Escrito por Marìa Belèn

Escrito por Marìa Belèn

martes, 30 de noviembre de 2010

Untitled II: 2ª Parte

La noche caía lentamente sobre la iluminada Capital Federal. El otoño ya estaba bien acentuado en el calendario, dejando a su paso cientos y cientos de árboles con sus hojas secas. La suave brisa fresca, que se acentuaba con el correr de las horas, acompañada por las primeras estrellas que aparecían en lo azul del cielo e incontables edificios, avenidas y autos formaban parte del paisaje urbano.
Desde la terraza, Gerónimo podía disfrutarlo como realmente le gustaba. Además, hace poco tiempo, le había tomado el gusto a la fotografía (inducido por su esposa) y esa clase de panorama le fascinaba retratar. Siempre lograba encontrar un tiempo libre para dedicarle y disfrutar de ella. Estando allí, disfrutando de la vista, le proporcionaba una paz indescriptible… Algo que parecía imposible de lograr. Por lo menos así lo creyó él, años atrás.
Habían pasado demasiadas cosas. Había sufrido demasiadas tragedias. Había cambiado radicalmente…
Después de Malvinas, Gerónimo se había puesto inmediatamente a trabajar. Primero, lo había hecho en el depósito de un supermercado, para luego terminar en una fábrica de autos. Como pudo, como mejor le salió, costeó sus estudios de Periodismo y ayudó a su madre. Casi no dormía, trabajaba demasiado y estudiaba a la par. No le fue fácil llegar a concluir su carrera. Pero su esfuerzo sirvió de algo y lo logró.
No supo bien por qué había elegido esa carrera en particular, pero siempre le había gustado. Veía a los periodistas como los voceros del pueblo, más allá de que durante la Dictadura muchos no hicieron más que salvar su propio trasero, comunicando lo que los milicos quería que dijeran. Y quizás esto fue lo último que lo motivó a estudiar la carrera: para decir la verdad, contarles a todos las cosas que realmente pasaban.
Luego de la vuelta de la democracia a la Argentina, se había lucido con un trabajo sobre ello en la Facultad, obteniendo la mejor nota de la clase. De ahí en más, supo que esa era su vocación y que de ello viviría una vez recibido.
Sus primeros trabajos fueron en radio. Comenzó haciendo un pequeño segmento, en donde hablaba de la realidad política y la analizaba. Poquito a poco, paso por diferentes radios de la provincia de Buenos Aires. Luego, pasó por algunas radios pequeñas de Capital, hasta terminar en la radio más importante de la ciudad y con alcance a gran parte del interior argentino.
Su nombre comenzó a ser respetado y reconocido. Tenía una columna de opinión en el diario más vendido del país y en una revista de interés general, muy conocida también. Estaba a punto de comenzar a escribir su primer libro y tenía una importante oferta para sumarse a un canal de televisión.
Si que todo había valido la pena…
Pero Malvinas seguía allí, latente, inolvidable. Así como Francisco. Así como Eugenia…
Esas habían sido las perdidas más grandes que jamás hubiese tenido y de las que nunca podría sobreponerse. Francisco murió en sus brazos. Fue él quien tuvo que decirle eso a su madre; quien la vio llorar desconsoladamente por su hijo muerto. ¿Cómo se podía volver se aquello?
En un principio, las imágenes se sucedían una y otra vez en su cabeza: el pelotón entero corriendo, aviones sobrevolando sobre sus cabezas, una lluvia de disparos y al final… Francisco agonizando. Francisco llorando. Francisco sin vida. Parecía una tortura para él. Había días que se sentía culpable por ello; otras veces, insultaba al mundo entero y luego de la furia, todo acababa con la resignación.
-Hay cosas que no tienen remedio.-Concluía.
Con el correr de los años, las heridas comenzaron a cicatrizar minuciosamente. Pero Gerónimo sabía perfectamente que lo acompañarían hasta el final de sus días. Y Matilde tuvo mucho que ver en ese proceso.
Apareció inesperadamente, para inundarle los días de cariño y esperanza. Ella era una compañera de clase, que terminó enamorándose de él. No había mujer más pura y bella que Matilde.
Lo encandiló desde el primer instante, devolviéndole ritmo a lo que nunca hubiese creído que volvería a latir en él: su corazón malherido. A paso lento, pero seguro, fue ganándose su confianza. Primero, compartiendo estudios; luego, interminables charlas, para terminar rendidos ante el amor y el deseo.
Juntos estudiaron y se apoyaron mutuamente el uno al otro. Juntos superaron todos los obstáculos y llegaron, juntos, al éxito del que disfrutaban en la actualidad.
Gerónimo estaba seguro de que su vida se hubiera desbarrancado, si Matilde no hubiese aparecido en el momento exacto. Su sonrisa, su timidez, sus caricias y sus besos, lo ayudaron a seguir.
Y todo aquello, desembocó en el matrimonio. Después de cuatro años, Gerónimo y Matilde se casaron. Él estaba completamente seguro de que ella lo amaba más que a nada, porque a cada instante se encargaba de demostrárselo… pero Gerónimo no parecía sentir lo mismo. En realidad, no lo sentía.
No podía negar la belleza física y espiritual que Matilde poseía, y que tan bien le hacía, pero nunca podía pasar de ahí. Le había propuesto casamiento, tenía que admitirlo, porque no quería perder el amor y la tranquilidad que le brindaba. Gerónimo sabía que una mujer así no se le presentaría dos veces en su camino, y no debía dejarla ir… Aunque su corazón estaría ligado de por vida a otra mujer.
Habían pasado innumerables momentos de felicidad. Matilde le había regalado dos hijos maravillosos: Facundo, de nueve años, y Violetta, de cinco. Junto a ella, había construido una hermosa familia, de la cual estaba enormemente orgulloso. Pero, más allá de su ternura y contención, Matilde jamás pudo sanar la herida más profunda que llevaba en su interior… Eugenia.
Jamás pudo olvidarla. Jamás pudo dejar de amarla, extrañarla, llorarla. No pasaba un solo día sin que no imaginara su rostro, sin que soñara con su sonrisa. Hubiese deseado, en lo más recóndito de su alma, que todo hubiera sido una pesadilla. Que Eugenia nunca hubiese mentido. Que jamás se hubiese marchado.
¿Cómo pudo? ¿Cómo fue capaz de romperle el corazón en mil pedazos? ¿Por qué tuvo que herirlo de aquel modo? ¿Por qué mintió sobre su amor?
Nunca más volvió a verla, ni saber de ella. Lo único que le quedó fue el recuerdo de sus besos y esa mágica despedida que tuvieran…
Había pasado demasiado tiempo. Diecisiete años habían sido demasiado…
Sacudió raudamente la cabeza, intentando ahuyentar aquellos pensamientos. Eran más de las ocho de la noche y comenzaba a hacer frío allí. Se olvidó del paisaje y se dirigió al loft, que estaba debajo, donde vivía junto a su esposa e hijos.
Cuando llegó, el teléfono sonaba estruendosamente. Alcanzó a atenderlo.
Minutos después, Gerónimo salía desesperadamente de su departamento.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Untitled II: 1ª Parte


