Escrito por Marìa Belèn

Escrito por Marìa Belèn

viernes, 31 de diciembre de 2010

El año de la Orquídea


Sin dudas, este 2010 ha sido el año de la Orquídea, el año en que decidí que debía crear este blog (viéndome obligada a hacerlo, ya que escribir una nota en Facebook parecía imposible). En fin, este blog, sus comentarios, las historias, fueron lo mejor de este año.

Tengo que confesar que no tuve un año, por así decirlo, “divertido” o “emocionante” pero una de las cosas en las que más tiempo me mantuve ocupada fue en escribir e idear las historias. Cada comentario de ustedes me alentaba a querer seguir con esto, a esforzarme un poco más y también poder mejorar en mi manera de escribir. Sin embargo, no deja de extrañarme todo esto que sucedió, porque tengo que admitir que todo comenzó de una manera casual, casi como un hobbie y fue transformándose en lo que es hoy. Pero no por esto me alegra cada vez que estoy un poco desanimada o aumenta mis ganas de idear más historias.

Más allá de todo lo referido al blog, quería contarles que este también fue mi último año en la secundaria, habiendo terminado como el mejor promedio de mi promoción.

También descubrí que hay una parte de mí que le gustaría hacer política el día de mañana, otra que no sabe lo que haría si no pudiera pegar papeles de colores, pintar y llenar de brillo un pedazo de papel y una tercera que de pronto, en medio de una charla con su amiga, se da cuenta de que lo que le está contando puede servirle para idear una nueva historia. Este año terminó un ciclo de mi joven vida, el resto de la misma comienza mañana. Crecí mucho como persona, me demostré a mí misma que soy capaz de lograr lo que me proponga, lloré, reí, me enojé (con Chaplin en especial), me decepcioné, tuve días muy buenos, otros nublados, pocos lluviosos y los demás soleados.

Pero estos últimos días fueron los mejores… porque supe cuál sería el proyecto para mediados del año entrante. Solo puedo decir que es un verdadero desafío para mí y lo mucho que esto me entusiasma.

Y, otra vez, Corazón de Orquídea. 2011 será un año muy bueno, lo intuyo, con él vendrán nuevas historias y un nuevo nombre… pero no puedo decir más.
Mis mejores deseos para todos ustedes en este nuevo año que comienza, felicidad y prosperidad para este 2011. Y que nos encuentre nuevamente en este mismo lugar.
Abajo, se encontraran con dos partes seguidas de Untitled II, para terminar de la mejor manera este 2010.


Gracias por este hermoso año, amigos. ¡Gracias!
María Belén.

Untitled II: 10ª Parte

Paula tomó los auriculares del discman y se los acomodó para poder escuchar música camino al colegio. El sonido de una guitarra eléctrica se apodera de sus oídos, mientras el auto emprende la marcha hacia el San Andrés.
I heard you crying loud, all the way across town.
Llevaba una semana sin hablarle a su madre y esa era la primera vez que hacía algo semejante. Le dolía, claro que le dolía. Amaba a su madre más que a nadie, pero no podía su entender la reacción que tuvo con respecto a Gerónimo y porque despertó tanto enojo en ella, ante la prohibición de verlo. Quizás sucedió eso porque, por más que no quiso decírselo a su madre para que no la afectara aún más, veía en Gerónimo al padre que no tuvo. Era la única explicación que tenía a todo ese asunto. Había podido averiguar un poco sobre la vida de él, enterándose de que era un periodista muy respetado y reconocido. También supo que tenía la misma edad que su madre… esto último fue lo que la hizo pensar detenidamente en la posibilidad de que sí se tratase del mismo Gerónimo del que hablaba la carta. Esto la llevaba a pensar que Eugenia no quería que lo frecuentase para no tener que verlo o, por lo menos, limitarse a tratarlo en el hospital, ya que ella era quien atendía a la esposa de Gerónimo. Aunque seguía sin entender, ¿por qué tenía que estar en medio de ambos?
You've been searching for that someone, and it's me out on the prowl, as you sit around feeling sorry for yourself.
No era justo. Ella no merecía sufrir por un problema de amoríos que su madre tuviera en el pasado. Más allá de que fue quien empezó con todo, pensando en que Eugenia querría volver a verlo (le empezaba a quedar claro que no), las causas que los separaron no eran su culpa. Podría habérselo preguntado de una vez, así sabría sí estaba en lo correcto. Tal vez, por desconfianza, Gerónimo le mintió en aquella oportunidad. Él también parecía llevarse bien con ella y, suponía, había escuchado la misma advertencia de que se alejase. Por cierto, ¿dónde estaría él ahora? ¿Habrá vuelto a hablar con su madre? ¿O Eugenia había vuelto a hablar con él?
Cada semáforo significaba una interminable parada, aunque estaba disfrutando de When I Come Around, canción de Green Day.
Well, don't get lonely now, and dry your whining eyes, I'm just roaming for the moment, sleazin' my back yard so don't get so uptight, you been thinking about ditching me.
¿Qué hacía una adolescente en medio de un lío de adultos? ¿Hacía donde podría huir? Nunca se había sentido tan sola, como en ese momento. Lloraba, gritaba, intentaba desahogar tanta angustia que llevaba dentro. Eso, sumado a sus cambios de ánimo típicos de su edad, parecía enloquecerla. No sería mala idea, después de todo, acabar con esa estúpida idea que la trajo a la Argentina, con el solo objetivo de darle un significado a su existencia. Si tenía que pasar por tantos momentos de amargura, prefería la monótona pero segura vida en New York.
No time to search the world around, cause you know where I'll be found, when I come around.
O podría llegar al fondo de este asunto, sí estaba reforzado con fundamentos verídicos. Pero eso le era, por el momento, imposible saberlo. Podía esperar o podía marcharse. Volver no era justo para su madre y su abuela, que hicieron hasta lo imposible para que pudiera cumplir su deseo. Quedarse la estaba comenzando a afectar, no podía ver a Gerónimo, no hablaba con Eugenia y no tenía a nadie medianamente confiable en quien apoyarse.
I heard it all before, so don't knock down my door, I'm a loser and a user so I don't need no accuser, to try and slag me down because I know you're right.
No por nada había escogido justamente esta canción para escuchar. De un modo u otro, se relacionaba con lo que le estaba pasando. Se asemejaba a un himno para ella.
So go do what you like, make sure you do it wise, you may find out that your self-doubt means nothing was ever there, you can't go forcing something if it's just not right.
Era lo que tenía que escuchar. Si solita había podido meterse en semejante lío, solita sabría cómo salir de el. Algo le decía que estaba en el camino correcto, solo no debía dejarse llevar por sus dudas y temores. Toda esta situación debía conducirla a alguna parte.
La canción terminó, guardó su discman en la mochila y entró al colegio. Era un ambiente bastante ameno para ella, que distaba mucho a la indisciplina que había en la preparatoria neoyorkina. Las costumbres eran totalmente diferentes, ya que se tuvo que acostumbrar a salir del colegio al mediodía o usar uniforme. En cuanto a sus compañeros, ya estaban los grupos bastante armados, pero no le costó integrarse demasiado al grupo de chicas que más resaltaba de la clase. Ellas eran más amables y buenas de lo que mostraban a los demás, pero aún así, sabía que no podía confiarles sus problemas o amores (menos lo que le estaba ocurriendo). Pero, a fin de cuentas, encontrándose en los últimos días de Junio no podía quejarse de su colegio.
Casi recostada sobre el banco, escuchaba que a lo lejos la profesora de Biología estaba hablando, pero no tenía ganas de prestarle atención. Ese día no. Su mente estaba ocupada en los innumerables problemas que había surgido de la nada. Volvía a pensar que no tenía sentido seguir, pero luego cambiaba de opinión. Esperaba que su madre estuviese más calmada y pueda perdonarla. Deseaba ver a Gerónimo, aunque fuese solo una vez más, para preguntarle si era verdad que no conocía a Eugenia o había estado mintiéndole. Había demasiadas cosas por hacer…
-Paula… Paula.-Su compañero la sacó de su ensimismamiento, pero tratando de no llamar la atención de la profesora, quien se encontraba escribiendo en el pizarrón.
-¿Qué?-Respondió ella, algo confundida por quien le estaba hablando, Octavio. Si la memoria no le fallaba, era la primera vez que este le dirigía la palabra y eso era lo que la sorprendía. Por lo poco que le habían contado de él, se trataba de alguien tímido, amable y bueno. Nadie se quejaba de Octavio, incluso una de las chicas habían intentado salir con él, pero la relación no funcionó. No se podía negar que era un chico lindo, pero uno más del montón. -¿Qué pasa?
-Por si no escuchaste…-Sonrió, acercando su silla al banco de ella.-Tendremos que trabajar juntos.-Volvió a sonreír y eso logró que le prestase exclusivamente toda su atención.
-Ah… ¿enserio? Bien.-Jamás había apreciado los bellos ojos de Octavio, y de pronto se dio cuenta de que le gustaban. Lo mismo que su rostro ovalado y aniñado al mismo tiempo. Tal vez trabajo podría tornarse interesante al fin.
Octavio comenzó a explicarle las consignas y pautas para trabajar. No era muy difícil notar que le gustaba lo que hacía y que era un chico bastante inteligente, para lo que allí había. Luego se pusieron a investigar en algunos libros. Aunque estaban trabajando, Octavio era quien la impulsaba a hacerlo, ya que si fuera por ella misma, volvería a sumirse en sus dramas. Esto hizo que Octavio detuviera su búsqueda, Paula ya no se molestaba en fingir interés por la materia.
-¿Te pasa algo?-Preguntó él, mirándola fijamente a los ojos.-El trabajo hay que entregarlo pasado mañana y, a este paso, no vamos a llegar. Te veo un tanto perdida, ¿qué pasa? –Cada una de las palabras fueron pronunciadas con una suavidad y delicadeza que a Paula le hicieron sentir que estaba en falta con él.
-Perdóname. Tengo bastantes problemas en casa, como para concentrarme en esto.-Intentó usar el mismo tono que Octavio, pero no sirvió de mucho. Pareció, más bien, severa. Octavio solo la observó, sin comprender bien porque actuaba así. -Uy…-Suspiró cansinamente.-Perdóname otra vez. Esto no tiene nada que ver contigo. Estoy peleada con mi mamá por causa de un extraño; pero pienso que ese “extraño” tuvo algo que ver con ella; hasta estoy pensando seriamente en volverme a Estados Unidos y acabar de una vez con esta estupidez.-Listo. Se desahogó con alguien al que empezaba a conocer. Pero ese era argumento suficiente para eximirla del trabajo.
-¿Qué?-Interiormente, Octavio se alarmó por esto último que Paula dijera, ya que no quería perderla…-Bueno… nada de lo que diga solucionará tus problemas, pero… no sé… empieza por hablar con tu mamá y arreglar las cosas con ella.-Fue lo primero que se le ocurrió decir y terminó siendo un buen consejo, después de todo.
-Gracias.-Sonrió, dulcemente. -¿Sabes qué? Probablemente este trabajo me mantenga ocupada lo suficiente como para no pensar tanto en lo que me afecta. Pero voy a necesitar de tu ayuda, si puedes…
-Claro.-El alivio y la satisfacción corrían por sus venas. Siempre iba a estar cuando ella lo necesitase…
-¿Te parece almorzar en mi casa y después hacer el trabajo?-Paula no tenía la menor idea de donde había surgido tan absurdo plan, pero no podía retroceder. Quizás quería tener a Octavio un poco más cerca de ella… ¡No! ¿Octavio? No… ¿no? Bueno, eso lo resolvería en otro momento.
-Bien.-Sonrió este, convenciéndola de que no había sido una mala idea.
Ambos conversaban sobre trivialidades mientras llegaban a casa de Paula. Ella le había dicho a quien siempre la llevaba al colegio que prefería caminar junto con Octavio hasta la casa y este aceptó. No había demasiadas cuadras de diferencia entre ambos lugares.
Pero una cuadra antes de llegar, se les cruzó en el camino un hombre bastante mayor con un aspecto austero, aunque sonriente mientras miraba a Paula. Los obligó a detenerse, antes de que pudieran cruzar la calle, parándose frente a ellos.
-Paula, ¡pero qué grande ya estás!-Sonrió amablemente el hombre, lo que le causó más miedo aún.-Y este muchachito, ¿es tu novio?
-¿Quién es usted?-Preguntó ella, algo desconcertada por la familiaridad con que ese hombre le hablaba.
-¡Deje de molestarnos!-Gritó Octavio, antes de abalanzarse contra el hombre. Pero este lo interrumpió, haciéndolo callar.
-Paulita, soy tu abuelo, Alfonzo. ¿Nunca te hablaron de mí?
Ella no supo que responder.

