Escrito por Marìa Belèn

Escrito por Marìa Belèn

domingo, 27 de febrero de 2011

Untitled II: 18ª Parte

Suspiró muy profundamente, dándose ánimos a sí misma y convenciéndose de que esa noche saldría todo de maravillas. O por lo menos nadie saldría herido. Finalmente, había llegado la noche del miércoles y con ella la tan esperada cena en “familia”. Vaya familia que tenían.
Tanto a ella, como a su madre, la aliviaba el hecho de que Alfonzo no representaba una seria amenaza para ninguna de ellas. Por ese lado, podían respirar aliviadas, pero aún faltaba lo más importante: decirle a Paula quien era su padre. Francamente, eso no dejaba que Eugenia pudiera dormir. Ni siquiera sabe cómo fue que pudo dormir tranquila por tanto tiempo mientras le mentía a su propia hija. Pero esperaba dejar todo aquello atrás y volver a empezar…
El primer paso hacia ese nuevo comienzo era acercar a Paula y Gerónimo de una manera en que se puedan conocer mejor, encariñarse y compartir más tiempo juntos. Por más que le doliera en el alma el rencor que había despertado en él Paula no tenía la culpa de ello y por eso prefería, antes de decirle la verdad, que conociera en profundidad a su padre. Aún no le había comentado nada de esa cena, pues quería darle una sorpresa y estaba segura de que la presencia de Gerónimo la alegraría mucho. También confiaba en que él pudiera contener sus sentimientos por su hija y se comportara lo más natural posible. A pesar de que ya era muy tarde para los reproches, lamentaba no haber sido más consiente en su momento en lugar de ocultar algo semejante durante tantos años. Su vida hubiese sido tan distinta…
El antiguo reloj de la sala decía que eran las nueve de la noche. Paula estaba en su cuarto, vistiéndose y su madre estaba en la cocina, supervisando que todo estuviera marchando bien. Eugenia permanecía sentada, nerviosa, ansiosa. El sonido del timbre la sacó de su ensimismamiento, haciéndola reaccionar repentinamente. Se levantó del sillón y fue ella misma a recibir a Gerónimo y a su familia, puesto que daba por sentado que eran ellos quienes acababan de llegar. Se acomodó su cabello, levemente recogido, y supervisó que el vestido azul, que se ajustaba perfectamente a su menuda figura, luciera impecable. Una vez hecho esto, respiró hondamente, tomó valor, abrió la puerta y se acercó hacia el portón para recibirlos. Una verdadera familia estaba justo frente a sus ojos. Le parecía increíble que Gerónimo haya logrado superar sus obstáculos y tuviera todo lo que alguna vez ella había soñado. De haber sido otra la circunstancia, Eugenia estaría ocupando el lugar de Matilde y sería la madre de los pequeños que esperaban detrás de las rejas, mientras admiraban su casa desde allí. No podía evitar pensar en eso… era algo que estaba fuera de su alcance.
-¡Hola! ¡Bienvenidos!-Sonrió ella, abriendo el portón. Todos contestaron con suaves sonrisas. Todos excepto Gerónimo, lo cual estaba en sus planes pero no por eso dejaba de afectarla. Trató de no transmitirle a su rostro la expresión de desencanto y continuar normalmente. Decidió dirigirse exclusivamente a Matilde. –Hola, tanto tiempo, ¿no?-La saludó amablemente con un beso en la mejilla. -¿Cómo has estado?-Al segundo de preguntar aquello se maldijo interiormente por haber quedado como una estúpida ante todos. No podía preguntar algo así. No a Matilde.-Perdón, discúlpame, soy una tonta por…
-Está bien.-Replicó Matilde.-A pesar de todo, estoy bien. ¿Lo conoces?-Cambió de tema, tomando del hombro a Facundo, su hijo, con la intención de presentarlo. Ya se encontraban frente a la puerta de la casa.-Él es mi hijo mayor, Facundo. Salúdala hijo.-Se dirigió a el niño.
-¡Hola!-Dijo alegremente Eugenia, inclinándose para saludar al chico. -¿Y ella?-Centró su mirada en Violetta, quien era sostenida de la mano por Gerónimo.
-Ella es mi otra hija.-Se apresuró Matilde a contestar.-Violetta. Salúdala, Violetta.-Le ordenó a la pequeña y esta se acercó a Eugenia mucho más sonriente que su hermano, quien ya estaba ingresando a la casa.
Una vez en el vestíbulo, cuando Matilde y los niños fueron a saludar a su madre, por primera vez quedó a solas con Gerónimo.
-Te felicito, tienes una familia hermosa.-Dijo ella.
-Gracias.-Contestó, secamente. -¿Dónde está Paula?
-En su habitación, vistiéndose, no tardara mucho. No le dije que vendrías.-Respondió, tratando de ocultar su decepción que era cada vez más evidente.
-Bien. Iré a saludar a tu madre.
Se marchó sin siquiera mirarla una sola vez a los ojos. Ni una sola vez. A eso se refería cuando decía que lo lamentaba todo y actitudes como la de él le hacían que lo recuerde constantemente.
Todos se acomodaron en la sala, llevados por Isabel, quien informaba que la cena no tardaría mucho más. Ocultándose tras una pared, Eugenia comenzó a observarlos detenidamente. Se veían perfectos, satisfechos, lo que la hacía anhelar lo que ellos habían construido. Pero, por otro lado, pensaba que eso irremediablemente se desvanecería pronto, dado que las injusticias hacían que una mujer buena y compasiva, como suponía que lo era Matilde, estuviera agonizando a causa de ese tumor que no fue descubierto a tiempo. Esos niños encantadores que estaban jugando entre sí, sentados en la sala, perderían a su madre. Ese hombre al que amaba, quedaría viudo. Qué extraño se le hacía verlo junto a otra mujer. Qué triste la posición que ocupaba ella en toda esa historia: una cobarde y mentirosa, que estaba parada allí, oculta en un rincón, deseando a un imposible y sufriendo por haberse ganado el odio de quien más ama.
Basta.
Subió raudamente las escaleras, en dirección al cuarto de Paula. Fue entonces cuando escuchó que su madre anunciaba que la cena estaba lista. Antes de que pudiera tocar la puerta, Paula la sorprendió abriéndola en ese instante.
-Ya está la cena Paula. ¿Por qué tardaste tanto?
-Porque te tengo una sorpresa mami.-Sonrió esta. -¿Quiénes vinieron a comer?
-Ya te vas a enterar. Yo también tengo una sorpresa para ti.-Replicó Eugenia. Ambas bajaron las escaleras en silencio. Finalmente llegaron al comedor, donde cada uno estaba ubicado en su lugar, solo faltaban ellas dos.
Eugenia notó rápidamente la expresión incrédula de Paula al ver quien estaba allí. Por otro lado, Gerónimo también sonrió ampliamente al verla entrar. Debido a esto, ella decidió hacerse a un lado y dejar que padre e hija se saludaran.
-¡Paula! ¿Qué sorpresa, no?-Exclamó vehementemente Gerónimo. La alegría que había despertado en su interior era inexplicable, con solo verla su corazón comenzó a latir desbocadamente. Era su hija.
-Hola. Sí. Qué sorpresa Gerónimo.-Dijo ella, asombrada y confundida por la situación, pero estaba interiormente contenta por volver a verlo. Entonces fue cuando este la abrazó fuertemente que casi la ahoga con tanta efusividad. Y eso era lo más extraño de todo, ya que esa reacción no tenía una explicación lógica.-Gerónimo… me estás apretando mucho.-Murmuró, con fingida dificultad. Él la soltó de inmediato, avergonzado por su conducta.
-Perdón, perdón.-Dijo avergonzado.
-Mejor vamos a comer.-Intervino Eugenia, haciendo un ademán con la mano para que le prestaran atención.
