Escrito por Marìa Belèn

Escrito por Marìa Belèn

jueves, 28 de octubre de 2010

Untitled I: 12ª Parte

Finalmente y muy a su pesar, el 20 de Enero había llegado. Debía estar feliz, porque ya era todo un hombre… pero no lo estaba. Al día siguiente, lo pasaría a buscar la Policía Federal para llevárselo a Bahía Blanca, a cumplir con el Servicio Militar. Y, realmente, estaba aterrado de solo pensarlo. Su mamá no lo notaba, pero ahora era cuando menos ganas tenía de cumplir.
Había algo… ¿cómo decirlo? Una especie de presentimiento. Un mal presentimiento. Él sabía que todo aquello no terminaría bien, lo intuía. Aunque podía ser fruto del mismo temor que él sentía…
Almorzó con su familia. Sonrió por compromiso, tratando de que ellas no se preocuparan por su estado de ánimo. No era su culpa que ese maldito “gobierno” lo obligara a hacer cosas que no quería. Pero sabía que, si no lo hacía, las cosas empeorarían. Esperaba, algún día, hacer algo para cambiar esa realidad.
No hubo regalos ni festejos desmedidos. Todo se resumió en ese tranquilo almuerzo. No había ánimo para estar de fiesta. Ni siquiera tenía idea si vería a Eugenia ese día. Su papá todavía estaba con ella y eso los alejaba.
Se echó de espaldas, sobre su cama. Se mantuvo mirando al techo fijamente durante un tiempo. Su mente había quedado en blanco. Ya estaba arto de pensar y seguir pensando. Giro su mirada hacia un costado y vio su bolso de viaje, perfectamente ordenado, a su lado. Francisco lo había ayudado a hacerlo, la tarde anterior, mientras lo ayudaba a él también. Ambos irían a Bahía Blanca y compartían el mismo temor.
Sin pensarlo dos veces, se levantó de golpe. Se puso las zapatillas y se marchó. No sabía si la vería o no, pero necesitaba imperiosamente estar en el departamento que se había convertido en el lugar de los dos. Era una especie de refugio, donde podían quererse sin que los demás los molestaran.
Subió las escaleras lentamente, como lo hiciera el día que volviera con Eugenia. Abrió la puerta del mismo modo y se sorprendió con lo que encontró: Eugenia estaba sonriente, sentada en el suelo. Cerró la puerta, tras él, rápidamente. Su rostro expresó, por primera vez, una sonrisa autentica.
-¡Feliz cumpleaños!-Sonrió Eugenia, abrazándolo. Él le devolvió el saludo con un cálido beso.
-Gracias. No esperaba que estuvieras aquí…
-Tenía pensado ir a buscarte a tu casa.-Lo guió para que se sentase junto a ella, sobre unos almohadones en el suelo.-Papá se fue anoche, pero no tuve tiempo de decírtelo…
-No importa.-Le acarició la mejilla.-Verte era todo lo que necesitaba.
-Y… ¿cómo estás?-Inquirió, tímidamente. Sabía perfectamente que al día siguiente él se marcharía y que no le gustaba para nada esa idea.
-Bien…
-No te creo.-Se apresuró a decir. Tal vez, no quería hacerla sentir mal, pero no podía ocultar su desagrado con tener que hacer el Servicio Militar.-Dímelo, Gero. Ya hablamos mucho de esto…
-Tienes razón.-Suspiró.-No quiero hacerlo… tengo miedo Euge…-Inconscientemente, la abrazó con fuerza. Ella no opuso resistencia. Era su apoyo y contención lo que necesitaba.
Se mantuvieron así durante unos largos minutos. En silencio. Solo estaban abrazados. Un aire melancólico invadía toda la habitación. Era una sensación agridulce, por el amor que compartían, pero por las circunstancias que los rodeaban…
-Te necesito, Eugenia…-Susurró él, besándole suavemente el cuello. Ella respondió acariciándole la espalda e inclinándose lentamente hacia el suelo. Gerónimo la siguió en aquel momento y se recostó delicadamente sobre ella. De repente, la angustia había dado lugar a la pasión. Una pasión que se iba incrementando, a medida de que él se apoderaba de los labios de Eugenia.
Ella, en particular, no tenía recuerdo alguno de haberse sentido tan bien teniendo esa clase de cercanía con alguien. Las veces que había tenido relaciones, tan solo eran para satisfacer fugaces deseos, carentes de amor. Gerónimo la estaba tratando con una dulzura que desconocía, colando sus manos por debajo de su remera, acariciándole la espalda, mientras se la quitaba. Desde lo más profundo de su ser, brotaba un incontrolable deseo de sentirlo sobre su piel. Por un momento, abandonó sus labios, para concentrarse en desabrocharle la camisa, para que no hiciera interferencia entre ellos.
Él, por su parte, comenzaba a relajarse, sintiendo el suave aroma de la piel de Eugenia. Estaba un tanto tensionado, porque no se consideraba alguien que tuviera experiencia en… “eso”. Lo había hecho un par de veces, pero nunca se había sentido tan deseoso de sentirla contra él, de besarla desenfrenadamente, de hacerla suya. Comenzó a descender lánguidamente, besando cada porción de piel en su camino. Desabrochó los botones del jean y lo deslizó hacia abajo, regodeándose de la belleza de Eugenia. Ella lo atrajo nuevamente, apretándolo contra su pecho desnudo, para besarlo. Esta vez, los besos ya no eran cálidos sino se tornaron cada vez más intensos, cargados de avidez y necesidad. A esa altura, la temperatura entre ellos superaba ampliamente a la de cualquier tarde de verano. Gerónimo no tardó demasiado en quitarse el jean. Antes de volverse sobre ella, la observó unos segundos. Eugenia sonreía. Y él sonreía al verla así. Estaba a punto de hacerle el amor a la chica que más había amado.
Nada se interponía entre ellos. Nada impedía que pudiesen amarse. La habitación parecía pequeña, para albergar los gemidos y jadeos que la pasión misma provocaba. Ese lugar se había transformado en el sitio más maravilloso del universo. Ambos, interiormente, habían soñado con que este momento llegara. Por algún motivo, ninguno se había animado antes. Pero ahora, producto (casi) de la casualidad, estaban amándose intensamente. Entre besos húmedos y respiración entrecortada, Eugenia sonreía. Gerónimo la llenaba por completo y la hacía disfrutar cada segundo de placer.
Gerónimo ya había perdido todo temor, incluso, ya no sentía miedo por lo que le esperaba. Estaba haciéndola feliz. Ella lo estaba haciendo feliz. No podía pedir más, de lo que estaba recibiendo. Era todo lo que necesitaba para poder mirar, sin ningún temor, hacía el futuro.
Los movimientos, que en un principio fueran frenéticos y vehementes, se tornaron suaves y pausados. Poco a poco, la adrenalina fue disminuyendo, mientras comenzaban a separarse. Aunque ya nada podía hacerlo. Se habían unido. El destino los hizo el uno para el otro. Para ambos les sería imposible olvidar lo que acababa de suceder…
Eugenia se acomodó dócilmente junto a Gerónimo. Estaban exhaustos, pero inmensamente felices e inundados aún de los vértigos de la pasión que acababan de vivir.
-Sabes…-Susurró ella.-Jamás me había sentido así. Con nadie…
Gerónimo sonrió y giro, para poder abrazarla de frente. La miro fijamente a la profundidad de sus ojos verdes. Y se dijo que, por ningún motivo, estaba dispuesto a privarse de despertar todas las mañanas, que le quedaran de vida, viéndolos.
-Te amo.-Le acarició la mejilla, pero sosteniendo la mirada en sus ojos.-No quiero perderte…
-Yo tampoco.-Respondió, acompañándolo con un cálido beso.-Nunca voy a amar a nadie más…-De pronto, una idea vino a su cabeza. Más que una idea, se había convertido en una certeza, después de lo que acababa de suceder. Lo había pensado muchas veces, pero ahora se sentía segura, como para afirmarlo. Volvió a besarlo.-Por eso…cuando todo esto pase…-Murmuró.-quiero que nos escapemos juntos.
Una mezcla de sensaciones, difíciles de explicar, fueron las que Gerónimo sintió en su pecho. Pero las palabras que había oído, eran el mejor regalo que hubiese podido pedir.
-Deja que yo me encargue, Gero.-Prosiguió.-Quiero ser feliz y eres la única persona con la que voy a serlo.
-Pronto todo acabara, mi amor.-Sonrió él.-Vamos a estar juntos…-Y todo volvió al principio. Repitieron ese mágico ritual, cuantas veces se les antojó. Ninguno había podido prever que cada una de las palabras que habían dicho, los marcaría por el resto de sus vidas. Esa tarde, habían unido sus caminos para siempre.

