Escrito por Marìa Belèn

Escrito por Marìa Belèn

miércoles, 20 de abril de 2011

Untitled II: 22ª Parte

Solo nos queda aliviar, en lo que nos sea posible, su dolor. Lo lamento, ahora resta esperar a que llegue el momento. Recordaba una y otra vez las palabras del médico.
Era lo que había temido tanto: sería la última internación de Matilde. Ya ni siquiera podía llorar, tampoco sentía odio o rabia, ya no valía la pena, estaba resignado. Tenía que ser fuerte para acompañar a su esposa lo que restara del camino. ¿Cuándo sería el momento de la despedida? ¿Cuánto restaba? ¿Cómo sería? Aun así, no lo quería, no le parecía justo a pesar de haber flaqueado en la lucha.
Todos los días, cientos y cientos de personas se marchaban de este mundo. Algunas con una vida realizada, rodeada de sus afectos y habiendo cumpliendo todos sus sueños. Otros eran condenados al abandono y a la soledad, partiendo sin haber conocido la felicidad. Y otros pocos ni siquiera llegaban a ver la luz de la vida, siéndoles arrebatada la posibilidad de vivir antes de que pudieran nacer. ¿Por qué tenían que pasar cosas así? ¿Por qué tenía que sucederle algo así?
Gerónimo hace tiempo había entendido que la muerte era algo irremediable, pero esperaba toparse con ella en su vejez. Ese no era el momento, Matilde era joven y tenía mucho por lo que vivir… de millones de personas, ¿por qué era ella? Bien, tenía que reconocer que no se acomodaba a la idea de perderla y no estaba del todo resignado. Siempre llegaba a la misma conclusión: no era justo, ni para Matilde ni para nadie.
Cuando a su esposa le diagnosticaron ese tumor maligno y en lo que desembocaría, había creído que sería fuerte. Se había impuesto la misión de ser fuerte, porque lo veía como a algo lejano aún. Sin embargo algunas veces pensó en Francisco, también en su padre y supo que no podría cumplir con esa meta. Le había llevado años superar la muerte del viejo y cuando por fin creyó que lo podría sobrellevar, gracias al amor de Eugenia, ella se va y Francisco muere en Malvinas. Ahora era el turno de Matilde y volvería a quedarse solo, ¿qué le diría a los niños? ¿Cómo pretendería cuidar de ellos si estaba seguro de que la muerte de Matilde lo fulminaría? Otra vez la misma historia que estaba cansado de vivir.
Las personas iban y venían a lo largo y ancho del extenso pasillo de la clínica. Cada quien con sus ocupaciones y preocupaciones. Todos indiferentes a su sufrimiento… cada uno en lo suyo. El mundo seguía girando y Gerónimo estaba detenido en el tiempo, como siempre lo había estado. No tenía a nadie que le ofreciera su hombro, en el que pudiera apoyarse y desahogarse sin reparos.
-¡Papá!-Escuchó que una voz conocida gritaba a lo lejos. Primero pensó que se dirigía a otra persona, pero cuando la joven se fue acercando cada vez más supo de quien se trataba.
-¡Paula!-Algo en su corazón estalló de alegría, porque ella lo había llamado papá. De un salto de levantó del asiento y fue a recibirla.
Ambos se fundieron en un abrazo. Ninguno necesitó expresar con palabras sus sentimientos, lo estaban haciendo a través de ese gesto. Cuando Gerónimo creyó que no tenía a nadie a quien acudir, aparece Paula, dispuesta a acompañarlo el tiempo que le fuera necesario. Gerónimo ya tenía su refugio y era su propia hija… siempre supo que las cosas sucedían por un motivo y Paula estaba confirmando su teoría.

Paula sujetaba los hombros de su padre, en señal de apoyo. Ambos veían como, después de unas horas, Matilde podía conciliar el sueño. Era muy duro para ellos verla en ese estado: muy delgada, pálida, adolorida, sin deseos de vivir. Había estado en esa cama durante dos semanas, Gerónimo las había estado contando. No le quedaba más que rezar para que Dios se apiadara de su dolor y se la llevara con él, para poner fin a su agonía. Y Paula lo acompañaba cuanto podía. Más que el apoyo de Julieta o de su madre, quien lo mantenía firme era su hija. Hubiese deseado estar en otro momento de su vida para poder disfrutarla como debía y no tener que arrastrarla a su desgracia. Pero a pesar de todo, Paula estaba ahí y no le importaba lo que estuviera pasando, sentía la inmensa necesidad de estar con él. También lo eran sus otros hijos, Facundo y Violetta, aunque a ellos debía ser él quien los contuviera. La más pequeña parecía no comprender bien porqué su madre estaba en esa cama, le extrañaba verla triste (como solía decir ella) y por esto no dejaba de hacer dibujos con el único fin de hacer sonreír a su madre. Lo contrario pasaba con Facundo, él ni siquiera decía algo al respecto de todo eso. Una tarde, cuando la visita había terminado Violetta y Paula fueron a la cafetería de la clínica, por lo que se quedó a solas con su padre. Temeroso, aunque seguro de sus pensamientos, le susurró a Gerónimo lo que sentía que estaba pasando.
-Papá…-Murmuró, dudando aún de decir lo que estaba pensando.
-¿Qué pasa Facundo?-Dijo, distraídamente.
-Estuve pensando algo…-Inquirió él. Gerónimo lo miraba con atención.-Mamá está muy enferma, lo sé. Pero el otro día escuché, sin querer, que le dijiste a Paula algo así como que mamá…-Hizo una pequeña pausa.-Como que, ¿mamá se va a morir?
Esta afirmación lo sorprendió por completo a Gerónimo. No precisamente por lo que Facundo estaba diciéndole, sino por la entereza que mostraba al decir esas palabras. Entonces comprendió que ya no podía seguir ocultándole lo que le sucedía a su madre. Confiaba en la reacción de Facundo…
-Escúchame Facu, primero que nada, debes ser fuerte…-Ambos se sentaron en uno de los tantos bancos que habían en el pasillo.
-¿Entonces es cierto? ¿Mamá se va a morir?-Las lágrimas no tardaron en aparecer en su pequeño rostro. Eso solo le dificultaba a Gerónimo decirle que las cosas eran así. Pero debía hacerlo.
-Sí.-Afirmó, amargamente.-Tu mamá tiene una enfermedad que no se puede curar…
-Ah…-Solo pudo responder el pequeño, entre sollozos.
-Por eso…-Le tomó la mano.-Tienes que ser fuerte, Facu. Por vos y tú hermana. Piensa en que ella va a estar en un lugar mejor, donde ya no sentirá más dolor.-Trataba de contenerse, pero las lágrimas comenzaban a rodar por su rostro.
-¿No se puede hacer nada?-Preguntó, secándose las lágrimas.
-No hijo, ya no.-Suspiró Gerónimo.-Pero ella te va a cuidar siempre, nunca te abandonará realmente.
En ese momento, pasó por al lado de ellos un hombre que los observó a ambos hasta que se perdió en el pasillo. Parecía como si esa escena lo hubiese conmovido.
-Ya sé que mamá siempre va a estar al lado mío.
Sin poder contenerse Gerónimo abrazó lo más fuerte que le fue posible a su hijo, susurrándole que era la persona más fuerte que había conocido, que lo amaba y se apoyarían mutuamente.

Por su parte, Paula trataba de ser el refugio de su padre y que este fuera el suyo propio. Había ocupado la mayor parte de su tiempo en contenerlo, de esta manera evitando pensar en sus problemas. En especial los problemas que tenía con su madre. No volvió a dirigirle la palabra desde la última charla que tuvieran, en su habitación. Trataba de no coincidir con ella, ni siquiera verla. Si no estaba en el colegio o en casa de Octavio, estaba en la clínica. Algunas veces se quedaba en el departamento de su papá, cuidando de sus hermanos. Sí, sus hermanos.
Aun así, no lograba sentirse bien. Ni el ambiente ni el momento ayudaban mucho, tenía una herida que no dejaba de sangrar… pero ni así perdonaría a su madre por haberle mentido todo ese tiempo. Estaba completamente segura de que no merecía su perdón.

Alguien que se encontraba en el medio del fuego cruzado era Isabel. Por lo menos a ella su nieta le hablaba, aunque no demasiado debido a que también fue cómplice en esa mentira. Pero su lugar no era para nada cómodo. La mayor parte del tiempo estaba en la casa, sola. Su hija hacía guardia la mayor parte del tiempo, cuando estaba se dedicaba a dormir. Paula pasaba gran parte de su tiempo junto a Gerónimo y, algunas veces, no llegaba a dormir en su casa. Había quedado olvidada por todos.
Sin embargo, encontró la manera de ocupar su tiempo en algo que le fuera útil. Algo poco usual para alguien de su posición social: comenzó a colaborar con la asociación Madres de Plaza de Mayo. Se enteró de su existencia a través de Esteban, el hermano de Gustavo, en una de las pocas charlas que tuvieron durante los días del juicio. Por ese mismo medio supo que Alfonzo era sospechoso de haber estado involucrado en la desaparición de diez personas durante la última Dictadura. Esto no la sorprendió en lo absoluto, porque creía absolutamente que Alfonzo era capaz de hacer algo semejante. Debido a esto se contactó con estas personas y les ofreció su apoyo y ayuda para lo que necesitaran. Al principio no le creyeron, ya que era de esperarse que una mujer como lo era Isabel esté más a favor que en contra de los crímenes que se cometieron en aquellos años. Pero con el correr de los días y después de participar en varias reuniones, las convenció de que ella no pensaba así y se ganó la confianza de todas esas personas, a las que comenzó a admirar por su lucha y la firmeza que tenían ante los obstáculos que se les presentaron.

Sabía que no podría seguir manteniendo la rutina de hacer más de treinta horas de guardia. Pero Eugenia lo hacía porque encontraba en ello la única escapatoria a sus problemas. Bah, una salida en parte. Paula ya no le hablaba y no daba señales de querer volver hacerlo alguna vez más, solo se dedicaba a sus estudios y a su padre. La había hecho a un lado por completo. Por esto Eugenia se dijo que si pensaba en sobrevivir la única forma que tenía para hacerlo era el trabajo. Y así comenzaron las interminables guardias. Cada diez minutos un paciente nuevo, un drama nuevo, una ronda nueva. Se había vuelto adicta al café y al cigarrillo, que la ayudaban con el sueño y los nervios. Solo unos minutos para comer y de vuelta al trabajo. Había ganado más horas de guardia y perdido unos cuantos kilos. Se alimentaba muy mal, comía porquerías y dormía poco. Seguramente, los que no la conocían, jamás pensarían que ella tenía una hija y una familia por la cual luchar. Pero, ¿qué más daba?, su hija la odiaba y eso significaba perder toda expectativa en la vida. Por eso se comportaba como si nada le importaba, más allá de que la realidad le indicaba que solo lo hacía para intentar anestesiar sus pensamientos y reproches. Sin embargo le eran inútiles las horas y horas en el hospital. Interiormente, rogaba que el lastimado corazón de su hija le diese una segunda oportunidad y la perdonara.
También se había enterado gracias a la buena relación que mantenía con el Dr. Carrizo, oncólogo de Matilde, supo que a esta no le quedaba demasiado tiempo, días tal vez. Eso era extraño, pensaba en lo mal que debía sentirse Gerónimo y agradecía que por lo menos Paula lo acompañara en ese difícil trance. En ese momento pensó, ¿de qué manera podría ayudar a Gerónimo? Luego, su celular comenzó a vibrar.