Cada uno ocupaba el lugar que le correspondía. Después de que Isabel diera la orden, todos empezaron a comer el delicioso pollo a la naranja. Así también, entre bocado y bocado, comenzaron a hablar de trivialidades para hacer más llevadera la cena. ¿Cuándo se conocieron? ¿Cuándo se casaron? ¡Qué niños tan hermosos tienen! ¿De qué trabajan? No sabía eso. ¡Claro, como están las cosas ahora! Todo está delicioso. Meras cosas superficiales. Las únicas que parecían querer hablar eran Isabel y Paula, porque de repente Eugenia se quedó muda. Simplemente no sabía qué decir o hacer. Estaba incomoda y pensativa. No había sido lindo para ella escuchar las anécdotas de casados que Matilde estaba contando. Todo lo contrario sucedía con Paula, quien se había encargado de dialogar con los niños y escuchar sus relatos de colegio, encontrándolos a ambos encantadores y habiéndoles tomado un inusitado y súbito cariño. Eran como hermanitos para ella.
Otro que tenía sus momentos era Gerónimo. No hablaba mucho, pero se notaba su regocijo por estar con Paula y el desprecio que le generaba Eugenia. Pero había dejado que el sentimiento primero prevaleciera en él y poder disfrutar de los instantes iníciales junto a Paula, sabiendo que ella es su hija. Matilde no parecía molestarse con la situación y se la veía cómoda charlando con Isabel. Cuando vio entrar a Paula, inmediatamente reconoció el parecido que tenía con Julieta (la hermana de Gerónimo). Luego le pareció una joven muy simpática, amable y refinada. Sentía felicidad por la paternidad de su esposo, sabiendo que tendría un motivo más por el cual seguir cuando ella ya no estuviera con él. Extrañamente no sentía celos ni resquemor hacia Eugenia, por el contrario, también le parecía una persona adorable y no comprendía el porqué de que su historia con Gerónimo terminase tan mal. Podía notar el enojo que él sentía para con Eugenia, pero estaba segura de que no duraría lo suficiente como para que la olvidase o algo así. Tarde o temprano, volverían a estar juntos porque aún se amaban y no soportarían demasiado tiempo separados. Eugenia parecía no tener una pareja, por lo que Matilde deducía que ella seguía correspondiendo a los verdaderos sentimientos de su esposo y, con respecto a ello, tenía pensado hablar con Eugenia sobre ese tema.
La cena finalizó pero la armonía se mantenía, tanta que se asemejaba más al aburrimiento. En fin, todos se levantaron de la mesa e Isabel los invitó a pasar nuevamente a la sala para dialogar más cómodos, excepto por los niños de quienes Paula se ocupó de entretener, llevándolos a mirar la televisión. Este momento fue aprovechado por Matilde, quien pidió a Eugenia hablar un momento a solas. Esta última aceptó de buena manera, pero sin comprender a que se debía ese pedido. Ambas se separaron del resto y Eugenia condujo a Matilde hasta la biblioteca, ya que era el lugar más privado que allí tenía.
-Y bien…-Dijo Eugenia, cerrando la puerta tras de sí. -¿Qué era eso que querías decirme?
-Bueno…-Respondió Matilde, sin saber bien por dónde comenzar.-Sé lo de Paula.-Era un buen inicio de conversación.
Eugenia seguía sin comprender el objetivo de esa charla.
-Y también sé que correspondes al sentimiento de mi esposo, de Gerónimo.-Afirmó.
-¿Sentimiento? Disculpa Matilde, pero no sé a dónde quieres llegar con esto.-Se sentó en el sillón e invitó a Matilde a que hiciera lo mismo. ¿Cuál era ese sentimiento del que Matilde le hablaba? ¿Acaso era lo que estaba imaginando? ¿Gerónimo seguía…?
-Del amor te hablo.-Interrumpió ella, sentándose. Ni siquiera eran las diez y ya se sentía cansada. Lamentablemente estaba perdiendo sus fuerzas por ese maldito tumor. Pero debía seguir hablando.-Del amor que Gerónimo y tú se tienen. Él me confesó que te besó no hace mucho y allí supe que lo que pasó entre ustedes no había muerto, por más que me esforzara durante tantos años por hacer que él te olvidara…-Hizo una breve pausa.-Nunca lo logré.
-Matilde entre él y yo no pasa ni pasará nada. Debes saberlo mejor que nadie. Lo único que nos une es Paula, lo demás acabó hace mucho.-Estaba sorprendida, pero a la vez no quería incomodar a Matilde ni asegurarle cosas que no eran ciertas. Aunque sus palabras sonaran a reclamo, no tenía intenciones de discutir.
-No me mientas, Eugenia.-Dijo con calma.-Tampoco te estoy reprochando nada, es algo de lo que siempre estuve al tanto.
-¿Sabías que Gerónimo y yo…?
-Sí.-Contestó Matilde.
-¿Cómo?-Replicó Eugenia.
-Por medio de Julieta, la hermana de Gerónimo. Al parecer amabas nos conmovimos con la foto de él, junto con su madre y sus hermanas.-Sonrió.
-Vaya casualidad.-Eugenia sonrió también, recordando la primera vez que viera esa tierna foto… lo que trajo consigo el primer acercamiento real hacia Gerónimo, el inicio de todo.
-Pero, por el contrario, no quiero reprocharte nada, porque no me has hecho nada. Solo quiero pedirte una sola cosa…
-Está bien, dime.-La charla estaba bastante avanzada y Eugenia no entendía por qué Matilde le decía todas esas cosas y cómo era posible que no estuviese enojada con ella. Aun así quería dejar que Matilde dilucidara sus dudas.
-Sabes perfectamente que no me queda mucho tiempo…
-Matilde por favor…-Intuitivamente posó su mano sobre la de ella, en señal de apoyo.
-No, está bien.-Sonrió tibiamente.-Lo quería pedirte era… era que hicieras feliz a Gerónimo.
-¿Qué? No… ¿no estarás hablando en serio o sí?-Raudamente se levantó del sillón y observó a Matilde con el ceño fruncido, acentuando su expresión de sorpresa y desacuerdo con ello.-Matilde, realmente no entiendo…
-Te lo explicaré mejor.-Interrumpió.-Más allá de que ahora Gerónimo esté muy enojado contigo, sé que ese enojo no durará lo suficiente como para que te odie por el resto de su vida. Lo sé por experiencia, simplemente él no puede odiarte porque te ama. Y también sé que tú lo amas a él. Por eso estoy segura de que contigo Gerónimo será, de una buena vez, plenamente feliz.
-Pero… tú eres su esposa.-Murmuró Eugenia, con la mirada perdida, pensativa.
-No lo seré por siempre.-Sonrió amargamente.
Antes de que Eugenia pudiera responder, tocaron la puerta preguntado por ella. Entonces se vio obligada a acabar con esa conversación, aunque el rostro de Matilde le indicaba que ya había dicho todo lo que debía decir. Quien insistía por su presencia era su madre, quien estaba muy sonriente. Ambas salieron de la biblioteca y se dirigieron a la sala. En medio de ella estaba parada Paula, igual de sonriente que su abuela, un tanto inquieta. Una vez que todos se acomodaron, ella comenzó a hablar.
-Bien, aprovechando que están todos aquí y me están prestando atención, tengo una sorpresa para darles.-Dio media vuelta, en dirección al vestíbulo y segundos después regresó acompañada.-Quiero presentar formalmente a Octavio…-Dijo esto tomándolo de la mano.
-Hola…-Saludó él, tímidamente.
-… mi novio.-Concluyó Paula.
Eugenia y Gerónimo quedaron absolutamente sorprendidos ante semejante anuncio. En ese momento, cruzaron sus miradas y ella recordó las palabras de Matilde…
Después de todo, ¿habría felicidad al final del camino?