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En memoria del Sr. Nèstor Kirchner.

sábado, 23 de octubre de 2010

Untitled I: 11ª Parte

Como por arte de magia, el tiempo comenzó a correr. El ardiente sol, que predecía al verano, se adueñaba cada vez más del clima de Buenos Aires. Calurosas jornadas, acompañaban al ajetreado movimiento de la ciudad. Las personas comenzaban a planear sus próximas vacaciones. Se podía sentir que un año más estaba llegando a su fin. Los últimos días laborables, las evaluaciones finales y los planes futuros, eran parte de esta época del año.
También contaba el clima navideño, que se adueñaba cada vez más del ambiente, ante su cercanía. Los regalos, la cena de Nochebuena, las invitaciones y todo lo que conllevaba semejante ocasión. Todos los años, la misma historia. Siempre. Aunque se seguía respirando una cierta tristeza, la que parecía estar en el aire y ni siquiera el verano podía hacerla desaparecer.
Ajenos al verano, la Navidad y a la tristeza, se encontraban Eugenia y Gerónimo. Desde la tarde que se reencontraran y confesaran todo lo que sentían, no habían podido separarse. Paradójicamente. No les afectaba demasiado la amenaza del padre de Eugenia, mucho menos si se encontraba en San Juan. Contaban con la ayuda de Isabel, la madre de ella, y con la de Francisco, el mejor amigo de Gerónimo.
Cada oportunidad, era un encuentro.En el departamento de Caballito, en la casa de Francisco y, algunas veces fuera de Capital Federal, en algún lugar más alejado del temor que representaba la ciudad. Todo era válido para encontrarse. Para repetirse una y mil veces todos los “te quiero”, incontables “te amo” e infinitos “nunca te voy a dejar”.
Soñaban. Planeaban. Imaginaban. Ideaban. Divagaban en que su situación cambiara. Sería más difícil encontrarse, una vez terminado el colegio, pero algo debían hacer. Esos días fueron maravillosos, pero eran conscientes de que no duraría demasiado. Mucho menos, cuando Alfonzo regresaría para el Acto Académico y posterior fiesta de Graduación de su hija, que eran la semana entrante. Algo se debía hacer… ¿pero, qué? El tiempo seguía corriendo y ellos no pensaban en ninguna salida alternativa.
Eugenia quería evitar discutir con su padre, otra vez. No, por el momento. Debía seguir ocultando su relación con Gerónimo, pero no se le ocurría ninguna idea inteligente, más que la de seguir frecuentándolo solo en el departamento de Caballito. Después de todo, no era tan mala idea y nadie sospecharía. Esperaba eso.
No estaba dispuesta a perder lo más hermoso que la vida le podía haber regalado: a Gerónimo. Sentía que su amor iba creciendo cada vez más, con el trascurso de los días, y ya no imaginaba un futuro en el cual no se encontrara él. Era, simplemente, todo. No encontraba palabras suficientes para describir todo lo que Gerónimo causaba en ella. Jamás lo había sentido y era maravilloso.

Como por arte de magia, el día del Acto Académico llegó y trajo consigo a su padre. Maldición. Tuvo que fingir durante toda la ceremonia no conocer a Gerónimo. La misma había sido bastante aburrida y, si no era porque le darían su diploma, hubiese preferido quedarse en casa… o con Gerónimo. De todos modos, no duró demasiado y eso fue lo único rescatable de esta.
Odiaba la conducta que tuvo su padre, abrazándola, como si ella fuese lo más importante que tuviera en su vida. Cosa que no era cierta. No había dejado de hablar con los padres de Martín Vidal, lo que le provocó nauseas, de solo imaginar de lo que estarían hablando. ¿Era posible que siguiera insistiendo con eso de ser “la novia” oficial de este idiota? ¿No le había bastado con lo que ella le dijo? Eso solo comprobaría lo testarudo e imbécil que era Alfonzo.
Pero era mejor no predecir nada. No tenía ninguna seguridad de que él estuviese hablando de eso, además, ambas familias eran muy amigas. Era normal que dialogaran seguido.
La fiesta de Graduación fue peor. No se parecía en nada a las fiestas a las que solía asistir. Había sido aburrida de principio a fin. Apenas pudo cruzar unas fugaces, pero apasionadas, miradas con Gerónimo. Estaban separados y no podían hacer ningún movimiento, ya que sospecharían. Pero no pudieron evitar sonreírse a los lejos y eso bastó.
Fue tan solo una funesta cena, repleta de hipocresía y falsedad. Bueno, se reunían todas las familias del colegio, era una obviedad que así resultaría todo. Por esa razón, y un par más, Eugenia detestaba a esas personas y, a veces, le resultaba insoportable tener que hablar con ellos, siquiera. Eso era extraño, ya que debía comportarse como esas personas, formaba parte de ese grupo. Tal vez, Martha influyó mucho para que se convirtiera en una buena persona, en lugar de lo que eran…esos.

Luego del fin de las clases, no volvieron a verse. Pasaron las fiestas separados. Sin saber nada el uno del otro. Ambos estaban desesperados, pero era a lo que debían ajustarse, si no querían que las cosas terminaran mal. Se resignaban a mirar al cielo estrellado y desearse mutuamente. Aunque sentían que el otro estaba ahí, a pesar de las distancias, conteniéndolo y haciéndole llegar su amor, mediante el viento.
Los últimos días, calurosos, de Diciembre se llevaron consigo a las fiestas de fin de año, dándole paso a la llegada del año 1982. Cada familia lo celebró, como venían haciéndolo todos los años, sin mayores sobresaltos, excepto por alguna que otra visita de algún familiar en especial.
Ni Eugenia ni Gerónimo sabían los que el nuevo año des deparaba. Sus vidas estaban a punto de cambiar, pero ellos se mantenían al margen de ello. Las circunstancias, las personas, los harían cambiar…para siempre.

martes, 19 de octubre de 2010

Untitled I: 10ª Parte

Achabal al 3250. La dirección estaba correcta. Gerónimo se encontraba frente al edifico que le indicara Eugenia, con la carta en su mano. El aspecto del mismo era bastante deteriorado. Se notaba que el edificio tenía sus años encima. Sin embargo, mantenía su belleza estética, gracias a su estructura colonial y los detalles arquitectónicos. No quedaban demasiados lugares así.
Una persona estaba limpiando la vereda y mantenía la puerta de entrada abierta. Este parecía ser el encargado del edificio. Mientras continuaba limpiando, Gerónimo apretó el paso y entró al lugar. Subió las escaleras, notando que el edificio estaba aun más deteriorado por dentro.
Uno a uno subió los escalones, hasta el tercer piso. Se preguntaba a sí mismo si estaba haciendo bien en creerle a Eugenia. Tenía el tenue temor de que estuviera jugando con él. Pero, a su vez, mantenía la esperanza de que sus palabras fuesen ciertas. Aunque, si era así, su vida corría peligro. No podía obviar ese detalle. El idiota que Eugenia tenía como padre, quería alejarlo de ella, sea como fuere. Pero si ella se lo pedía, jamás la dejaría.
Todas eran suposiciones. Nada estaba dicho. Gerónimo estaba a minutos de saberlo todo. Absolutamente todo.