Untitled II: 9ª Parte

La salud de Matilde dio un giro inesperado. La fiebre y dolor intenso en el abdomen pusieron en alerta nuevamente a los médicos y, por supuesto, a Eugenia. Los estudios que le hacían no llegaban a ninguna conclusión que les diera una pista de lo que hacía que la salud de Matilde se complicara de la nada. Sin embargo, las lesiones causadas por el accidente seguían mejorando favorablemente, por lo que Eugenia comenzó a sospechar.
Si estos nuevos inconvenientes no eran provocados por las lesiones significaba que el “actual problema” no era tal, sino que ya venía con la paciente antes del accidente. Ahora restaba saber cual. Investigó en la historia clínica de Matilde, pero no obtuvo nada. Esta era la primera vez que ella tenía un inconveniente relevante en toda su vida. Siguió buscando, ya que algo tenía que haber a lo que pudiera relacionar con lo que le sucedía actualmente.
Mientras leía atentamente cada uno de los controles que Matilde se hiciera, por un segundo, distraídamente levantó la vista y vio el retrato donde se encontraba una fotografía de ella y Paula, sonrientes, felices. No recordaba donde se habían tomado esa foto, pero sabía que por entonces Paula era solo una niña de ocho años, bonita y radiante. Se permitió tomarse un descanso en su búsqueda y retomó los pensamientos que tuviera días atrás. Con las intensas guardias, no había podido volver a su casa y, cuando tenía un momento de zozobra en el trabajo y escaparse unas horas hacia su casa, ella no estaba o permanecía encerrada en la habitación con el volumen de Green Day sonando al máximo.
Se debían una charla más tranquila. Eugenia le debía una disculpa. Nunca pensó, con la seriedad que el tema requería, que se encontrara en una situación como aquella. Su pasado y su presente enfrentados, cara a cara. Comprendía perfectamente que no podría sostener su mentira por mucho tiempo más, pero también debía defender esa postura, si no quería que su vida cayera a pedazos en un abrir y cerrar de ojos. Y todo era por su maldita ocurrencia de no hablar con Paula seriamente y contarle todo lo que tuvo que pasar antes de que naciera. Una vez se dijo que no seguiría el ejemplo de su madre, pero (tal vez, era su destino) no pudo evitarlo.
Decidió no pensar más y volver a su trabajo. Hojas y hojas sin nada relevante, sin un indicio de un problema anterior, nada. Fue inútil buscar. Aparentemente, Matilde estaba sana… ¿sana? Inmediatamente volvió a abrir los legajos que contenían los estudios que se había hecho y notó que, para su satisfacción, que hubo un par que no realizó. El más relevante: Papanicolaou. Tal vez, las complicaciones podían deberse a un cáncer o, en su defecto, un tumor. Significaba un comienzo. Aunque había más afecciones por las que debía examinarla.
Se levantó de su asiento, abrió rápidamente la puerta de su consultorio y salió en busca de Gerónimo, quien estaba preocupado y expectante por saber que sucedía con su esposa. Lo encontró dados vueltas por el pasillo principal, en medio de la multitud que allí se encontraba. Evitó todo saludo posible y fue directamente al grano.
-Gerónimo…-Gritó, a unos metros de distancia y mientras se acercaba a él, este giro para verla.-Encontré algo que puede ser útil para saber que tiene tu esposa…-Finalmente, se detuvo frente a él. Estaba impecable, a pesar de la situación.
-Hola…-Balbuceó él.
-Mira, estuve revisando el historial clínico de Matilde…-Interrumpió, evitando mirarlo a los ojos.-… y encontré que jamás se hizo una prueba de cáncer de mama, entre otras, claro está. Pero me pareció interesante y un buen punto de partida para saber que la está afectando en este momento.
Gerónimo la miro más preocupado de lo que estaba antes. Pero, así y todo, se veía dulcemente tierno…
-Bueno, eso era todo lo que tenía para decirte.-Dijo rápidamente, antes de comenzar a describir cuan hermoso lo veía… ¡basta de estupideces! ¿No podía pensar en otra cosa? –Antes de terminar mi turno, voy a ordenar que se realicen las radiografías y demás estudios. Lo único que no sabría decirte es en cuánto tiempo van a estar los resultados, pero supongo que será cuestión de días…
-Gracias.-Interrumpió Gerónimo.-Por preocuparte así. Gracias.-Sonrió.
Eugenia no supo que replicar. Estaban pasando demasiadas cosas juntas por su mente en ese instante.
-Necesito que hablemos. Necesito…
-Ya me voy, Gerónimo.-Interrumpió austeramente.-Y yo solo estoy haciendo mi trabajo.-Dijo, con una sonrisa casi imperceptible y se marchó sin dar lugar a nada más.
Ni siquiera lo pensó, Gerónimo decidió seguirla.
Después de pasar por su consultorio, Eugenia se dirigió hacia el estacionamiento. No se animó a enfrentarla allí, por lo que fue en busca de su auto, anticipándose a ella y así poder seguirla. No entendía bien porque estaba haciéndolo, pero ya no era tiempo de pensar si era correcto o no, la estaba persiguiendo a lo largo de la autopista. Sabía que podía quedarse tranquilo, porque la hermana de Matilde estaba con ella y los niños estaban informados del estado de su madre.
Un giro inesperado lo sorprendió. A medida de que volvía a internarse en las calles, que se tornaban más tranquilas, comenzaba a recordar sus viajes en colectivo en tardes primaverales, cuando apenas era un estudiante. No podía estar conduciendo hacia donde él imaginaba. Después de tantos años… no era posible que mantuviese ese lugar…
El auto de Eugenia se detuvo en frente de un añejo edificio, cuya puerta de entrada estaba abierta pero sin ningún encargado a la vista. Tal como sucediera la primera vez. Una extraña sensación le recorrió el cuerpo. Aparcó el su auto no muy lejos del allí y se dispuso a ingresar al edificio.
A medida de que subía las escaleras, se sorprendía a sí mismo por los recuerdos que aparecían en su mente. A pesar del tiempo conocía muy bien ese camino. Volvía a sentirse libre, a respirar el mismo aire que en aquellos días, donde el amor que Eugenia le ofrecía parecía bastarle para ser feliz. Con una sonrisa y, a su vez, un dejo de tristeza regresaba a su memoria esa tarde de Enero en donde sellaran su amor y su destino. La última tarde.
Abrió la puerta lentamente, para no llamar la atención. Encontró todo tal cual lo había dejado, años atrás. Le sorprendió que Eugenia no lo arreglara o, al menos, ordenara un poco. ¿Qué podría significar eso? ¿Lo recordaba? ¿Sentía culpa? ¿Sentía amor? ¿Amor?
-Bienvenido.-Eugenia interrumpió sus pensamientos, manteniéndose apostada frente a la ventana.-Nuevamente.
Gerónimo, cautelosamente, se acercó a ella. Era la primera vez, en lo que llevaba de esos días, que la notaba débil, derrumbada. En nada se asemejaba a la chica que tenía el mundo a sus pies y que locamente lo enamorara. Estaba viendo a la mujer en la que se había convertido y que representaba su sueño hecho realidad. Porque no había podido dejar de quererla y nunca lo haría.
-¿Qué sucede?-Murmuró, a centímetros de Eugenia, apoyándose en la ventana.
-No puedo más.-Se sinceró, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Ni las largas horas de guardia podían hacerle olvidar la pelea con su hija y la cercanía del desmoronamiento total de su vida. No tenía a nadie en quien refugiarse y Gerónimo estaba ahí…-Todo se me está viniendo abajo.-Una endeble lágrima asomó por su mejilla y lo primero que atinó a hacer fue abrazar a Gerónimo, como si encontrase en él un refugio en el cual sus temores no podrían alcanzarla. Y en verdad, así lo había sido. Siempre.
-Sh… tranquila.-Sorprendido ante la reacción de Eugenia, trató de contenerla dándole palmaditas en la espalda. Comenzaba a asustarse al darse cuenta de que ese contacto estaba despertando todos aquellos sentimientos que llevaba años ocultando.-Todo va a estar bien…
-Perdón.-De un tirón se separó de él, por más que su corazón le decía que no lo hiciese. Cargar a Gerónimo con sus problemas no era justo, él ya tenía suficiente con los suyos.-Tú tampoco estás pasándola bien y no tienes porqué cargar con los míos también… ya bastante te he lastimado.-Tenía que decírselo, por los menos hacerle saber que era consciente del mal que le causó.
-Me alivia saber que lo entiendes.-La confusión se apoderó nuevamente de él, la peligrosa cercanía que existía entre ambos y las palabras que dijera estaban nublando sus pensamientos.-Aunque siempre te excusé intentando pensar que no fue al propósito…-Eugenia levantó la mirada y él empezó a acercarse aún más, posándose en sus finos y tentadores labios.
-Yo…-Susurró, de una manera casi imperceptible. Sus piernas temblaban, pero mantenía su mirada firme en la inmensidad de los ojos de Gerónimo. Había algo dentro de ella que le decía que no la había desterrado de su vida. Sus palabras solo hacían que sus sospechas se afirmaran. Tal vez todavía la amaba. Tal vez estaban a tiempo de ser felices…
Cuando se disponía a disfrutar del beso que Gerónimo estaba darle, se alejó de bruscamente de él. No podía soñar con vivir un cuento de hadas, cuando ambos ya tenían una vida hecha. Pasaron demasiadas cosas entre ellos, como para olvidarlas de un día para el otro. Gerónimo no se vio sorprendido ante la actitud de ella.
-Discúlpame, Gerónimo…-Dijo ella, mirando al suelo.
-Está bien. Perdóname tú a mí. No debió haber pasado.-Se disculpó él, reincorporándose, pero sin mirarla tampoco.
-No hay problema. Ya me voy.-Estaba a punto de salir del departamento, cuando se detuvo. Buscó unas llaves y sacó una en particular. Volvió a mirarlo. Este hizo lo mismo.-Toma.-Le lanzó la llave, que Gerónimo no tuvo problema en alcanzar.-Es una copia de la llave de este departamento, por si quieres venir. Por favor, quédatela.-Bajó nuevamente la mirada.-De veras lamento lo que pasó recién. Es una pena que ya no tengamos las mismas posibilidades…-Diciendo esto, se marchó al fin. En tanto Gerónimo se quedó tieso junto a la ventana y con la llave en su mano. Aturdido por las últimas palabras de Eugenia. Desconcertado, ante la veracidad de las mismas.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Untitled II: 8ª Parte

Sus hijos le propiciaron una cierta sensación de paz, la cual no había sentido desde el accidente de Matilde y el reencuentro con Eugenia. Nada lo hacía sentir mejor que hablar con Francisco y Violetta, pero por otro lado, ellos le hacían ver qué cosas eran realmente importantes en su vida, devolviéndolo a donde pertenecía (o por lo menos así lo creía Gerónimo). Estaba tan pendiente de su pasado, que ni siquiera se había tomado la molestia de comunicarse con sus hijos y contarles como estaba su madre. ¿Pero porqué no podía dejar de pensar en Paula? ¿Cuál era la razón por la que le preocupaba el distanciamiento que Eugenia le imponía? ¿Porqué Eugenia no le mencionó que tenía una hija?
En la soledad de la noche y la oscuridad del extenso pasillo se encontraba, caminando de un lado hacia otro y sin poder parar de pensar en lo ocurrido durante el día. Los ojos de Eugenia le decía que algo estaba escondiendo, de eso estaba segura. Podía reconocer la misma mirada en aquella jovencita que intentara alejarse de él, tiempo atrás, pero en aquel entonces no supo dilucidar lo que ocultaba. Ahora era diferente, ya no era un adolescente y podía saber con exactitud cuando alguien le mentía o le escondía alguna cosa. Eugenia estaba haciendo esto último. Las preguntas que surgían de esto era porqué lo hacía y con qué propósito. Simplemente había estado hablando con Paula unos minutos y estos fueron suficientes para enfurecerla. Podría suponer infinidad de motivos que llevaron a Eugenia a comportarse así, pero ninguno le parecía satisfactorio o racional como para conformarlo.
Mejor era dejar todo ese asunto atrás y volver a centrarse en lo que es relevante. Lo único que lamentaba era saber que estaba sintiendo nuevamente una especie de vértigo inexplicable. Un vértigo que llevaba dieciocho años sin experimentar…