El sol asomaba imponente sobre la Ciudad de Buenos Aires. El aire que se respiraba, los rostros de las personas y hasta la temperatura hacían que se sintiera a la primavera que llegaría unas horas más tarde. Las plantas florecían, el día se iluminaba, todo tomaba color, luego de un frío invierno. Así sentía el resto del mundo, Matilde no.
Ella sabía perfectamente que no alcanzaría a ver ni siquiera los primeros rayos de sol primaverales sobre su rostro. Jamás habían sentido tantas ganas de rendirse, como en ese momento. El dolor ya era insoportable, que ni las altas dosis de morfina lograban aliviarlo. Ya había comenzado a significar una carga para su familia, sobre todo para Gerónimo. Solo la tranquilizaba el hecho de saber que había tenido una vida plena, cumpliendo todos sus sueños y dejando su huella sobre la tierra. Aunque hubiese sido completo si lograba adueñarse del corazón del hombre que más amaba, pero eso ya no estaba a su alcance. Pero lamentaba no haber sido lo suficientemente valiente como para decirle a su esposo lo que había hecho…
En fin, ese lunes parecía que sería un día diferente al resto de todos los días que le había tocado vivir: Matilde presentía que sería el último. Por eso quería dejar las cosas, por así decirlo, arregladas antes de que sea tarde.
Lo primero que pidió fue ver a sus hijos, despedirse de ellos. Abrazarlos, con las limitaciones que tenía debido a que le dolía hasta el alma, por última vez. Su adorada Violetta parecía no saber lo que realmente sucedía, pero a pesar de ello notaba el ambiente del que estaba rodeada. Ella pensaba que, tal vez, era una forma de protegerse a sí misma. En veía el rostro de Facundo y no necesitaba preguntar nada, él sí sabía lo que estaba pasando. Sin embargo, lo sentía tan fuerte ante semejante situación que no podía hacer otra cosa que enorgullecerse por tener un hijo así.
Estaban solos en esa blanca y fría habitación, los tres. Facundo y Violetta estaban apostados a ambos lados de la cama.
-Te voy a extrañar, mamá.-Dijo Facundo sin poder soportarlo más, pero conteniéndose para no llorar.-Te quiero, mami.
-¿Por qué le decís así? ¿A dónde te vas mamá?-Inquirió Violetta, preocupada, con una dulce vocecita.
-Me tengo que ir, linda.-Respondió Matilde, de igual modo.
-¿Y los dibujos que quiera regalarte? ¿Cómo los vas a ver?-Repreguntó, preocupándose aún más.
-Quédate tranquila, cariño. Yo los voy a ver igual.-Sonrió, con las pocas fuerzas que le quedaban, logrando convencer a su hija. Después de unos minutos, tomó las manos de ambos y las apretó fuertemente, para volver a hablarles.-Quiero que le hagan caso en todo lo que les diga su papá, ¿está bien?
Violetta asentía repetidamente con la cabeza y Facundo miraba a su mamá con los ojos llorosos, pero seguía conteniéndose. Matilde continuaba dándole indicaciones sobre que tenían que hacer y cómo debían comportarse para ser buenos niños.
-…y sepan que los amo más que a nada. Lo amo.-Finalizó, dejando escapar una lágrima que llamó la atención de Violetta.
-Nosotros también mami, pero no llores.-Le dijo cándidamente, pasando su pequeña mano por la mejilla se su madre y secándole la lágrima.
Facundo no pudo decir nada, el nudo en su garganta ya no le dejaba hacerlo.
-Vengan…-Sonrió ella.-Quiero un fuerte abrazo.
Los tres se fundieron en un abrazo cargado de ternura y disfrazado de despedida. Esa clase de momentos serían los que Matilde recordaría una vez que todo acabara. Era doloroso, pero gratificante a la vez… Lo último que vería de ellos, sería la triste mirada de Facundo y la inocente despedida de Violetta, antes de que se perdieran en el pasillo.
Después de ello, permaneció sola durante una hora. Gerónimo la acompañó unos minutos pero se vio obligado a salir por un inusual pedido de parte suya: hablar con Eugenia. Aunque se resistió en un principio, pero terminó cediendo. Así volvió a quedarse sola. Estaba con el enfermero, cuando sorpresivamente entró Paula a la habitación. Él hombre terminó con lo que estaba haciendo y finalmente las dejó solas.
-Hola.-Saludó tímidamente Paula. -¿Cómo te sientes?-Inquirió, sentándose en el sillón que había allí.
-Solo quiero que termine de una vez…-Contestó, cansinamente. -¿Llamaste a tú mamá?
-Papá fue a llamarla… yo no quiero hablar con ella.-Dijo secamente.
-No debería ser así Paula…-Murmuró.
-Yo la odio.-Interrumpió, sin tener intención de continuar hablando de ello.
-Eso es lo que crees.-Sonrió Matilde.-Sé que no puedes perdonarle lo que te hizo, pero aún así es tu mamá y deberías perdonarla.
-Discúlpame Matilde, pero no creo que es el momento indicado para hablar de…
-Sí que lo es.-Enfatizó.-Porque tú eres el puente hacia la felicidad de tus padres.-Afirmó.
-¿Qué?-Paula la miro extrañada. Podía llegar a adivinar que si ella hacia algo, sus padres estarían juntos otra vez porque no le costó notar que había un sentimiento de amor real entre ellos dos. Aún así no sabía la clase de amor que tuvieron, para que ella terminara siendo fruto de aquello. Pero, la última persona sobre la tierra que lo insinuaría siquiera… esa era Matilde.-No… no entiendo.
-Sé que puede parecer extraño, sobre todo viniendo de mi parte, pero solo quiero que mi esposo sea feliz.-Explicó con naturalidad.-Y también sé que esa felicidad solo la conseguirá al lado de Eugenia, aunque no lo quiera reconocer…
-¿Yo tendría que hacer algo al respecto…?-Balbuceó Paula.
-Sí. Tú eres ese puente, la que los une.
-No creo que yo…
-Claro que podrás.-Sonrió ella.-Lo último que quiero es que él sea fiel a un recuerdo… quiero que sea feliz de una vez. ¿Entiendes?
-Sí.-Asintió con la cabeza, pero a decir verdad, no había entendido el mensaje que le quiso transmitir. Le seguía pareciendo raro. Es más, hasta podía denotar algo de culpa en sus palabras. Estaba por volver a hablar, cuando la frenó la irrupción sorpresiva de su madre junto con Gerónimo en la habitación.
-Hola, Paula.-Saludó Eugenia, dirigiéndose exclusivamente a su hija.
-Adiós, Matilde.-Se acercó a esta y se despidió con un beso en su mejilla. Evitó todo contacto con su madre, pero al salir la miro de reojo y vio que no se encontraba en el mejor estado posible. Pero decidió hacer caso omiso y marcharse de allí.

Los rostros de Gerónimo y Eugenia denotaban la incomodidad que sentían estando en esa habitación. Entre ellos solo se habían hablado cuando él le informara a Eugenia sobre el deseo de Matilde y ella preguntándole a Gerónimo cómo se sentía su esposa. Ni una palabra demás. Ni disculpas ni peleas. Solo silencio. Un silencio que Eugenia creía que marcaría el final de su historia y de su amor.
En tanto, Matilde los observaba sin pronunciar aún palabra alguna. La tarde comenzaba a caer, así como lo hicieran sus fuerzas. Era el último pendiente del cual librarse y se marcharía en paz.
Gerónimo se acercó a ella y le tomó la mano con fuerza, como no queriendo dejarla escapar.
-Bien… Eugenia está aquí.-Inquirió él.-Si quieres yo puedo…
-No.-Interrumpió Matilde. Carraspeó.-Quiero que estén los dos.
-¿Qué sucede Matilde?-Preguntó Eugenia.
-¿Recuerdas lo que te dije hace un tiempo?-Replicó Matilde, haciendo referencia a la única charla que ambas tuvieran en casa de Eugenia.
-Claro.-Asintió ella. No le sería fácil olvidar que la esposa de Gerónimo, en líneas generales, le estaba dejando el camino libre para estar con él.
-Quiero que lo hagas… porque sé que deseas hacerlo, pero no te animas.
-¿De qué hablas?-Intervino Gerónimo, sorprendido por cómo se estaban tratando.
-Quiero que seas feliz, cariño.-Se dirigió a su esposo.-Tienen que ser felices…-Miro a ambos.-Juntos.
-Pero, ¿qué estás diciendo? Mejor nosotros nos vamos y te dejamos descansar…-Dijo él, sin creer que Matilde estuviera consciente lo que estaba diciéndoles.
-No.-Se apresuró a negar ella.-Ya no me queda demasiado tiempo, así que por favor… prométanme que dejaran de rehusarse a una vida juntos. Que aprovecharan esta segunda oportunidad que tienen.
Ellos se miraron sin saber qué responder.
-¿Lo harán?-Insistió Matilde.
-Sí.-Respondió finalmente Gerónimo. -¿No es así Eugenia?-Se dirigió a ella.
-Claro que sí.-Contestó de igual manera.
Con una tenue sonrisa, Eugenia se despidió de Matilde, sin soportar más estar en esa habitación. Había sido un adiós muy extraño y presentía que, por la actitud que tenía, sería la última vez que viera a la esposa de Gerónimo. Intentó buscar a Paula, por si estaba cerca, pero fue inútil. A pesar del tiempo, seguía enojada y Eugenia comenzaba a pensar que sería algo irremediable, como el futuro de Matilde.

El silencio reinó durante las dos horas siguientes en la habitación. Gerónimo sujetaba con fuerza la mano de Matilde, viendo como se alejaba de él cada vez más rápido. A la mañana había hablado con el médico y este le dijo que no pasaría de esa misma noche. Por eso ella hacía lo que hacía, era consciente de que ya no tenía tiempo… Tenía que prepararse para volver a perder a alguien y no tenía la menor idea de qué forma lo podría superar.
Hacia las diez de la noche Matilde supo que el dolor estaba a punto de irse. Se sentía tranquila por todo lo que había hecho a lo largo de su vida, hasta pensaba que no le faltaba mucho para reencontrarse con sus padres y eso la hacía sonreír. No podía evitar ver el sufrimiento en los ojos de Gerónimo, pero estaba segura de que podría recuperarse de ello, como lo había hecho de tantas pérdidas que sufriera. Lo mejor estaba por llegar para él.
-Gerónimo...-Suspiró Matilde.-Creo que ya es tiempo.-Sonrió tibiamente.
-No, por favor Matilde, no digas eso.-Dijo él, besándole la mano.-Yo estoy aquí.
Los minutos se hicieron eternos. Matilde miraba quedadamente al techo, esperando. Su dolor comenzaba a aliviarse y, aunque sentía un poco de miedo, por fin estaba lista. A lo lejos, escuchaba a Gerónimo murmurar frases inentendibles. Era la más hermosa música con la que podía marcharse de este mundo.
De pronto, toda su vida pasó frente a sus ojos. Innumerables momentos felices: su niñez; los primeros logros; los primeros besos y caricias; el día en que coincidió en la misma aula con Gerónimo; su casamiento; el nacimiento de Facundo, el de Violetta y hasta el día que se cruzara con… sería lo único que lamentaría. Pero era demasiado tarde para reprocharse esas cosas.
-Te amo Gerónimo…-Dijo, con el último aliento que le quedaba. Podía resumir su vida en esas palabras.
Gerónimo ya no respondió, solo la besó tiernamente, acariciándole la frente.
El tiempo había acabado. Las fuerzas se habían extinguido. Ya no se sentía dolor alguno. Lentamente, Matilde cerró los ojos. Sintiendo el tacto de su gran amor, la vida de Matilde expiró.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Untitled II: 21ª Parte