Los golpes de la puerta, hicieron que su corazón comenzara a acelerarse. Su corazón latía enloquecido, sabiendo que Gerónimo estaba del otro lado.
Le creía, por eso estaba allí. Eso la llenaba de tranquilidad y alegría a la vez. Aunque deseaba no tener que estar escondiéndose de nadie para verlo. No era la situación más favorable, pero la aliviaba el solo hecho de que Gerónimo haya vuelto a confiar en ella.
Se acercó lentamente, pero con paso firme, hacía la puerta. Espió por la cerradura, para corroborar que se tratara efectivamente de Gerónimo. Y así fue. Él estaba allí. No pudo evitar sonreír al verlo otra vez.
Sus dedos temblaban. Eugenia temblaba. Movió pausadamente el picaporte, hasta que finalmente abrió la puerta.
-Hola.-Sonrió, nerviosa.
-Hola.-Dijo él, solo para no ser descortés e ignorando el brillo en los verdes ojos de Eugenia. Se hizo una especie de pausa entre ambos, hasta que ella volvió a hablar.
-Pasa, Gerónimo. Te estaba esperando.-Invitó y este accedió a su pedido. Eugenia cerró la puerta tras ella, mientras Gerónimo escrutaba cuidadosamente el lugar. Una leve sensación de quietud pareció invadirlo, al saber que ella no había mentido tanto. Solo necesitaba saber la última parte del embrollo.
Ambos se acomodaron en los polvorientos sillones que allí había. Ese departamento llevaba años sin ser habitado y apenas contaba con una mesa y una cama en el único cuarto que poseía. Eugenia no sabía bien si reír o ponerse, más bien, seria. Tenía demasiadas cosas que aclarar, pero no tenía idea de por dónde empezar.
-¿Para qué quisiste que venga? No tengo mucho tiempo.-Comenzó él, tomándola por sorpresa. Gerónimo si estaba completamente serio y Eugenia lo notaba desconfiado.
-Porque quiero explicarte lo que pasó. Explicarte porque te mentí el viernes, en mi casa. Y también hablar sobre… sobre algo más…-Atinó a decir.
-Comienza.-Cortó Gerónimo, dispuesto a escuchar con total atención lo que Eugenia tenía para decirle.
-Bien…-Carraspeó.-Para resumirlo, la semana ante pasada papá y yo tuvimos una discusión. Él me recriminó que me estuviera viendo contigo y me obligó a que dejara de hacerlo. Me dijo que eras mala compañía para mí. Que como me podía juntar con personas como tú, que pensarían los demás de mí. A eso le respondí que no estaba dispuesta a perder tu amistad y no lo haría.-Hizo una pausa y su rostro se ensombreció de repente, recordando las palabras que Alfonzo pronunciara. Gerónimo, por primera vez, abandonó su resta postura e hizo un ademan para tomarle la mano, pero se retractó.-Entonces, él me dijo que o te dejaba de ver o él mismo haría que ni siquiera tu madre volviese a verte. Y yo sé perfectamente que significa eso.-Lo miró fijamente a la profundidad de sus ojos azules, con una seriedad y firmeza que nunca antes había utilizado.-Él está dispuesto a matarte si no me alejó de ti.
-Pero…pero, ¿y lo del viernes?-Las cosas eran más graves de lo que imaginaba. La farsa estaba descartada, creía completamente en Eugenia.
-Te mentí porque sabía que si te decía esto, tú cometerías alguna idiotez y… ¿quién sabe? Ahora no tendríamos la oportunidad de volver a hablar.-Suspiró.-Fue lo único que se me ocurrió para que te marcharas. Pero nada de eso fue cierto. Estaba obligada por la situación…-Sin darse cuenta, estiró sus manos y tomó las de Gerónimo.-Y porque si a ti te pasa algo…-Volvió a mirarlo a los ojos.-Yo me muero, Gero.-Unas incipientes lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Gerónimo la acercó hacía él y la abrazó como nunca antes lo había hecho.
-Tranquila. Te creo Euge.-Dijo, mientras acariciaba su espalda.-Todo va a estar bien.
-Pero hay algo más, Gero.-Murmuró ella, reincorporándose.-Lo que realmente me motivo a que insistiera con verte, con hablarte de esto.
-¿Qué pasó Euge?-La miro, extrañado.- ¿Hay algo más todavía?
-Sí, Gero.-Tomó aire, porque lo necesitaba. Pero ya no temblaba, estaba segura de todas y cada una de las palabras que estaba por decir.-La tarde que discutí con papá me di cuenta de algo. Supe que te necesito, que te extraño, que eres una parte muy importante en mi vida. Que significas mucho para mí… más de lo que había admitido, hasta ahora. Gero yo…-Notaba la intriga que había despertado en él. Tal vez todo acababa allí o empezaría algo mejor para ambos. Pero no podía seguir ocultando lo que sentía por Gerónimo. Le estaría mintiendo, si intentaba ocultar aquello que brotó de su pecho el mismo día que lo besara.-Yo estoy enamorada de ti… te amo.-Dijo al fin. Los azules ojos de Gerónimo no podían salir de su sorpresa al escucharla decir eso. Simplemente, no concebía una idea como aquella. ¿Había escuchado bien? ¿Dijo… te amo? ¿Era eso no, te amo? ¿Te amo? Pasaba de la pesadilla al sueño en un abrir y cerrar de ojos. La chica que amaba, también lo amaba a él. ¡Lo amaba!
-¿En… enserio? ¿Me… me quieres?-Gerónimo no seguía sin salir de su asombro.
-Sí.-Sonrió.-Te amo. Pero si vos…
-Silencio.-Posó el dedo índice en sus labios.-Déjame disfrutar un momento más.-Hizo una pausa.-Quiero disfrutar el saber que la chica que siempre amé también siente lo mismo por mí.-Esta vez, fue el turno de Eugenia para sorprenderse. Ya no le importaba que la situación no jugara a favor de ellos, ¡Gerónimo la correspondía! Era todo lo que necesitaba saber, para seguir luchando por estar juntos. No había nada más que le importara, que el chico que amaba, la quisiera del mismo modo.
-¿Estás diciendo que…?
-Te amo, Eugenia.-Interrumpió él. No hubo tiempo para nada más. Inmediatamente él se apoderó de sus labios, sin dar lugar a más palabras. Lentamente fue adueñándose de ella, como lo hiciera con sus sentimientos. Gerónimo estaba besándola dulcemente, embriagándola de todo su amor. Ya no tenía que fingir ni jugar a los “novios” para el resto de los demás. Todo eso era cierto. El amor que había nacido era cierto. Se amaban. Eugenia se aferraba a él, como temiendo perderlo si no lo tenía ella misma. Solo restaba luchar, pero eso resultaba más fácil ahora. Se tenían el uno al otro, como realmente debían tenerse. Dejaron las mentiras y las intrigas de lado…para dejar paso al más tierno y maravilloso amor.

sábado, 16 de octubre de 2010

Untitled I: 9ª Parte

El lunes siguiente, ninguno se dirigió la palabra. Cada cual hacía las cosas por su parte, sin pensar en el otro. Pero ambos no se sentían a gusto con ese trato. En especial, Eugenia.
Ella se sentía mal por las cosas que dijera en su momento, por Gerónimo y por no poder decirle lo que realmente sentía. Aunque, dentro suyo, estaba intacta la esperanza que le diera su madre de volver a hablar con él. Pero… ¿cómo? Ambas discutieron ideas e imaginaron planes para un posible reencuentro durante todo el fin de semana. Ninguna de las opciones parecía convencer a Eugenia, ya que no podría ser ni en el colegio ni en su casa y menos en la casa de Gerónimo. Hasta que Isabel recordó que poseía un departamento, un tanto alejado del centro de Capital, al cual no utilizaba hacía años. Era el lugar perfecto y su padre no tenía conocimiento de el. Solo restaba convencer a Gerónimo para que se acercase hasta allí. Otra vez, la misma pregunta… ¿cómo?
Hacerlo regresar era más difícil que ocultar que lo vería. Las cosas que le dijera habían sido muy duras y, conociéndolo, no querría saber nada de ella, por más que le jurara que la habían obligado a hacerlo. No tendría oportunidad. Él la evitaría, si intentaba hablar… ¿Cuál podría ser la forma de llegar a Gerónimo? Dada las circunstancias, Eugenia se conformaba con que le prestara, al menos, algún segundo de su atención. Necesitaba decirle lo que pasaba, que la entendiera. Tenía que decirle que lo amaba… Una carta, pensó. ¡Una carta! ¡Sí, una carta! Aunque no tenía muchas posibilidades, no perdía nada con intentarlo. Y, así lo hizo. Se la pasó toda la noche escribiendo palabra por palabra. Todas y cada una de las cosas que quería decirle, aclararle y que, suponía, Gerónimo debía saber. Ya que ambos seguían siendo compañeros de banco, se lo pondría en su carpeta y esperaría a que lo leyera… o, tal vez, podría suplicárselo.
Todas sus expectativas y esperanzas estaban puestas en esas líneas. Si había sido escuchada una vez, posiblemente también lo sería ahora. Rogaba, suplicaba, pedía a quien fuese que Gerónimo le creyera. Si había algo de amor en su corazón aún, para ella, le daría una última oportunidad para hablar. Solo que, esta vez, Eugenia no la desperdiciaría. Confiaba en que él regresaría. Y si eso llegaba a suceder, ya nada la volvería a apartar del chico que más amaba.