El clima era bastante estaba tenso. Eugenia, Paula e Isabel se encontraban cenando, sumidas en el más frío de los silencios. Después de mucho meditarlo, Paula sacó a relucir lo acontecido ese día con Gerónimo, en busca de hacer entrar a su madre en razón.
-La verdad, mamá, no te entiendo.-Bufó Paula, evitando mirar a su madre.-Gerónimo no es una mala persona, además es conocido e instruido.
-No me importan sus bondades.-Replicó Eugenia, con tono moderado.-No quiero que lo veas. Fin del asunto.
-¿Porqué? ¿Qué pasó? ¡No te entiendo!-Paula comenzaba a alterarse, pero la verdad no tenía idea de por qué lo hacía.
-¡Es un extraño, Paula!-Gritó Eugenia. Pero sabía que no podría convencer a su hija tan fácilmente, era igual de tozuda que ella.- ¿Acaso sabes cuáles son sus intenciones contigo? ¿Qué lo hace tan confiable para ti? ¿Qué te he dicho sobre las personas que no conoces?
-¡Ya lo sé!-Dos minutos más y se echaba a llorar. No podría aguantar demasiado la envestida de su madre.
-Por favor, Paula, cálmate.-Pidió Isabel, en un tibio intento por tranquilizar a su nieta. El mismo fracasó.
-¡Ya sé que no hay que confiar en extraños y también que no tengo la más mínima idea de la vida de ese tipo!-De un tirón, se levantó, dejando caer la silla detrás de ella. Eugenia la siguió. Pero cuando quiso marcharse, simplemente no pudo. Se quedó estática, cerca de la mesa. Había algo que la estaba deteniendo, no reconocía qué.
-Paula…-Aprovechó Eugenia el letargo de su hija para, con un tono más conciliador, persuadirla y hacerla comprender que era lo mejor para ella.-Por favor, hija, si no quiero que lo veas es porque sé que eso es lo mejor para las dos…
-¿Para las dos?-Giró y miró a su madre, incrédula.-Entonces esto no tiene que ver conmigo, ¿no es así?-Ahora no sentía enojo sino decepción.- ¿Qué fue lo que te hizo ese Gerónimo para qué no me dejes verlo, eh? ¿Por qué tengo que pagar por lo que vos hiciste?-La increpó.
-No es asuntó tuyo. Tampoco tengo porque decírtelo, son mis problemas y, por favor, te pido que no intentes juzgarme por algo que ni siquiera conoces.-Eugenia olvidó el tono cordial, previamente utilizado, para evitar que Paula se metiera en donde no debía.
-¡Lo único que quiero saber es realmente porqué no quieres que lo vea, mamá! ¡Por Dios, todo lo que decís no tiene nada que ver con Gerónimo! La verdad que no te entiendo.-Exclamó, sonriendo de manera nerviosa. Esa discusión no terminaría bien.
-¡Lo que yo no entiendo es por qué tú insistes tanto en verlo!-Ya estaba en un punto que podría tener un colapso nervioso en cualquier momento. Jamás había tenido una discusión semejante con Paula. Ella nunca se había comportado de manera rebelde, siempre obedecía y no solía tener reparos con respecto a las decisiones que ella tomaba. Pero ahora estaba incontrolable y no entendía bien porqué… una voz en su interior le dijo en la vida todo vuelve y sintió un leve escalofrío que le recorría la espalda al escucharla. Lo peor era que tenía toda la razón.
-¡Por favor! Eugenia, Paula, tranquilícense de una buena vez. No me gusta verlas discutiendo de este modo por cosas sin sentido.-Volvió a intervenir Isabel, ante el pequeño momento de silencio que se interpuso entre madre e hija. El solo hecho de que mencionaran a Gerónimo la alteró, de una forma menos perceptible, a ella también. Era lo que había temido que sucediera desde que piso suelo argentino.
-No lo sé.-Se sincero de una vez Paula, suspirando cansinamente y con la mirada en el suelo.-No lo sé, mamá. Pero no quiero perderlo y no voy a dejar que lo arruines por un capricho.-Dijo segura y echó a correr hacia su cuarto, sin darle tiempo a Eugenia para que pudiera replicar las palabras de su hija.
Inmediatamente después de escuchar el fuerte portazo que Paula dio al cerrar la puerta de su habitación, Isabel se acercó a su hija para hablarle al oído. Esta permanecía consternada.
-Tienes que arreglar esto cuanto antes. No puedes seguir más tiempo guardándotelo.-Balbuceó, con una expresión de seria preocupación por lo que Eugenia había estado haciendo, no solo ahora, sino desde hacía años.
-Ya es muy tarde, mamá.-Murmuró, con la mirada pérdida en algún punto del comedor. Y, sin agregar ninguna palabra más se dirigió raudamente al dormitorio de Paula, con la intención de calmar los ánimos.
Se detuvo frente a la puerta, pero no se animó a entrar. La música de Green Day sonaba a todo volumen. Eugenia se maldijo por dentro haber sido una estúpida con todos los que realmente eran importantes en su vida. Lamentó haber sostenido una absurda mentira durante tantos años e intentar defenderla minutos atrás. Paula estaba sufriendo por su culpa y eso era algo que no podría soportar demasiado tiempo.
Eran meras consecuencias de sus erráticas decisiones y tendría que sobrellevarlo si no quería que las cosas empeorasen. Aunque lo peor aún no estaba por llegar.

viernes, 24 de diciembre de 2010

¡Feliz Navidad!


Bueno, este mensaje es simplemente para desearles de todo corazón unas muy felices fiestas. Que todos sus sueños, esperanzas, deseos y proyectos se cumplan.

Que estas navidades nos traigan la paz y amor que tanto necesitamos, junto con las fuerzas necesarias para seguir creciendo cada día más como personas. Pero, lo más importante, que la imagen del niño en el pesebre nos recuerde a todos el mensaje que él nos trae: unidad. Que no olvidemos que todos somos hermanos, sin importar nada más, y que tenemos que querernos y cuidarnos como tales. Ojala que esto signifique un nuevo comienzo para todos y la oportunidad de mejorar nuestras actitudes hacia los demás.

Como regalito, bajo el árbol, encontraran la 7ma Parte de Untitled II ;) Solo que no tendrán que esperar hasta las 12 para disfrutarlo.

Felicidades!
Les desea, María Belén.

Untitled II: 7ª Parte

Su interminable ronda por terapia intensiva acabó con la esposa de Gerónimo, Matilde. Por suerte, ella pudo despertar ya habiendo pasado una semana del accidente. Francamente, Eugenia la encontraba mejor, considerando en el estado de inconsciencia que había llegado, pero sabía que su recuperación llevaría tiempo. Matilde reconoció a su esposo y recordó como fue el accidente. Inclusive bebió un poco de agua y le dio las gracias a ella por tratarla.
Paradójico.
Eugenia salió de terapia intensiva preguntándose si Matilde sabía quien había sido en la vida de Gerónimo. A simple vista se notaba que era una persona muy amable, pero estaba segura de que no la hubiese tratado con tanta gentileza, de saber que ella fue el primer amor de su esposo… ¿Qué estaba pensando? ¿Acaso sentía celos de Matilde? Ni siquiera la conocía y la estaba juzgando. Tampoco Gerónimo tenía el porqué de decirle quien había sido ella y si no lo hacía, sus razones debía tener. Pero, sin lugar a dudas, la situación se estaba volviendo algo bizarra.
Hablar, cordialmente, con quien fuera su gran amor, para Eugenia era algo que no sabía cuánto tiempo podría seguir fingiendo. Sus temas de conversación, en esporádicas ocasiones, giraban a Matilde (era más que obvio), el clima o la noticia del día. Por algún motivo, al verlo la primera vez, pensó que él quería saber lo que pasó para que se marchara o, por lo menos, escupirle el dolor que seguramente le había causado. Acaso, ¿se había hecho ilusiones? ¿No era que Gerónimo estaba enamorado perdidamente de ella? ¿Por qué creyó ver algo de esa ilusión en sus ojos celestes?
Tal vez el café que estaba tomando le había afectado más de lo esperado. Estaba pensando puras idioteces. Gerónimo tenía su vida hecha, ella también, nada le daba derecho a reclamar o preguntar por tal o cual cosa que respectara a él. Bueno, había algo que…
Nada. Absolutamente nada.
En momentos como este, se maldecía a sí misma por haber vuelto. De no ser así, estaría inmersa en su monotonía habitual, sin tener que lidiar con su pasado ni sus errores. Y ese era otro pensamiento infantil y estúpido. ¡Vamos! Algún día tenía que enfrentar a lo que hizo años atrás y estaba bastante grandecita como para seguir huyendo de sus responsabilidades.
Tenía miedo. Debía reconocer eso, tenía mucho miedo. Había muchas cosas que llevaba guardando por años y muchas otras que creyó haber dejado en el pasado… y todos sus miedos giraban en torno a ellas.
Se levantó de golpe y tiró en el cesto de basura su (inacabada) taza de café. Estaba en el patio del hospital, sin embargo, el aire la estaba asfixiando que no podía seguir un minuto más allí. Mientras caminaba, de regreso a sus labores, recordó que su madre vendría a visitarla por algún trámite o algo así. Lo que no sabía era la hora de la visita, pero cualquier momento le caía bien, no aparentaba ser un día complicado. Además, ver a su madre le traería algo de paz a su ajetreado día.
Estaba a punto de entrar a la guardia, cuando notó que no tenía ningún legajo del paciente que estaba por atender. Vaya si estaba distraída. Volvió raudamente a recepción, en busca de las carpetas. Lo que no estaba en sus planes fue encontrarse con Paula. Mejor dicho, Paula hablando con Gerónimo. Con Gerónimo.
La realidad la golpeaba otra vez y de la manera más contundente que pudo haberlo hecho. Estaba en estado de shock. No sabía bien que pensar o sentir. Solo se reproducía en su retina la escena de su hija charlando amenamente con Gerónimo… Ahora sabía que sentir: dolor. Merecía sentir eso por haber cometido tantos errores con ella. Durante diecisiete años la había privado de…
De alguna manera tenía que frenar eso.


Por un motivo u otro, Paula y Gerónimo comenzaron a hablar de temas triviales y la soltura con la que dialogaban permitió que la charla se extendiera durante unos cuantos minutos (muchos más que los que tuvieran la primera vez). Las circunstancias también cambiaron, la coincidencia fue quien los cruzó en esta ocasión. La amenidad parecía profundizarse aún más entre ambos, haciendo que todo fluyera de una manera que era casi imperceptible, pero se podía sentir en el ambiente.
Paula parecía identificarse con ese extraño, pero era cierto. Le inspiraba confianza, se sentía a gusto charlando con Gerónimo e imaginaba que tenían muchas más cosas en común. Ese hombre llamaba cada vez más su atención, pero de una forma… ¿cómo podía describir lo que él le generaba? No lo sabía con exactitud, no era enamoramiento, más bien cariño, afecto. Hasta le parecía tener una conexión especial con Gerónimo. Lamentaba que no fuera el que ella estaba buscando, de ese modo podría tener una excusa suficiente para verlo con más frecuencia. Aunque tampoco necesitaba demasiado de ello, hasta pensaba en invitarlo a su casa algún día… Ya estaba fantaseando bastante. Quedaba más que claro que le había tomado mucho cariño sin una razón medianamente lógica.
-…por suerte, mi esposa ha mejorado.-Comentaba Gerónimo, con aire relejado, como si hubiese estado bajo presión mucho tiempo.-Tengo fe que el paso de los días la ayudará a sanar.-Sonrío.-Bueno… también a los médicos.
-¿Qué medico la está tratando?-Preguntó, solo por obligación, ya que no conocía a ninguno de los compañeros de su madre.
Se hizo un silencio entre ambos. Una inusual melancolía se apoderó de Gerónimo.
-Gerónimo…-Dijo Paula, pausadamente y haciéndolo volver a la conversación.
-La doctora Eugenia Arizábal.-Respondió secamente.
Los ojos de Paula se abrieron de par en par al escuchar ese nombre. ¡Si que la vida estaba hecha de casualidades! ¿Quién iba a decir que su madre estaba tratando a la esposa de Gerónimo?
-¡Ah! No puedo creerlo.-Exclamó ella, sorprendida aún.-Eugenia es…
-¡Paula!-Se escuchó que una mujer gritó. El vaivén de gente en el hall le impidió escuchar los pasos de quien estaba detrás de ella.
-¿Eugenia?-Balbuceó Gerónimo, quien fue el primero que se percató de su llegada. En tanto Paula giró sobre sí misma, con una sonrisa en el rostro.
-¡Mamá!-Se abalanzó sobre ella y la abrazó.-Hace un rato que te estaba esperando.-Dijo, al concluir el saludo.
Gerónimo miraba absorto la escena que estaba presenciando. La jovencita con la que acababa de hablar segundos antes, resultaba ser la hija la mujer más importante que haya existido en su vida. No terminaba de comprender nada. Después de mucho tiempo, volvía a sentirse confundido y desconcertado. Solo Eugenia Arizábal lograba hacerlo sentir de aquel modo.
Maldita.
-Paula…-Murmuró Eugenia, casi como susurrando para que nadie pudiese oír lo que estaba diciendo.-Por favor, espérame en aquellos asientos, que están contra el ventanal, ¿sí?-Pidió, con tono armonioso. Su hija no hizo más que asentir y cumplir con lo que le ordenaba, sin entender del todo la impávida expresión de Eugenia.
Una vez que Paula se había marchado, Eugenia se acercó vertiginosamente hacia donde se encontraba Gerónimo, sin saber bien que estaba sintiendo, aunque era lo más parecido a una furia contenida. Él, sin embargo, la miraba pasmado, pero firme ante su inminente embestida.
Ella se puso a su altura, frente a frente, mirando fijamente sus resplandecientes ojos azules… Podría haber flaqueado allí mismo y haberlo tomado del rostro y besarlo, sin importarle el resto del mundo que giraba a su alrededor. No, eso no era lo que deseaba hacer, ¡no lo era!
Por un peldaño, Eugenia olvida el motivo de su arremetida, si no fuese porque recobró la razón en cuestión de segundos.
Gerónimo estaba expectante.
-Esta va a ser la única vez que te lo voy a decir…-Su voz era firme, como su mirada.-No te acerques a mi hija, ¿entendiste? No te quiero ver cerca de Paula. Ella no tiene nada que ver con nuestros problemas.-Murmuró.-
¿Entendiste?
Y sin decir más, se marchó, dejándolo más estupefacto de lo que ya estaba, sin entender porqué era reacción de Eugenia para con él. Había algo… no sabía cómo describirlo, algo que le decía que ella estaba tratando de esconderle algo y, tal vez estaba relacionado en parte con Paula…
Su hija, Paula. Ella era la hija de Eugenia.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Untitled II: 6ª Parte