sábado, 19 de febrero de 2011

Untitled II: 17ª Parte

Solo faltaban dos semanas para su cumpleaños número diecisiete, aunque lo que más emocionaba a Paula era que sería un festejo totalmente diferente. Primero, estaba en un país que hace meses le era completamente desconocido e irrelevante para su vida; segundo, lo tenía a Octavio. De todos sus compañeros era él quien resaltaba, quien la hacía reír y con quien había pasado los mejores momentos desde que llegara a Buenos Aires. Pero no tenía tiempo como para ponerse a pensar si realmente era su amigo, le gustaba o estaba enamorada de él. No quería pensar en ello.
En lo que se refería a su familia, eso sí que había cambiado. La aparición de ese Alfonzo, la primera pelea que tuviera con su madre y su encuentro con Gerónimo hicieron la diferencia. Pero a pesar de todos esos conflictos otra vez salió a relucir la fortaleza que tenían como familia, reforzando aún más sus vínculos y manteniéndolas unidas. Tenía una familia extraña y estaba claro que a esta le faltaba un referente masculino que las guiara, pero a decir verdad no lo necesitaban en lo absoluto, eran mujeres fuertes que podían ser dueñas de su propio camino y eso era de lo que Paula estaba más orgullosa. Esperaba algún día ser una mujer como lo era su madre, porque ella era su modelo a seguir.
A pesar de que, en un principio, encontrar al amor de su madre había sido su principal objetivo, desde que lo conociera a Gerónimo había desistido de esa idea. Algo en su interior le decía que había dado con la persona equivocada, pero aún dudaba de ello. Mucho influyó la reacción de su madre la vez que estaba hablando en el hospital con Gerónimo, eso fue lo que la hiso dudar sobre si nunca habían cursado por lo menos en el mismo colegio. Había algo más, seguramente, que estaba dando vueltas por ahí y era cuestión de develarlo. Sin embargo, tenía bastantes cosas en la cabeza como para encargarse de jugar a la detective y, además, sus días habían cobrado sentido gracias al trabajo de Biología. Debía parar ahora, si quería evitar empezar a hablar de Octavio… otra vez.
Ese viernes de mediados de Agosto había empezado muy frío. Paula detestaba el frío, por otra parte. Simplemente no lo soportaba. No le hacía gracia estar cubierta por más de tres buzos, una enorme campera, una bufanda y, en ciertas ocasiones, llevar una calza ajustada debajo del jean. Pero debía soportarlo, por lo menos en esta parte del mundo no nevaba como en New York y esos si eran inviernos insoportables. En fin, el colegio había programado una visita al Zoológico de Luján, pero era una excursión que no despertaba en ella demasiado entusiasmo como para querer ir. Casualmente, Octavio había coincidido en ese pensamiento con ella, entonces planearon su propia salida. Aunque para ser honesta tampoco era una salida que provocara demasiado extasío, solo tenía el agregado de que eran ellos dos y podían ir a donde quisiesen. Bah, en realidad había algo más, ninguno de los padres de ambos sabrían que no irían a la salida. Era la primera vez que Paula haría algo semejante, pero de todos modos estaba decidida a hacerlo.