Verla le hacía daño y, a su vez, lo aliviaba. ¡Maldita sea! ¿Cómo podía amarla tanto? ¿Por qué no se atrevía a odiarla? Pero su amor iba más allá de eso. Esas semanas que pasaran juntos, lo habían marcado a fuego, dejándola impregnada en su alma, de tal manera que nada ni nadie podría quitarla de allí. Y eso estaba mal. Porque el único perjudicado era él. Solamente él.
Hizo lo que pudo, durante la primera hora de clase. Pero Eugenia estaba a su lado y, para colmo, no dejaba de mirarlo. Él trataba de no hacerle caso, pero no estaba seguro de poder seguir fingiendo rechazo. Había muchas cosas que no tenía claras y, en algún momento, tendría que hablarlas con Eugenia. Sin embargo, no sintió el mismo rechazo de su parte, como sucediera el viernes, en su casa. Quizás, eran apreciaciones suyas, pero Eugenia no se veía prepotente ni desafiante. Más bien parecía, algo así, como…temerosa. Eso lo extrañó bastante. Aunque también podría ser parte de su actuación y él no estaba de ánimos como para volver a caer en la trampa. Muchas cosas iban y venían en su mente. Demasiado, aparte de Eugenia, en qué pensar.
Ese dichoso Servicio Militar lo tenía sin dormir. La noche anterior, su madre había insistido otra vez con que debía ir allí, que solo sería por poco tiempo y bla bla bla. Parecía como si no entendiera que él lo haría de todos modos, a pesar que no tuviera ni la más mínima intención, solo porque la amaba y no quería decepcionarla. Podía ser que ella notara su descontento y quisiera convencerlo, sabiendo que era el motivo por el cual él estaba dispuesto a hacerlo, para no sentirse… ¿tan mal, quizás? No tenía el porqué, pero la Ana lo hacía, de todas formas. Pero Gerónimo ya no quería escucharla más.
Faltaban dos meses. Exactamente dos meses para su cumpleaños número dieciocho. Dos meses para conocer el infierno, por dentro. Había algo en su interior que le decía que no debía presentarse. Que no era el momento oportuno, que algo malo sucedería. Él trataba de acallar a esas voces que le gritaban que desista de hacerlo, pero le era imposible. Ellas sembraban el miedo en su pecho y no dejaban que descansara. Casualmente, habían vuelto, cuando Eugenia decidió terminar con todo…y, otra vez, Eugenia.
Antes de que pidiera permiso, para ir al baño, lo tomó disimuladamente del brazo y lo acercó a ella.
-Necesito que leas esto, por favor Gerónimo, es muy importante que lo hagas.-Susurró, guardándole un papel en el bolsillo.-Por favor.-Dijo y lo soltó. Antes de que pudiera reaccionar, la profesora le preguntó porque se encontraba de pie y este le pidió permiso para pasar al baño. Esta asintió y él se marchó, con el papel que Eugenia dejara en su bolsillo, minutos atrás.
Una vez allí, bajó la tapa del retrete, y se sentó allí, dispuesto a leer lo que estaba en el papel. Antes de siquiera abrirlo, había una inscripción que decía: No tires este papel, sin antes leerlo, Gerónimo. Parecía ser que Eugenia tenía demasiado interés por que leyera lo que allí había escrito. Pero, ¿por qué tenía que obedecer siempre a sus pedidos? ¿Y si mandaba todo al demonio de una vez? ¿Quién había pensado en él, cuando le ofreció su sincera amistada a ella? …
¡Al diablo con eso! Abrió el papel de un tirón y se dispuso a leerlo.

Gerónimo:
Primero que nada, quiero pedirte perdón. Perdón por haberme comportado como una estúpida contigo. Perdón por haberte dicho todo lo que te dije. Perdóname, con eso me conformo. Pero quiero que sepas que no fui yo la que decía eso. Quiero decir, nunca te utilicé, nunca aposté nada contigo y nunca te mentí…excepto esa tarde de viernes. La situación en la que me encontraba, hizo que inventara semejante mentira como aquella. Me obligaron a que me alejara de ti…
¿Recuerdas el viernes pasado? Mi padre fue a buscarme al colegio. Llegamos a casa y discutimos como nunca lo habíamos hecho. Me dijo cosas horribles, entre ellas, que me alejara de ti. Que no volviera a acercarme siquiera… o te mataría, Gerónimo… ¡Está dispuesto a matarte, con tal de separarte de mí! Te juro que fue así. Él me obligó a que dejara de verte…


La carta continuaba, pero Gerónimo no se atrevía a seguir leyendo. Un tenue escalofrío le corrió a lo largo de la espalda y, de pronto, comenzó a tensarse. ¿Era posible que… que quisieran matarlo? ¿Podía el padre de Eugenia llegar a tanto? ¿Acaso no era otra de sus mentiras? ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué sentía que todo se estaba complicando más de la cuenta?
Se armó de valor, y retomó la lectura, porque aún quedaban unos párrafos más por leer.

Por eso, cuando te vi llegar, necesitaba que te fueras de allí. Pero no podía decirte la verdad…te conozco Gero, no te hubieras movido de allí, hasta que hablaras con mi padre. Así que pensé en una mentira que tuviera sentido y así logré que te alejaras.
Aunque, en realidad, yo no quiero esto. Yo quiero estar contigo, quiero que sigamos viéndonos, me encantaría que sepas que… bueno, eso no debo decirlo aquí, ya dije demasiado.
Lo más extraño de todo es que, mediante este mal trago, mi madre se acercó a mí, ¿puedes creerlo? Actuaba como si quisiera ayudarme. En verdad, quiere ayudarme. Ella tuvo mucho que ver con que volviera a insistir contigo, aun suponiendo que no quieres saber nada de mí. Gracias a ella, me animé a escribirte esto, con un poco de miedo todavía, pero con la esperanza de que me creas. Porque todo lo que te estoy diciendo es cierto, Gero, y necesito que me creas.
Si no quieres saber más nada de mí, lo entenderé. Pero, al menos, dame la oportunidad de despedirme de ti y decirte, mirándote a los ojos, todo lo que estoy diciendo ahora. Te ruego que me concedas una última oportunidad, por favor. Solo necesito una última ocasión, para dejarte en claro muchas cosas que, imagino, deseas saber.
Por si lo deseas y quieres verme, aquí te dejo la dirección de un departamento, para poder vernos ahí. Está en Caballito, en Achabal al 3250, 3° Piso Departamento “B”. Te voy a estar esperando Gero.
Nunca mentí con nuestra amistad y con lo que sentía por ti…que eso te quede siempre claro.
Te quiero.
Eugenia.


Después de terminar de leerla, Gerónimo guardó el papel en su bolsillo y regresó al aula. Eugenia, una vez más, lo había convencido. Él no estaba obligado a creerle, pero el motivo por el cual le dijo todo lo que le dijo, no le parecía una farsa. Eso podría explicar su actitud, pero no le garantizaba que esté diciéndole la verdad. De todos modos, ya que sería la última vez que estuviera con ella, asistiría. No estaba dispuesto a sufrir más por alguien que ni siquiera lo amaba de la misma forma. Las cosas quedarían claras y luego cada uno volvería a su vida y con sus problemas.
Esa misma tarde terminaría todo entre ellos.