Tarde o temprano tenía que suceder, la reacción de Paula no hubiese sido muy diferente si se lo hubiera dicho ese día o meses después. Gerónimo prefería creer eso. Lamentaba haberle dicho tantas cosas horribles a Eugenia, muchas de las cuales solo eran producto de la ira del momento, cosas que no pensaba ni sentía realmente. ¿Cómo se le pudo haber escapado algo así? ¿Por qué justo en el cumpleaños de su hija? Se sentía terriblemente culpable por el estado en que había quedado Paula y por no poder estar allí, conteniéndola de algún modo. Pero por otro lado estaba aliviado de haberse sacado un enorme peso de encima. Aunque era algo inevitable, ya no podía permanecer oculto mucho más tiempo…
¿Cómo estaría Paula en ese momento? ¿Qué pensaría de él? Lo último que deseaba era alejarse de ella nuevamente o que se ganase su odio. Era la joven más bonita que podía haber visto, más allá de que fuese su hija, y eso era producto de los esfuerzos de Eugenia. Tampoco deseaba que Paula se enojase con su madre, pero el panorama le era menos favorable a Eugenia que a él. Por más de que Eugenia se hubiera equivocado, seguía siendo una madraza y no merecía el rencor de su propia hija. Simplemente se había comportado como un completo estúpido al decirle todas esas barbaridades, tales como que era una inmadura o mala madre. Si tan solo era una mujer desorientada…
Ahora se sentía estúpido. Por tres palabras, su mundo había colapsado. Definitivamente jamás lograría descifrar los sentimientos de Paula. Si él era incapaz de reaccionar a todo aquello, no quería siquiera imaginar lo que su pobre hija estaba padeciendo.
Mientras esperaba que el ascensor lo dejara en su piso, esperaba que por lo menos en su casa las cosas estuvieran más calmadas y Matilde se haya mejorado un poco… si es que podía hacerlo.
-¡Gerónimo!-Exclamó Ana, su madre, al verlo entrar.-Qué suerte que llegaste. Pasó algo terrible.-Comentó alarmada, acercándose a su hijo.
-Hola. ¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Y Matilde?-La abrazó a modo de saludo, buscando a su esposa con la mirada. No había ningún resultado favorable. Comenzaba a sentir temor.
-Justo llegué del médico. Sabes, por todos los estudios que me tengo que hacer y…
-Mamá. ¿Qué pasó?-Interrumpió. Su madre tenía la costumbre de detallar perfectamente el contexto en el que se encontraba la situación en cuestión. Pero ahora no había tiempo para el parloteo.
-Bueno, llegué y estaban Julieta y Matilde hablando acá…-Señaló el sillón.-… cuando tu esposa dijo que se sentía mal y luego se desmayó.-Concluyó, adquiriendo un tono más y más angustioso.
-¿Qué? ¡Se desmayó!-Sus más terribles temores empezaban a materializarse. Todo el mismo día. Todo. Maldición. -¿Dónde está? ¿A dónde la llevaron?
-Al hospital, pero al de la obra social.
-¿Quién está con ella? ¿Julieta?
-Sí. Recién le avisé al hermano de Matilde y me dijo que iba directo para allá.-Comentó.-Él se enojó cuando le dije que no estabas acá en ese momento…-Murmuró, pero Gerónimo alcanzó a oírla.
-No me importa lo que ese idiota diga.-Afirmó, severo.
Entró a su habitación unos minutos, buscó otra camisa, unos jeans limpios y unas zapatillas. Sabía que su estadía en la clínica sería larga. No quería siquiera pensarlo, pero la posibilidad de que Matilde no volviera era firme. Los últimos días había estado bastante decaída, apenas se podía levantar de la cama y los dolores se habían intensificado bastante. Gerónimo ya no quería que Matilde siguiera sufriendo, se le partía el alma con solo pensarlo, pero ya no podía verla marchitarse de esa manera…
Salió de la habitación a las corridas, acomodándose el cuello de la camisa como le era posible. Su madre se interpuso, lo arregló como se debía y lo retuvo unos segundos más.
-¿No debes comer algo primero?-Inquirió.
-No, mamá. Matilde me necesita.-Replicó.-Cuida bien a los niños, por favor. Solo diles que su mamá tuvo que ir al doctor, ¿sí? Después te llamaré.-Se despidió de ella con un beso el su frente y cerró la puerta tras de sí.
-Paula, por favor, ábreme.-Rogó Isabel.-Desde ayer que estás encerrada. No comiste nada. Por favor, Paulita, sal de ahí.
-¡No quiero ver a nadie!-Fue todo la respuesta que recibió. Así había sido durante toda la noche. Luego, el llanto desconsolado de Paula.
Eugenia se sentía terrible. ¿Cómo fue capaz de llegar hasta ese extremo? La verdad era que se había quedado corta con todo lo que imaginara. Esto era aún peor. Sabía que no arreglaría nada con reprocharse a sí misma lo que nunca había querido hacer, pero aún no encontraba explicación a las decisiones infantiles que tomara durante todos esos años. Y era ella quien debía estar encerrada en su cuarto. Ella era quien debía sentirse confundida, temerosa. Sentía todas esas cosas, pero los errores los pagan los inocentes y por eso Paula también los sentía. Qué triste y oscura se había vuelto su perspectiva en tan pocas horas. Cuando creyó que estaba haciendo lo correcto, que por fin iba por buen camino… ¡pum! explota la bomba, dejándola inconsciente.
Solo quería saber que su chiquita la perdonaba o al menos entendiera su posición. Quería ayudar a Paula, aunque no sea la persona más indicada para hacerlo, tenía la inmensa necesidad de compensar en algo el daño que le estaba causando. También debía ver la única cosa buena que salía de todo aquel embrollo: Gerónimo. Su niña no estaría sola, ahora tenía un padre en el que podía refugiarse (si no quería hablar con ella). Suponía que eso serviría de algo, ¿no?
-No puedo creer que Gerónimo le dijera algo semejante.-Isabel iba y venía a lo largo de todo el pasillo del piso superior. Eugenia permanecía sentada en un pequeño sillón que allí había, abrazada a sus piernas.-No tenía derecho, era algo que tú debías decirle. No él…
-Mamá, basta.-Interrumpió ella, antes de que comenzara a recibir un sermón sobre la crianza de los hijos y la responsabilidad que ello conlleva.-Él no tiene nada que ver. Punto. Aquí la única culpable soy yo.
-No es así…
-Es así.-Recalcó. -¿Llamaste a Octavio?
-Sí. Me dijo que en un rato estaría aquí.-Respondió, deteniéndose sobre la baranda y apoyándose en esta.-Ojala que a él le haga caso. Sino…
Cuando Eugenia se disponía a intentar disipar los más terribles miedos de su madre, el sonido del timbre acaparó la atención. Entonces Isabel bajó rápidamente las escaleras con la esperanza de que se tratara del novio de su nieta. Esperanzas que dieron paso a un súbito alivio al ver al apuesto joven esperando en el portón.
En ese pequeño intervalo, Eugenia se levantó de su asiento y se paró frente a la puerta de la habitación de Paula. Hizo un ademán con la mano como para golpearla, pero se detuvo. Entonces decidió acercar su oído a la puerta para tratar de oír lo que sucedía del otro lado. Su intentó fue en vano, no se oía nada como si no hubiese movimiento…
-Hola.-Saludó Octavio, llegando al piso superior. Al escucharlo, Eugenia dio una zancada de vuelta al lado del sillón donde estuviera sentada.
-Hola.-Respondió el saludo, cabizbaja.
-¿No salió de allí en toda la noche?-Preguntó el joven, incrédulo.
-Así es.-Se apresuró a contestar Isabel.
-Bueno. Veré que puedo hacer…-Octavio se colocó frente a la puerta, respiro profundo y rogó interiormente que Paula lo escuchara.-Paula. Paula soy yo, Octavio. Por favor, déjame entrar, quiero hablar contigo…
Como respuesta, la puerta se abrió muy lentamente. El corazón de Octavio había comenzado a latir desbocadamente. Aparentemente, Paula estaba detrás de la puerta, pero no se dejaba ver.
-Pasa rápido…-Se escuchó una voz, casi en tono de susurro. Octavio alcanzó a comprenderla y lanzó una tibia sonrisa a Eugenia, que lo estaba mirando desde un costado, con los ojos llorosos. Finalmente, la puerta se cerró y pudo estar a solas con Paula.

Escuchar su voz, después de tanto sufrimiento en soledad, fue como un oasis en el desierto. Por eso mismo, Paula se lanzó inmediatamente a abrir la puerta al escuchar la voz de su amado Octavio. Ni bien lo tuvo frente suyo no pudo hacer otra cosa más que abrazarlo y llorar (por enésima vez) sobre sus hombros. Octavio evitó decir alguna cosa, se limitó a abrazarla lo más fuerte que le fue posible y esto la reconfortó aún más.
Se separó lánguidamente de él, dando unos cuantos pasos hacia atrás hasta sentarse en su cama. A su alrededor todo era desorden y un montón de cosas que fueron tiradas en su momento de más furia y bronca. Paula estaba hecha un desastre, despeinada, con unas ojeras enormes, cansada y con los ojos rojos de tanto llorar. No hubiese querido que Octavio la viera en ese estado, pero lo necesitaba más que a nada.
-¿Por qué a mí?-Dijo, levantando la mirada hacia él, que permanecía cerca de la puerta, observándola.-No es justo, Octavio.
-Nunca preguntes el porqué de las cosas. Mejor pregúntate para qué pasan las cosas.-Fue lo primero que pensó en decirle, mientras se sentaba frente a ella. -¿Cómo estás?-Preguntó con suavidad, tomando la mano de Paula.
-Decepcionada. Así estoy.-Hizo una pausa, pensando en los años en que había vivido en una mentira.-No puedo creer que Gerónimo sea mi papá. No entiendo por qué mamá fue capaz de mentirme así. La odio…
-No, Paula. No, así no.-Trató de hacer entrar en razón a una Paula que se veía que estaba bastante desorientada. Pero, por sobre todo, la veía triste y no quería seguir viéndola así.-Tienes que hablar primero con ella, darle la oportunidad de que te explique por qué lo hizo o qué pensó para hacer lo que hizo. Escúchala.
-¿Te mandó ella?-Replicó ella.
-Vine porque te amo. Porque quiero que estés bien.-Afirmó con seguridad.-Nadie me envió.
-Ah…-Apenas si intentó responder. Permaneció en silencio, pensativa, unos segundos. Octavio decidió que seguiría sus tiempos y no trataría de interrumpirla.
Paula se dedicó a recorrer toda la habitación con la mirada. Sonrió levemente al darse cuenta que estaba rodeada de puro desastre… algo que no era su estilo.
-Esto es una porquería.-Comentó distraídamente.
-Ya lo sé.-Sonrió Octavio.
-¿Qué pasó ayer?-Quiso saber ella. No se había fijado que la tormenta se había desatado en medio del festejo de su cumpleaños, dejando desconcertados a todos los asistentes a la misma.-No me di cuenta que…
-Está bien.-Interrumpió él.-Los chicos se fueron al rato. Les dije que había surgido un pequeño problema que no podía decirles y ellos se marcharon.-Explicó con naturalidad.
-Pequeño problema…-Repitió con la mirada perdida. Ojala hubiese sido solo eso. Ojala nunca Gerónimo le hubiese dicho que era su papá. Ojala hubiese sido una pesadilla y ahora estuviera despertando en medio de su hermosa e indolora mentira…-Gracias, Octavio. No te agradecí que estuvieses acá, conmigo. Gracias, enserio.-Era lo menos que podía decirle en un momento como ese. Podría estar haciendo millones de cosas, pero estaba con ella.
-Te amo, Paula. Eso lo sabes.-Ella asentía con la cabeza, al borde del llanto, otra vez.-Y no quiero verte triste, llorando. Voy a hacer todo lo que pueda para verte feliz de vuelta.-Le tomó suavemente la mejilla y se acercó un poco más a ella para besarla dulcemente.
Eso fue todo lo que necesitó para reanimarse, en parte. Era increíble como Octavio transformaba todo su mundo, devolviéndole color a su vida. También aconsejándola, no solo sabía besar bien. Trató de evitar lo de su madre solo porque quería pensarlo un poco más. En realidad lo había pensado durante toda la madrugada, pero las palabras de Octavio sirvieron para darle el empujoncito necesario para hacerlo.
-Estuve pensando, Octavio.-Murmuró, abrazada a él y recostada sobre el respaldo de la cama.-Toda la noche pensé en hablar con mamá. Pero no me animaba… hasta que me aconsejaste que lo hiciera.
-¿Y? ¿Vas a hablar con ella?-Dijo él, sutilmente entusiasmado.
-Mmm…-Lo pensó unos segundos más.-Sí, voy a hablar con ella…

Octavio salió de la habitación con una sonrisa que Eugenia no supo interpretar. Había permanecido junto a su hija un buen rato y estaba ansiosa por saber qué le había dicho esta.
-Quiere hablar con usted…-Informó él, sosteniendo el picaporte de la puerta, pero dándole la espalda a esta.-Pase.-Inquirió.
Ni bien dijo eso, Eugenia se lanzó hacia la puerta empujándola de un tirón. Estaba apresurada por saber qué pensaba su hija y tenía la necesidad de pedirle perdón las veces que fuese necesario. Sin notarlo, estaba en el cuarto de Paula, parada frente a su hija. Isabel y Octavio habían desaparecido de la escena. Una llamada mantenía ocupada a su madre y Octavio simplemente se marchó, creyendo que no era conveniente estar allí.
Estaban ellas dos. Madre e hija, enfrentadas. Finalmente.
-Paula…-Murmuró Eugenia, sin saber qué decir. Todo el discurso que había ensayado en su mente durante horas y horas se había borrado completamente.
-Mamá…-Replicó ella, seca.
-Paula yo quiero que me perdones por…-Se apresuró a decir, a medida que intentaba acercarse a su hija.
-¿Por qué, mamá?-Interrumpió ella, indiferente. -¿Por qué me mentiste?
-Yo… yo no sé, Paula.-Las manos le temblaban y su frente había comenzado a sudar.-Pensé que jamás volveríamos y no podía dejar todo lo que construí, a menos que…
-¿A menos qué?
-A menos que me lo pidieras… y lo hiciste. Tuve miedo. Nunca volví a saber de Gerónimo…
-Sin embargo escribías cartitas, ¿no?-Interrumpió Paula, sorprendiendo a su madre. Lamentablemente, las explicaciones que estaba recibiendo solo la confundían aún más.
-¿Qué?-Dijo sorprendida.
-Sí. Leí una de las cartas que le escribiste a un tal Gerónimo y decías que nunca lo habías olvidado. Eso me motivo a querer venir a vivir aquí y encontrarlo, para ver si podía hacer que volvieras con él… ya que parecías extrañarlo. Lo que jamás pensé fue que estaba buscando a mi verdadero papá.-Se levantó de un tirón, pero permaneció en su lugar junto a la cama.
Eugenia suspiró, resignada. Era increíble como el destino había jugado un rol tan importante en su historia…
-No sé qué decirte, Paula.-Dijo, sin poder salir del asombro provocado por las palabras de su hija.-Solo necesito que me perdones… por favor, hija.
-No sé…-En ese momento, la miro fijamente a los ojos, pero en su corazón no había lugar para la compasión. Se escuchaba el sonido de unos pasos a lo lejos, como si alguien estuviera subiendo las escaleras apresuradamente.-No sé si pueda perdonarte esto tan fácilmente… no estoy segura.
Eso fulminó el alma y las esperanzas de Eugenia. Su hija se veía fuerte ante la situación, eso la reconfortaba. Pero fue muy tonta al pensar que olvidaría así como así que le haya ocultado algo semejante… ¿Qué iba a hacer ahora que había perdido a su hija, a lo que más amaba?
-Llamó Gerónimo.-Interrumpió bruscamente Isabel, a la vez que se sorprendió al encontrar tal escena: la puerta de la habitación abierta, madre e hija enfrentadas. Pero, aun así, lo que tenía que decir implicaba a Paula.-Perdón por interrumpir…
-¿Qué pasó con papá?-Se apresuró a intervenir Paula, sorprendiendo a su madre y a su abuela por haber llamado a Gerónimo así. Aunque no debía sorprender a nadie…
-Su esposa, Matilde… ella está internada. Dice que está mal y que te necesita allí.-Informó.-Si podes, claro. Solo quería que sepas eso, no te obligó para nada a…
-Me cambio y voy para allá. Voy a ir con Octavio en colectivo, solo decime donde está internada.-Replicó. Inmediatamente se internó en su baño, cruzando frente a su madre pero displicente ante ella.
Eugenia decidió que no debía permanecer allí, ya que las cosas habían quedado bien claras entre ambas. Con el corazón destrozado y sin fuerzas se encerró en su cuarto. A eso era lo que le temía: el rechazo, la indiferencia. Era momento de empezar a pagar por sus errores… esto era solo el comienzo.