Cada uno salió de su casa como si fuesen a ir al colegio. Llegaron hasta la puerta del colegio, esperaron unos minutos y se marcharon. Al principio Paula estaba muy nerviosa e inclusive se le cruzó por la cabeza volver al colegio e ir a esa condenada excursión. Octavio la detuvo. Él ya tenía más experiencia en esa clase de escapadas por lo que le aseguró a Paula que todo saldría bien y, sobre todo, que nadie los descubriría. Esto la tranquilizó un poco… pero solo un poco.
Era casi mediodía y los dos habían recorrido, por lo menos, media ciudad a pie hasta llegar al primer destino. Se habían metido en un shopping en Palermo y gran parte de la mañana la ocuparon en jugar en uno de los locales del lugar. Poco a poco, ella se fue dejando llevar por el momento y empezó a disfrutar como debía el día que pasaría con Octavio. No podía dejar de burlarse de él al ver sus vanos intentos por regalarle un oso de los que estaban dentro de una de esas máquinas que para lo único que sirven es para quitarte dinero. Luego se encontraron con la sorpresa de que uno de los juegos, en donde se tienen que embocar la mayor cantidad de pelotas posible, estaba averiado y comenzaron a tirar pelotas y más pelotas, a medida de que los tickets canjeables salían de la máquina. De ahí, a los autos chocadores y luego a las máquinas de baile. Más tarde a las carreras de caballos, siguiendo con los simuladores de carrera de autos, para terminar en el juego más divertido de todos: una especie de rueda gigante, en la que solo había que acomodarse y gritar con cada vuelta que daba la misma. Sin dudas fue lo más increíble del paseo, ambos lo disfrutaron al máximo. Había sido memorable.
Después de tan entretenida experiencia, salieron de allí y, con el poco dinero que le quedaba a ambos, fueron a almorzar a un local Mc Donald’s que se encontraba en el shopping. Para Paula fue un tanto extraño encontrase con ese lugar porque le recordaba a su querida Estados Unidos. Era algo muy norteamericano y por eso se le hacía tan familiar. Unas gaseosas, dos hamburguesas y una porción de papas fritas fueron todo lo que soportó el poco presupuesto que les había quedado de los juegos. En un primer momento ella pensó que se quedarían a almorzar allí y, tal vez, el resto de la tarde pero Octavio decidió llevarla a una plaza cercana. Paula no tuvo ninguna objeción a ello, ya que el sol estaba brillante y caliente, haciendo que el frío no se sintiera tanto. La diversión estaba fuera.
Unas cuadras después, estaban caminando por una gran plazoleta, repleta de árboles, césped y alguna que otra escultura a algún referente argentino importante (intuía Paula). Aunque carecía de tranquilidad al encontrarse sobre una avenida ruidosamente transitada, seguía siendo un lugar donde una persona podía relajarse. Se acomodaron bajo un delgado árbol y se sentaron a comer lo que habían comprado. Rememoraban las anécdotas que les dejara el local de juegos donde habían estado antes. Pasando por la escuela, las materias, las calificaciones, pruebas y demás temas sin importancia. Luego el clima y la vestimenta de tal o cual persona que pasaba por allí. La realidad era que ya no sabían qué hacer o de qué hablar y eso se estaba tornando incómodo. Solo le faltaba hablar de una sola cosa: amor. Nunca habían hablado de ello ni de sus experiencias amorosas. Todo eran bromas, temas del colegio y problemas personales. Pero de eso no habían podido hablar, no había querido hablar. Paula y Octavio sabían perfectamente que la situación era insostenible entre ambos. ¿Podrían seguir fingiendo lo que realmente les pasaba por mucho tiempo más?
Octavio había estado pensando en ello, pero no creía que fuera la ocasión indicada para insinuarlo ni decirlo abiertamente, faltaba tiempo para…
-Paula, ¿te gusta alguien?-Dijo sin pensar y, a juzgar por la expresión de sorpresa de ella, supo que había pensado en voz alta. Maldición.
-Este… bueno…-¿Cómo Octavio le preguntaba algo así? Hubiera esperado cualquier cosa, menos eso.-Es difícil de contestar… no sé.-Dejó de lado su gaseosa.-Pero, ¿y eso que importa ahora? ¿A vos sí te gusta alguien?-Trató de restarle importancia a ello, simulando estar desinteresada en el tema. Pero de pronto se encontraba con su conciencia que le gritaba: que diga que no, que diga que no.
-¿Sí a mí me gusta alguien?-Sonrió él. Si lo había empezado, tenía que terminarlo de una buena vez. En una de esas podría obtener de esa charla resultados muy favorables.-Bueno, sí.-Afirmó con una enorme sonrisa en el rostro que seguramente no había sido intencional.
-Ah, ¿sí?-Sentía como si algo en ella se decepcionara al escucharlo decir aquello. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Por qué de pronto la salida ya no era tan entretenida como lo había sido en un principio? Ya ni siquiera podía disfrazar su decepción como una mera sorpresa. Algo estaba mal.- ¿Y quién es la afortunada?-Trató de parecer desinteresada otra vez, solo que ahora ya se veía muy sobreactuado.
-Es la chica más hermosa que pueda existir.-Respondió mirándola fijamente a los ojos. Sabía que le molestaba que él nombrara a alguien más, sus muecas hablaban por sí mismas. Tal vez… ya era tiempo de decir la verdad.
-No te pregunté cómo era, sino quién era.-Dijo, visiblemente ofuscada.-En donde está, qué edad tiene o qué hace de su vida.-Solo le faltaba rogarle que terminara con aquel asunto. Era oficial, odiaba hablar de eso con Octavio y, ¡encima alabara a otra en sus narices! Ahora era muy tarde para confesarle que ella estaba…
-Ella me está interrogando ahora.-Replicó raudamente. Listo. Era todo o nada.
-¿Qué?-Paula abrió los ojos de par en par. ¿Se suponía que era… que era ella misma? No podía ser, Octavio no le estaba diciendo que…
-Te amo.-Finalmente lo dijo.-Desde la primera vez te vi. Te amo. Discúlpame y esto no era lo que esperabas oír, pero es la pura verdad.-Sonrió tímidamente.
Se hizo un silencio de unos segundos que parecieron eternos. Paula permanecía con la mirada puesta en el césped, tratando de decodificar lo que había oído. Mientras él se mantenía expectante.
-Yo también.-Murmuró ella, interrumpiendo el silencio y levantando rápidamente le mirada hacia él.-También te amo Octavio.-Su sonrisa se acentuó aún más sabiendo que el chico que le gustaba le correspondía. -¡Te amo!-Exclamó, echándose a reír sin poder parar. Octavio la imitó.
-¿Y qué hacemos ahora?-Preguntó, riendo y pasándole el brazo alrededor de su cintura.
-Y… no sé.-Sonrió ella con la mano puesta en su espalda. Hacía mucho tiempo que deseaba hacer algo como aquello.
-¿Qué tal si nos besamos y mandamos todo a la mierda? Yo creo que eso está mejor.-Lentamente, comenzó a descender hasta los labios de Paula hasta que ya ni una mínima brisa podía colarse en medio de ellos dos.
Sumidos en el más tierno beso estaban esos dos adolescentes sellando el comienzo de un amor que prometía ser mucho más que algo pasajero.