lunes, 11 de octubre de 2010

Untitled I: 8ª Parte

Eugenia era una tonta malcriada, pero él se sentía un completo idiota. Haber caído en su trampa fue lo peor que pudo pasarle. ¿Cómo pudo haber creído que ella era una persona diferente? Todo el mundo lo decía, pero su amor le hacía suponer que ellos eran los que estaban equivocados, por el solo hecho de guardar resentimiento hacía Eugenia. No había hecho caso y quedó como el peor de los estúpidos. Ella lo usó a su antojo. Lo hizo y lo deshizo con sus mentiras de niña indefensa que solo necesitaba un poco de afecto. Y qué decir de él, como su perrito faldero, que le siguió la corriente ciegamente y casi comete el error de confesarle lo enamorado que estaba.
Aunque, mientras lo pensaba recostado en su desordenada cama, parecía demasiado real. Todavía podía sentir que lo era. Pero no. No tenía que hacerse más ilusiones. No debía hacerlo. Esta historia, que nunca fue tal, ya se había acabado.
Por su cabeza no corría ninguna venganza o represaría contra Eugenia. No la necesitaba. Sabía perfectamente que el tiempo le haría ver a esa niñita todo lo malo que había hecho. Esperaba que solo aprendiera. Aunque, por lo poco que conocía de ella, no sería así.
Más allá de todo ese maldito juego…le dolía. Le dolía haber amado a alguien que no sabía lo que era el amor. Le dolía todas sus palabras. Le dolía saber que todo el mundo tenía razón y no haberles hecho caso. Pero más le dolía que, a pesar de sus mentiras, la siguiera queriendo. Era prácticamente una tortura. ¡No podía amar a una chica tan desalmada! ¡No podía! Pero lo hacía. Para su desgracia, quererla o no, no dependía de su cabeza sino de su corazón. Y este le decía a gritos que la amaba y que tardaría demasiado en olvidarla.
Lanzó, con violencia, contra la puerta una pelota de futbol que tenía a mano. Necesitaba descargar su furia de alguna forma. En el departamento no había nadie, por lo que no escucharía reclamos de ningún tipo. Pero, si fuese por él, no le vendría mal un fuerte abrazo de la vieja. Ella sí era la única mujer en su vida, junto con su hermana, claro. Eran todo lo que tenía.
Sin embargo, la necesitaba también a Eugenia. ¡Maldita sea! ¿Cómo podía ser tan terco? Permanecía ciego o tenía una venda en los ojos o algo. ¡No tenía que amarla! ¡Se suponía que la estaría odiando! Pero, ¿qué más podía hacer? O era un idiota o era que le habían roto el corazón y presumía que así debía sentirse. No estaba seguro. No le importaba. Esa maldita jugó con él, ¿y él que estaba haciendo? Llorándola. Rogando al cielo que sus palabras no sean ciertas. Pidiendo que regresara. Pensando que, tal vez, la habían obligado a decir aquello… ¿Qué estupideces estaba diciendo? ¿Qué la “obligaron”? Esa pregunta, paradójicamente, le aclaraba una duda: era un idiota.
Decidió de dejar de darle más vueltas al asunto, de las que ya tenía. Se levantó de la cama. Buscó en su armario alguna remera, ya que todavía permanecía con la del colegio, y salió hacía la cocina. Todo a su alrededor estaba muy ordenado, excepto su cuarto. Llegó a la cocina y buscó en la heladera algo que le pudiese sacar el hambre y la bronca que tenía. Solo encontró unos fiambres y tuvo que conformarse con eso nada más. Se hizo un abundante sándwich y se dispuso a consumirlo. Por lo menos, le quitaría el hambre que estaba sintiendo.
Se sentó en la mesa de la sala y comenzó a revisar la correspondencia que allí estaba. No eran más que cuentas y alguna que otra publicidad. Cuando estaba por dejarlas a un lado, notó que había una carta con el logo de la Policía Federal Argentina.
La tomó de inmediato y advirtió que ya había sido leída antes. Suspiró profundamente. Sabía que tenía algo que ver con ese innecesario Servicio Militar. Pero, como vivía bajo un gobierno de esta índole, no habría nada que lo salvara de la “Colimba”.
La carta, más bien notificación, no era demasiado extensa. Le comunicaban a donde debía asistir luego de que cumpliese los dieciocho años…Bahía Blanca. Eso fue todo lo que alcanzó a leer. Dejó el papel a un lado y regresó velozmente a su pequeña habitación. Si había algo que le podía hacer olvidar la rabia que sentía contra Eugenia, esa precisamente esto: el Servicio Militar.
No quería hacerlo. No lo gustaba. Lo odiaba. Depender de algún idiota no le hacía ninguna gracia. Correr sin sentido. Disparar armas añejas…perder la inocencia allí. Gerónimo imaginaba que no volvería a ser el mismo, luego de que acabara con todo aquello. Su madre, Ana, le insistía para que fuera. Le decía, con voz bajita, que si no cumplía, de todas formas, se lo llevarían y esa a eso que debía temerle. La “Colimba” le garantizaba que tendría a su hijo de vuelta, pero lo “otro”…no. Sin embargo no había forma de que le viera algo bueno a eso. Pero haría lo que fuera por “la Ana”, incluso el Servicio Militar.
Recordaba las extensas charlas que tuviera con Eugenia sobre eso. Hasta ella le daba ánimos para que lo afrontase de la mejor manera posible, que tal vez conseguiría un cargo en la policía o, mejor aún, en el ejército. Con eso ayudaría a su familia y les alcanzaría para vivir. Pero… ¿qué podía aconsejarle esa tonta? Seguro fingía preocupación e inventaba maneras de consolarlo. Podía apostar lo que fuera, a que ella se estaba riendo interiormente de sus penurias.
Cerró los ojos y se dijo que debía ser fuerte para lo que se venía. Sería por poco tiempo y después volvería junto a su madre y a Julieta. Pensó que, quizás, le tocara estar con Francisco. Por lo menos, tendría alguien con quien compartir su desgracia.
Deseó que el tiempo se congelara. No quería un futuro. Quería estar tranquilo. No quería imaginar nada ni odiara nadie. Solo necesitaba paz. Algo que creía que jamás volvería a sentir.