Su espalda comenzó a deslizarse a través de la rasgada pared del apartamento. A su vez, las lágrimas caían incesantemente a lo largo de sus delicadas mejillas. Eugenia se sentía miserable.
Sabía perfectamente que el sufrimiento que Gerónimo intentaba ocultar era su culpa. Siempre supo que debía volver y arreglar las cosas. Ahora él estaba casado y eso la hacía sentir más culpable de lo que ya era.
Miraba hacia todos los rincones de la pequeña porción de tierra, donde ambos fueran tan felices. No alcanzaba a entenderse a sí misma, ni a comprender el por qué permaneció en Estados Unidos cuando ya no había nada que dificulte su regreso. Ni Paula ni sus estudios no eran excusa suficiente como para que dificultasen su vuelta a Buenos Aires. Pero, en lugar de arreglar las cosas, la superó el miedo y el confort que New York le ofrecía. Porque así había sido, tuvo miedo al rechazo, a la verdad. Temía encontrarse con un Gerónimo distinto, que ya no confiara más en sus palabras o que haya encontrado el amor en los brazos de alguien más. Ambas cosas sucedieron.
Era su culpa.
Se levantó del suelo y comenzó a deambular a lo largo del departamento, empeñada en recordar cada momento vivido junto a Gerónimo. Podía recordar las interminables charlas, los juegos, cada tarde que se encontraban en ese lugar, las interminables caricias que dejara la despedida. Eugenia anhelaba tanto esa felicidad, la cual le costaba recordar la última vez que la sintiera. Más allá de sus treinta y cinco años, seguía siendo una estúpida adolescente que había jugado con el único chico que le importaba y que realmente valía la pena. Eligió el camino fácil, la seguridad y el engaño, en lugar de volver y aclarar las cosas.
Por más que le doliera, tendría que limitarse a mantener la distancia entre ambos cuando lo que más desea es aclarar los malos entendidos. No le quedaba más que ocupar ese rol que tan bien le sentaba y por el cual luchó tanto durante años, el lugar de médica. Simplemente una doctora que debía hacer lo posible por salvar la vida de su paciente. Ignorando completamente que esa paciente posee el apellido del único hombre al que en verdad había amado y por quien aún sentía algo.
Miró de reojo su reloj, mientras se secaba las lágrimas. Era casi mediodía y debía volver al hospital, ya había tenido tiempo suficiente para llorar y lamentarse lo que, a causa de sus actos, le estaba sucediendo. Pero era algo que iba más allá de ella misma… si las consecuencias solo la afectaran a ella, no sería tanto y podría soportarlo, pero había alguien más que estaba involucrado en esto, aunque no supiera siquiera del problema…

-En fin…-Carraspeó. Gerónimo no sabía bien qué decir. En realidad, sí, pero no estaba pasando por el mejor momento como para dar un discurso…- el rol del periodista, hoy en día…-Estaba dando muchas vueltas y podía ver una cierta mueca de descontento en el rostro de los directivos del colegio. Aunque, a fin de cuentas, ellos eran los únicos que estaban prestando algo de atención a lo que les estaba contando.-es el de comunicador. No podemos ni debemos mostrar nuestra posición al dar una información, ya que tenemos una influencia muy importante en la sociedad. Esto suele suceder, comúnmente, en lo que a política se refiere.-No podría soportar mucho más tiempo hablando sobre temas que comenzaban a perder la coherencia…-Un periodista puede expresar su opinión sobre algún tema o alguien en particular, pero no tergiversar la verdad, en base a su propio punto de vista. Esto es algo que deben tener muy en claro, por si alguno decide seguir esta carrera...-Para ser un final mediocre, estaba bastante bien. No podía seguir hablando allí, mientras su cabeza era solamente ocupada por la imagen de Matilde.-Lo siento mucho, pero debo irme. Mi esposa está hospitalizada y no se encuentra muy bien. Sepan disculparme.-Concluyó, apenado. Se levantó de la silla, que estaba en medio del escenario del salón de actos, y bajó del mismo tomando la dirección que lo conducía hacia la salida.
Sabía que detrás de él había murmullos y quejas, no le importaban demasiado. En lo único que pensaba era en salir cuanto antes de allí y volver junto a su esposa. La había dejado al cuidado del hermano de esta, pero no estaría tranquilo hasta no verla él mismo y comprobar que se encontraba bien.
Había pocos metros que lo separaban de la vereda. Sus pasos eran cada vez más raudos, los que no le permitieron percatarse de que alguien lo había estado siguiendo desde que saliera del salón de actos.
-¡Señor! ¡Señor!-Escuchó detrás de él. Sus pasos se volvieron más pausados, pero sin detenerse. Esto le permitió a su perseguidor alcanzarlo al fin. Más bien, perseguidora. Se trataba de una muchacha, alumna del colegio. No era demasiado alta y le sorprendió ver en ella un gran parecido con Julieta, su hermana. Seguramente era solo una mera coincidencia.
-¿A mí era a quien buscabas?-Preguntó, con la joven mirándolo atentamente.
-La verdad, sí.-Sonrió.-Me llamo Paula, fue un placer haber escuchado su charla.
-Me alegro.-Apenas si demostró algo de cordialidad. Estaba demasiado apurado. Más allá de la insistente mirada de la joven, seguía caminando hacia su auto.
-¡Espere!-Lo tomó del hombro, obligándolo a detenerse.-Por favor.-Lo soltó rápidamente.-Necesitaba saber algo…-Se quedó en silencio unos segundos, mirándolo quedadamente, como si estuviera hipnotizada. Había algo en ese Gerónimo que se le hacía muy familiar, pero no podía explicar cómo.
-Por favor…Paula ¿Podrías apresurarte? Me urge volver junto a mi esposa.-Le exigió que se apurara, aunque en ese lapso de quietud entre ambos, vio en los ojos de esa joven algo que le inspiraba confianza. Era extraño para él, pero estaba seguro que jamás le había ocurrido algo similar con una persona. O, tal vez, estaba algo desorientado, debido a que no tenía otra preocupación que la salud de Matilde.
-¿Usted conoce a Eugenia Arizábal?-Dijo sin ningún preámbulo.
Gerónimo quedó pasmado. No sabía que contestar. Con su mirada insistente, Paula lo obligaba a responder.
-¿Y? ¿La conoce? ¿Por casualidad no estuvieron en esta misma escuela?-Parecía no rendirse. Y, no se iría de allí sin obtener una respuesta, sin importar de qué índole sea.
-Y…-Estaba intentando elaborar una respuesta concreta…la cual parecía imposible de realizar.- ¿Porqué me preguntas eso?-Aunque la verdad era esa, además ni siquiera conocía a esa joven.-No tengo la obligación de responderte.
El estruendoso sonido del timbre evitó que Paula pudiera replicar con un argumento más firme. Pero, antes de que el preceptor la encontrara pudo repreguntar.
-Solo necesito saber si la conoce o no.-Dijo, en tono de suplica.
-No.-Se limitó a contestar, con el solo propósito de concluir allí mismo esa extraña charla que estaban entablando.
-Gracias. ¿Vio? Era todo lo que tenía que decirme.-Sonrió y volvió sobre sus pasos, para luego desaparecer tras la puerta de entrada al colegio.
Seguían siendo inexplicables los sentimientos que le generaba esa tal Paula, pero lo dejó con una sensación de frescura y afabilidad que nunca había sentido respecto a un extraño. De haberla conocido en otro contexto, le hubiese gustado conocerla un poco más.
Pero no era momento de detenerse en pequeñeces como la que le había ocurrido minutos antes. En realidad, preguntó por Eugenia, pero en este momento de su vida ella no significaba prácticamente nada… prácticamente.
¡Basta! En la única mujer que debía pensar era en Matilde y eso era todo lo que ocuparía su tiempo y pensamientos. Así era como tenía que ser, por más que la realidad se empeñara en distraerlo con otras cosas.

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Dedicado, especialmente, a la querida Lheito.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Untitled II: 5ª Parte

Paula se dejó caer en su inmensa cama, exhausta. Había tenido uno esos días en los que se veía sobrepasada por tantas actividades escolares. Matemática, Historia, Biología, Lengua, formaron la mayor parte de su día. Hojas y hojas, alrededor de su cuarto, repletos de borradores, cuentas, Revolución Industrial y el Martín Fierro. Pero estaba agradecida de haber podido terminar todo, para entregarlo al día siguiente.
Se acomodó un poco mejor y se cubrió con una suave sabana rosa, ya que la habitación (aunque hiciera calor) siempre estaba fría. Tomó el control remoto de su centro musical y lo encendió, dando paso a los primeros acordes de su disco favorito, Dookie, editado años antes por la banda de la cual se había hecho fanática en Estados Unidos, Green Day. Un poster, junto con otras fotos de ellos ocupaba gran parte de su colorida habitación. Los tonos pasteles eran los que predominaban allí, combinados a la perfección con los muebles (al mejor estilo francés) de color blanco. También poseía un baño propio, que no difería demasiado de la decoración del cuarto. Ella misma había decidido que este estuviera decorado como lo tenía mientras vivía en New York. Era como tener un poco de esa ciudad consigo, ya que la amaba.
Pero Argentina no le sentaba mal. Buenos Aires era ese lugar fascinante que le habían contado y su ritmo le recordaba al de New York. Había hecho “nuevas amigas”, por así decirlo (más bien eran muy buenas compañeras de colegio), y le gustaba mucho el colegio en el que estaba, además era el mismo al que su madre acudía cuando aún vivía en esta ciudad. No fue un gran reto acostumbrarse ni prepararse para los exámenes, solo lamentaba que si se hubiese quedado en Estados Unidos estaría a pocos meses de empezar el último año de la secundaria. Sin embargo, sabía que eso era necesario para alcanzar el objetivo que la había llevado a insistir con mudarse a Buenos Aires.
Hace casi un año, por casualidad, Paula encontró una carta escrita por su madre. En su momento, pensó en devolvérsela, pero la curiosidad venció a la discreción y acabó por leer su contenido. Al parecer no hacía mucho que la había escrito y tampoco estaba hecha como para que su destinatario la leyera… era un simple borrador. En ella, Eugenia expresaba cuanto amaba a un tal Gerónimo; que lo extrañaba más que a nada y se sentía culpable de la distancia que los separaba. Tal vez eso hubiera pasado desapercibido por Paula, pero en ese papel había más que una confesión de amor (que le parecía muy cursi), también estaba escrito un párrafo que le llamara poderosamente la atención:
“Pero, pase lo que pase, sé que siempre estaremos unidos. Más allá de nuestro amor, tú me dejaste un pedazo de ti, al cual estaré unida hasta el final.”
Al leerlo, Paula no supo si reír o sorprenderse por ello. No quería hacer ninguna suposición errónea, pero comenzaba a dudar sobre algunas cosas inconclusas… En un principio creyó que, en una de esas, se trataba de su padre. Sin embargo, esto fue descartado de inmediato: el suyo había muerto. Además, si así hubiese sido, sería demasiado decepcionante para ella saber que toda su vida estuvo basada en una mentira.
Más allá de eso, se quedó con la carta porque ese hombre le despertó una enorme curiosidad. Nunca supo explicarlo bien, pero tenía la imperiosa necesidad de saber de quién se trataba. No tenía la más mínima idea de dónde empezar a buscarlo, aunque de todas formas se había propuesto hacerlo. Y encontró en el viaje de su abuela a Buenos Aires la excusa perfecta, para demostrar su amor por el país y convencer a su madre de mudarse allí. Lo cual no le tomó mucho tiempo lograr ya que, a fin de cuentas, iba a reunir a su madre con su gran amor. Valía la pena.
Sin embargo, pasaban los días y Paula no sabía por dónde empezar. Si le preguntaba a su abuela, esta sospecharía. Solo sabía del Registro Nacional de las Personas, pero nunca había encontrado la oportunidad para visitar ese lugar. Hasta había intentado con la guía telefónica (por lo menos significaba un comienzo), idea de la cual desistió poco después, al verse abrumada por cientos y cientos de números pertenecientes a personas con el mismo nombre.
Así estaba, hasta esa mañana. La directora del colegio San Andrés les hizo saber a todos que, al día siguiente, los visitaría para dar una charla el prestigioso periodista Gerónimo Marino. Hasta allí no tenía nada de sorprendente o revelador, era una charla aburrida charla más. Lo que lo volvió interesante fue que mencionó que este señor era un ex alumno del colegio, egresado hace más de… ¿Cuánto había dicho? ¿Veinte años? ¿Dieciocho años? Más o menos, eso había dicho.
Al investigar un poco más, descubrió que este señor había integrado idéntica promoción que su madre, aunque no era el único que poseía ese nombre… pero podía ser él. Solo faltaba el año en que egresaran… pero la directora interrumpió su investigación, por lo que cerró el libro apresuradamente y volvió a su curso.
Eso ya no importaba. Estaba por conocer a uno de los compañeros de su madre… de no tratarse de él, por lo menos sabría quien era ese Gerónimo que aún volvía loca a Eugenia…