martes, 8 de febrero de 2011

Untitled II: 16ª Parte

Luego de que recibiera la llamada, Eugenia se había encerrado en su cuarto negándose a salir de el. Su madre estaba preocupada, Paula también lo estaba por lo que se vio obligada a inventar el pretexto de su agotamiento debido a la cantidad de horas que había trabajo, cuando en realidad lo que necesitaba era tiempo. Llamó al hospital para informarles que no haría la guardia de la noche siguiente. Una vez que dejó al mundo conforme, se centró en ella.
Estaba tendida en medio de su cama, rodeada por fotos y demás recuerdos de Paula. A su mente volvían las primeras imágenes de su Paulita recién nacida, llorando en sus brazos, pequeña y frágil. Cuando la alimentara por primera vez o le cambiara los pañales. Por arte de magia regresaban a su memoria todas las madrugadas que estuvo desvelada, cargando a Paula en sus brazos, intentando que la bebé durmiera y la dejara dormir. Las canciones de cuna que solía cantarle para calmarla, el oso peludo y rosado que le había regalado Isabel a su nieta y del cual Paula no se desprendía por nada del mundo. Los primeros pasos, su bautismo y la cantidad de veces que la interrumpía mientras intentaba estudiar. Todas las ocasiones en que tuvo que ir al jardín porque su pequeña estaba llorando al verse sola y sin ningún rostro que le fuera familiar.
-¿Por qué ahora?-Suspiró. Tomó una foto al azar y en ella se encontraba junto a la pequeña Paula, de siete años de edad, en la escuela luego de que esta participara por primera vez de una obra escolar. Recordaba lo feliz que había estado su niña ese día, a la par de lo nerviosa y ansiosa que se encontraba. Pero también fue ese el día en que Paula le preguntó por qué su papá no había ido a verla, aunque distraídamente. Eugenia contestó con una evasiva y no volvió a hablar del tema, pero se le había partido el corazón sabiendo que su hija podría estar disfrutando de ese momento también con él.
Había sido una tonta, se estaba comportando como una adolescente y ahora estaba a punto de pagar las consecuencias. Paula no merecía más mentiras… Gerónimo tampoco. Irremediablemente tenían que estar juntos, era el destino el que cruzó sus caminos y había hecho que Paula se encariñara tanto con él. Una hija ama a su padre. Paula ama a Gerónimo, ama a su papá.
Ya no tenía excusa para seguir siendo una egoísta con ambos. Lo peor era que tuvo que esperar hasta que el idiota de Alfonzo se apareciera y amenazara con contarle todo a su hija. ¿Hasta ese punto tuvo que esperar? Ocasiones no le faltaron. Lo que le faltaron fueron agallas para ir con la verdad desde un principio, pero eligió el camino más fácil, conveniente y menos doloroso. Hasta ahora. Ya no había vuelta atrás. Si quería, por lo menos esta vez, hacer las cosas bien, tenía que ir en busca de Gerónimo. Pensándolo bien, tal vez Alfonzo querría meterse con él también y no dudaba de que fuera capaz de hacerlo, por el bienestar de todos era mejor que comenzara a hablar lo más pronto posible.
No tenía noción de cuantas horas permaneció despierta, mirando al techo y pensando. Se levantó de inmediato, corrió un poco las cortinas y el sol le dio de lleno en su pálido rostro. Cerró raudamente las cortinas y se volvió para mirarse en el espejo, estaba hecha un asco. Entró en baño que tenía su habitación, se dio una ducha rápida, se vistió con lo primero que encontró y salió de la habitación. Bajó ligeramente las escaleras y solo se detuvo para tomar su bolso y las llaves de su auto.
-¡Eugenia, hija! ¿A dónde vas?-Isabel salió, casi corriendo de la cocina, al ver a su hija. Pero esta no le hizo caso en lo absoluto. -¡Espera! ¡Eugenia!
El portazo se sintió en todo el vestidor. Isabel volvió a abrir la puerta, pero no lo suficientemente rápido como para detener a Eugenia, quien se marchaba a toda velocidad en su auto.
No tenía tiempo que perder. Solo pensaba en decírselo, quitarse esa carga que llevaba encima de una buena vez. Iba conduciendo muy rápido, ya quería verlo y contarle que tenía una hija que lo extrañaba y amaba. Ya no le importaba lo que sucediese con ella, al diablo con su estabilidad, eso comenzaba a afectar a las personas que le importaba y no merecían eso de su parte. Recordaba perfectamente la dirección del edificio donde vivía Gerónimo y allí se dirigía. De algún modo u otro llegaría a él. Solo imploraba compasión o, al menos, comprensión de su parte… porque estaba segura de que iba a odiarlo con toda su alma por haberle ocultado algo semejante. Estaba dispuesta a soportar eso. Era el precio que debía pagar por sus errores.