viernes, 8 de octubre de 2010

Untitled I: 7ª Parte

Después de la infortuna despedida de Gerónimo, ella regresó corriendo a su habitación, hecha un mar de lágrimas. Eugenia estaba destruida por completo. Si antes su vida no le parecía tener sentido alguno, ahora lo había perdido por completo. Él ya no estaba iluminándola, haciéndola más simple. Pero era lo que debía haber hecho. Si lo amaba, tenía que dejarlo ir. Eugenia no estaba dispuesta a cargar con la culpa de la muerte de Gerónimo, era mejor haber dejado las cosas como quedaron al fin.
Y otra vez estaba ella ahí, en su enorme cama, llorando sin encontrar consuelo en nada ni en nadie. Sujetando fuertemente su oso de peluche favorito, como queriendo descargar su pena en el. Ya no veía un futuro. Nada le importaría, de ahora en más. Su padre se encargó de arrancarle violentamente a la única razón de su vida. Ese monstruo se había salido con la suya, quitándole al hombre que amaba.
¿Por qué todo tenía que ser tan injusto? ¿Por qué el amor no podía triunfar sobre las adversidades? ¿Por qué no la dejaban ser feliz? Quizás, la época que estaban viviendo, iba acorde con estos cuestionamientos. No eran años de justicia y alegría, más bien de protestas y encubrimientos. Esas mujeres que caminaban en la Plaza de Mayo no podían estar tan equivocadas ni mucho menos locas. Por lo que había logrado oír, sus hijos fueron detenidos, pero ellas no saben donde están. Si esto era así, era muy grave y doloroso. Claro que su sufrimiento no podía ser comparado con el de estas mujeres, pero la injusticia era un punto en común.
Se había portado como una desalmada con él. Lo había tratado de basura. Le dijo cosas horribles. Cosas que nunca sintió. Cosas que, si no fuera por lo que estaba obligada a hacer, jamás le diría. Su corazón se partió en mil pedazos cuando su rostro cobro un semblante oscuro. Su coartada había surtido efecto y logró acabar con él. Paradójicamente, estaba haciéndole daño al chico que más amaba en este mundo. Al que la hacía feliz con su sola sonrisa. Del que se había enamorado de una manera casi inocente y casual, pero que ya estaba impregnado en su corazón y su cabeza.
¿Resignación, tal vez? Por el contexto, ese sería el único camino que le quedaba por seguir. Una vida vacía, sin sentido. A lo que tanto temía, ahora sería su futuro. Siguiendo con la tradición familiar…
Cuando dejó de amedrentarse con pensamientos y suposiciones, alguien tocó tenuemente la puerta.
-¡No tengo ganas de ver a nadie!-Se apresuró a disuadir a quien fuese que estaba del otro lado. No metía. No tenía la menor intención de hablar con nadie.
-Soy yo, Eugenia. Por favor, ábreme.-Dijo, delicadamente, Isabel.-Hija, necesito hablar contigo, ábreme.
Eugenia se extrañó que su madre quisiera hablarle, ya que no solía hacerlo. A pesar de que no tenía ganas de nada, su madre merecía una oportunidad. Ella era menos rígida que su padre, más bien pensaba que también era una víctima de ese patán.
Abrió lentamente la puerta. Hizo un gesto para que su madre pasara y esta se apresuró a hacerlo. Isabel se sentó en la cama de Eugenia, sorprendiéndose de cuan desordenada estaba la habitación de su hija.
-¿Qué quieres mamá?-Se adelantó, queriendo terminar lo antes posible con la futura conversación. Retornó a un rincón de su amplia cama, donde había estado toda la semana.
-No te veo bien, Eugenia.-Extendió su mano y acarició la de ella.- ¿Qué te pasa? Puedes contarme, si quieres.-Trataba de sonar lo más comprensiva que podía.
-No me pasa nada, mamá. ¿Qué quieres?-Respondió, ofuscada.
-Es por el chico con el que discutiste recién, ¿no es cierto?-La sorprendió su madre, dejándola paralizada. ¿Acaso sabía lo que estaba pasando? ¿Su padre la había enviado para cerciorarse de que se haya alejado de Gerónimo? ¿Por qué tanto interés repentino de su parte? Ella se veía confiable, pero no podría saberlo hasta que no le dijera que buscaba con todo esto.
-Eso no te importa, mamá. Si papá te envió, será mejor que…
-Él no me envió aquí. Anoche salió de viaje. Se marchó a San Juan y, por lo poco que me dijo, tardará más de un mes en regresar. Tal vez lo vuelvas a ver para Navidad.-No entendía exactamente la actitud de su hija, pero, en el fondo, al verla en ese estado le brotaron las ganas de ayudarla de algún modo. Siempre había sido una pésima madre para ella y, pensaba, era un momento para acompañarla.-Puedes confiar en mí, Eugenia.-Volvió a acariciar la mano de su hija.
-¿Y de dónde te salieron las ganas de consolarme?-La miro, indignada. Nunca fue una madre para ella. ¿Pretendía serlo ahora?-Nunca estuviste conmigo. Ni tú ni ese hombre, que según parece es mi padre. Lo único que ustedes hicieron fue arruinarme la vida. Y todavía estoy tratando de comprender el porqué, si yo jamás les hice daño alguno.-Sentía la terrible necesidad de decirle todo lo que pensaba de una buena vez.-No necesito de tu caridad, mamá.
-Perdóname, Eugenia.-Se limitó a decir. No tenía otra cosa para decir. Ella tenía toda la razón. Había sido una madre ausente, incapaz de ocuparse de su niña. Pero también sabía los motivos por los que se comportó así. Había muchas cosas que llevaba guardadas en su alma y que la involucraban a Eugenia también. Por el momento, las acusaciones de su hija eran justas y merecidas.-Pero necesito que cuentes conmigo.
-¿Para qué, mamá? No entiendo cual es el punto por el que viniste a hablarme y no tengo interés en saberlo tampoco.-Giró a su derecha, mirando hacia afuera. Esperaba que eso ahuyentara a su madre de una vez por todas.
-Porque quiero ayudarte.-Cortó.-Creo que ese chico con el que discutiste tiene mucho que ver con la conversación que tuviste con Alfonzo.-No lo suponía, estaba segura de que ese chico era el tal Gerónimo. Su marido le comentó algo sobre él y pudo comprobar que de él se trataba, al escuchar a Eugenia llamarlo con ese nombre. No le parecía malo para su hija y, por lo que notaba, el distanciamiento de él la había dejado en aquel estado. Solo que necesitaba saber el por qué de su alejamiento.-Tú padre te prohibió verlo, ¿verdad?-Eugenia se volvió a su madre, como no encontrando una explicación a lo que estaba escuchando. Su madre sabía lo que estaba pasando, pero no tenía la misma postura amenazante que su padre. Algo no andaba bien. O algo estaba por mejorar.
-Ya te lo dije, mamá. No te importa. Es mi problema.-Intentaba dejárselo bien en claro, ya que parecía no entender.
-Eugenia…-La tomó de los codos y la obligó a mirarla.-Nunca te he visto así hija. Sé qué es por ese chico que estás así. Pero no entiendo porqué y presiento que Alfonzo está detrás de esto.-Rogaba. A su vez, las lágrimas comenzaban a correr por las blancas mejillas de Eugenia. Tenía demasiado dolor en su pecho y ya no podía seguir sobrellevándolo sola. Pese a sus actitudes, su madre le estaba ofreciendo una ayuda. Debía reconocer que era el momento en que más la necesitaba. Y si le contaba lo que sucedía en realidad, ¿qué más podía perder? Ya lo había perdido a Gerónimo.
-Tienes razón. Papá está detrás de esto.-Se secaba las lágrimas que no cesaban.-Él me obligó a que lo dejara de ver, porque piensa que no es adecuado para mí.-Le dolía el pecho, de solo recordar la tortuosa conversación que tuvieran días atrás.-Yo me negué. Entonces me dijo que si lo seguía frecuentando…-Sentía una piedra en su estomago, era demasiado horroroso, le costaba repetirlo otra vez.-Lo haría desaparecer. ¡Lo mataría, mamá! ¡Lo iba a matar!-Comenzó a desesperarse y llorar enajenada. Isabel respondió abrazándola fuertemente. Era lo que ella sospechaba. No sería la primera vez que Alfonzo hiciera algo semejante…
-Shh…tranquila pequeña.-Le acariciaba el cabello. Intentaba, de alguna forma, calmar el pesar de Eugenia. Al parecer quería demasiado a ese tal Gerónimo y suponía que debía estar enamorada de él. Le recordaba a ella misma, dieciocho años atrás. Supo estar en el mismo estado de desesperación y por un motivo similar: la pérdida de un amor. Pero haberse enterado de que Eugenia estaba en camino, la hizo fuerte ante la desgracia que le tocaba vivir y pudo sobreponerse a su desdicha.-No te das una idea de cuánto te entiendo, Eugenia.-Su mente, por un momento, regresó a esos oscuros días que le tocara atravesar. Cuando quedó sentenciada a vivir una vida carente de significado, más allá de Eugenia, por culpa del mismo hombre…-Y quiero que sepas que voy a ayudarte.-Dijo, con firmeza absoluta. Eugenia se repuso y miro a los ojos a su madre. Podía reconocerla como a una… ¿madre? Sí, era así. Estaba sintiendo el cariño de una madre por primera vez.
-Mamá…lo amo.-Se sincero. Era demasiado visible como para seguir ocultándolo.-Pero no quiero que le pase nada malo. Tengo miedo de lo que pueda llegar a hacer papá, por eso le mentí a Gerónimo. Le dije que no quería volver a verlo. Pero eso no es cierto.-Volvió a aferrarse a su madre.-No sé qué hacer…
-Yo sí lo sé, nena.-Afirmó.-Pero yo te voy a ayudar para que lo vuelvas a ver. Cuenta con eso.-Sonrió. Eugenia la miraba más incrédula aún.
-¿Hablas en serio, mamá? ¿Harías eso por mí? ¿Realmente me ayudarás?-No terminaba de procesar lo que había escuchado de boca de su madre. Estaba ofreciéndole ayuda para ver a Gerónimo, no podía ser cierto. Aunque, tal vez, alguien escuchó sus suplicas y se apiadó de su dolor. No sabía si creer o no.- ¿No me estás mintiendo? Por favor mamá, necesito confiar en ti.
-Puedes confiar en mí, Euge.-Dijo, con tranquilidad.-Ya veremos cómo haremos para que vuelvas a verlo, pero tenlo por seguro que así será.
-Mamá…-Se sentía extraño, pero era una sensación maravillosa…-Te quiero.-Lo dijo con la mayor franqueza que podía decirlo. Al fin podía sentir el amor materno. Le importaba a alguien de su familia, parecía una utopía, pero era cierto. Sin contar la ayuda, que aparentaba haber caído del cielo o de donde fuera.
Hacía la noche, se encontraba junto a Isabel, ambas preparando un plan que haría que Eugenia y Gerónimo se reencontraran. Lo que a la mañana parecía haber acabado, ahora estaba siendo reflotado por una nueva oportunidad, una chance para la felicidad. Ella esperaba que Gero entendiera sus razones y la perdonara. Solo quería que él estuviese a salvo, pero también quería estar a su lado.
Si todo salía como lo estaban planeando, el lunes, luego del colegio, se podría llevar a cabo el encuentro. Eugenia tenía la esperanza y la convicción que todo saldría bien. No deseaba volver a alejarse de Gerónimo otra vez. No estaba dispuesta a hacerlo, si podía luchar para evitarlo.

Untitled I: 6ª Parte

Mentalmente, Gerónimo hizo el recuento de la semana completa, como si fuese una especie de obsesión. No habían pasado demasiadas cosas. Alguna que otra lección, trabajos pesados y toneladas de tarea. La única coincidencia que tenían lunes, martes, miércoles, jueves y viernes fue que Eugenia no había aparecido. Ni en el colegio ni en su vida.
La última vez que la viera, había sido junto a su padre. De ahí en más, no volvió a saber más de ella. Y lo preocupaba seriamente. No quería hacer ninguna aproximación ni empezar a hacer suposiciones sobre los porqués de su desaparición. Solo que le extrañaba que no le hubiese avisado a él. Sus amigas ya estaban enteradas de que no asistiría durante esa semana, pero él no. Había algo en aquel asunto que no terminaba de cerrarle, por una extraña razón. Un presentimiento, tal vez. En su interior sospechaba que Eugenia estaba ocultando algo o le sucedía algo, para que se ausentara una semana del colegio.
Pero la realidad era que la extrañaba. Mucho. Añoraba las tardes junto a ella. Las infinitas charlas que mantenían en alguna que otra plaza de Buenos Aires, preferentemente alejada de la civilización (si eso era posible en una ciudad como Capital Federal). También extrañaba sus fugaces besos, los cuales daba por compromiso, que ayudaban a sostener aquella mentira que se le ocurriera semanas atrás. Porque, por más que fuesen para sustentar una falacia, lo hacían inmensamente feliz. Él no debía preocuparse en fingir amor hacia Eugenia, porque sentía exactamente eso, y más, por ella. Deseaba tanto volver a verla… Tenía que volver a hacerlo.
Ya lo había decidido. Esa misma tarde se aventuraría a asomarse a su lujosa residencia, en busca de su amada Eugenia. Aunque ella le había rogado una y mil veces que no se apareciera por allí, lo haría. Si no tenía respuestas de su parte, iría en busca de ellas. Al diablo con los prejuicios y los silencios. Había meditado mucho, a lo largo de esa semana, y la única conclusión que sacaba era que debía confesarle todo de una buena vez. No podía seguir mintiéndole. No podía seguir ofreciéndole una amistad, basada en la esperanza de que Eugenia sintiese algo por él. Ya había dejado eso en manos del tiempo y creía que ya era hora de enfrentar la situación y dejarse de estupideces. La respuesta no importaba. Tenía que decírselo…