Apenas se atrevió a acariciarle la mano y a susurrarle algunas palabras. Se le partía el corazón al ver el estado en el que se encontraba Matilde, llena de cables, inconsciente y con un tubo que la ayudaba a respirar. Logró contener las lágrimas que amenazaban con hacerlo caer. No podía haber sucedido cosa como aquella. Su esposa no podía estar en esa camilla de terapia intensiva, luchando por sobrevivir.
El miedo regresaba otra vez.
Se mantenía en silencio junto a la camilla, contemplando a Matilde a la espera de alguna reacción que nunca llegó. El lugar era espantosamente helado, con un aire grisáceo y apagado. Las camillas estaban dividas por cortinas blancas (al igual que paredes, mesas, sabanas y sillas) y el único sonido que se oía era el de los aparatos que marcaban los latidos del corazón. Ese lugar le recordaba al color de su adolescencia, plagada de contratiempos y desgracias. Era como volver el tiempo atrás…
Mientras sujetaba fuertemente la mano de su esposa, recordaba lo sucedido horas antes. Los brillantes ojos verdes de Eugenia tomaban el protagonismo entre sus pensamientos, volviéndolo vulnerable al pasado. Cuando había creído que nada lo sorprendería, ella reaparece para hacerlo sentir estúpido y miserable. Porque así lo había dejado, al marcharse sin avisar. Y así había sido siempre, más allá de todo el amor de su esposa.
Los recuerdos de momentos felices volvían a su mente uno tras otro, atormentando su estabilidad. Los besos, las caricias, los secretos y promesas que le diera a Eugenia se hacían presentes como si el tiempo nunca hubiese pasado. El día que la conociera; la primera charla; ese accidentado beso; la última tarde que pasaran juntos… ¿Acaso todo eso había sido fruto de una mera fantasía? ¿Tan equivocado estaba como para creer en ese amor? ¿Seguía tan confundido como para amarla a pesar de los años?
Basta.
El pasado era solamente eso: pasado. Algo que quedó atrás y no tenía importancia recordar. No era momento de rememorar el dolor que ella le producía… menos todo lo que hacía que no pudiera dejar de amarla.
El sonido de su celular lo devolvió a la realidad, a medida de que se alejaba de terapia.
Pasados unos minutos, se encontraba tomando su auto y volviendo hacía Capital. Había olvidado por completo que debía dar una charla en la que fuera su escuela secundaria. Vaya casualidad. Con todo lo que pasó con Matilde no le dio tiempo de avisarles que no podría asistir. Pero ahora no tenía más remedio que dar esa maldita charla, librarse de compromisos y volver al lado de su esposa.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Untitled II: 4ª Parte

Caminaba de un lado a otro. Estaba nervioso, temeroso. Había salido corriendo de su casa ni bien se enterara de lo que ocurrió con Matilde. Rogaba que no hubiese sido tan grave, que tan solo sean unos golpes sin importancia, lo más leve posible. No estaba listo para otra perdida.
Toda la maldita noche lo tuvieron allí, recorriendo mil veces el prolongado pasillo de guardia. Por más que había preguntado infinidad de veces por su esposa, nadie le daba una respuesta favorable o, por lo menos, informarle en qué lugar se encontraba o quien la estaba atendiendo. No podía más. La incertidumbre lo estaba matando. No sabía que decirle a su hermana, quien llamara varias veces a enterarse de lo ocurrido, más que cuidara bien de Francisco y Violetta y que no les dijera nada, hasta estar seguro de lo que le ocurrió a Matilde.
¿Cómo podía un hospital funcionar tan mal? ¿Acaso no lo habían informado bien sobre donde se encontraba su esposa? Ese podía ser un justificativo, pero no era lo suficientemente sólido. ¿Tan complicado de les hacía decirle qué diablos estaba pasando? …
-Usted es familiar de Matilde Marino, ¿no es así? –Lo sorprendió el interrogatorio de la enfermera, cosa que lo hizo levantarse del asiento de un solo tirón. Se recompuso y trató de ser lo más amable que le fue posible.
-Sí.-Afirmó, con una tenue sonrisa.-Soy su esposo. ¿Dónde está ella? ¿Cómo está? –Evitó toda cordialidad, pues lo único que le importaba era saber de Matilde.-Llevo toda la noche aquí y nadie me da una respuesta acerca de…
-Cálmese señor.-Cortó la mujer.-En un momento la doctora que la atiende vendrá a hablar con usted y le sacará todas sus dudas. Se lo prometo.-Dijo, sin perder la seriedad.-Quédese aquí que ella vendrá enseguida.
-Gracias.-Suspiró, más aliviado. Volvió a tomar asiento.- ¿Cómo dijo que se llamaba la doctora…?-Alcanzó a preguntar, pero cuando giro la cabeza, la enfermera ya se había marchado. Poco cortés de su parte. Aunque eso no tenía sentido. Sabía que Matilde se encontraba allí y tuvo la sensación de que todo mejoraría muy pronto…
-Solo espero que esa doctora aclare todas mis dudas…- Emuló, para sí mismo, las palabras que la enfermera le dijera minutos antes.
En momentos como este, él era quien debía demostrar que no tenía ninguna duda. Matilde siempre había mostrado innumerables certezas en los momentos más difíciles que vivieran. Ahora, Gerónimo era el encargado de devolverle la confianza.
Casi siempre todo se había tratado de él; Malvinas; el dolor; la angustia; el sufrimiento… Matilde se encargó una y mil veces de llenar todos los espacios vacíos en su corazón, acompañándolo, conteniéndolo y amándolo. Y eso último, era lo que (en un punto) más lamentaba: que ella lo amara incondicionalmente. Porque, más allá de Matilde, nunca pudo recuperarse del abandono de… ella.
De alguna u otra manera, ella siempre estaba ahí metida, sin la intención de marcharse. Ella era la causa de los males que lo aquejaban; sus llantos, miedos y tristezas. Pero, a su vez, ella había sido la única y la última que lo hiciera sentir vivo. Y eso era lo que más odiaba de sí mismo: que no pudiera corresponder al cariño de una extraordinaria mujer, como lo era Matilde; sin embargo, estaba condenado a amar de por vida a una maldita, que lo único que hizo fue jugar con sus sentimientos y desertarlo como a un juguete. ¿Y por qué siempre tenía que colarse en sus pensamientos?
¡Maldita sea!
Gerónimo ya no era un niño, pero seguía empeñado en meterla en cuanta cosa pensara… Había aprendido a lidiar con su ausencia, sin embargo, no podía arrancarla de su alma por más que quisiese. Tal vez, no quería hacerlo. Razonándolo, sabía que eso sería imposible de lograr…
Cerró los ojos. Se quitó los lentes de contacto y se pasó la mano por la frente. Basta de pensar en idioteces.
-Usted… usted… usted es el esposo de Matilde Marino.
Él levantó la mirada ni bien escuchó la tensa voz de la mujer. Debía ser la doctora… ¿La doctora? Quedó paralizado por completo, sin posibilidad alguna de respuesta. Ni siquiera podía afirmar con la cabeza que él era el esposo de Matilde. Simplemente, parecía irreal. Era imposible. No… no podía ser justamente ella. La médica no podía ser Eugenia. ¡No podía!
Ambos permanecieron en silencio, pero turbados. Gerónimo seguía sin comprender bien que estaba pasando y que estaba sintiendo. Por un instante, pero solo por un instante, pareció que el tiempo nunca había transcurrido, como si fuera ayer que se despidieran en aquel departamento. Como si nada malo los hubiera afectado…
-¿Usted es familiar de Matilde Marino?- Repreguntó Eugenia, esta vez con más seguridad. Basta se dijo a sí misma, prometiéndose mantener la cordura al hablar con él.
Él. Su rostro no denotaba el paso de los años. Sus ojos seguían siendo azules, como en cielo en un mediodía despejado. Pero ahora tenía un cierto aire intelectual que lo rodeaba y lo volvía casi irresistible. ¿Qué dijo? Solamente la verdad… Sin embargo, también formaba parte de la verdad la distancia que había entre ellos. Hasta creyó percibir una cierta tristeza en Gerónimo, pero que no sabía describir con exactitud. Tenía tanto que decirle. Tanto que explicarle…
-Sí.-Dijo al fin, tratando de controlarse.-Soy yo.-Se levantó del asiento y se puso frente a Eugenia. Sin dudas, era ella. Tan hermosa y altiva como solía recordarla. Sentía como si sus grandes ojos verdes lo invadieran. Notaba en ella una cierta calma, que estaba seguro que fingía. Ya había madurado, era una mujer, aunque su rostro de niña desprotegida se mantenía firme al paso de los años. Lo carcomía la curiosidad por saber que estaba pensando, que estaba sintiendo. Quizás, ni siquiera le importaba, pero tenía la inmensa necesidad de saberlo. Por un momento, las palabras de la enfermera volvieron a su mente… la doctora que la atiende vendrá a hablar con usted y le sacará todas sus dudas. La única certeza que tenía era que lo había confundido, aún más de lo que ya estaba. De lo que siempre había estado.
-Bien…-Volvió a decir Eugenia, como si entre cada palabra pasase una eternidad. Gerónimo estaba enfrente de ella. Era muy tentador. Una vez más, ¡basta!
-¿Cómo está mi esposa?-Interrumpió, colocándose los lentes con la mano izquierda.
Eugenia notó el reluciente anillo que llevaba puesto y sintió dentro suyo una especie de punzada. Una fuerte punzada. Era hora de volver a la realidad: Gerónimo estaba casado.
-Bien, Geroni… señor Marino.-No sabía por cuánto tiempo más podría controlarlo.-Matilde se encuentra estable. Tiene traumatismo de cráneo y una fractura en el brazo izquierdo. No descartó alguna que otra fisura en las costillas, pero necesito ver las radiografías primero. Por el momento, su pronóstico es reservado. Mientras tanto, la mantendremos en terapia intensiva.-Explicó.
-¿Por cuánto tiempo?
-No lo sé.- Le parecía increíble, pero estaban charlando.-Todo depende de cómo se recupere, según la gravedad de las heridas.
-¿Y vos…? Perdón.-No tenía que tratarle así, solamente era una desconocida. Se había transformado en una desconocida.- ¿Usted qué cree? ¿Va a mejorarse?
Eugenia no supo que responder. Se quedó tildada en los ojos de Gerónimo. ¿Por qué se sorprendía de actuar de aquel modo? Porque sabía que iba a reaccionar así. Aunque nunca imaginó que volvería a verlo…
-Eugenia, ¿ella se va a recuperar? –Dijo, sin pensarlo, al ver que ella no reaccionaba. Se maldijo por dentro. No debió haberla llamado así. Su inconsciente lo traicionó. Su corazón también.
-Yo creo que sí.-Respondió, al fin.-Pero es mejor ser cautos. No siempre lo que uno quiere que suceda y lo que sucede al fin, van de la mano.-Justamente era lo que ocurrió con ellos. Era lo más sincero que había dicho en mucho tiempo.
-Lamentablemente…-Murmuró, con un dejo de melancolía en sus palabras.-…es así.-Sacudió su cabeza, antes de que los recuerdos lo aturdiesen más todavía.-Gracias… doctora.
Pero, antes de marcharse, recordó que no le había preguntado donde se encontraba Matilde y si podía verla.
-Una cosa más…-Se volvió hacia Eugenia. Esta permanecía en el mismo lugar.- ¿Dónde está? ¿Puedo verla?
-En el cuarto piso.-Se limitó a contestar.-Pero aún no puedes verla. Tal vez, esta tarde.
-Gracias.-Volvió a decir. Cuando se disponía a irse, Eugenia lo tomó del brazo para evitar que lo hiciera. Gerónimo sintió como si su tacto lo quemara por dentro. Ya había olvidado cómo era sentirla contra su piel… Le provocó un tenue cosquilleo que lo aterró.
-¿Cómo estás?-Lo miro fijo a los ojos, sin soltarlo. Por lo menos quería saber cómo había estado todos estos años…
-Sobreviviendo a la amargura.-Respondió, sin expresión alguna. Frío. Dejó que el odio ganara por esa vez. Porque no era precisamente eso lo que estaba comenzando a sentir. Sino todo lo contrario… y era eso lo que más lo aterraba.
Gerónimo se soltó y empezó a alejarse, ante la triste mirada de Eugenia, que lo veía perderse hacia el fondo del pasillo… sabiendo que sus ilusiones nunca se habían separado de él.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Untitled II: 3ª Parte

-¡Doctora Arizábal! ¡Doctora Arizábal!
Los insistentes llamados de la enfermera lograron desertarla. Llevaba más de veinticuatro horas de guardia y, en ese momento, lo único que quería era volver a su casa y ver a Paula. Pero el deber la solicitaba y no podía hacer otra cosa que no fuera acudir a él.
-¿Qué pasó? –Preguntó, mientras se acomodaba el cabello y su bata blanca. A causa de tantas horas de trabajo, se quedó dormida en su pequeño consultorio.
-Acaba de ingresar una mujer con heridas múltiples.-Respondió, visiblemente apresurada.-Pareciera ser que sufrió un accidente en la autopista y la policía fue quien la encontró.
Mientras la enfermera terminaba de hablar, ambas ya se encontraban en el pasillo a metros de la herida.
-¿Saben cómo sucedió? –Inquirió Eugenia, dirigiéndose a los camilleros que trasladaban a la paciente. La miro unos segundos. Estaba inconsciente, tenía respiración asistida y moretones por doquier.-No debería estar aquí, sino en terapia…
-No sabemos mucho…
Antes de que pudieran intubarla, la paciente se descompensó.
-¡A terapia! ¡A terapia! ¡Ahora! –Repetía Eugenia, insistentemente, a medida de que iba desapareciendo en la oscuridad del pasillo, rumbo a cirugía.
Más tarde, lograron estabilizarla, induciéndola a un coma. Eugenia la visitó dos veces, en toda la noche. La paciente había llegado a las nueve de la noche, si ella no estaba equivocada. Por más que investigó, preguntó y repreguntó, Eugenia no logró dar con la identidad de la misma. Su estado era bastante delicado y alguien debía hacerse cargo de ella.
Después de varios estudios, la mujer solo tenía un traumatismo de cráneo y una fractura en el brazo izquierdo. Pero lo mejor era mantenerla en estado de observación, para ver cómo evolucionaba. Además, algún familiar debía tener.
Una vez que instaló a la mujer en una de las camas de terapia, la dejó a cargo de las enfermeras. En tanto, ella volvió a la guardia.