martes, 8 de marzo de 2011

Untitled II: 20ª Parte

Tardó unos momentos en abrir los ojos. Había estado toda la madrugada junto a Octavio, pero solamente estuvieron hablando y escuchando música… creía que era prematuro acostarse con él sin tener siquiera un mes cumplido juntos. Paula había comenzado de la mejor manera ese sábado 4 de Septiembre, junto con al chico ideal. Octavio le había prometido que, a modo de regalo de cumpleaños, le dedicaría exclusivamente a ella el show que su banda daría esa misma noche. Por su parte, ella pensaba en un discreto almuerzo al mediodía y tal vez salir a la tarde con su madre y con los hijos de Gerónimo, a quienes les había prometido ir al shopping a jugar. No sería la gran cosa, nunca sus fiestas de cumpleaños solían serlo. Aunque debía reconocer que este año prometía destacarse por sobre los anteriores.
Somnolienta aún, notó que la puerta se abría lentamente y los cantitos no tardaron en hacerse escuchar.
-¡Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz, que los cumplas Paulita, que los cumplas feliz!-Entraron cantando al unísono su mamá y su abuela. La primera cargando una torta con las velas encendidas que formaban el número 17, en tanto que su abuela traía consigo una caja envuelta en papel de regalo color lila y con un enorme moño rosado.
-Gracias.-Sonrió Paula, mientras se desperezaba paulatinamente. Efectivamente, se hubiese quedado en la cama hasta las doce. Miro el reloj y vio que eran las diez y cuarto de la mañana… no era tan temprano como Paula hubiese creído.
Eugenia e Isabel la llenaron de besos y abrazos, esta última la obligó a que abriera el regalo que, según ella, solo era el primero de todos los que recibiría a lo largo de ese día. Al abrirlo se encontró con unas hermosas zapatillas Nike blancas y con rallas verdes en los costados, tal como las zapatillas de las que se había enamorado días atrás.
-¡Gracias abuela! Son geniales.-Exclamó ella, siguiendo con un fuerte abrazo hacia su querida abuela, quien no dejaba de malcriarla ni a sus diecisiete años.
-¿Y a mí no me vas a abrazar también?-Intervino Eugenia.
-Pero vos no me regalaste nada todavía.-Bromeó Paula, que no tardó mucho más en hacer lo mismo con su mamá, quien era la piedra fundamental de su vida. Por lo menos lo sería así hasta que cumpliera los dieciocho.
Después de tan emotivo acto, Paula fue a bañarse, mientras Eugenia e Isabel preparaban el almuerzo. Lo que extrañaba a ambas era que Gerónimo no les hubiera avisado si tan solo pararía a saludar a su hija o se quedaría a comer. Ojalá supieran pronto algo de él.

Paula permanecía en su cuarto, escuchando Green Day a todo el volumen que le era posible hacerlo. Octavio recién había llegado, junto con algunos compañeros de colegio y el almuerzo estaba listo. Gerónimo seguía sin aparecer…
Esta vez a Eugenia le pareció mejor disponer el almuerzo para Paula y sus compañeros en la galería que tenían detrás de la casa, en cuanto a ella y su madre comerían en la cocina. Octavio llevó el equipo de música hacia afuera, lo que alegró un poco más el soleado día. Sin embargo, era fácil notar que Paula estaba esperando a alguien: Gerónimo. Había momentos en los que su novio o sus compañeros lograban distraerla, pero luego ella volvía a espiar por la puerta en busca de Gerónimo.
-Mami, ¿no sabes si Gerónimo viene hoy?-Inquirió Paula, cuando logró escabullirse hacia la cocina con el pretexto de buscar más gaseosas. -¿No llamó? ¿No avisó nada?-Insistió.
-No, Paulita.-Contestó Eugenia.-Yo también esperaba que venga o que llamase al menos. Pero no te preocupes, tal vez tiene algo que hacer…-Intentó animarla.-Recuerda que está tarde saldremos con Facundo y Violetta. De todos modos lo verás.-Sonrió. Aunque también a ella se le hacía raro que Gerónimo no hubiese aparecido en toda la mañana, ni siquiera para saludar a su hija. Seguramente algo había ocurrido.
-Bueno… gracias.-Dio media vuelta y volvió con sus compañeros, quienes no paraban de reír y hacerse bromas unos a otros. Por lo menos los tenía a ellos para que alegrasen un poco su día.

Mientras todos los jóvenes estaban charlando y comiendo helado a modo de postre, el timbre sonó. Inmediatamente, Paula se levantó de su silla y atravesó corriendo la distancia que había entre la galería y la entrada a la casa. Ni siquiera Eugenia pudo alcanzarla, pero no se molestó demasiado en hacerlo, puesto que estaba segura de quien estaba llegando era Gerónimo, su papá.
La sonrisa de Paula se acentuó más al girar el picaporte de la puerta. Efectivamente, su presentimiento estaba acertado, tras las rejas del portón estaba parado Gerónimo con una gran bolsa verde en su mano derecha. Sin perder tiempo, tomó las llaves y salió corriendo al encuentro de este.
-¡Gerónimo, viniste!-Exclamó con felicidad, mientras llegaba hasta el portón dispuesta a abrirlo.
-¡Feliz cumpleaños, Paula!-Sonrió Gerónimo. Una vez que ella abrió el portón, dejó caer la bolsa que traía consigo y la abrazó fuertemente. Una mezcla de sensaciones le recorrían el cuerpo: alegría, felicidad, melancolía, esperanza, ternura, amor. Era el primer cumpleaños de su hija en el que podía estar presente. Eso tenía que generarle algo, ¿no?
-Gracias, Gerónimo.-Dijo ella, separándose pausadamente de él antes de que no la dejara respirar… otra vez. -¿Por qué no pasas y te quedas un rato? Terminamos de almorzar hace media hora, más o menos, pero estamos comiendo el postre y aún no me cantaron el feliz cumpleaños…-Propuso entusiasmada.
-No.-Interrumpió él.-Lo lamento, pero solo pasaba a saludarte y traerte tu regalo. Como verás, es bastante grande pero sé que te va a gustar y…
-¿Por qué no podes quedarte?-Preguntó sin siquiera haber oído lo que Gerónimo dijo después.
-Mi esposa no está bien. No pasó una buena noche, ahora está junto a mi hermana, pero ella no podrá ayudarme por mucho tiempo más.-Contestó, visiblemente apenado.
-Ah…-Replicó ella.-Pero… ¿podríamos hablar un ratito? Acá, en la vereda.
Gerónimo asintió con una leve sonrisa.
-O mejor en el cantero, acá nos molesta el sol.-Sonrió Paula. Ambos se sentaron bajo la sombra del pequeño árbol que yacía allí. Eugenia los estaba observando desde la puerta de entrada, pero sin que nadie la notara.
-Y bien… ¿de qué quieres que hablemos?-Inquirió él.
-Lamento mucho que no puedas pasar unas horas conmigo. Igual no soy quien para pedírtelo, tu esposa está primero.
Eres mi hija. Pensó él.
-También supongo que no podré llevar a Facundo y a Violetta al shopping, ¿no es así?-Siguió Paula.
-Sí. Perdón, enserio. Me hubiese gustado mucho estar contigo en este día.-La mirada de su hija le bastaba para hacerlo sentir peor.
-Sabes, te quiero Gerónimo.-Dijo Paula, mirando hacia la calle, que estaba desierta. Volvió su mirada hacia Gerónimo.-Y por ese sentimiento, quiero contarte algo.
-Yo también te quiero, Paula.-No supo cómo logró contener sus lágrimas ante tan hermosa confesión de su niña.-Puedes contarme lo que sea.-Sonrió.
-Bueno, pero no le digas nada a mi mamá, por favor.-Suplicó.
-Prometido.
-Me pasó en todos los cumpleaños, desde que tengo memoria.-Comenzó a contarle eso que jamás le había dicho a nadie.-Mamá y la abuela siempre me llenaron de regalos y fiestas muy divertidas. Pero todos los años era lo mismo, sentía como si me faltase algo… no sé. Tenía la esperanza de que papá apareciera de un momento a otro, me abrazara y me deseara felicidad.-Su semblante permanecía serio y sus ojos recorriendo todo lo que a su alrededor estaba.
-¿En… enserio?-Balbuceó él, sin poder creerlo. Se le partía el corazón con escucharla decir algo como aquello y se sentía impotente al saber que pudo haber estado allí.
-Sí. Pero, lo más raro es que este año no lo siento tanto.-Volvió a sonreír.-Es decir, mi papá no a resucitar por más que lo quiera, eso es irremediable. Pero desde que te conocí… no lo sé… imagino que papá hubiese sido como vos.
El corazón de Gerónimo dejó de latir, por lo menos tres segundos, de eso estaba seguro. Paula veía en él a su padre, sin saber que lo tenía frente a sus ojos en ese mismo momento. Su hija lo necesitaba y no podía hacer nada. Pero no era momento aún de contarle la verdad. Tenía que resistir un poco más… solo un poco más.
-¿Y sabes quién es él?-Fue lo primero que se le ocurrió preguntar, antes de meter la pata.
-Solo sé que fue un amor, por así decirlo, muy fugaz de mamá. Él ni siquiera supo que ella estaba embarazada cuando murió. Así me lo han contado…-Comentó naturalmente.-Sin embargo, lo extraño. Es demasiado pedir, lo sé, pero me gustaría que esté aquí conmigo.
-Lo está, Paula.-Intervino, sin pensarlo. Era llorar en ese mismo instante o…
-¿Cómo?-Lo miro, extrañada.
-Soy tu papá.-… decirle la verdad. Antes de que pudiera meditarlo, optó por la segunda opción.
-Gerónimo, no es gracioso… enserio.-Se levantó lentamente, pero mirándolo, esperando que se retractara. Por unos segundos más, espero que él le dijera que no había sido un buen chiste y que se disculpara. -¿Gerónimo? ¿No es cierto, verdad?-Nunca lo negó. Gerónimo estaba paralizado, tan solo pudo elevar la mirada hacia Paula.
-Es verdad, Paula. Soy tu papá.-Fue todo lo que dijo.
Ella entró en llanto, luego la desesperación se apoderó su ser. No era posible. Su mamá nunca le hubiese mentido, Gerónimo no era su padre… no lo era. Pero la mirada de él decía lo contrario. ¡Maldita sea! Estuvo engañada toda su vida, sufrió sin necesidad alguna y su madre no hizo nada…
-¡No puede ser!-Gritó, comenzó a llorar desconsoladamente y se echó hacia el interior de su casa otra vez. Lo único que quería era encerrarse en su cuarto y no ver a nadie.
Eugenia se alarmó al escuchar el grito de Paula y salió en busca de ella. Antes de que pudiera hacerlo, Paula cruzó a su lado como si fuera un relámpago. Sin entender la situación, volvió la mirada hacia en cantero, donde permanecía sentado Gerónimo y sin dar indicios de que pudiera reaccionar. Entonces decidió acercarse a él para saber por qué Paula se había vuelto rápidamente.
-¿Qué pasó Gerónimo? ¿Por qué Paula se fue así?
-Soy su papá…-Murmuraba una y otra vez él. A Eugenia se le heló la sangre al escucharlo. Tenía que haber una equivocación, él no podría haberle dicho la verdad porque todavía no era el momento adecuado. Además ella era quien debía decírselo no Gerónimo, no pudo haberlo hecho…
-¿Le dijiste? Por favor Gerónimo, dime que no lo hiciste.-Sentía como la desesperación se iba apoderando de ella sin poder controlarlo. Solo le bastaba una palabra de él para que eso desapareciera… solo una. -¡Por Dios Gerónimo, dime que no lo hiciste!
-No… yo no quise.-Él elevó su mirada lastimosa hacia una Eugenia al borde de un ataque de rabia.-Pasó… solo pasó sin que pudiera controlarlo…
-¡Qué hiciste! ¡No!-Sus lágrimas fueron contenidas por la furia que brotó por sus venas. Se abalanzó a Gerónimo con la intención de golpearlo, pero este se levantó a tiempo para evitar que le pegara. Ella solo pudo dar unos manotazos al viento. -¡Yo tendría que habérselo dicho! ¡No tenías por qué hacerle esto justamente el día de su cumpleaños!-Estaba sujetada de ambos codos por Gerónimo, quien solo la observaba, pero ese último comentario lo hizo reaccionar.
-¿Ah sí? ¡Ah sí! ¿Ahora el que tengo la culpa de tus estupideces soy yo?-Exclamó con voz potente. Eugenia se asustó.-Tuviste el tiempo suficiente como para decírselo y ahora me reclamas eso a mí, ¡a mí! ¡Ni siquiera sabes lo que Paula siente! ¿Sabes lo que me dijo? Me dijo que siempre pensaba en su padre y que lo extrañaba. Que en todas las fechas como esta, esperaba verlo, que la abrazara y le deseara felicidad. ¿Entiendes lo que es eso? ¡Lo entiendes!-De un tirón la soltó.
-Yo no sabía…-Murmuró ella, bajando la mirada, avergonzada.
-Tú nunca sabes nada, Eugenia. Nunca lo supiste y nunca lo sabrás. ¡La única culpable aquí eres tú! Nos quitaste a Paula y a mí la oportunidad de ser felices, todo por tu cobardía…
-¡No sabes ni la mitad de lo que pasé todos estos años! Así que no me vengas a dar lecciones de vida ahora, porque no las necesito y menos de un fracasado como vos Gerónimo.-Levantó la mirada y se puso firme. No iba a soportar que la pasaran por encima, como él pretendía hacerlo.-Solo déjanos en paz a mí y a mi hija, ¿entiendes?
-También es mi hija.-Interrumpió.-Y antes de volver a entrometerte en su vida, pregúntale a Paula qué es lo que quiere… puede que te sorprendas.-Su mirada se volvió fría, producto de una ira que lo había cegado por completo. No reconocía en esa mujer que tenía frente suyo a la chica sensible e incomprendida de la que estuvo enamorado.-Ya no sé quién eres, Eugenia. Lo único que veo es a una mujer que solo piensa en ella misma y utiliza a los demás como objetos de su conveniencia. Das lástima, Eugenia Arizábal.
Eugenia se quedó muda, no tenía contrapartida para esas acusaciones y, por más que le doliera en el alma, los últimos años de su vida había actuado de esa forma. Por su pusilanimidad Paula estaba sufriendo, todos los que realmente le importaban estaban padeciendo el dolor que provocaba su inmadurez. Era triste. Era cierto. Era real.
-¡Eugenia! ¡Eugenia!-Ambos escucharon que Isabel estaba gritando desde la puerta. Luego comenzó a acercarse a ellos.-Eugenia, ¿acaso no me oyes?
-¿Qué pasó a mamá?-Se volvió repentinamente hacia ella.
-Ustedes dos deberían dejar de ocuparse en ustedes mismos y mirar a su alrededor, egoístas. Paula se encerró en su cuarto, está llorando y no quiere que nadie entre. Ni siquiera Octavio.-Comentó, con un semblante que denotaba claramente su preocupación.-No sé que le hicieron, pero debió haber sido algo muy grave para que ella terminara en ese estado. Nunca la vi así.
-Ya… ya voy, mamá.-Atinó a responder Eugenia.
-¡Apúrate por el amor de Dios!
Isabel se internó en la casa nuevamente y Eugenia volteó hacia Gerónimo nuevamente. Esta vez, mucho más calmada, pero decidida.
-Vete. No quiero que me sigas…
-Pero tengo que saber cómo está Paula, no puedes hacerme esto.-Protestó él.
-Si pude hacerlo una vez y soy tan egoísta como dices, puedo hacerlo dos veces. Y los estoy haciendo.-Replicó.-Ahora, largo de mi casa. Si esto se resuelve, te llamaré. Pero no te quiero aquí.-Dio media vuelta y se encaminó hacia el interior de su hogar.
-¡No puedes hacerlo!
-¡Vete!-Cerró la reja en la cara de Gerónimo.-Yo te llamaré.-Dijo con tono más moderado, para finalizar.
Gerónimo se resignó.
Ella cerró la puerta tras de sí, sabiendo que lo que por tanto tiempo había temido, había estallado ante sus ojos. No veía nada bueno en ello… nada.