Una tensa calma cubría su pálido rostro. Los últimos días se habían dividido entre llantos y pensamientos catastróficos. En un primer momento, Eugenia, no se atrevía a resignarse a perder a Gerónimo de esta forma, brusca y precipitada. Porque todavía tenían que vivir muchas cosas juntos. Porque él debía saber lo que había despertado en su alma. Pero, con el correr de los días, después de meditarlo horas y horas, alejarse era lo mejor que podía hacer por él. Su padre había sido severo al respecto, amenazándola con quitarlo de la faz de la tierra. No quería arriesgarlo. Ya lo amaba demasiado, como para perderlo tan prematuramente. Sus ojos se volvieron a teñir de tristeza y amargura.
El maldito de Alfonzo no tenía el porqué de hacerle lo que le hacía. Él no era Dios para decidir sobre su futuro y sus acciones. No era nadie, como para quitar del medio a quien, según él significaba un “peligro” para su familia. ¿Peligro para su familia? ¿Qué familia? Si cada cual hacía su vida, independiente de lo que al otro le pasara. ¿Qué tenía que meterse él en sus asuntos? Jamás había demostrado amor para con ella y ahora pretendía ejercer el rol de “padre abnegado” que solo se preocupa por el bienestar de su adorada hijita. Eso era lo que la llenaba de rabia. Lo que hacía que en su pecho brotara un odio indescriptible hacía él. Toda la miseria humana se resumía en la recta y austera figura de su padre. El ser más vil y desalmado que hubiese llegado a conocer.
Y, quién debía pagar los paltos rotos, era el pobre de Gerónimo. Si ella no lo hubiese besado, ahora no estaría pasando por este infortunio.
Sin embargo, recordar ese momento, la hacía sentir bien. Hasta lograba sacarle una tenue sonrisa. Nunca hubiese imaginado sentir un amor tan puro, como el que sentía por Gerónimo. Recordarlo, la calmaba. Pensar en él, la hacía sentir mejor. Todas esas semanas, en las que estuvieron juntos, volvían a su mente, como la recopilación de una película. Una a una, las imágenes de dos adolescentes enamorados, regresaban a ella. Y, una vez más, la desazón. Porque en el preciso momento en que descubre cual era el motor de su desierta vida, le pasa esto.
Se levantó de la cama, con las pocas fuerzas que le restaban. Se asomó hacia la ventana de su habitación, arrastrando sus pies. La misma daba a la calle, por lo que veía a las personas marchar de un lado a otro, ajenas a su pesar. Aunque la sensación que permanecía en el aire, iba acorde a su dolor. Hacía años que se sentía en el aire una especie de vacío, como si ese sentimiento de amargura y desesperanza estuviera ahí, en el aire, acobijado interiormente por la gente. Tal vez, por su ignorancia, no lo había notado antes. O porque siempre se había sentido así, esa sensación se tornaba familiar.
Pero Gerónimo le había mostrado un mundo totalmente desconocido y excitante, esperando por ella. Había hecho que cambiara ciertas actitudes de niña consentida y que no se avergonzara de mostrarse tal cual era en realidad. Y si había cambiado, fue por algo: amor. Puro amor. Que ella se había empeñado en confundir con amistad, negando la existencia de algo más. Pero las circunstancias habían hecho que lo aceptara a la fuerza y que tuviera que tomar una decisión.
Se apoyó sobre la baranda de su balcón y suspiró amargamente. La infelicidad era su destino. No podía hacer nada contra ello…Pero una figura conocida, a lo lejos, la hizo volver de su ensimismamiento. ¿Acaso quién estaba cruzando la calle no era…? ¡Gerónimo! Gerónimo se acercaba a toda prisa al portón de su casa.
Cual si fuera un rayo, Eugenia salió de su cuarto y bajó las escaleras. Para su suerte, nadie (excepto su madre) estaba en la casa. Si lograba persuadir a Gerónimo para que se marchara, nadie notaría que alguna vez estuvo allí. Abrió la puerta de madera que estaba en la entrada, con una fuerza que jamás imaginó que poseía, y se encontró con un Gerónimo sonriente, del otro lado de las rejas.
-Hola hermosa.-Sonrió este, ajeno al semblante de preocupación que Eugenia tenía.
-¿Qué haces aquí?-Lo increpó, en cambio. Aunque en el fondo, estaba feliz por verlo todo con claridad. Sabiendo que lo amaba. Pero no podía hacer otra cosa, más que escudarse bajo el disfraz que siempre había tenido, pero que ahora se le hacía imposible de seguir usando.-Te dije que no vinieras.
-Bueno, tranquila. No es para hacer tanto escándalo.-Seguía sonriendo, aunque un tanto extrañado por la actitud que tenía para con él. Se asemejaba mucho más a la jovencita a la que todos envidiaban, que a la chica que amaba con locura.-Solo quería saber cómo estabas. No me has llamado ni fuiste a verme. ¿Puedo pasar? –Inquirió, tímidamente.
-No.-Cortó ella, a la vez que sentía una puntada en el pecho al comportarse como una estúpida con Gerónimo.-Estoy bien. Gracias.-Dijo, inexpresiva.-Ahora, te pediría que me hagas el enorme favor de dejar de molestarme, ¿quieres? –Sus esfuerzos por contener las lágrimas que estaban a punto de caer, todavía surtían el efecto esperado. El semblante de Gerónimo cambió por completo. La miraba, pero no conocía a la chica que tenía enfrente.
-Eugenia, ¿pasó algo? ¿Por qué me tratas así?-Preguntó, con la leve esperanza de que tan solo sea víctima de uno de sus arranques emocionales. No se animaba a creer que ella había vuelto a ser la misma de siempre. Estaba así porque seguramente tenía algún problema y justo había llegado, para que descargara toda su furia sobre él.
-Mira, Gerónimo.-Hacía tiempo que no lo llamaba así y, en parte le dolía lo cruel que estaba por ser. Pero era la única forma de alejarlo. De salvarlo de algo mucho peor.-Perdí la apuesta. Y la perdí porque me cansé de ti y de tus estupideces de niño…
-¿De qué estás hablando?-Interrumpió. Incrédulo. Esa no podía ser su Eugenia.
-Hablo de que hice una apuesta con mis amigas.-Se le había ocurrido la más estúpida, pero la más efectiva mentira de todas.-Aposté que me acostaba contigo antes de que terminara el año. Eras el último en mi lista. Pero, para serte sincera, me aburrí de ti. No me quiero imaginar lo que serías en la cama…-Ya tenía su antiguo disfraz sobre su piel, no podía volver atrás después de lo que estaba diciendo. Estaba segura de que luego de eso, Gerónimo no se volvería a acercar a ella nunca más. A fin de cuentas, por más que se le partiera el alma, era eso lo que quería. Ella sabía muy bien que no podían continuar viéndose.- ¿Te quedó claro? Así que no me vuelvas a molestar. Ya bastante tuve que mentirte, querido.-Sentenció.- ¿Y? ¿No me vas a decir nada?
-Te odio.-La miro, movido por una rabia que jamás había sentido. La Eugenia que creyó conocer, había sido una farsa. No estaban equivocados quienes la defenestraban y le guardaban rencor. Era una niñita rica, que no sabía con que más divertirse. Pero esta vez, se había metido con él. Había jugado con su amor y su cariño. No podía hacer más que odiarla con toda su alma.- Quédate tranquila….Eugenia. No me vas a volver a ver nunca más.-Recalcó.-Ojala que alguien te use y te deje hecha una mierda, como lo hiciste vos.-Respiró profundamente, conteniendo el llanto.-Espero que estés contenta, estúpida.-Eugenia parecía no inmutarse, pero en realidad, escuchar esas palabras le hacían más y más daño. Pero no podía retractarse de sus dichos, Gerónimo ya la odiaba. Podía ver la furia en sus ojos, la desilusión que había detrás de sus palabras…-Eres peor de lo que pensaba. Hasta nunca…Eugenia.-Dio media vuelta, marchándose dejándola detrás, a ella y a sus ilusiones de que podían estar juntos. A esta altura, ya no creía que Eugenia estuviese jugando. Pero estaba muy equivocado. Seguía siendo una maldita puta, que manejaba a todos a su antojo. Y él no había sido la excepción.