Estuvo sentada durante media hora dentro del auto. Se bajó y las siguientes dos horas las paso en el cordón de la vereda. El sol irradiaba un calor insoportable, lo que la hacía suponer que ya eran más de las tres de la tarde y Gerónimo no aparecía por ninguna parte. Entraba y salía del auto con tanta frecuencia que su actitud se había tornado sospechosa. En un momento vio que Matilde salía del edificio junto a sus hijos, pero sin Gerónimo. Fue la primera vez que los viera. El niño era igual a su padre, hasta parecía ser una versión más pequeña de él. Era hermoso, al igual que su hermana, la que se asemejaba mucho más a Matilde. Nadie detectó su presencia, por suerte.
Después de haberlos conocido volvió a repreguntarse si iba finalmente a decirle a Gerónimo que era el padre de Paula… Dudaba; se mantenía firme en el lugar; quería irse; volvía a dudar y terminaba convenciéndose de que no tenía sentido seguir fingiendo. Así se mantuvo hasta que llegó la noche. No aguantaba el sueño y tenía mucha hambre, ya que no había comido absolutamente nada en todo el día. Hasta que, justo antes de que el sueño se apoderara de ella, vio que Gerónimo estacionaba a unos metros de allí. Se apresuró a recobrar la compostura y arreglarse un poco su enmarañado cabello con una cola de caballo. Hecho esto, bajó velozmente y cruzó corriendo la calle. Esto llamó la atención de Gerónimo que estaba por entrar en el edificio.
-¡Gerónimo!-Gritaba mientras iba acercándose a él, visiblemente agitada.-Gero…-Se tomó un momento para respirar, él la miraba sin comprender lo que sucedía.
-Eugenia, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? Si fue por lo que pasó el otro día, yo no quise…
-No es eso.-Lo interrumpió.-Es algo más importante y es mejor que lo sepas de mi boca antes de que otro de adelante.
-¿Podrías ser más clara? Eugenia, no te entiendo.-Sonaba preocupado, pero también pensaba que podía ser algún pretexto de su parte para pasar un tiempo juntos o algo así. Se hizo un silencio que comenzaba a alterarlo a él también. –Y bien, ¿qué tienes que decirme?
-Perdóname, fui una tonta pero estoy arrepentida…
-Ya pasó Euge.-Suspiró. A pesar de que sufrió mucho, ya no sentía resentimiento hacia ella por haberse marchado.-Créeme, ya te perdoné por haberte…
-No te hablo de eso en particular.-Volvió a interrumpir pero sin poder mirarlo a los ojos.-Es algo peor. Algo que nunca debí ocultarte.-Suspiró cansinamente, el momento se acercaba…-Perdón.-Una lágrima descendió lentamente a lo largo de su mejilla. Gerónimo la acarició suavemente, secándola.
-¿Qué es eso tan…?
-Paula es tu hija.-Dijo finalmente. Instantáneamente él le quitó la mano de su mejilla y centro su mirada en la calle.
-No es cierto.-Dijo incrédulo de las palabras de Eugenia y alterándose cada vez más.-No sé qué te traes entre manos, pero esto no estoy dispuesto a soportar una cosa así.-Hizo un ademán para entrar al edificio, pero Eugenia se lo impidió tomándolo del brazo.
-¡No te miento! Paula es tu hija.-Sin poder soportarlo se largó a llorar desesperadamente.-Por favor… perdóname.
Gerónimo estaba tieso. Simplemente no podía ser cierto, Eugenia no podía haberle ocultado una hija por tantos años. Paula no era su hija… Entonces recordó sus suposiciones y los años que habían estado separados: calzaban a la perfección. Maldijo la hora en que se enamoró de Eugenia. Justo cuando ya no guardaba rencor en su alma resulta que ella jamás le contó que tenían una hija. La escuchaba llorar, pero no lo conmovían en absoluto sus lágrimas…
-¿Cómo fuiste capaz?-Volteó hacia ella, sintiendo como la rabia nacía de lo más profundo de él. -¡Cómo me hiciste esto!-La sujetó fuertemente de ambos brazos.
-Me estas lastimando.-Balbuceó ella, con la voz temblorosa e intentando zafarse de Gerónimo.-Por favor…
-¡No me importa!-La sujetó con más fuerza aún. -¡No tenías derecho a esconder una cosa así! ¡Maldita sea, Eugenia, estuve sufriendo años y años por lo que me hiciste y resulta que también tenía una hija!-Comenzó a zarandearla mientras decía esto, pero ella logró sacar fuerzas y librarse de él.
-¡No tienes idea de lo difícil que fue para mí también! Si no te lo dije fue porque no pude, porque…-Intentó defenderse.
-¡Cállate! ¡No me importa lo que pasaste! Ya no hay nada que me impida odiarte.-Interrumpió, ya no usando un tono elevado, sino gritando.-Es más, ya no tengo ganas de seguir con esta conversación. No puedo mirarte a la cara después de esto…
-¿Y a tu hija?-Replicó Eugenia, tratando de parecer lo más firme que le era posible.-Yo me equivoque, bien. Perfecto. Pero, ¿qué culpa tiene Paula en todo esto, ah? ¿Te vas a desquitar con ella?
Permanecieron en silencio unos minutos, hasta que Gerónimo decidió responder.
-No… ella no.-Sus ánimos descendieron considerablemente cuando el rostro de Paula, su hija, vino a su mente. Definitivamente debía excluirla de todo ese asunto. -¿Qué voy a hacer?-Por primera vez, la miró sin sentir rabia. La miro como a la madre de su hija.
-Acércate a ella. Conócela, habla con ella. Verás que es una niña hermosa…-Eugenia notó que la actitud de él se había transformado y debía aprovecharla…
-¿Cómo?-Preguntó, pensativo. Ahora tenía tres hijos. Tres.
-Puedes venir a cenar a casa el miércoles… si quieres.-Inquirió. Luego lo tomó de la mano y le dejó un papel que contenía la dirección de la misma y su teléfono.
-No. No, no puedo.-Respondió de inmediato. Eugenia se sorprendió.
-¿Qué? ¿No quieres conocer mejor a Paula?
-No. No quiero verte Eugenia.-Afirmó.-Quiero conocer a mi hija, pero en otro ámbito.-Volteó, dándole la espalda a ella y abrió la puerta. Pero antes de que la cerrara, Eugenia insistió con la invitación.
-Te voy a esperar.

Él entró a su departamento y no se molestó en disimular con Matilde. Los niños estaban jugando en el cuarto, por lo que solo ellos dos estaban. Al instante, ella notó el estado en que se encontraba su esposo, lo cual la alarmó, ya que no lo había visto así jamás en los años que llevaban juntos. Este se acomodó junto a ella en el mullido sillón, permaneciendo en silencio.
-¿Te pasó algo Gerónimo?-Preguntó Matilde, acariciando suavemente el cabello de él. Entonces, Gerónimo no pudo contenerse semejante revelación… Le contó absolutamente todo lo que había hablado con Eugenia, incluyendo la invitación. Allí se dio cuenta que conservaba en su puño derecho el papel que ella le dejara. Matilde permaneció en silencio unos minutos, intentando digerir semejante noticia. Luego le explicó su parecer, adoptando un discurso conciliatorio. Durante varios minutos intentó hacer cambiar de parecer a Gerónimo.
Al final de la charla, él tomó el teléfono y llamó para confirmar que acudiría a la cena junto a Matilde y sus hijos.