Y, a decir verdad, Eugenia no había tenido tiempo de dormir en toda la madrugada. Miro el reloj, eran las cinco y media de la mañana. Luego, le dio un pequeño sorbo a la abundante taza de café. Se recostó un poco sobre la camilla del consultorio. Deseaba tanto volver a casa.
A un costado, tenía estaba pegada la foto de Paula, junto con la de su madre. Le parecía increíble que pudieran llevar una vida tranquila las tres, en Argentina. Eugenia estaba muy cómoda con su trabajo en el Hospital Posadas. Sus compañeros eran amables, el ambiente era óptimo y por el sueldo no se podía quejar (más allá de que no necesitara demasiado de aquel dinero). Pero lo que más le agradaba era estar con su hija, acompañarla.
A Paula no le había costado en lo absoluto adaptarse al nuevo colegio. Hablaba perfectamente el castellano y era muy amigable con todos, por lo que no tardó en hacerse nuevas amigas. Se la veía realmente cómoda estando allí y eso era lo que a Eugenia la sorprendía.
Paula había nacido en los Estados Unidos, pero ella se encargó de darle la doble nacionalidad e inculcarle el amor hacia Argentina. Sin embargo, nunca pensó que podía despertar en su hija semejante interés por su país, como lo manifestaba Paula. Y, por esto, hizo hasta lo imposible para convencer a su madre y abuela de volver a Buenos Aires. Lográndolo.
Algunas veces, Eugenia pensaba que ella no había tenido nada que ver en ello. Creía que, tal vez, eso ya estaba con Paula desde que naciera. Porque había demasiadas cosas que la unían a esta tierra, muchas cosas…
Había cosas que eran mejor no recordar.
Volvieron tocar la puerta. Eugenia se levantó de un tirón y fue a ver de quien se trataba. Era la enfermera, otra vez. Al parecer, habían identificado a la paciente que llegara en la noche. Revisó los papeles. Esa mujer era Matilde Marino. ¿Marino?
-Doctora, ¿se encuentra bien? –Preguntó la enfermera, al ver el semblante que Eugenia tenía.- ¿Quiere que le traía algo? ¿Agua? –Insistió.
-No, no… estoy bien.-Sonrió. Mintió. No lo estaba.
Matilde Marino. Marino, ahí estaba la cuestión. Sabía perfectamente que podría haber miles de personas que tuvieran idéntico apellido. Pero, ¿justo le tenía que tocar a ella atender a una mujer de apellido “Marino”? ¿Por qué tenía que volver a tropezar con el pasado? Otra vez, retornaban los recuerdos del ’81.
Mierda.
En sí, volver a la Argentina significaba volver al pasado. En su momento, pensó que no sería tan complicado adaptarse al país otra vez. Pensó que, tal vez, era tiempo de darse cuenta que los años habían pasado y que ya no tenía oportunidad de enmendar las cosas. Supuso que era tiempo de volver a disfrutar de la vida, de darse una nueva chance. Y ahora… aparecía esto.
-Y además apareció…-Continuaba hablando la enfermera, abstraída del estado en que Eugenia se encontraba.
¿Cómo sería empezar otra vez? Se preguntaba, interiormente, Eugenia. No cabía en sus planes cosa semejante, simplemente le parecía imposible. La única motivación que tenía era Paula y, después de ella, no había nada más que le interesase. Ella era todo lo que le quedaba de, lo que alguna vez, fue su felicidad. Tantos sacrificios, lágrimas contenidas y silencios tortuosos, fueron para protegerla. Y, por ella, tuvo que volver a pesar de no desearlo… ¿o sí?
La realidad era que, a pesar de que tuviera treinta y cuatro años, una profesión que amaba, una hija preciosa y una inusual estabilidad anímica, más de tres meses en su tierra le demostraron que ella seguía siendo aquella muchacha ingenua, que enloqueciera de amor por Gerónimo.
Gerónimo Marino.
-… Gerónimo.-Concluyó la enfermera, esperando una respuesta por parte de Eugenia. Esta se sobresaltó al escucharla decir aquel nombre.- Perdóneme, doctora Arizábal, pero ¿usted estaba escuchando lo que decía?
-Discúlpame…-Se excusó Eugenia, apenada.-La verdad es que no lo hice… no pude dormir en toda la noche…
-Bien.-Interrumpió la enfermera, sin cortesía alguna.-Apareció un familiar de la paciente. Más bien, su esposo. Y quiere verla con urgencia, porque desea saber cómo está su esposa. Estuvo toda la noche esperando en la sala de guardia.-Informó.- ¡Ah! Su nombre es… Gerónimo Marino.
Eugenia se quedó sin voz. Su garganta se había cerrado. Ni quiera pudo agradecerle a la enfermera la información que le había dado, ya que esta se marchó raudamente hacia el pasillo. Estaba parada en la puerta del consultorio, con la carpeta donde estaba anotado todo el proceso por el que tuvo que pasar la mujer, desde que llegara al hospital. Lo que debía hacer era ir en busca del familiar de la mujer… pero, la verdad, era que no tenía idea de qué era lo que había que hacerse. Estaba completamente estática. Atontada.
¿Casualidad? ¿Causalidad? ¿Por qué? ¿Gerónimo estaba casado? ¿Por qué? ¿Estaba lista para volver a verlo? ¡Por qué! No sabía si reír o llorar. Salir al pasillo o encerrarse en su consultorio para siempre. Creer o no en lo que acababa de escuchar.
Durante años, trató de contener la angustia y el dolor que su recuerdo le causaba. Trató de de guardarse todos los sentimientos que solo él producía en su corazón, para que nadie sospechara de su dolor. Ahora, estaban exteriorizados en sus nervios y en el miedo que le producía la proximidad del reencuentro.
Con firmeza, cerró la puerta detrás de ella y se encaminó hacia el final del pasillo.

martes, 30 de noviembre de 2010

Untitled II: 2ª Parte

La noche caía lentamente sobre la iluminada Capital Federal. El otoño ya estaba bien acentuado en el calendario, dejando a su paso cientos y cientos de árboles con sus hojas secas. La suave brisa fresca, que se acentuaba con el correr de las horas, acompañada por las primeras estrellas que aparecían en lo azul del cielo e incontables edificios, avenidas y autos formaban parte del paisaje urbano.
Desde la terraza, Gerónimo podía disfrutarlo como realmente le gustaba. Además, hace poco tiempo, le había tomado el gusto a la fotografía (inducido por su esposa) y esa clase de panorama le fascinaba retratar. Siempre lograba encontrar un tiempo libre para dedicarle y disfrutar de ella. Estando allí, disfrutando de la vista, le proporcionaba una paz indescriptible… Algo que parecía imposible de lograr. Por lo menos así lo creyó él, años atrás.
Habían pasado demasiadas cosas. Había sufrido demasiadas tragedias. Había cambiado radicalmente…
Después de Malvinas, Gerónimo se había puesto inmediatamente a trabajar. Primero, lo había hecho en el depósito de un supermercado, para luego terminar en una fábrica de autos. Como pudo, como mejor le salió, costeó sus estudios de Periodismo y ayudó a su madre. Casi no dormía, trabajaba demasiado y estudiaba a la par. No le fue fácil llegar a concluir su carrera. Pero su esfuerzo sirvió de algo y lo logró.
No supo bien por qué había elegido esa carrera en particular, pero siempre le había gustado. Veía a los periodistas como los voceros del pueblo, más allá de que durante la Dictadura muchos no hicieron más que salvar su propio trasero, comunicando lo que los milicos quería que dijeran. Y quizás esto fue lo último que lo motivó a estudiar la carrera: para decir la verdad, contarles a todos las cosas que realmente pasaban.
Luego de la vuelta de la democracia a la Argentina, se había lucido con un trabajo sobre ello en la Facultad, obteniendo la mejor nota de la clase. De ahí en más, supo que esa era su vocación y que de ello viviría una vez recibido.
Sus primeros trabajos fueron en radio. Comenzó haciendo un pequeño segmento, en donde hablaba de la realidad política y la analizaba. Poquito a poco, paso por diferentes radios de la provincia de Buenos Aires. Luego, pasó por algunas radios pequeñas de Capital, hasta terminar en la radio más importante de la ciudad y con alcance a gran parte del interior argentino.
Su nombre comenzó a ser respetado y reconocido. Tenía una columna de opinión en el diario más vendido del país y en una revista de interés general, muy conocida también. Estaba a punto de comenzar a escribir su primer libro y tenía una importante oferta para sumarse a un canal de televisión.
Si que todo había valido la pena…
Pero Malvinas seguía allí, latente, inolvidable. Así como Francisco. Así como Eugenia…
Esas habían sido las perdidas más grandes que jamás hubiese tenido y de las que nunca podría sobreponerse. Francisco murió en sus brazos. Fue él quien tuvo que decirle eso a su madre; quien la vio llorar desconsoladamente por su hijo muerto. ¿Cómo se podía volver se aquello?
En un principio, las imágenes se sucedían una y otra vez en su cabeza: el pelotón entero corriendo, aviones sobrevolando sobre sus cabezas, una lluvia de disparos y al final… Francisco agonizando. Francisco llorando. Francisco sin vida. Parecía una tortura para él. Había días que se sentía culpable por ello; otras veces, insultaba al mundo entero y luego de la furia, todo acababa con la resignación.
-Hay cosas que no tienen remedio.-Concluía.
Con el correr de los años, las heridas comenzaron a cicatrizar minuciosamente. Pero Gerónimo sabía perfectamente que lo acompañarían hasta el final de sus días. Y Matilde tuvo mucho que ver en ese proceso.
Apareció inesperadamente, para inundarle los días de cariño y esperanza. Ella era una compañera de clase, que terminó enamorándose de él. No había mujer más pura y bella que Matilde.
Lo encandiló desde el primer instante, devolviéndole ritmo a lo que nunca hubiese creído que volvería a latir en él: su corazón malherido. A paso lento, pero seguro, fue ganándose su confianza. Primero, compartiendo estudios; luego, interminables charlas, para terminar rendidos ante el amor y el deseo.
Juntos estudiaron y se apoyaron mutuamente el uno al otro. Juntos superaron todos los obstáculos y llegaron, juntos, al éxito del que disfrutaban en la actualidad.
Gerónimo estaba seguro de que su vida se hubiera desbarrancado, si Matilde no hubiese aparecido en el momento exacto. Su sonrisa, su timidez, sus caricias y sus besos, lo ayudaron a seguir.
Y todo aquello, desembocó en el matrimonio. Después de cuatro años, Gerónimo y Matilde se casaron. Él estaba completamente seguro de que ella lo amaba más que a nada, porque a cada instante se encargaba de demostrárselo… pero Gerónimo no parecía sentir lo mismo. En realidad, no lo sentía.
No podía negar la belleza física y espiritual que Matilde poseía, y que tan bien le hacía, pero nunca podía pasar de ahí. Le había propuesto casamiento, tenía que admitirlo, porque no quería perder el amor y la tranquilidad que le brindaba. Gerónimo sabía que una mujer así no se le presentaría dos veces en su camino, y no debía dejarla ir… Aunque su corazón estaría ligado de por vida a otra mujer.
Habían pasado innumerables momentos de felicidad. Matilde le había regalado dos hijos maravillosos: Facundo, de nueve años, y Violetta, de cinco. Junto a ella, había construido una hermosa familia, de la cual estaba enormemente orgulloso. Pero, más allá de su ternura y contención, Matilde jamás pudo sanar la herida más profunda que llevaba en su interior… Eugenia.
Jamás pudo olvidarla. Jamás pudo dejar de amarla, extrañarla, llorarla. No pasaba un solo día sin que no imaginara su rostro, sin que soñara con su sonrisa. Hubiese deseado, en lo más recóndito de su alma, que todo hubiera sido una pesadilla. Que Eugenia nunca hubiese mentido. Que jamás se hubiese marchado.
¿Cómo pudo? ¿Cómo fue capaz de romperle el corazón en mil pedazos? ¿Por qué tuvo que herirlo de aquel modo? ¿Por qué mintió sobre su amor?
Nunca más volvió a verla, ni saber de ella. Lo único que le quedó fue el recuerdo de sus besos y esa mágica despedida que tuvieran…
Había pasado demasiado tiempo. Diecisiete años habían sido demasiado…
Sacudió raudamente la cabeza, intentando ahuyentar aquellos pensamientos. Eran más de las ocho de la noche y comenzaba a hacer frío allí. Se olvidó del paisaje y se dirigió al loft, que estaba debajo, donde vivía junto a su esposa e hijos.
Cuando llegó, el teléfono sonaba estruendosamente. Alcanzó a atenderlo.
Minutos después, Gerónimo salía desesperadamente de su departamento.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Untitled II: 1ª Parte


Enero de 1999, New York City.