viernes, 4 de marzo de 2011

Untitled II: 19ª Parte

-Gracias por el paseo, Gerónimo.-Sonrió Paula, dentro del auto de él mientras se dirigían hacia su departamento.-Por el helado, las anécdotas. Por todo.
-No tienes nada que agradecer, somos amigos ¿no?-Replicó él, igual o más sonriente que su hija.
Habían pasado dos semanas de aquella inesperada cena, desde entonces Paula y Gerónimo se estuvieron viendo con más frecuencia. A ella le extrañaba que su madre haya accedido a que vuelva a tener contacto con él, después de que le prohibiera rotundamente volver a verlo, pero aprovechaba la nueva actitud de ella. Mientras los días pasaban, descubría que tenía muchas más cosas en común con él, de las que hubiese imaginado. Odiaban al invierno, amaban las bandas de rock y redactaban muy bien. Bueno, Gerónimo era periodista, Paula quería serlo algún día. La mayoría de sus charlas pasaron por ese tema, ya que ella no tenía definida exactamente la carrera que seguiría. Lo que sí sabía era que quería seguirla en Buenos Aires y vivir por muchos años más allí, Estados Unidos ya no tenía nada importante para ofrecerle que llamara su atención. Por fin las cosas estaban tomando su curso.
-¿Pensaste en lo que te dije sobre la carrera?-Inquirió Gerónimo, con los ojos puestos en el camino.
-Sí, la verdad hablamos de eso con Octavio y posiblemente estudiemos juntos.-Comentó distraídamente.
-Octavio.-Carraspeó él, sintiéndose incómodo.
-Sí, Octavio. ¿Qué? ¿Estás celoso de mi novio?-Comenzó a reír.-Te pareces a esos padres sobre protectores.-Continuó riendo, pero Gerónimo no la imitó. Sabían que esas palabras eran ciertas y que en cualquier momento debía decirle la verdad.
-Entonces te ayudó la charla que tuvimos para que pudieras decidirte, ¿no?-Retomó el curso inicial de la conversación.
-En realidad recordé la charla que diste en el colegio.-Se quedó en silencio unos segundos.-Ni siquiera sabía quién eras en ese momento… ¡qué locura! Pensar que me acerqué a ti pensando que eras otra persona.
-Bueno…-Carraspeó otra vez.-Debo decirte que aquella vez, te mentí.
-¿En qué?-Preguntó Paula, extrañada.
-Tu búsqueda fue exitosa, puesto que yo compañero de tu madre durante el último año de secundaria.
-Gerónimo.-Sus ojos se abrieron de par en par al escucharlo decir eso. Ahora todo tenía sentido, ¡por fin podría explicar las cosas que estaban sucediendo! Seguramente su madre lo perdonó por vaya saber uno qué cosa y debido a eso ella estaba hablando en ese instante con él.
-Sí, Gerónimo.-Afirmó divertidamente.-Ahora bien, ¿por qué querías saber si conocía a Eugenia?
-¿Y tú por qué no empezaste por decirme la verdad desde un comienzo?-Le reprochó, pensando de que se hubiera ahorrado una par de disgustos si las cosas se hubiesen iniciado de una manera diferente.
-Era muy claro: no te conocía. Eras una extraña para mí.-Contestó con un semblante tranquilo.-Ahora es diferente, ya sé quién eres. Y bien, ¿me vas a decir para qué necesitabas hablar conmigo en aquel momento?
-Es extraño de explicarlo…-Dudó por un momento.-Bueno, está bien, te lo contaré. Hace un poco más de un año, buscando algo que no recuerdo ahora, entre las cosas de mamá encontré una notita que estaba muy bien escondida. Bah, en realidad se parecía más a una carta de amor con los elementos que tiene una… nada que pudiera sorprenderme, excepto por lo siguiente: “Pero, pase lo que pase, sé que siempre estaremos unidos. Más allá de nuestro amor, tú me dejaste un pedazo de ti, al cual estaré unida hasta el final.” Y estaba dirigida hacia un tal GE- RÓ- NI- MO.-Sonrió al decir esto último. Por poco y olvida lo que debió preguntar al hombre en cuestión hace unos meses.-Con la intención de encontrarlo y reunirlo con mamá llegué hasta aquí. Entonces, ¿entre tú y mamá pasó algo?
Gerónimo se quedó mudo. ¿Cómo fue que pudo meter la pata de semejante manera? Estaba confundido. Lo que acababa de escuchar solo le demostraba que Eugenia no lo había olvidado y sobre lo que los uniría para siempre, era una clara referencia a Paula, que por suerte esta no supo decodificar. Por el momento. Pero no podía decirle que fueron novios en su momento, tampoco quería mentirle a su hija. ¿Qué diablos se suponía que debía hacer? Vaya apriete en el que se encontraba…
-¡Llegamos!-Exclamó, levemente nervioso y evadiendo la pregunta de Paula. -¿Quieres quedarte a almorzar?
-Me gustaría mucho, sobre todo estar con tus hijos, pero… no me respondiste lo que te pregunté.-Insistió ella, convenciéndose de que su pregunta lo había incomodado y solo eso le bastaba para estar segura de que tuvo algo con su madre.
-No lo sé… no me acuerdo, fue hace mucho Paula.-No le quedaba otra opción que recurrir a las evasivas, no era su estilo pero no habían demasiadas opciones de salida. Ambos se bajaron del auto, que quedó estacionado a una cuadra del edificio.
-Vamos, Gerónimo… ¿pasó algo?-Volvió a insistir.
En ese momento sonó el celular de él, evitando que pudiese contestarle. Interiormente, Gerónimo agradeció a Dios por haber hecho que alguien necesite de él en ese mismo instante.
-Esto no se va a quedar así, Gerónimo.-Balbuceó ella, entrando al edificio.
Lamentablemente, eso no iba a quedar así.

Por más que intentara persuadirla de todas las maneras posibles, Isabel resistió y finalmente estaba declarando en contra de Alfonzo, quien la miraba fijamente queriendo transmitirle terror a su ex esposa. Eugenia también se encontraba en la sala, presenciando todo y apoyando a su madre. Pero ella ya no iba a ceder.
-…fue entonces, mientras discutíamos, cuando entre gritos me confesó que fue él quien mató a Gustavo.-Fue entonces cuando no pudo soportar más la presión y rompió en llanto. Aún así, debía decir más cosas sobre ese maldito.
-¿Y qué me puede decir sobre las amenazas que recibió durante los últimos días?-Preguntó la fiscal.
-Son ciertas.-Contestó.
-¿Nos podría decir cómo fueron?-Repreguntó la fiscal.
-Primero llegó a mi casa por medio de mi nieta, Paula. Me pidió dinero y me dijo que si no accedía, algo malo podría llegar a pasarme. Yo aún no sabía que se le estaba haciendo un juicio en su contra. Luego, llamó a mi casa y en esa oportunidad atendió mi hija y le hizo la misma amenaza de lastimar a mi nieta, pero esta vez, si yo llegaba a testificar en este juicio.-Se secó las lágrimas.-Fueron dos veces en menos de un mes.-Finalizó.
-Muchas gracias, Isabel.-La fiscal terminó de interrogarla. Después se dirigió al juez.-Señoría, la Fiscalía quiere pedir formalmente la detención de Alfonzo Arizábal hasta que el juicio concluya, debido a las amenazas hechas a la testigo Isabel Ruiz López.
-¡Mentira!-Gritó Alfonzo, exaltado. -¡Hija de puta! ¡Deja de mentir de una vez!-Se levantó violentamente de su lugar y ni su abogado pudo frenarlo, ya que se dirigía hacia donde estaba Isabel. Pero los policías sí lo hicieron.
-Pedido aceptado. Detengan al acusado.-Ordenó el juez.-Se levanta la sesión.-Debido a lo que provocara Alfonzo, se vio obligado a suspender la jornada.
Isabel sintió como si se quitara un gran peso de encima. Estaba aliviada, había esperado mucho tiempo para sentirse así. Solo faltaba que de una buena vez Alfonzo pagara por lo que le hizo a Gustavo. Se levantó de su asiento, pero le extrañó no ver por ninguna parte a Eugenia.