jueves, 3 de febrero de 2011

Untitled II: 15ª Parte

Más de ochenta canales de televisión y ninguno lograba llamar su atención. Cambiaba, cambiaba y seguía cambiando mecánicamente, ni siquiera se detenía para ver si había algo que llegase a interesarle. Cinco días atrás había hecho algo increíblemente estúpido: besar a Eugenia. Desde entonces, la mayor parte del tiempo se ocupaba de pensar solo en eso. Nunca debió pasar; ¿en qué estaba pensando?; hubiera sido mejor que… ¿Cómo llegó a interpretarlo Eugenia?; ¡Mierda, por qué tuvo que reaccionar así! Su cabeza parecía querer explotar y no había nada que Gerónimo pudiera hacer para evitarlo. Por lo menos podía disimular frente a Matilde y los niños, pero ese horrible sentimiento de culpa (que siempre había sentido) ahora se había maximizado de una manera incontenible. Fue solamente un simple beso, lo que significaba que había traicionado a su esposa. Él lo había hecho, nadie lo obligó. Lo peor del caso fue el inmenso alivio que sintió al hacerlo, la sensación de que por fin estaba haciendo lo que sentía, dejándose llevar después de mucho tiempo de condenarse a una miserable rutina… haberla besado, por un instante, le devolvió una pizca de felicidad como hace mucho no sentía.
¿En qué pensaba? Por Dios, su esposa estaba muriendo y el solo pretendía ilusionarse con algo que era imposible y no se repetiría una vez más. A pesar de que su débil corazón no se resignaba a la idea de que lo suyo con Eugenia era una mera ilusión, su cabeza le decía que ya no había una segunda oportunidad para ellos. Las cosas eran diferentes y no había absolutamente nada que los uniese como para justificar el volver a intentarlo. Ya no más.
-Gero… ¿estás bien?-Cuando regresó a la realidad, notó que estaba cambiando inconscientemente de canal y que Matilde estaba sentada junto a él, observándolo con el seño fruncido e intrigada por saber lo que le estaba pasando a su esposo.
-No… nada.-Sacudió rápidamente la cabeza, tomó las manos de Matilde y puso en ellas el control remoto.-Toma. No hay nada que me llame la atención.-Se recostó en su lado de la cama, dándole la espalda a su esposa, y se cubrió con el cobertor. Matilde seguía sin comprender.
-Cariño… entiendo que estés cansado. Pero hace diez minutos estábamos mirando una película y de pronto comenzaste a cambiar de canal en canal.-Dijo ella, en un tono que expresaba su preocupación. Gerónimo la escuchaba, tapado con el cobertor hasta la cabeza, ideando alguna excusa para su comportamiento.-Te pedí que te detuvieras varias veces, pero no me escuchabas. Por lo menos hasta hace un momento. Enserio Gerónimo, actúas extraño, hasta distante, diría yo. ¿Qué es lo que te pasa? Sabes que puedes confiar en mí, amor.-Hizo una breve pausa y se acomodó suavemente sobre el respaldo de la cama.-A pesar de lo que está pasando, me está pasando, estoy aquí para lo que necesites…
Matilde continuó hablando, podía escuchar su voz… a lo lejos. Su mente volvió a posarse en Eugenia y se dio cuenta de que no tenía ninguna excusa que contentara a Matilde. No podía ni debía ocultarle que la traicionó, por más inocente que fuera su acto fue lo que acabó por hacer. Por culpa de ello ya no podía sacar a Eugenia de su mente y había reavivado la pasión que sentía por ella que, en vano, quisiera enterrar todos estos años. Matilde no merecía más mentiras, ella ni siquiera tenía idea de la existencia de Eugenia. ¿Pero sí eso le hacía daño? ¿Si no quería saber más de él? ¿Si no llegaba a entenderlo? ¿Debía decirlo? ¿Debía?
-Besé a Eugenia.-Se levantó de un tirón y quedó sentado en la cama, mirando al frente. Supo que Matilde le estaba diciendo algo y su repentina confesión logró silenciarla. Luego, volteó lánguidamente la cabeza para encontrarse con la angustia que denotaba el rostro de Matilde. La contempló unos segundos, mientras ella miraba hacia algún punto de la habitación, y le extrañó que su esposa permaneciera, por así decirlo, tranquila. Cualquier mujer en su lugar se hubiese alterado y comenzado a vociferarlo. Pero Matilde estaba calmada, como ausente, sin decir una sola palabra. Entonces decidió volver a hablar esperando alguna reacción de su parte.-Besé a Eugenia.-Dijo, con voz temblorosa que reflejaba los nervios que había comenzado a sentir.
Esta vez, Matilde volvió su mirada hacia Gerónimo. Mantuvo sus ojos puestos en los de él durante unos segundos, pero con la misma actitud pasiva que había adoptado. Luego, finalmente habló.
-No me sorprende. Sabía que esto, tarde o temprano, pasaría. Era algo inevitable.
Gerónimo abrió los ojos de par en par, atónito por lo que acababa de escuchar de boca de su esposa. A su vez, no comprendía del todo las palabras de esta. La interrogó con la mirada pero Matilde no quería responder o no parecía entender su mueca de duda.
-¿Qué? ¿Qué dices? ¿Por qué era inevitable? Matilde no te entiendo.-No sabía bien si caer en la desesperación o tratar de buscarle una vuelta a todo aquel asunto. Suspiró y se dijo a sí mismo que debía calmarse, eso sería lo más favorable.
-Cálmate, Gerónimo.-Le tomó la mano y la acarició. Ya había procesado lo que acababa de oír y ya era momento de liberarse de una de las cargas que tenía encima.-Tienes que saber que…-Era ahora o nunca.-… bueno, siempre supe de la existencia de Eugenia. Nunca fue una desconocida para mí.
-No entiendo.-Él bajó la mirada, más sosegado pero con más interrogantes aún.-¿Cómo es que conoces a Eugenia?-Volvió su mirada a ella.
-Nunca la conocí, hasta que desperté en el hospital.
-Entonces… ¿cómo es que…?
-Fue antes de que nos pusiéramos de novios…-Interrumpió.

El plan había sido quedarse los dos despiertos toda la noche, para preparar el final que debían rendir al día siguiente. Con esa intención Matilde había llegado al departamento de Gerónimo. En el mismo vivían junto a él su madre y su hermana. Esta última fue quien le abrió la puerta, en la entrada al edificio. La condujo hasta el departamento y, una vez allí, le informó que Gerónimo se estaba bañando pero terminaría de un momento a otro. Por ese motivo, mientras lo esperaba, Matilde se puso a deambular por la pequeña sala-comedor que había allí. Entre algún que otro adorno se detuvo a observar una foto familiar, en la cual aparecían Gerónimo, su madre y su hermana, sonrientes. La contempló unos segundos con cierta ternura, casi abstraída de todo lo que pudiera suceder a su alrededor, reservando su completa atención hacia ese retrato.
-Ay, no sé que tendrá esa foto, pero logra embelesar a la chica que la aprecie.-Dijo sonriente Julieta, la hermana de Gerónimo, al ver la atención que Matilde había puesto en esa foto. Ella giró raudamente, fingiendo que tal cosa no había sucedido.
-¿Qué? No. Solamente estaba mirando el retrato. No sé, me parece muy tierno.-Trató de convencer a Julieta con esas palabras para no tener que tolerar la interrogación de esta.
-A mi no me engañas… a vos te gusta mi hermano, ¿no es así?-Evitó el comentario previo de Matilde y lo preguntó con una mirada inquisidora.
-¿Yo? No, para nada. Él solo es un buen compañero de…
-Lo sabía. Te gusta.-Interrumpió Julieta.-Igual no tengo problema con eso. Además a Gero no le vendría nada mal olvidar a la desgraciada de Eugenia que lo abandonó. Y vos pareces buena chica.-Sonrió.
-¿Quién es Eugenia?-El solo hecho de que se suponía de que se trataba de una ex novia despertaba su interés.-Este… por curiosidad lo pregunto.-Intentó disfrazar su curiosidad. Julieta tampoco le creyó eso.
-Ah… ¿ves que te interesó cuando hablé de la otra no? Bueno, hace… no sé… creo que dos años. Bien, hace dos años mi hermanito se enamoró como un tonto de esta malnacida y llegaron a tener algo. No duró mucho, pero se los veía enamorados. Bah, Gerónimo estaba enamorado, la otra… dudo mucho. La cuestión fue que se separaron cuando él fue a hacer el servicio militar y justo lo mandaron a Malvinas. Cuando volvió se encontró con que esta Eugenia había desaparecido por completo. La fue a buscar y pudo saber que había salido repentinamente del país. Nunca nos avisó nada a mí mamá, ni a mí, ni a nadie. Simplemente se fue.-Matilde escuchaba atentamente el relato de Julieta, mientras pensaba en como esa chica pudo haber perdido la oportunidad de estar con Gerónimo.-Así y todo, estoy segura, el muy necio sigue queriéndola…
De repente, fueron interrumpidas por el portazo de la habitación de Gerónimo y luego su presencia. Matilde saludó con un simple gesto con la mano, viendo como él se escabullía hacía la cocina. Esto fue aprovechado por Julieta para decir unas palabras más.
-Es tu oportunidad para hacer que Gero se olvide de Eugenia… no la desaproveches.-Susurró. Después tomó su bolso y se dispuso a salir. -¡Chau, me voy!
-¡Chau, Juli!-Exclamó él, saliendo de la cocina con mate en mano y termo bajo el brazo. Los dejó en la mesa y se detuvo a observar a su amiga, que parecía estar distraída. -¿Julieta te dijo algo? ¿Está todo bien?-Quiso saber.
-Sí.-Sonrió esta.-Estoy mejor que nunca.