Suspiró, mitad aliviada, mitad resignada. Mientras que la nieve caía suavemente sobre el ajetreado trafico de la ciudad, Eugenia se encontraba del otro lado de la ventana de su departamento, pensando en su regreso a la Argentina. Estaba segura de que, por un lado, extrañaría todo ese mundo al que ya se había acostumbrado. Su trabajo, sus amigas, las personas, la luz y el brillo de New York. Pero sabía que nada de eso la ataba a aquel lugar.
Se alejó por un momento de la ventana y centró su atención en la maleta que estaba sobre la cama y en controlar de que no se estuviese olvidando de nada. Toda su vida adulta había transcurrido en Estados Unidos. Había llegado allí, junto con su madre, con otro objetivo, pero después se hizo imposible el regreso a Buenos Aires. No pasaba un día sin que Eugenia lo lamentase. No pasaba un solo día sin recordarlo, sin extrañarlo…
Al principio, había sido bastante duro para Eugenia aceptar su nueva realidad y menos estando alejada de quien más había amado. Pero el apoyo y el cariño de su madre la ayudaron a salir adelante, logrando recibirse con honores de la carrera de Medicina y poder criar a Paula, su hija, a la par de ello.
Paula, su niña. Ella era el motivo por el cual estaba a una hora de embarcarse otra vez al sur. Para Eugenia, ella había sido el regalo más grande que pudo haber recibido y lo que la movía a alcanzar todas sus metas. Isabel, su madre, tuvo mucho que ver con la crianza de ella. Siempre estuvo ahí, cuando Eugenia lo requería y fue esto lo que le permitió a ella poder ser la profesional que era hoy.
Ahora, Paula era una bella jovencita de dieciséis años, esbelta, de cabello negro ondulado y ojos azul cielo. Idénticos a los de él. Por un motivo que Eugenia no alcanzó a comprender, su hija prefirió pasar los últimos dos años de sus estudios en Buenos Aires. Lo único que había entendido, fue que quería estar junto a su abuela, por lo que no se lo impidió. Pero, antes de que Paula se marchara, le prometió de cualquier modo conseguir un empleo allí, para poder estar con ella. Esto tranquilizó a ambas. El acuerdo ya estaba hecho.
Desde entonces, Isabel fue quien se encargó de conseguir ese trabajo en algún sanatorio u hospital de Capital, mientras que Eugenia presentaba su renuncia indeclinable al General Hospital de New York. Ese lugar era realmente agradable, pero no quería separarse de su hija más tiempo del debido. Y esto también le trajo consecuencias, por así decirlo, malas.
Las casualidades de la vida hicieron que Eugenia se convirtiese en la pareja de Brandon Miller, el director del hospital. Su relación había sido bastante duradera como para pensar que algún día se casarían. Esto era lo que Brandon pensaba, pero en la cabeza de Eugenia esa idea ni siquiera era una opción. Ella estaba segura de que él la amaba y la protegía, aunque eso no quitaba lo alejados que estaban últimamente y lo indiferente que había comenzado a portarse con Paula. Y esta fue la excusa perfecta, junto con la renuncia, para acabar con esa relación que, a fin de cuentas, no cavaría en ningún lado. Porque Eugenia no lo amaba, nunca lo había hecho.
Tal vez, ese había sido su gran problema. Después de lo que sucediera antes de embarcarse hacia New York, la volvía incapaz de amar a alguien. Ella había hecho una promesa, años atrás, y no la había cumplido. No permitirse amar a nadie, quizás, era una forma de serle fiel a él… a Gerónimo. Pero cuando lo pensaba, la realidad le mostraba que seguía enamorada de él y que no tenía la menor intención de dejar de hacerlo, más allá de que estuviera con otro. Si algún día dejaba de amarlo (cosa que veía poco probable) siempre estaría unida a Gerónimo…
Un fuerte bocinazo, proveniente de la calle, le recordó que se le estaba haciendo tarde para embarcar su vuelo.
Se levantó de la cama, se abrigó lo mejor que pudo, cerró las cortinas y tomó sus maletas, con destino a la salida. Media hora más tarde, el avión estaba despegando y Eugenia sintió que una sensación de nostalgia la invadía. Volvieron los recuerdos que, diecisiete años atrás, le hubiesen parecido imposibles. Regresó al día en que llegara, por primera vez a la ciudad. Recordó su tristeza, su desamparo. Retornó a ella la imagen se su delgada figura frente al espejo, sorprendida pero feliz, llena de vida en su interior…
Habían pasado demasiadas cosas, desde aquel entonces. Había demasiados secretos, malentendidos, desencuentros y mentiras.
Eugenia se había convertido en una mujer, tenía todo lo que quería, a sus treinta y cuatro años ya estaba realizada… pero no era lo mismo, siempre faltaba algo.
Con el correr de los años, ese algo, ya era un imposible…
Todo había cambiado.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Untitled I: 15ª Parte

Tres meses después

Regresó en medio de la noche, escondido en el camión del Regimiento. No hubo reconocimientos ni la cálida bienvenida que se había imaginado. Parecían querer esconderlos, como si fuesen una vergüenza o una carga para los demás. Todavía estaba aterrado y dolido, además esa llegada lo había entristecido aún más.
Nunca olvidara Malvinas. Los combates, las bombas, los tiros, el frío que parecía congelarle hasta los huesos. En su mente estaban las charlas con los compañeros, las corridas que hacían cuando intuían que algún avión inglés se aproximaba. Jamás podrá olvidar el rostro agonizante de Francisco. Sus ojos fijos, puestos en él y luego, su mirada carente de vida. Siempre estará en su recuerdo esa noche, esa corrida, los interminables tiros y después… Francisco, detrás suyo, malherido. Se le rompía el corazón en mil pedazos cada vez que lo recordaba. Su mejor amigo había muerto en sus brazos, por culpa de unos hijos de puta, que ni él mismo sabía quiénes eran.
Nada era justo. Nunca lo había sido. Vio demasiada muerte en esos meses en el sur.
Sus armas no funcionaban. No sabían exactamente qué hacer, ante un ataque. Les habían hecho creer que los ingleses eran los que estaban en problemas, pero los días demostraron lo contrario. La mitad del pelotón había caído en combate. Muerte, muerte y más muerte.
No tenía ningún sentido haber derramado tanta sangre inocente, ni por más justa que fuera la causa. Gerónimo no tardó en percatarse de que nunca ganarían esa inentendible guerra. Los ingleses estaban más experimentados, sus armas eran más modernas. Eran hombres. Pero ellos, los argentinos, tan solo eran niños a los que habían obligado a “cumplir con la defensa de la patria”. Estaban temerosos, eran ineptos, tenían frío y hambre. No había posibilidad de vencer a nadie.
¡Maldito hijo de puta, quien haya ideado esta absurda guerra!
Todo había terminado, pero Francisco se había quedado allá. Él sobrevivió, peleó, se defendió… pero su amigo no volvió. Su amigo estaba muerto y Gerónimo no podía hacer nada contra ello.
Pudo notar, mientras regresaba a Buenos Aires, que muchos de sus compañeros no estaban bien. Los veía algo perdidos ó alucinando con bombas o aviones sobre ellos. Sintió pena. Sus almas habían sido sacudidas cruelmente y sus mentes nubladas por completo, con gritos de auxilio y sonidos de ametralladoras. Gerónimo era fuerte, pero ellos no. Si hubiese cedido, seguramente había quedado en ese estado. Pero la depresión era inevitable. Ni el amor de Eugenia hubiera podido hacerle olvidar toda esa puta pesadilla.
Eugenia…su gran dolor. Su gran decepción.
En esos interminables días en Malvinas, la recordó a cada instante. Habló de ella, como si fuese su único Dios. Se obligó a mantenerse en pie, solamente porque tenía que volver, para huir hacia la felicidad de su mano. Pero todo había sido una farsa. Una vez más, habían jugado con su corazón.
A los pocos días de su regreso, supo que Eugenia ya no estaba en el país. Su casa tenía un enorme letrero, que anunciaba la venta de la misma. Nadie supo el porqué ni el cómo ni el cuándo de su partida. De un día para el otro, había desaparecido. Se había marchado.
Y con ella, la oportunidad de resucitar. La única chance de recuperarse de aquel infierno sufrido… solo le quedaba Ana y Julieta, sus únicas esperanzas. Lo demás no tenía importancia.
Sus sueños habían sido pisoteados y su felicidad tirada a la basura. Nada volvería a la normalidad. Nunca.
Solo le quedaba ocuparse de su familia y hacerlas felices, de algún modo. No tenía más porqué luchar ni soñar. Ya estaba muerto, pero su corazón permanecía latiendo.
Ni los años, los reconocimientos o las disculpas cambiarían en lo más mínimo su vida. Ya estaba condenado… no había remedio alguno para ello.

Continuará…

martes, 2 de noviembre de 2010

Untitled I: 14ª Parte

Los días corrían, como Gerónimo lo hacía en el Regimiento. Nada le causó sorpresa alguna: todo era tal cual lo había imaginado siempre. Exceso de ejercitación, trato severo y poca alimentación. Esto por nombrar solo algunas de las cosas que allí acontecían.
Su día comenzaba a las seis de la mañana y finalizaba a las diez de la noche, si al Comandante no se le ocurría que pusieran en práctica todo lo que hacía durante el día. En ese caso, permanecían, sin dormir, hasta las cuatro de la mañana o más. Claro era que, no pasaba un solo día sin pensar en su amada. Solo por Eugenia, incluso antes que su madre o su hermana, soportaba las interminables horas de actividad en aquel lugar. Lo mantenía fuerte la ilusión de que ella estuviera haciendo todo lo posible para que, a su llegada, por fin terminaran juntos. Aguardaba, impaciente, la llegada de ese día.
En cuanto a lo que respectaba a la “Colimba”, se le hacía verdaderamente insoportable. Dormía en un galpón, al que llamaban “barraca”, junto a otro compañero. Gerónimo dormía abajo y su compañero arriba de la cama cucheta, ya que no había podido lograr quedarse junto a Francisco. Pero, al menos, estaban en el mismo regimiento. La rigurosidad iba desde el mismo amanecer, hasta bien entrada la noche.
Todo debía hacerse correcta y prolijamente. Le habían enseñado a doblar la ropa, acomodar sus tasas, toallas y demás elementos, todo como lo quería el Teniente. Y más le valía que encontraran todo como se lo habían indicado, sino recibiría una sanción segura. Todos sus movimientos tenían que ser autorizados por el Teniente a cargo. Si podían ir al baño, debía ser acreditado; si podían desayunar, debía ser acreditado; si podían irse a dormir, debía ser acreditado. Todo debía ser acreditado y eso lo molestaba en demasía. Cada semana cambiaban de Teniente y, salvo contados hombres, eran realmente unos idiotas. Para su suerte, ninguno se había quejado de su conducta, pero en el caso de su compañero no podía afirmar lo mismo. Este siempre era objeto de burla, por parte de los demás compañeros y por los mismos militares. Su situación era desagradable.
Estar allí era una prueba de supervivencia, no cabía dudas. La mayor parte del día, debían afrontar distintas pruebas de resistencia física. Lo que solían hacer era ir hasta el campo, anteriormente preparado, donde tenían que superar todo tipo de obstáculos imaginables. Moverse a ras del suelo; saltar enormes pozos; esquivar objetos; escabullirse por espacios muy pequeños; y, todo esto, a lo largo de una hectárea y en el menos tiempo posible. Si al Comandante no le parecía suficiente el tiempo, debían volver a repetir este procedimiento y, ciertamente, les podía llevar un día entero esta prueba. Siempre, esta actividad, se realizaba en forma grupal. Había compañeros mucho más ágiles y veloces que Gerónimo, pero este no podía quejarse. Su delgadez le permitía avanzar los obstáculos y, sumado a que era rápido, esto hacía que pudiese pasar la prueba y no recibir ninguna bravuconería por parte de sus superiores. Pero esto implicaba un esfuerzo muy grande, que lo obligaba a mentalizarse que tenía que soportar todo aquello. De otra manera, su cuerpo no resistiría mucho más.
Entre las pruebas, también se encontraba el uso de diferentes armas. El Regimiento contaba con polígono de tiro propio, por lo que allí mismo practicaban. Bastaba con tener buena puntería. Y todos la poseían, hasta el menos habilidoso. ¿A qué se debía esto? Mientras Gerónimo esperaba su turno, lo descubrió. Ya había pasado un mes desde su llegada. Analizó con detenimiento las inscripciones que su fusil tenía y notó que este había sido hecho en 1955. ¡1955! Así cualquiera podía ser bueno al usarla, era un arma vieja e inservible. Cuando le comentó esto a Francisco, él inspeccionó su propia arma y esta había sido hecha al año siguiente. ¡Vaya entrenamiento que se les estaba dando!
La peor parte era, sin dudas, los ejercicios a plena luz del día, bajo el ardiente sol de verano. Esos hombres no tenían piedad alguna. La mayor parte de las veces, los hacían correr alrededor del predio (más de catorce kilómetros) durante una hora y media. Pocas eran las veces que los superiores eran benévolos y solo les hacían trotar durante cuarenta minutos. Pero esto solo sucedía en extrañas ocasiones. Luego, debía recostarse sobre el asfalto, para realizar abdominales y demás ejercicios físicos. En momentos como este, Gerónimo creía que no lograría soportar aquello. Aunque el paso de los días le demostró que, pese a su delgado aspecto corporal, era capaz de resistir mucho más que otros compañeros que ostentaban un físico mejor desarrollado.
En lo único que coincidían todos, era en que siempre estaban con hambre. Apenas si desayunaban; almorzaban guiso o sopa, no había otra opción; no solían merendar y solo algunas veces llegaban a cenar, ya que siempre se les encargaba hacer alguna actividad a esa hora. Era mucho esfuerzo, pesimamente remunerado. Gerónimo ya había bajado varios kilogramos en solo un mes. Se obligaba a ser fuerte. Tenía que serlo. Por Eugenia, por su familia.
Algunas veces, en el silencio de la noche, cuando no podía conciliar el sueño imaginaba la sonrisa de Eugenia. Solo así, le era posible sentirse vivo otra vez. Recordarla, lo reconfortaba. Soñar con sus besos era todo lo pedía. Cuanto más pasaban los días, más crecía en su pecho el amor que le tenía. Simplemente, Eugenia lo era todo. Eran sus sueños, sus esperanzas, sus ganas de seguir adelante. Ella era su escudo, contra todo mal. Eugenia era su presente y sería su futuro.