Ni bien habían comenzado los gritos de Alfonzo, decidió salir de la sala. Necesitaba tomar un poco de aire. Eugenia ansiaba algo de paz. Pero solo se sentó en un banco, a pocos metros de la sala. Su mente divagaba entre los problemas que tenía y en cómo hubiese sido su vida si a Gustavo no lo hubieran matado. Tal vez las cosas estarían mejores o peores, pero serían distintas. Nunca vio ninguna foto de él ni jamás supo cómo era o qué le gustaba. Tan solo sabía que fue médico. Lamentaba su suerte y rogaba que estuviera bien donde se encontrara…
-¿Eugenia?-Una voz masculina la sacó de su ensimismamiento. Levantó la mirada y se encontró con un hombre bastante grande que la miraba con cierta admiración.
-¿Quién es usted?-Preguntó de mala manera.
-Soy tu tío, Esteban Ortiz. Soy el hermano de Gustavo.-Sonrió.
Sin siquiera pensarlo, Eugenia se levantó de inmediato y se abalanzó hacia ese hombre que decía ser su tío, porque ya no aguantaba más sobrellevar tanta angustia en soledad. Entonces comenzó a llorar por el solo hecho de querer desahogarse con alguien.
-Eres igual a tu abuela, a mi mamá.-Susurró Esteban, mientras la abrazaba también.
En ese momento salió Isabel, quien no tardó demasiado en reconocer a Esteban y la estremeció haberse encontrado con semejante escena. Por esto le pareció sensato no intervenir en ella.
Poco a poco, Eugenia fue separándose de Esteban. Estaba un tanto apenada por haber reaccionado de aquella forma, pero había sido simplemente instintivo.
-Discúlpame, Esteban. No quise…
-Está bien, Eugenia. No es nada.-Sonrió este.-Tenía muchas ganas de conocerte.
-¿Es cierto que me parezco a su madre? Este… mmm… ¿a mí abuela?-Inquirió inocentemente Eugenia, a raíz de lo que Esteban le dijera.
-Sí, es muy cierto.
Ese encuentro con Esteban le hizo ver que necesitaba encontrar los pedazos de su pasado que había olvidado o no quiso saber. Sentía como si estaba recuperando las cosas que le habían arrebatado.

domingo, 27 de febrero de 2011

Untitled II: 18ª Parte

Suspiró muy profundamente, dándose ánimos a sí misma y convenciéndose de que esa noche saldría todo de maravillas. O por lo menos nadie saldría herido. Finalmente, había llegado la noche del miércoles y con ella la tan esperada cena en “familia”. Vaya familia que tenían.
Tanto a ella, como a su madre, la aliviaba el hecho de que Alfonzo no representaba una seria amenaza para ninguna de ellas. Por ese lado, podían respirar aliviadas, pero aún faltaba lo más importante: decirle a Paula quien era su padre. Francamente, eso no dejaba que Eugenia pudiera dormir. Ni siquiera sabe cómo fue que pudo dormir tranquila por tanto tiempo mientras le mentía a su propia hija. Pero esperaba dejar todo aquello atrás y volver a empezar…
El primer paso hacia ese nuevo comienzo era acercar a Paula y Gerónimo de una manera en que se puedan conocer mejor, encariñarse y compartir más tiempo juntos. Por más que le doliera en el alma el rencor que había despertado en él Paula no tenía la culpa de ello y por eso prefería, antes de decirle la verdad, que conociera en profundidad a su padre. Aún no le había comentado nada de esa cena, pues quería darle una sorpresa y estaba segura de que la presencia de Gerónimo la alegraría mucho. También confiaba en que él pudiera contener sus sentimientos por su hija y se comportara lo más natural posible. A pesar de que ya era muy tarde para los reproches, lamentaba no haber sido más consiente en su momento en lugar de ocultar algo semejante durante tantos años. Su vida hubiese sido tan distinta…
El antiguo reloj de la sala decía que eran las nueve de la noche. Paula estaba en su cuarto, vistiéndose y su madre estaba en la cocina, supervisando que todo estuviera marchando bien. Eugenia permanecía sentada, nerviosa, ansiosa. El sonido del timbre la sacó de su ensimismamiento, haciéndola reaccionar repentinamente. Se levantó del sillón y fue ella misma a recibir a Gerónimo y a su familia, puesto que daba por sentado que eran ellos quienes acababan de llegar. Se acomodó su cabello, levemente recogido, y supervisó que el vestido azul, que se ajustaba perfectamente a su menuda figura, luciera impecable. Una vez hecho esto, respiró hondamente, tomó valor, abrió la puerta y se acercó hacia el portón para recibirlos. Una verdadera familia estaba justo frente a sus ojos. Le parecía increíble que Gerónimo haya logrado superar sus obstáculos y tuviera todo lo que alguna vez ella había soñado. De haber sido otra la circunstancia, Eugenia estaría ocupando el lugar de Matilde y sería la madre de los pequeños que esperaban detrás de las rejas, mientras admiraban su casa desde allí. No podía evitar pensar en eso… era algo que estaba fuera de su alcance.
-¡Hola! ¡Bienvenidos!-Sonrió ella, abriendo el portón. Todos contestaron con suaves sonrisas. Todos excepto Gerónimo, lo cual estaba en sus planes pero no por eso dejaba de afectarla. Trató de no transmitirle a su rostro la expresión de desencanto y continuar normalmente. Decidió dirigirse exclusivamente a Matilde. –Hola, tanto tiempo, ¿no?-La saludó amablemente con un beso en la mejilla. -¿Cómo has estado?-Al segundo de preguntar aquello se maldijo interiormente por haber quedado como una estúpida ante todos. No podía preguntar algo así. No a Matilde.-Perdón, discúlpame, soy una tonta por…
-Está bien.-Replicó Matilde.-A pesar de todo, estoy bien. ¿Lo conoces?-Cambió de tema, tomando del hombro a Facundo, su hijo, con la intención de presentarlo. Ya se encontraban frente a la puerta de la casa.-Él es mi hijo mayor, Facundo. Salúdala hijo.-Se dirigió a el niño.
-¡Hola!-Dijo alegremente Eugenia, inclinándose para saludar al chico. -¿Y ella?-Centró su mirada en Violetta, quien era sostenida de la mano por Gerónimo.
-Ella es mi otra hija.-Se apresuró Matilde a contestar.-Violetta. Salúdala, Violetta.-Le ordenó a la pequeña y esta se acercó a Eugenia mucho más sonriente que su hermano, quien ya estaba ingresando a la casa.
Una vez en el vestíbulo, cuando Matilde y los niños fueron a saludar a su madre, por primera vez quedó a solas con Gerónimo.
-Te felicito, tienes una familia hermosa.-Dijo ella.
-Gracias.-Contestó, secamente. -¿Dónde está Paula?
-En su habitación, vistiéndose, no tardara mucho. No le dije que vendrías.-Respondió, tratando de ocultar su decepción que era cada vez más evidente.
-Bien. Iré a saludar a tu madre.
Se marchó sin siquiera mirarla una sola vez a los ojos. Ni una sola vez. A eso se refería cuando decía que lo lamentaba todo y actitudes como la de él le hacían que lo recuerde constantemente.
Todos se acomodaron en la sala, llevados por Isabel, quien informaba que la cena no tardaría mucho más. Ocultándose tras una pared, Eugenia comenzó a observarlos detenidamente. Se veían perfectos, satisfechos, lo que la hacía anhelar lo que ellos habían construido. Pero, por otro lado, pensaba que eso irremediablemente se desvanecería pronto, dado que las injusticias hacían que una mujer buena y compasiva, como suponía que lo era Matilde, estuviera agonizando a causa de ese tumor que no fue descubierto a tiempo. Esos niños encantadores que estaban jugando entre sí, sentados en la sala, perderían a su madre. Ese hombre al que amaba, quedaría viudo. Qué extraño se le hacía verlo junto a otra mujer. Qué triste la posición que ocupaba ella en toda esa historia: una cobarde y mentirosa, que estaba parada allí, oculta en un rincón, deseando a un imposible y sufriendo por haberse ganado el odio de quien más ama.
Basta.
Subió raudamente las escaleras, en dirección al cuarto de Paula. Fue entonces cuando escuchó que su madre anunciaba que la cena estaba lista. Antes de que pudiera tocar la puerta, Paula la sorprendió abriéndola en ese instante.
-Ya está la cena Paula. ¿Por qué tardaste tanto?
-Porque te tengo una sorpresa mami.-Sonrió esta. -¿Quiénes vinieron a comer?
-Ya te vas a enterar. Yo también tengo una sorpresa para ti.-Replicó Eugenia. Ambas bajaron las escaleras en silencio. Finalmente llegaron al comedor, donde cada uno estaba ubicado en su lugar, solo faltaban ellas dos.
Eugenia notó rápidamente la expresión incrédula de Paula al ver quien estaba allí. Por otro lado, Gerónimo también sonrió ampliamente al verla entrar. Debido a esto, ella decidió hacerse a un lado y dejar que padre e hija se saludaran.
-¡Paula! ¿Qué sorpresa, no?-Exclamó vehementemente Gerónimo. La alegría que había despertado en su interior era inexplicable, con solo verla su corazón comenzó a latir desbocadamente. Era su hija.
-Hola. Sí. Qué sorpresa Gerónimo.-Dijo ella, asombrada y confundida por la situación, pero estaba interiormente contenta por volver a verlo. Entonces fue cuando este la abrazó fuertemente que casi la ahoga con tanta efusividad. Y eso era lo más extraño de todo, ya que esa reacción no tenía una explicación lógica.-Gerónimo… me estás apretando mucho.-Murmuró, con fingida dificultad. Él la soltó de inmediato, avergonzado por su conducta.
-Perdón, perdón.-Dijo avergonzado.
-Mejor vamos a comer.-Intervino Eugenia, haciendo un ademán con la mano para que le prestaran atención.
Cada uno ocupaba el lugar que le correspondía. Después de que Isabel diera la orden, todos empezaron a comer el delicioso pollo a la naranja. Así también, entre bocado y bocado, comenzaron a hablar de trivialidades para hacer más llevadera la cena. ¿Cuándo se conocieron? ¿Cuándo se casaron? ¡Qué niños tan hermosos tienen! ¿De qué trabajan? No sabía eso. ¡Claro, como están las cosas ahora! Todo está delicioso. Meras cosas superficiales. Las únicas que parecían querer hablar eran Isabel y Paula, porque de repente Eugenia se quedó muda. Simplemente no sabía qué decir o hacer. Estaba incomoda y pensativa. No había sido lindo para ella escuchar las anécdotas de casados que Matilde estaba contando. Todo lo contrario sucedía con Paula, quien se había encargado de dialogar con los niños y escuchar sus relatos de colegio, encontrándolos a ambos encantadores y habiéndoles tomado un inusitado y súbito cariño. Eran como hermanitos para ella.
Otro que tenía sus momentos era Gerónimo. No hablaba mucho, pero se notaba su regocijo por estar con Paula y el desprecio que le generaba Eugenia. Pero había dejado que el sentimiento primero prevaleciera en él y poder disfrutar de los instantes iníciales junto a Paula, sabiendo que ella es su hija. Matilde no parecía molestarse con la situación y se la veía cómoda charlando con Isabel. Cuando vio entrar a Paula, inmediatamente reconoció el parecido que tenía con Julieta (la hermana de Gerónimo). Luego le pareció una joven muy simpática, amable y refinada. Sentía felicidad por la paternidad de su esposo, sabiendo que tendría un motivo más por el cual seguir cuando ella ya no estuviera con él. Extrañamente no sentía celos ni resquemor hacia Eugenia, por el contrario, también le parecía una persona adorable y no comprendía el porqué de que su historia con Gerónimo terminase tan mal. Podía notar el enojo que él sentía para con Eugenia, pero estaba segura de que no duraría lo suficiente como para que la olvidase o algo así. Tarde o temprano, volverían a estar juntos porque aún se amaban y no soportarían demasiado tiempo separados. Eugenia parecía no tener una pareja, por lo que Matilde deducía que ella seguía correspondiendo a los verdaderos sentimientos de su esposo y, con respecto a ello, tenía pensado hablar con Eugenia sobre ese tema.
La cena finalizó pero la armonía se mantenía, tanta que se asemejaba más al aburrimiento. En fin, todos se levantaron de la mesa e Isabel los invitó a pasar nuevamente a la sala para dialogar más cómodos, excepto por los niños de quienes Paula se ocupó de entretener, llevándolos a mirar la televisión. Este momento fue aprovechado por Matilde, quien pidió a Eugenia hablar un momento a solas. Esta última aceptó de buena manera, pero sin comprender a que se debía ese pedido. Ambas se separaron del resto y Eugenia condujo a Matilde hasta la biblioteca, ya que era el lugar más privado que allí tenía.
-Y bien…-Dijo Eugenia, cerrando la puerta tras de sí. -¿Qué era eso que querías decirme?
-Bueno…-Respondió Matilde, sin saber bien por dónde comenzar.-Sé lo de Paula.-Era un buen inicio de conversación.
Eugenia seguía sin comprender el objetivo de esa charla.
-Y también sé que correspondes al sentimiento de mi esposo, de Gerónimo.-Afirmó.
-¿Sentimiento? Disculpa Matilde, pero no sé a dónde quieres llegar con esto.-Se sentó en el sillón e invitó a Matilde a que hiciera lo mismo. ¿Cuál era ese sentimiento del que Matilde le hablaba? ¿Acaso era lo que estaba imaginando? ¿Gerónimo seguía…?
-Del amor te hablo.-Interrumpió ella, sentándose. Ni siquiera eran las diez y ya se sentía cansada. Lamentablemente estaba perdiendo sus fuerzas por ese maldito tumor. Pero debía seguir hablando.-Del amor que Gerónimo y tú se tienen. Él me confesó que te besó no hace mucho y allí supe que lo que pasó entre ustedes no había muerto, por más que me esforzara durante tantos años por hacer que él te olvidara…-Hizo una breve pausa.-Nunca lo logré.
-Matilde entre él y yo no pasa ni pasará nada. Debes saberlo mejor que nadie. Lo único que nos une es Paula, lo demás acabó hace mucho.-Estaba sorprendida, pero a la vez no quería incomodar a Matilde ni asegurarle cosas que no eran ciertas. Aunque sus palabras sonaran a reclamo, no tenía intenciones de discutir.
-No me mientas, Eugenia.-Dijo con calma.-Tampoco te estoy reprochando nada, es algo de lo que siempre estuve al tanto.
-¿Sabías que Gerónimo y yo…?
-Sí.-Contestó Matilde.
-¿Cómo?-Replicó Eugenia.
-Por medio de Julieta, la hermana de Gerónimo. Al parecer amabas nos conmovimos con la foto de él, junto con su madre y sus hermanas.-Sonrió.
-Vaya casualidad.-Eugenia sonrió también, recordando la primera vez que viera esa tierna foto… lo que trajo consigo el primer acercamiento real hacia Gerónimo, el inicio de todo.
-Pero, por el contrario, no quiero reprocharte nada, porque no me has hecho nada. Solo quiero pedirte una sola cosa…
-Está bien, dime.-La charla estaba bastante avanzada y Eugenia no entendía por qué Matilde le decía todas esas cosas y cómo era posible que no estuviese enojada con ella. Aun así quería dejar que Matilde dilucidara sus dudas.
-Sabes perfectamente que no me queda mucho tiempo…
-Matilde por favor…-Intuitivamente posó su mano sobre la de ella, en señal de apoyo.
-No, está bien.-Sonrió tibiamente.-Lo quería pedirte era… era que hicieras feliz a Gerónimo.
-¿Qué? No… ¿no estarás hablando en serio o sí?-Raudamente se levantó del sillón y observó a Matilde con el ceño fruncido, acentuando su expresión de sorpresa y desacuerdo con ello.-Matilde, realmente no entiendo…
-Te lo explicaré mejor.-Interrumpió.-Más allá de que ahora Gerónimo esté muy enojado contigo, sé que ese enojo no durará lo suficiente como para que te odie por el resto de su vida. Lo sé por experiencia, simplemente él no puede odiarte porque te ama. Y también sé que tú lo amas a él. Por eso estoy segura de que contigo Gerónimo será, de una buena vez, plenamente feliz.
-Pero… tú eres su esposa.-Murmuró Eugenia, con la mirada perdida, pensativa.
-No lo seré por siempre.-Sonrió amargamente.
Antes de que Eugenia pudiera responder, tocaron la puerta preguntado por ella. Entonces se vio obligada a acabar con esa conversación, aunque el rostro de Matilde le indicaba que ya había dicho todo lo que debía decir. Quien insistía por su presencia era su madre, quien estaba muy sonriente. Ambas salieron de la biblioteca y se dirigieron a la sala. En medio de ella estaba parada Paula, igual de sonriente que su abuela, un tanto inquieta. Una vez que todos se acomodaron, ella comenzó a hablar.
-Bien, aprovechando que están todos aquí y me están prestando atención, tengo una sorpresa para darles.-Dio media vuelta, en dirección al vestíbulo y segundos después regresó acompañada.-Quiero presentar formalmente a Octavio…-Dijo esto tomándolo de la mano.
-Hola…-Saludó él, tímidamente.
-… mi novio.-Concluyó Paula.
Eugenia y Gerónimo quedaron absolutamente sorprendidos ante semejante anuncio. En ese momento, cruzaron sus miradas y ella recordó las palabras de Matilde…
Después de todo, ¿habría felicidad al final del camino?