Enero de 1999, New York City.

Suspiró, mitad aliviada, mitad resignada. Mientras que la nieve caía suavemente sobre el ajetreado trafico de la ciudad, Eugenia se encontraba del otro lado de la ventana de su departamento, pensando en su regreso a la Argentina. Estaba segura de que, por un lado, extrañaría todo ese mundo al que ya se había acostumbrado. Su trabajo, sus amigas, las personas, la luz y el brillo de New York. Pero sabía que nada de eso la ataba a aquel lugar.
Se alejó por un momento de la ventana y centró su atención en la maleta que estaba sobre la cama y en controlar de que no se estuviese olvidando de nada. Toda su vida adulta había transcurrido en Estados Unidos. Había llegado allí, junto con su madre, con otro objetivo, pero después se hizo imposible el regreso a Buenos Aires. No pasaba un día sin que Eugenia lo lamentase. No pasaba un solo día sin recordarlo, sin extrañarlo…
Al principio, había sido bastante duro para Eugenia aceptar su nueva realidad y menos estando alejada de quien más había amado. Pero el apoyo y el cariño de su madre la ayudaron a salir adelante, logrando recibirse con honores de la carrera de Medicina y poder criar a Paula, su hija, a la par de ello.
Paula, su niña. Ella era el motivo por el cual estaba a una hora de embarcarse otra vez al sur. Para Eugenia, ella había sido el regalo más grande que pudo haber recibido y lo que la movía a alcanzar todas sus metas. Isabel, su madre, tuvo mucho que ver con la crianza de ella. Siempre estuvo ahí, cuando Eugenia lo requería y fue esto lo que le permitió a ella poder ser la profesional que era hoy.
Ahora, Paula era una bella jovencita de dieciséis años, esbelta, de cabello negro ondulado y ojos azul cielo. Idénticos a los de él. Por un motivo que Eugenia no alcanzó a comprender, su hija prefirió pasar los últimos dos años de sus estudios en Buenos Aires. Lo único que había entendido, fue que quería estar junto a su abuela, por lo que no se lo impidió. Pero, antes de que Paula se marchara, le prometió de cualquier modo conseguir un empleo allí, para poder estar con ella. Esto tranquilizó a ambas. El acuerdo ya estaba hecho.
Desde entonces, Isabel fue quien se encargó de conseguir ese trabajo en algún sanatorio u hospital de Capital, mientras que Eugenia presentaba su renuncia indeclinable al General Hospital de New York. Ese lugar era realmente agradable, pero no quería separarse de su hija más tiempo del debido. Y esto también le trajo consecuencias, por así decirlo, malas.
Las casualidades de la vida hicieron que Eugenia se convirtiese en la pareja de Brandon Miller, el director del hospital. Su relación había sido bastante duradera como para pensar que algún día se casarían. Esto era lo que Brandon pensaba, pero en la cabeza de Eugenia esa idea ni siquiera era una opción. Ella estaba segura de que él la amaba y la protegía, aunque eso no quitaba lo alejados que estaban últimamente y lo indiferente que había comenzado a portarse con Paula. Y esta fue la excusa perfecta, junto con la renuncia, para acabar con esa relación que, a fin de cuentas, no cavaría en ningún lado. Porque Eugenia no lo amaba, nunca lo había hecho.
Tal vez, ese había sido su gran problema. Después de lo que sucediera antes de embarcarse hacia New York, la volvía incapaz de amar a alguien. Ella había hecho una promesa, años atrás, y no la había cumplido. No permitirse amar a nadie, quizás, era una forma de serle fiel a él… a Gerónimo. Pero cuando lo pensaba, la realidad le mostraba que seguía enamorada de él y que no tenía la menor intención de dejar de hacerlo, más allá de que estuviera con otro. Si algún día dejaba de amarlo (cosa que veía poco probable) siempre estaría unida a Gerónimo…
Un fuerte bocinazo, proveniente de la calle, le recordó que se le estaba haciendo tarde para embarcar su vuelo.
Se levantó de la cama, se abrigó lo mejor que pudo, cerró las cortinas y tomó sus maletas, con destino a la salida. Media hora más tarde, el avión estaba despegando y Eugenia sintió que una sensación de nostalgia la invadía. Volvieron los recuerdos que, diecisiete años atrás, le hubiesen parecido imposibles. Regresó al día en que llegara, por primera vez a la ciudad. Recordó su tristeza, su desamparo. Retornó a ella la imagen se su delgada figura frente al espejo, sorprendida pero feliz, llena de vida en su interior…
Habían pasado demasiadas cosas, desde aquel entonces. Había demasiados secretos, malentendidos, desencuentros y mentiras.
Eugenia se había convertido en una mujer, tenía todo lo que quería, a sus treinta y cuatro años ya estaba realizada… pero no era lo mismo, siempre faltaba algo.
Con el correr de los años, ese algo, ya era un imposible…
Todo había cambiado.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Untitled I: 15ª Parte