Gerónimo estaba absorto. No podía creer lo que terminaba de escuchar. Después de todo no había sido tan mala idea contarle a esposa lo que sucediera. Ahora que lo recordaba… la primera vez que se besaron fue durante esa noche de estudios. Aún seguía sin poder creerlo…
-Perdóname por no habértelo dicho antes, pero alguna vez pensé que yo había logrado que la olvidaras, luego me di cuenta de que eso nunca sucedería. Por eso no me sorprende lo que acabas de contarme.-Matilde interrumpió un largo silencio que había quedado luego de que contara lo sucedido años atrás.
-¿Enserio?-Por poco y olvida que él fue quien encendió la mecha para que aquel asunto explotara por completo. Sin embargo, seguía sintiéndose culpable y no tenía ningún reproche para con su esposa.-Matilde, hice algo que no debía… te fallé. Te fallé.
-Nunca podrías fallarme, Gerónimo.-Le acarició suavemente la mano, a medida de que se acercaba al rostro de él, para acabar besándolo suavemente. -¿Me escuchaste? Nunca.-Murmuró.
El sonrió tenuemente. Posó su mano en la delicada mejilla de Matilde y respondió al beso que ella le diera. Pero no todo estaba dicho aún…
-Lo que no te voy a perdonar es que no seas feliz…-Sonrió ella. Gerónimo no respondió, Matilde volvió a confundirlo. Por esto ella retomó la palabra.-Quiero que seas feliz, Gerónimo. Si Eugenia representa tu felicidad, lucha por conseguirla. No te voy a permitir que no lo hagas.
-Mi amor, vos siempre vas a ser la única.-Se apresuró a replicar.
-No, Gerónimo. No.-Movió la cabeza en desacuerdo con lo que él le estaba diciendo.-No tiene sentido retenerte a mi recuerdo y lo sabes. No me queda mucho tiempo, por eso quiero decírtelo antes de que sea demasiado tarde.-Decía, sin poder dejar de acariciarle la mejilla.-Vos me hiciste muy feliz y, de algún modo, me amaste es lo menos que puedo pedirte.
-¿Por qué haces todo esto? ¿Por qué me pedís algo así?-Preguntó, mirándola fijamente a los ojos.
-Porque te amo Gerónimo. Te amo.-Afirmó dócilmente.

Las treinta y seis horas de guardia no pudieron hacerle olvidar lo que sucediera con Gerónimo. Volvía a sentir ese suave cosquilleo que de adolescente había experimentado. No sabía qué, cómo ni cuándo pero Eugenia estaba convencida de que algo estaba por cambiar. Por primera vez él le dio un mínimo indicio de que no todo había muerto. Es más, parecía seguir más vivo que nunca. Estaba mal, porque él tenía una esposa y encima esta no estaba pasando un buen momento, pero lo sintió exquisitamente maravilloso. Si con solo estar a su lado la hacía flaquear, ese fugaz beso acabó con sus defensas (las que ya estaba muy bajas, después de que ella lo besara primero) y con su cordura.
Mientras conducía de regreso a su casa, le echaba un vistazo de tanto en tanto al asiento del acompañante y solo podía sonreír. En un momento pensó en pasar frente al edificio de Gerónimo, pero luego desistió de esa absurda idea.
Llegó exhausta a su casa. Paula estaba en su cuarto e Isabel en el living muy concentrada en unos papeles. La saludó cariñosamente y se acomodó junto a ella en el sillón.
-¿Qué son estos papeles?-Preguntó Eugenia, tomando uno de ellos.
-Me los dio el abogado…-Respondió Isabel, sin ganas de charlar sobre el contenido de los mismos.-Me citaron a declarar en el juicio que se le sigue a Alfonzo por el asesinato de tu papá.
Eugenia la miro sorprendida.
-¿Cómo no me dijiste nada? ¡Mamá!
-¡Y que querías que hiciera! No es fácil para mí enfrentar al desgraciado que mató a Gustavo.-Dijo, sin poder contener más la angustia que tenía.-Por favor Eugenia, no necesito tus reproches ahora.-Dicho esto, volvió a concentrarse en los papeles.
Sin poder permanecer allí, Eugenia decidió levantarse e irse hacia el cuarto de Paula. Ni siquiera había salido del living cuando el sonido del teléfono retumbó en todo el lugar. De inmediato, Eugenia se adelantó y atendió la llamada.
-Hola.-Contestó.-Hola, ¿quién habla?
Pasaron unos segundos más.
-¡Hola! Contesté o cuelgo.-Parecía que alguien tenía intención de hacer una broma. Isabel levantó la cabeza al escuchar el grito de su hija.
-Por última vez…
-Eugenia… qué bueno que me contestas.-Una voz masculina habló del otro lado.-Supongo que ya me debes haber reconocido…
-¿Quién habla?-Interrumpió ella. Luego de haber preguntado eso, un escalofrío le recorrió toda la espalda.
-Solo te voy a decir una cosa: que ni a vos ni a la puta de tu madre se les ocurra hablar, porque si lo hacen a Paulita puede llegar a pasarle algo…-Rió maliciosamente.-Empezando por hacerle saber quién es y donde está su verdadero padre. ¿Entendido?
La comunicación se cortó abruptamente. Ella permanecía con el auricular sobre su oreja y con las palabras de ese desgraciado retumbándole en la cabeza. No podía permitir que Alfonzo intentase arruinar su vida otra vez…
-¿Qué pasó? ¿Quién era? ¿Estás bien?-Isabel se levantó rápidamente y se acercó a su hija al ver la expresión de su rostro durante la llamada. Pero esta no parecía responder a sus preguntas.
Eugenia se había quedado pasmada.

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Esta parte va dedicada a Melisa Zurita, ya que mañana es su cumpleaños. Te quiero mucho madre keanera!