sábado, 19 de febrero de 2011

Untitled II: 17ª Parte

Solo faltaban dos semanas para su cumpleaños número diecisiete, aunque lo que más emocionaba a Paula era que sería un festejo totalmente diferente. Primero, estaba en un país que hace meses le era completamente desconocido e irrelevante para su vida; segundo, lo tenía a Octavio. De todos sus compañeros era él quien resaltaba, quien la hacía reír y con quien había pasado los mejores momentos desde que llegara a Buenos Aires. Pero no tenía tiempo como para ponerse a pensar si realmente era su amigo, le gustaba o estaba enamorada de él. No quería pensar en ello.
En lo que se refería a su familia, eso sí que había cambiado. La aparición de ese Alfonzo, la primera pelea que tuviera con su madre y su encuentro con Gerónimo hicieron la diferencia. Pero a pesar de todos esos conflictos otra vez salió a relucir la fortaleza que tenían como familia, reforzando aún más sus vínculos y manteniéndolas unidas. Tenía una familia extraña y estaba claro que a esta le faltaba un referente masculino que las guiara, pero a decir verdad no lo necesitaban en lo absoluto, eran mujeres fuertes que podían ser dueñas de su propio camino y eso era de lo que Paula estaba más orgullosa. Esperaba algún día ser una mujer como lo era su madre, porque ella era su modelo a seguir.
A pesar de que, en un principio, encontrar al amor de su madre había sido su principal objetivo, desde que lo conociera a Gerónimo había desistido de esa idea. Algo en su interior le decía que había dado con la persona equivocada, pero aún dudaba de ello. Mucho influyó la reacción de su madre la vez que estaba hablando en el hospital con Gerónimo, eso fue lo que la hiso dudar sobre si nunca habían cursado por lo menos en el mismo colegio. Había algo más, seguramente, que estaba dando vueltas por ahí y era cuestión de develarlo. Sin embargo, tenía bastantes cosas en la cabeza como para encargarse de jugar a la detective y, además, sus días habían cobrado sentido gracias al trabajo de Biología. Debía parar ahora, si quería evitar empezar a hablar de Octavio… otra vez.
Ese viernes de mediados de Agosto había empezado muy frío. Paula detestaba el frío, por otra parte. Simplemente no lo soportaba. No le hacía gracia estar cubierta por más de tres buzos, una enorme campera, una bufanda y, en ciertas ocasiones, llevar una calza ajustada debajo del jean. Pero debía soportarlo, por lo menos en esta parte del mundo no nevaba como en New York y esos si eran inviernos insoportables. En fin, el colegio había programado una visita al Zoológico de Luján, pero era una excursión que no despertaba en ella demasiado entusiasmo como para querer ir. Casualmente, Octavio había coincidido en ese pensamiento con ella, entonces planearon su propia salida. Aunque para ser honesta tampoco era una salida que provocara demasiado extasío, solo tenía el agregado de que eran ellos dos y podían ir a donde quisiesen. Bah, en realidad había algo más, ninguno de los padres de ambos sabrían que no irían a la salida. Era la primera vez que Paula haría algo semejante, pero de todos modos estaba decidida a hacerlo.

Cada uno salió de su casa como si fuesen a ir al colegio. Llegaron hasta la puerta del colegio, esperaron unos minutos y se marcharon. Al principio Paula estaba muy nerviosa e inclusive se le cruzó por la cabeza volver al colegio e ir a esa condenada excursión. Octavio la detuvo. Él ya tenía más experiencia en esa clase de escapadas por lo que le aseguró a Paula que todo saldría bien y, sobre todo, que nadie los descubriría. Esto la tranquilizó un poco… pero solo un poco.
Era casi mediodía y los dos habían recorrido, por lo menos, media ciudad a pie hasta llegar al primer destino. Se habían metido en un shopping en Palermo y gran parte de la mañana la ocuparon en jugar en uno de los locales del lugar. Poco a poco, ella se fue dejando llevar por el momento y empezó a disfrutar como debía el día que pasaría con Octavio. No podía dejar de burlarse de él al ver sus vanos intentos por regalarle un oso de los que estaban dentro de una de esas máquinas que para lo único que sirven es para quitarte dinero. Luego se encontraron con la sorpresa de que uno de los juegos, en donde se tienen que embocar la mayor cantidad de pelotas posible, estaba averiado y comenzaron a tirar pelotas y más pelotas, a medida de que los tickets canjeables salían de la máquina. De ahí, a los autos chocadores y luego a las máquinas de baile. Más tarde a las carreras de caballos, siguiendo con los simuladores de carrera de autos, para terminar en el juego más divertido de todos: una especie de rueda gigante, en la que solo había que acomodarse y gritar con cada vuelta que daba la misma. Sin dudas fue lo más increíble del paseo, ambos lo disfrutaron al máximo. Había sido memorable.
Después de tan entretenida experiencia, salieron de allí y, con el poco dinero que le quedaba a ambos, fueron a almorzar a un local Mc Donald’s que se encontraba en el shopping. Para Paula fue un tanto extraño encontrase con ese lugar porque le recordaba a su querida Estados Unidos. Era algo muy norteamericano y por eso se le hacía tan familiar. Unas gaseosas, dos hamburguesas y una porción de papas fritas fueron todo lo que soportó el poco presupuesto que les había quedado de los juegos. En un primer momento ella pensó que se quedarían a almorzar allí y, tal vez, el resto de la tarde pero Octavio decidió llevarla a una plaza cercana. Paula no tuvo ninguna objeción a ello, ya que el sol estaba brillante y caliente, haciendo que el frío no se sintiera tanto. La diversión estaba fuera.
Unas cuadras después, estaban caminando por una gran plazoleta, repleta de árboles, césped y alguna que otra escultura a algún referente argentino importante (intuía Paula). Aunque carecía de tranquilidad al encontrarse sobre una avenida ruidosamente transitada, seguía siendo un lugar donde una persona podía relajarse. Se acomodaron bajo un delgado árbol y se sentaron a comer lo que habían comprado. Rememoraban las anécdotas que les dejara el local de juegos donde habían estado antes. Pasando por la escuela, las materias, las calificaciones, pruebas y demás temas sin importancia. Luego el clima y la vestimenta de tal o cual persona que pasaba por allí. La realidad era que ya no sabían qué hacer o de qué hablar y eso se estaba tornando incómodo. Solo le faltaba hablar de una sola cosa: amor. Nunca habían hablado de ello ni de sus experiencias amorosas. Todo eran bromas, temas del colegio y problemas personales. Pero de eso no habían podido hablar, no había querido hablar. Paula y Octavio sabían perfectamente que la situación era insostenible entre ambos. ¿Podrían seguir fingiendo lo que realmente les pasaba por mucho tiempo más?
Octavio había estado pensando en ello, pero no creía que fuera la ocasión indicada para insinuarlo ni decirlo abiertamente, faltaba tiempo para…
-Paula, ¿te gusta alguien?-Dijo sin pensar y, a juzgar por la expresión de sorpresa de ella, supo que había pensado en voz alta. Maldición.
-Este… bueno…-¿Cómo Octavio le preguntaba algo así? Hubiera esperado cualquier cosa, menos eso.-Es difícil de contestar… no sé.-Dejó de lado su gaseosa.-Pero, ¿y eso que importa ahora? ¿A vos sí te gusta alguien?-Trató de restarle importancia a ello, simulando estar desinteresada en el tema. Pero de pronto se encontraba con su conciencia que le gritaba: que diga que no, que diga que no.
-¿Sí a mí me gusta alguien?-Sonrió él. Si lo había empezado, tenía que terminarlo de una buena vez. En una de esas podría obtener de esa charla resultados muy favorables.-Bueno, sí.-Afirmó con una enorme sonrisa en el rostro que seguramente no había sido intencional.
-Ah, ¿sí?-Sentía como si algo en ella se decepcionara al escucharlo decir aquello. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Por qué de pronto la salida ya no era tan entretenida como lo había sido en un principio? Ya ni siquiera podía disfrazar su decepción como una mera sorpresa. Algo estaba mal.- ¿Y quién es la afortunada?-Trató de parecer desinteresada otra vez, solo que ahora ya se veía muy sobreactuado.
-Es la chica más hermosa que pueda existir.-Respondió mirándola fijamente a los ojos. Sabía que le molestaba que él nombrara a alguien más, sus muecas hablaban por sí mismas. Tal vez… ya era tiempo de decir la verdad.
-No te pregunté cómo era, sino quién era.-Dijo, visiblemente ofuscada.-En donde está, qué edad tiene o qué hace de su vida.-Solo le faltaba rogarle que terminara con aquel asunto. Era oficial, odiaba hablar de eso con Octavio y, ¡encima alabara a otra en sus narices! Ahora era muy tarde para confesarle que ella estaba…
-Ella me está interrogando ahora.-Replicó raudamente. Listo. Era todo o nada.
-¿Qué?-Paula abrió los ojos de par en par. ¿Se suponía que era… que era ella misma? No podía ser, Octavio no le estaba diciendo que…
-Te amo.-Finalmente lo dijo.-Desde la primera vez te vi. Te amo. Discúlpame y esto no era lo que esperabas oír, pero es la pura verdad.-Sonrió tímidamente.
Se hizo un silencio de unos segundos que parecieron eternos. Paula permanecía con la mirada puesta en el césped, tratando de decodificar lo que había oído. Mientras él se mantenía expectante.
-Yo también.-Murmuró ella, interrumpiendo el silencio y levantando rápidamente le mirada hacia él.-También te amo Octavio.-Su sonrisa se acentuó aún más sabiendo que el chico que le gustaba le correspondía. -¡Te amo!-Exclamó, echándose a reír sin poder parar. Octavio la imitó.
-¿Y qué hacemos ahora?-Preguntó, riendo y pasándole el brazo alrededor de su cintura.
-Y… no sé.-Sonrió ella con la mano puesta en su espalda. Hacía mucho tiempo que deseaba hacer algo como aquello.
-¿Qué tal si nos besamos y mandamos todo a la mierda? Yo creo que eso está mejor.-Lentamente, comenzó a descender hasta los labios de Paula hasta que ya ni una mínima brisa podía colarse en medio de ellos dos.
Sumidos en el más tierno beso estaban esos dos adolescentes sellando el comienzo de un amor que prometía ser mucho más que algo pasajero.