El daño ya estaba hecho. Pero Eugenia sabía que era lo mejor para ambos. Le dolía haber alejado de esa forma al único chico que había amado, aunque la reconforta saber que le estaba haciendo un bien. A su manera, pero lo había hecho. Cerró la puerta detrás de ella, suspiró profundamente. Rogó, en su interior, que existiera una nueva chance, una nueva oportunidad para ellos dos. Su historia no podía terminar de esa manera abrupta. Ellos merecían otra oportunidad…eso era lo que Eugenia pedía, por si alguien la escuchaba.
No tenía idea de cuan cerca estaba esa oportunidad…

sábado, 2 de octubre de 2010

Untilted I: 5ª Parte

Durante toda la semana siguiente, las cosas seguían iguales. Por lo menos eso intentaban fingir ante los demás. De amigos a novios ficticios, en un abrir y cerrar de ojos. Y todo a causa de un capricho de Eugenia. Entre ellos, las cosas también habían cambiado.
Hablaban de la misma forma que antes, pero con algo de reserva para cada uno. La confianza no era igual, después de lo que sucediera el viernes. Parecía como si tuvieran miedo a cometer un nuevo error, que pusiera en peligro la amistad que tenían.
En realidad, para Gerónimo no había sido ningún error. Pensaba así porque estaba enamorado de ella, pero no quería complicar más las cosas, de lo que ya estaban. Por el momento, le bastaba con ayudarla a mentir sobre la “relación” que llevaban.
Pero, para Eugenia, había sido un error gravísimo. Estaba arrepentida por haberlo hecho y se lo había dejado en claro a Gerónimo. Quería tener, por primera vez, una relación diferente con un chico y había desaprovechado la única oportunidad que tenía de hacerlo. Por culpa de sus malditos impulsos de adolescente, acabó con una amistad tan hermosa, como era la que tenía con él. Varias veces se había planteado si le gustaba o no, pero ahora comenzaba a tener la certeza de que Gerónimo era más que un fiel amigo. Eso la llenaba de dudas, la tenía confundida y no la dejaba dormir. Porque, en realidad, nunca había sentido algo parecido por nadie. Las cosas con él fueron extrañas desde el principio, porque no lo veía como a los demás. A su vez, él la trataba con el cuidado que nadie lo había hecho. ¿Podía ser que Gerónimo también estuviese enamorado de ella? En parte, sí. En parte, no. Aunque así fuera, se lo hubiese dicho… pensaba.
Solo el tiempo tendría la última palabra y ambos estaban dispuestos a dejar este problema en sus manos.

La semana concluyó, pero ni Gerónimo ni Eugenia, tenían planeado verse luego del colegio. Como se había vuelto rutina desde hace días.
Salieron del colegio y se despidieron amigablemente. Para sorpresa de Eugenia, su padre estaba esperándola en la vereda de enfrente. Ella se acercó a él ni bien lo vio. Alfonzo estaba apoyado sobre su auto, cruzado de brazos y de un no muy buen semblante. Aunque Eugenia no recordaba si alguna vez había visto a su padre sonreír.
-Hola papá.-Se aproximó a él e intentó besarle la mejilla, a modo de saludo. Pero este la ignoró completamente.
-Sube.-Cortó, seco. Frío. Eugenia se limitó a obedecer y se acomodó en el asiento del acompañante. Durante el viaje, se mantuvieron en silencio. Algo no andaba bien y ella lo intuía. Por algo no quería saludarla, ni dirigirle la palabra. Pero debía esperar. Solo eso.
Llegaron a la casa y Eugenia se encaminó a su cuarto. Pero, cuando estaba por subir las escaleras, Alfonzo la detuvo.
-Tú y yo tenemos que hablar.-La sujetó muy fuerte y ella se quejó por lo bajo. La condujo a la biblioteca y cerró la puerta tras él, una vez que estuvieron allí. Eugenia se liberó de su padre y se sentó en uno del los sillones más cómodos que se encontraban ahí. Se preguntaba que había hecho mal, porque era seguro que su padre le daría un sermón sobre quién sabe qué cosa.
-Voy a ser claro.-Tomó la palabra Alfonzo, mirando fijamente a su hija.-No quiero enterarme de que estés frecuentando a ese tal…Gerónimo. ¿Entendiste?
-¿Qué?-Exclamó ella, dando un salto del sillón. No entendía como su padre se enteró de su amistad con él. Mucho menos lograba comprender por qué no quería que estuviese con él.-No tiene nada de malo. Es un amigo.
-¿No me escuchaste, no?-Empezaba a ofuscarse por la actitud de su irreverente hija.-Voy a ser más claro: no te quiero cerca de ese don nadie. No te conviene que te vean con personas así. ¿Qué van a pensar nuestros amigos? ¿Qué va a pensar Martín de todo esto?
-Martín fue el que te fue con el chisme, ¿no?-Eugenia estaba a punto de entrar en cólera por lo que estaba escuchando. ¿No había sido clara cuando dijo que no quería nada con ese imbécil? Ahora tenía que soportar que su padre la obligara a portarse “amablemente” con él. Pero no iba a permitir que la alejaran de Gerónimo. No se iba a separar de la única persona que le importaba.
-Eso no te importa.
-Si me importa, papá. Me importa porque no quiero nada con ese idiota. Y mucho menos voy a dejar de ver a Gerónimo.-Se lo dejó bien claro, firme ante la figura autoritaria de su padre.-Él es mucho mejor que Martín. Es mi amigo y lo quiero. No voy a dejar que me alejes de él….
-¡Basta Eugenia!-Interrumpió Alfonzo, cansado de la terquedad de ella.- ¡Vas a hacer lo que yo te digo y se acabó!
-¡No papá! ¡No podes hacerme esto! ¡No voy a dejar que…!-Y antes de que lograra terminar de hablar, Alfonzo le dio una bofetada que la hizo caer sentada al sillón.
-O te dejas de joder con ese pendejo…o no lo vuelve a ver ni la madre, ¿me escuchaste?-Afirmó, tajante. Eugenia sintió como un escalofrío le recorría toda la espalda y el miedo se adueño de ella. Así como lo hiciera una certeza… Miro a su padre con rabia, con odio. No podía creer que fuera esa clase de monstruo, pero era justamente lo que tenía frente de ella. También sabía que él era capaz de cumplir lo que le estaba diciendo…
-No serías capaz…-Miro fijamente los vacíos ojos del hombre que estaba frente suyo, porque se negaba a aceptar que “eso” fuera de su familia, mucho menos su propio padre.
-No me conoces, Eugenia.-Dijo, inexpresivo.-No te vuelvas a acercar a esa mierda, ¿entendiste? –Se inclinó y le besó la frente.-Es por tu bien, hija.-Susurró, para luego marcharse. Eugenia esperó unos minutos y salió corriendo hacía su cuarto. Cerró la puerta con llave y se tiró en su cama a llorar. Todavía giraban en su mente las frías palabras de su padre, jurándole que mataría a Gerónimo, si volvía a acercarse a él. Porque eso era lo que había dicho…ni su madre lo vería otra vez. A medida que se lo repetía a sí misma, lloraba con más fuerza. Estaba movida por la rabia, la furia, el odio, la tristeza.
Miraba al techo, intentando encontrarle una explicación a todo aquel horror que le tocaba vivir. No se imaginaba lejos de Gerónimo, pero tampoco quería que nada malo le pasara. Todo era un torbellino de miedo y duda. Jamás se había sentido tan decepcionada de alguien y ahora lo estaba del cretino que tenía como padre.
Pero, en medio de tanta confusión y desasosiego, había una sola certeza que le traía un pequeño desdeño de luz a su vida: lo que sentía por Gerónimo no era amistad, era amor. Estaba enamorada de él. Porque lo quería, estaba aterrada de no volverlo a ver. Pero no podía arriesgar su vida.
Más allá de esto, lo amaba. Él la hacía feliz. La trataba con cariño y cuidado. La comprendía y la consolaba. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Por eso hizo lo que hizo. Por eso lo había besado. No por darle celos a Martín, sino porque quería hacerlo.
Sabía que tenía mucho que pensar…pero no estaba dispuesta a dejarlo. Algo se le ocurriría. No podía alejarse de Gerónimo en el preciso momento que se había dado cuenta que lo amaba.