fuera perfecta. Con un estilo francés en los muebles y pintada con distintos tonos de rosa, había quedado muy hermosa. Tal como lo había pensado. Aunque nada le parecía ser suficiente si se trataba de su niña. También había comprado mucha ropa para la pequeña. Cada día, encontraba algo nuevo. Eso también la incluía a ella, ya que había aumentado algunos kilos y podía notarlo, al ver que su ropa ya no le entraba. Pero, dentro de todo, trataba de no comer en demasía.
En cuanto a sus estudios, claro está, que tuvo que abandonarlos hasta que la beba nazca. Lo contrario sucedió con su disco. Aprovechó que la casa tenía estudio propio, con todo lo necesario, para grabar su disco. Durante el embarazo pudo explotar al máximo su creatividad, componiendo todos los días. Seguramente, el mismo, vería la luz en Septiembre, cuando ya tendría a su hija consigo.
La pequeña lo tenía todo. Juguetes, ropa, escarpines, mubles y un bello cuarto. No le faltaba nada, excepto por lo más importante que cualquier persona podría tener: su nombre. A Oliver le parecía bien cualquier nombre que Helen eligiera. Pero ella que ambos lo hagan, ya que ellos eran los padres. A fin de cuentas, Oliver aceptó sugerir algunos nombres e involucrarse en el tema.
Habían abarajado varios nombres; Adele, Cameron, Grace, Holly, Jenna, Madison, Stefany, entre tantos otros. Pero ninguno los convencía. Eran nombres comunes, ellos querían algo diferente para su hija. Hasta que, investigando en Internet, encontró un nombre que le llamó la atención y, a su vez, le fascinó. Se trataba del nombre Uma, el cual tenía un origen en Sudamérica. Era un nombre indígena, perteneciente a la lengua Aymara (hablada en regiones de Chile, Perú y Bolivia), según leyó. A Oliver le pareció bonito, por lo que su pequeña ya tenía identidad propia: Uma Lauper (llevaría el apellido de su padre). Ya no veían la hora de tenerla con ellos. Llenarla de besos, abrazos y brindarle mucho amor y cariño.
Cuando la enfermera les acercó a Uma, recién nacida, la alegría los invadió a ambos y de la misma forma. Helen no pudo evitar llorar de la emoción, al tener en sus brazos a su pequeña, a quien tanto había esperado. Oliver tampoco pudo ocultar la emoción que tenía de solo verla. Esa pequeña e indefensa criatura era, nada más y nada menos, que su hija. Fruto del amor más puro que alguna vez haya sentido.
Horas después, ambos estaban en la habitación, aguardando la llegada de Uma. Gwen había acondicionado la habitación, con algunas flores y unos globos. Ella también estaba visiblemente emocionada, ya que también estaba pasando por la misma situación. Solo que sus mellizos nacerían en Octubre, por lo que tenía que esperar un poco más.
Uma entró en brazos de la enfermera, quien la cargaba con mucha delicadeza. Por fin estaban los tres juntos. Helen, Oliver y la pequeña Uma. Con solo mirarla, comprendieron que habían valido la pena todos aquellos malos momentos que tuvieron que vivir. Todo cobraba sentido en ella.
Uma representaba el cuadro más hermoso que se pudo haber pintado. O la canción más alegre que un músico podría haber compuesto. Ella era la felicidad, la alegría, la esperanza, el amor, resumida en todo su ser. Significaba el triunfo del amor, sobre las adversidades. En ella se resumía todo el amor que Helen y Oliver se tenían y que ahora le brindarían a su hija. El presente era solo felicidad y el futuro, prometedor. Era todo lo que necesitaban. Se tenían el uno al otro y una preciosa hija en común. ¿Qué más podían pedir? A esta altura, nada. Con lo que estaban viviendo, les alcanzaba y les sobraba. Por el momento no se casarían. Lo que no significaba que en un futuro, no muy lejano, lo hagan. Solo que creían que no era el momento indicado.
Lo único que deseaban era disfrutar de Uma y de su amor. Con ello era más que suficiente.
La puerta de la habitación 359 se cerró, dejando ver, como última imagen, a una bella familia. Una familia feliz. Algo que ni Helen ni Oliver se hubiesen imaginado hallar, la noche que se conocieron: un lugar, dentro del otro, al que podían llamar hogar.
Fin.
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