martes, 8 de febrero de 2011

Untitled II: 16ª Parte

Luego de que recibiera la llamada, Eugenia se había encerrado en su cuarto negándose a salir de el. Su madre estaba preocupada, Paula también lo estaba por lo que se vio obligada a inventar el pretexto de su agotamiento debido a la cantidad de horas que había trabajo, cuando en realidad lo que necesitaba era tiempo. Llamó al hospital para informarles que no haría la guardia de la noche siguiente. Una vez que dejó al mundo conforme, se centró en ella.
Estaba tendida en medio de su cama, rodeada por fotos y demás recuerdos de Paula. A su mente volvían las primeras imágenes de su Paulita recién nacida, llorando en sus brazos, pequeña y frágil. Cuando la alimentara por primera vez o le cambiara los pañales. Por arte de magia regresaban a su memoria todas las madrugadas que estuvo desvelada, cargando a Paula en sus brazos, intentando que la bebé durmiera y la dejara dormir. Las canciones de cuna que solía cantarle para calmarla, el oso peludo y rosado que le había regalado Isabel a su nieta y del cual Paula no se desprendía por nada del mundo. Los primeros pasos, su bautismo y la cantidad de veces que la interrumpía mientras intentaba estudiar. Todas las ocasiones en que tuvo que ir al jardín porque su pequeña estaba llorando al verse sola y sin ningún rostro que le fuera familiar.
-¿Por qué ahora?-Suspiró. Tomó una foto al azar y en ella se encontraba junto a la pequeña Paula, de siete años de edad, en la escuela luego de que esta participara por primera vez de una obra escolar. Recordaba lo feliz que había estado su niña ese día, a la par de lo nerviosa y ansiosa que se encontraba. Pero también fue ese el día en que Paula le preguntó por qué su papá no había ido a verla, aunque distraídamente. Eugenia contestó con una evasiva y no volvió a hablar del tema, pero se le había partido el corazón sabiendo que su hija podría estar disfrutando de ese momento también con él.
Había sido una tonta, se estaba comportando como una adolescente y ahora estaba a punto de pagar las consecuencias. Paula no merecía más mentiras… Gerónimo tampoco. Irremediablemente tenían que estar juntos, era el destino el que cruzó sus caminos y había hecho que Paula se encariñara tanto con él. Una hija ama a su padre. Paula ama a Gerónimo, ama a su papá.
Ya no tenía excusa para seguir siendo una egoísta con ambos. Lo peor era que tuvo que esperar hasta que el idiota de Alfonzo se apareciera y amenazara con contarle todo a su hija. ¿Hasta ese punto tuvo que esperar? Ocasiones no le faltaron. Lo que le faltaron fueron agallas para ir con la verdad desde un principio, pero eligió el camino más fácil, conveniente y menos doloroso. Hasta ahora. Ya no había vuelta atrás. Si quería, por lo menos esta vez, hacer las cosas bien, tenía que ir en busca de Gerónimo. Pensándolo bien, tal vez Alfonzo querría meterse con él también y no dudaba de que fuera capaz de hacerlo, por el bienestar de todos era mejor que comenzara a hablar lo más pronto posible.
No tenía noción de cuantas horas permaneció despierta, mirando al techo y pensando. Se levantó de inmediato, corrió un poco las cortinas y el sol le dio de lleno en su pálido rostro. Cerró raudamente las cortinas y se volvió para mirarse en el espejo, estaba hecha un asco. Entró en baño que tenía su habitación, se dio una ducha rápida, se vistió con lo primero que encontró y salió de la habitación. Bajó ligeramente las escaleras y solo se detuvo para tomar su bolso y las llaves de su auto.
-¡Eugenia, hija! ¿A dónde vas?-Isabel salió, casi corriendo de la cocina, al ver a su hija. Pero esta no le hizo caso en lo absoluto. -¡Espera! ¡Eugenia!
El portazo se sintió en todo el vestidor. Isabel volvió a abrir la puerta, pero no lo suficientemente rápido como para detener a Eugenia, quien se marchaba a toda velocidad en su auto.
No tenía tiempo que perder. Solo pensaba en decírselo, quitarse esa carga que llevaba encima de una buena vez. Iba conduciendo muy rápido, ya quería verlo y contarle que tenía una hija que lo extrañaba y amaba. Ya no le importaba lo que sucediese con ella, al diablo con su estabilidad, eso comenzaba a afectar a las personas que le importaba y no merecían eso de su parte. Recordaba perfectamente la dirección del edificio donde vivía Gerónimo y allí se dirigía. De algún modo u otro llegaría a él. Solo imploraba compasión o, al menos, comprensión de su parte… porque estaba segura de que iba a odiarlo con toda su alma por haberle ocultado algo semejante. Estaba dispuesta a soportar eso. Era el precio que debía pagar por sus errores.

Estuvo sentada durante media hora dentro del auto. Se bajó y las siguientes dos horas las paso en el cordón de la vereda. El sol irradiaba un calor insoportable, lo que la hacía suponer que ya eran más de las tres de la tarde y Gerónimo no aparecía por ninguna parte. Entraba y salía del auto con tanta frecuencia que su actitud se había tornado sospechosa. En un momento vio que Matilde salía del edificio junto a sus hijos, pero sin Gerónimo. Fue la primera vez que los viera. El niño era igual a su padre, hasta parecía ser una versión más pequeña de él. Era hermoso, al igual que su hermana, la que se asemejaba mucho más a Matilde. Nadie detectó su presencia, por suerte.
Después de haberlos conocido volvió a repreguntarse si iba finalmente a decirle a Gerónimo que era el padre de Paula… Dudaba; se mantenía firme en el lugar; quería irse; volvía a dudar y terminaba convenciéndose de que no tenía sentido seguir fingiendo. Así se mantuvo hasta que llegó la noche. No aguantaba el sueño y tenía mucha hambre, ya que no había comido absolutamente nada en todo el día. Hasta que, justo antes de que el sueño se apoderara de ella, vio que Gerónimo estacionaba a unos metros de allí. Se apresuró a recobrar la compostura y arreglarse un poco su enmarañado cabello con una cola de caballo. Hecho esto, bajó velozmente y cruzó corriendo la calle. Esto llamó la atención de Gerónimo que estaba por entrar en el edificio.
-¡Gerónimo!-Gritaba mientras iba acercándose a él, visiblemente agitada.-Gero…-Se tomó un momento para respirar, él la miraba sin comprender lo que sucedía.
-Eugenia, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? Si fue por lo que pasó el otro día, yo no quise…
-No es eso.-Lo interrumpió.-Es algo más importante y es mejor que lo sepas de mi boca antes de que otro de adelante.
-¿Podrías ser más clara? Eugenia, no te entiendo.-Sonaba preocupado, pero también pensaba que podía ser algún pretexto de su parte para pasar un tiempo juntos o algo así. Se hizo un silencio que comenzaba a alterarlo a él también. –Y bien, ¿qué tienes que decirme?
-Perdóname, fui una tonta pero estoy arrepentida…
-Ya pasó Euge.-Suspiró. A pesar de que sufrió mucho, ya no sentía resentimiento hacia ella por haberse marchado.-Créeme, ya te perdoné por haberte…
-No te hablo de eso en particular.-Volvió a interrumpir pero sin poder mirarlo a los ojos.-Es algo peor. Algo que nunca debí ocultarte.-Suspiró cansinamente, el momento se acercaba…-Perdón.-Una lágrima descendió lentamente a lo largo de su mejilla. Gerónimo la acarició suavemente, secándola.
-¿Qué es eso tan…?
-Paula es tu hija.-Dijo finalmente. Instantáneamente él le quitó la mano de su mejilla y centro su mirada en la calle.
-No es cierto.-Dijo incrédulo de las palabras de Eugenia y alterándose cada vez más.-No sé qué te traes entre manos, pero esto no estoy dispuesto a soportar una cosa así.-Hizo un ademán para entrar al edificio, pero Eugenia se lo impidió tomándolo del brazo.
-¡No te miento! Paula es tu hija.-Sin poder soportarlo se largó a llorar desesperadamente.-Por favor… perdóname.
Gerónimo estaba tieso. Simplemente no podía ser cierto, Eugenia no podía haberle ocultado una hija por tantos años. Paula no era su hija… Entonces recordó sus suposiciones y los años que habían estado separados: calzaban a la perfección. Maldijo la hora en que se enamoró de Eugenia. Justo cuando ya no guardaba rencor en su alma resulta que ella jamás le contó que tenían una hija. La escuchaba llorar, pero no lo conmovían en absoluto sus lágrimas…
-¿Cómo fuiste capaz?-Volteó hacia ella, sintiendo como la rabia nacía de lo más profundo de él. -¡Cómo me hiciste esto!-La sujetó fuertemente de ambos brazos.
-Me estas lastimando.-Balbuceó ella, con la voz temblorosa e intentando zafarse de Gerónimo.-Por favor…
-¡No me importa!-La sujetó con más fuerza aún. -¡No tenías derecho a esconder una cosa así! ¡Maldita sea, Eugenia, estuve sufriendo años y años por lo que me hiciste y resulta que también tenía una hija!-Comenzó a zarandearla mientras decía esto, pero ella logró sacar fuerzas y librarse de él.
-¡No tienes idea de lo difícil que fue para mí también! Si no te lo dije fue porque no pude, porque…-Intentó defenderse.
-¡Cállate! ¡No me importa lo que pasaste! Ya no hay nada que me impida odiarte.-Interrumpió, ya no usando un tono elevado, sino gritando.-Es más, ya no tengo ganas de seguir con esta conversación. No puedo mirarte a la cara después de esto…
-¿Y a tu hija?-Replicó Eugenia, tratando de parecer lo más firme que le era posible.-Yo me equivoque, bien. Perfecto. Pero, ¿qué culpa tiene Paula en todo esto, ah? ¿Te vas a desquitar con ella?
Permanecieron en silencio unos minutos, hasta que Gerónimo decidió responder.
-No… ella no.-Sus ánimos descendieron considerablemente cuando el rostro de Paula, su hija, vino a su mente. Definitivamente debía excluirla de todo ese asunto. -¿Qué voy a hacer?-Por primera vez, la miró sin sentir rabia. La miro como a la madre de su hija.
-Acércate a ella. Conócela, habla con ella. Verás que es una niña hermosa…-Eugenia notó que la actitud de él se había transformado y debía aprovecharla…
-¿Cómo?-Preguntó, pensativo. Ahora tenía tres hijos. Tres.
-Puedes venir a cenar a casa el miércoles… si quieres.-Inquirió. Luego lo tomó de la mano y le dejó un papel que contenía la dirección de la misma y su teléfono.
-No. No, no puedo.-Respondió de inmediato. Eugenia se sorprendió.
-¿Qué? ¿No quieres conocer mejor a Paula?
-No. No quiero verte Eugenia.-Afirmó.-Quiero conocer a mi hija, pero en otro ámbito.-Volteó, dándole la espalda a ella y abrió la puerta. Pero antes de que la cerrara, Eugenia insistió con la invitación.
-Te voy a esperar.

Él entró a su departamento y no se molestó en disimular con Matilde. Los niños estaban jugando en el cuarto, por lo que solo ellos dos estaban. Al instante, ella notó el estado en que se encontraba su esposo, lo cual la alarmó, ya que no lo había visto así jamás en los años que llevaban juntos. Este se acomodó junto a ella en el mullido sillón, permaneciendo en silencio.
-¿Te pasó algo Gerónimo?-Preguntó Matilde, acariciando suavemente el cabello de él. Entonces, Gerónimo no pudo contenerse semejante revelación… Le contó absolutamente todo lo que había hablado con Eugenia, incluyendo la invitación. Allí se dio cuenta que conservaba en su puño derecho el papel que ella le dejara. Matilde permaneció en silencio unos minutos, intentando digerir semejante noticia. Luego le explicó su parecer, adoptando un discurso conciliatorio. Durante varios minutos intentó hacer cambiar de parecer a Gerónimo.
Al final de la charla, él tomó el teléfono y llamó para confirmar que acudiría a la cena junto a Matilde y sus hijos.