Pero, hacia mediados de Marzo, ocurrió una desgracia. Una tragedia. Una desdicha. Los miedos de Gerónimo se habían materializado en aquella triste notificación.
Esa tarde, mientras descansaban, luego de haber practicado el desfile militar, se les informó que ya no seguirían en aquel Regimiento. Había habido un cambio de planes. Rotundo. Contundente. Desgraciado.
El Presidente de la Nación había ordenado a todas las fuerzas militares que para el día dos de Abril, a más tardar, se tomaran por sorpresa a Las Islas Malvinas. Estas habían quedado en manos del Reino Unido de Gran Bretaña hace tiempo ya. Pero la intención era recuperarlas, mediante este golpe sorpresivo.
La noticia hizo que se apoderaran de Gerónimo el terror y la angustia. Jamás se le había cruzado por la cabeza, ni una sola vez, que algo similar podía llegar a ocurrir.
-Ahora van a saber lo que es bueno.-Dijo el Comandante, paseándose a lo largo y ancho de la “barraca”, observando a los soldados, mientras estos preparaban sus pertenencias para emprender el viaje.
Gerónimo no quería. Realmente no quería. Tenía mucho miedo de morir en aquella guerra. Pensaba en todos los que quería. También pensaba en Eugenia. Se preguntaba si ella estaría al tanto de su situación, si su madre sabía de lo que estaba por suceder…
Antes de marcharse, logró llamar a su madre a escondidas. Le aseguró a donde estaba por marcharse y de que se encontraba en perfecto estado. Solo que la interrupción del Teniente evitó que le pudiera preguntar por Eugenia. Este lo sorprendió y lo obligó a cortar a la brevedad.
Ya estaba en el avión, emprendiendo el viaje hacia el sur. Estaba completamente seguro de que nada volvería a ser igual después de que acabase la guerra. De cualquier forma que resultaran las cosas. Se dijo que tenía que ser fuerte. Más de lo que ya lo había sido. Tuve que armarse de valor para no llorar, mientras el motor se encendía y comenzaban a tomar altura.
Ese viaje lo cambiaría para lo que le quedara de vida, era de lo único que estaba seguro.

Untitled I: 13ª Parte

Gerónimo ya se había despedido de su madre y su hermana. Había sido inmensamente amargo y triste…pero trató de no exteriorizar su desencanto ante el inminente viaje con ellas. Estaba sentado en el cordón de la vereda, frente al edificio donde vivía Francisco, junto al bolso que tenía sus pertenencias. Mucha ropa, alguna que otro “objeto de la suerte” que le diera su madre y una pequeña fotografía de Eugenia. Entre todas sus cosas, esa era la más importante. Allí estaba la persona que le había dado las fuerzas que le faltaban para afrontar semejante momento. Sabiendo que después de que todo terminase, se marcharía definitivamente con ella.
Giro lentamente su la cabeza. Cuando hubo llegado a la altura de sus hombros, antes de volverse definitivamente, divisó que su amigo estaba saliendo por la puerta de entrada, bastante distraído. Supuso que serían nervios, pero que trataba de disimular para el resto e, inclusive, para sí mismo. Se saludaron con un cálido abrazo. Minutos después, el móvil de la Policía Federal se acercaba a ellos, para luego llevárselos al destino que les correspondería.
Una nueva etapa, estaba a punto de comenzar.

Despedirse de Gerónimo había sido duro. En medio de besos rápidos y, aún, con su aroma impregnado en la piel, lo vio alejarse. Pero la esperanza la colmaba a la vez, sabiendo que después de que todo hubiera terminado, se escaparían. Llevaba examinando posibilidades una semana. Imaginando formas, pensado en lugares a donde podrían acudir e ideando la forma de huir de las garras de su padre. Todo estaba en sus manos, así se lo había prometido a Gerónimo. Lo único que lamentaba era no poder comunicarle los diferentes planes. La comunicación se limitaba solo a la familia, por lo que la única que podía hablar con él era su madre. También se lamentaba no saber el tiempo exacto que Gerónimo permanecería en Bahía Blanca. Pero nada de esto desalentaría llevar a cabo el escape. Ya estaba decidida y nada la haría cambiar de opinión al respecto.
Mientras daba vueltas entre las sabanas, reía por lo bajo, recordando lo que sucediera una semana antes. La madrugada estaba en su plenitud, sin embargo, Eugenia no podía conciliar el sueño. Pensaba, una y otra vez, en Gerónimo. Pensaba en sus besos, sus caricias, sus palabras. A medida que lo recordaba cada vez más, se decía a sí misma que estaba dispuesta a dejar todo por no perderlo. No quería perderse de la posibilidad de ser, por primera vez, realmente feliz. Y sabía que sin Gerónimo jamás lograría serlo.

Las semanas siguientes, junto con su madre, Eugenia comenzó a averiguar dónde podría estudiar Medicina. Aunque, a decir verdad, solo fingía que estaba interesada en ello, ya que se aproximaba la fecha estimativa, para el regreso de Gerónimo. Ella hubiese querido compartir esto con su madre, pero esta no aprobaría su actitud y Eugenia no necesitaba de eso. Mientras tanto, recorrían universidades y lugares donde se preparaban alumnos para la carrera.
Al ver tantas posibilidades, en un punto, Eugenia era consciente de lo que estaba perdiendo si se fugaba definitivamente con Gerónimo. Pero, por otro lado, sabía que tarde o temprano tendría la oportunidad de retomar esos estudios, ya que eso podría recuperarlo. Esa era la diferencia que tenía con respecto a Gerónimo. Esta era la única ocasión que se le presentaba para ser feliz y no estaba dispuesta a desaprovecharla. Por lo que estaba totalmente convencida de que eso era lo que debía hacer y que, además, era lo correcto para ella.
Regresaron casi para la hora del almuerzo. El calor de febrero era insoportable y parecía no querer dar tregua. Al llegar, Eugenia saludó a su padre y luego, fue a darse un baño. Sin embargo, Isabel de quedó allí, junto a su marido, quien la escrutaba seriamente.
-¿No me vas a preguntar cómo nos fue?-Sonrió Isabel, una vez que Eugenia subió a su cuarto. Alfonzo no pareció inmutarse o dar signos de querer entablar una conversación.-Bueno, te lo cuento de una vez.-Prosiguió ella, de muy buen ánimo.-Recorrimos bastante. Pero la mejor opción para Eugenia sigue siendo la Facultad de Medicina. Solo que deberá estudiar mucho, pero no creo que eso…
-No va a estudiar ahí.-Interrumpió él, sin mostrar emoción alguna en su rostro. Isabel lo miró extrañada.
-¿Perdón?-Se acercó un poco más a este, que estaba sentado en el sillón de cuero que había en el living.- ¿A qué se debe esto?-Preguntó, con toda la calma que le era posible demostrar.
-Se debe a que no va a estudiar Medicina y punto. Una Arizábal no debe ser una simple doctora.-Dijo, con tono de desprecio.- ¡Por Dios! ¡Jamás permitiré que suceda algo semejante!-Exclamó.
-¡Y por qué no dejas que eso lo decida ella!-Gritó, dejando atrás la calma y el buen humor que tenía. ¡Maldita sea! Otra vez Alfonzo se estaba metiendo en cosas que no le incumbían. ¿Cómo era posible que ese hombre tenga la manía de meterse en dónde lo llamaban? Pudo evitar que convirtiera a Eugenia en una desgracia una vez y ahora lo tendría que volver a hacer. Ante esta respuesta, Alfonzo se levantó de un tirón y, sin miramientos previos, abofeteó con toda la fuerza que tenía a su esposa. Isabel lo miro con indignación, ocultando las lágrimas que asomaban por sus ojos. En su mente había una sola idea: salvar a Eugenia de ese monstruo y evitar que le arruinara la vida, como sí lo había hecho con ella, años atrás.
-¡La discusión se acabó aquí!-Dijo, con potente voz.- ¿Oíste?-Sus ojos solo albergaban furia y rencor hacia su esposa. Pero esta no se contentó con que todo quedara allí. Había algo que le decía que esa sería la última discusión que tendrían.
-¿Quién te crees que eres Alfonzo, eh? ¿Crees que puedes manejar la vida de los demás como se te antoje? ¿Crees que…?
-¡Isabel, basta!-Interrumpió.
-¡Basta nada, Alfonzo!-Replicó esta, con un grito descontrolado.- ¡Estoy harta de vivir siempre a tú sombra! ¡Y no voy a permitir que hagas lo mismo con Eugenia!-Algo, en su interior, comenzaba a aliviarse diciendo estas palabras. Llevaba años y años de angustia constante y sufriendo en silencio, a causa de lo que no pudo ser alguna vez… Estaba presa de un matrimonio que detestaba y solo se mantenía en pie por su hija. Aunque, en un principio, no se lo hiciera notar. Ahora sabía que sentía y pensaba su hija, y se veía reflejada a ella misma. Por eso no quería condenarla a soportar el mismo calvario que pasó ella.
-¡Acá no eres nadie! Soporté cosas peores, como para dejarme amedrentar por tus gritos.-Intentó persuadirla, como solía hacerlo, pero no surgía efecto alguno en Isabel.
-Estás muy equivocado.-Dijo, firme y mirándolo a los ojos.-Tú no eres nadie aquí. ¿No recuerdas lo que eras antes de que me casara contigo? –Alfonzo permanecía callado, por lo que ella continuó.- ¡No eras nadie, Alfonzo! ¡Nadie! Tú familia estaba en quiebra. Ni el apellido los salvaba…hasta que te casaste conmigo. ¡Eras un muerto de hambre! ¡Yo te salvé! ¡Mi familia te salvó! Idiota…-Dio dos pasos hacia él y lo escupió en la cara.-No me vengas ahora con que no soy nadie…-Pero Alfonzo la tomó con fuerza de la muñeca, al punto que comenzaba a hacerle daño.
-No me vengas con eso ahora, estúpida.-Murmuró.-Sabes de lo que soy capaz…
-Pero vos no sabes de lo que yo puedo ser capaz…-Replicó, conteniendo el dolor que le producía Alfonzo.-Puedo hacer que toda “tú” riqueza de vaya al diablo…A fin de cuentas, todo esto solo nos pertenece a Eugenia y mí.-Él ya no la apretaba con fuerza, por lo que Isabel pudo librase, antes de que le quebrara la muñeca.
-¡Lo que es de mi hija, es mío también!-Exclamó, prepotente, como si con eso fuera a mitigar las acusaciones de Isabel.-Contra eso no puedes hacer nada. Y ya déjate de estupideces, que no estoy de humor…
-Te olvidas de algo, mi querido Alfonzo…-Sonrió, sarcásticamente.
-Déjame adivinar…- Respondió, con idéntico tono.-Todavía sigues enojada porque mandé a matar al idiota ese que te gustaba...-Rió, al ver la expresión de Isabel. Había dado en su fibra más sensible.- ¿Gustavo era, no? Gustavo Ortiz. Si hubieses visto como suplicaba que no le hicieran daño.-Su sonrisa se acentuó aún más, viendo que Isabel permanecía en silencio. De haberlo recordado antes, se hubiera evitado el disgusto de discutir con su esposa.-Y…ahora que lo recuerdo…-Dijo, pensativo.- ¡Claro! Él era médico. Por eso tu empeño en que nuestra hija estudié Medicina…
-¡Cállate!-Gritó Isabel, al borde del colapso. Sin embargo, no dejaría que Alfonzo ganara esta vez. El recuerdo de Gustavo seguía vivo en ella y Alfonzo recurría cada vez que discutían a eso, para concluir con ella. Pero ya estaba harta de él, de los recuerdos y de llorar todo lo que nunca pudo ser… ya no más.- ¡Y deja de mencionar a Eugenia como si fuese algo tuyo!
-Te volviste loca, ¿no es así?-Bromeó, sonriente.-Porque ella…
-¡Eugenia no es tú hija! ¡Tú no eres su padre!-Explotó. Llevaba años ocultándolo, pero ahora ya era insostenible. La sonrisa de Alfonzo desapareció por completo.-Por eso, aquí, nada te pertenece. Y no eres quién para mandar en su vida a tu antojo. Ella es hija mía y de Gustavo, ¿te quedó claro ahora? –Jamás había hablado con la seguridad que lo estaba haciendo en ese momento. Y se sentía cada vez más satisfecha por haberlo logrado.-Olvídate de los lujos, de todos esto que está a tú alrededor, porque a partir de mañana no volverás a verlo nunca más… ¿Entendiste?
Alfonzo permanecía tieso, mudo, sin reacción alguna. Pero, de lo que ninguno se percató, Eugenia los observaba desde la escalera de la misma manera en que lo hacía el que, había creído, era su padre. ¿Había estado inmersa en una gran mentira toda su vida?
-Esto no va a quedarse así…-Amenazó, como último recurso, Alfonzo.
-Ya lo veremos.-Refutó Isabel. Luego, se echo a correr tras Eugenia, quien rápidamente había subido las escaleras, para encerrarse en su cuarto. Había algo que estaba muy claro en la mente de Isabel. Lamentaba que fuera esa la solución, pero no había otra salida.