Tres meses después

Regresó en medio de la noche, escondido en el camión del Regimiento. No hubo reconocimientos ni la cálida bienvenida que se había imaginado. Parecían querer esconderlos, como si fuesen una vergüenza o una carga para los demás. Todavía estaba aterrado y dolido, además esa llegada lo había entristecido aún más.
Nunca olvidara Malvinas. Los combates, las bombas, los tiros, el frío que parecía congelarle hasta los huesos. En su mente estaban las charlas con los compañeros, las corridas que hacían cuando intuían que algún avión inglés se aproximaba. Jamás podrá olvidar el rostro agonizante de Francisco. Sus ojos fijos, puestos en él y luego, su mirada carente de vida. Siempre estará en su recuerdo esa noche, esa corrida, los interminables tiros y después… Francisco, detrás suyo, malherido. Se le rompía el corazón en mil pedazos cada vez que lo recordaba. Su mejor amigo había muerto en sus brazos, por culpa de unos hijos de puta, que ni él mismo sabía quiénes eran.
Nada era justo. Nunca lo había sido. Vio demasiada muerte en esos meses en el sur.
Sus armas no funcionaban. No sabían exactamente qué hacer, ante un ataque. Les habían hecho creer que los ingleses eran los que estaban en problemas, pero los días demostraron lo contrario. La mitad del pelotón había caído en combate. Muerte, muerte y más muerte.
No tenía ningún sentido haber derramado tanta sangre inocente, ni por más justa que fuera la causa. Gerónimo no tardó en percatarse de que nunca ganarían esa inentendible guerra. Los ingleses estaban más experimentados, sus armas eran más modernas. Eran hombres. Pero ellos, los argentinos, tan solo eran niños a los que habían obligado a “cumplir con la defensa de la patria”. Estaban temerosos, eran ineptos, tenían frío y hambre. No había posibilidad de vencer a nadie.
¡Maldito hijo de puta, quien haya ideado esta absurda guerra!
Todo había terminado, pero Francisco se había quedado allá. Él sobrevivió, peleó, se defendió… pero su amigo no volvió. Su amigo estaba muerto y Gerónimo no podía hacer nada contra ello.
Pudo notar, mientras regresaba a Buenos Aires, que muchos de sus compañeros no estaban bien. Los veía algo perdidos ó alucinando con bombas o aviones sobre ellos. Sintió pena. Sus almas habían sido sacudidas cruelmente y sus mentes nubladas por completo, con gritos de auxilio y sonidos de ametralladoras. Gerónimo era fuerte, pero ellos no. Si hubiese cedido, seguramente había quedado en ese estado. Pero la depresión era inevitable. Ni el amor de Eugenia hubiera podido hacerle olvidar toda esa puta pesadilla.
Eugenia…su gran dolor. Su gran decepción.
En esos interminables días en Malvinas, la recordó a cada instante. Habló de ella, como si fuese su único Dios. Se obligó a mantenerse en pie, solamente porque tenía que volver, para huir hacia la felicidad de su mano. Pero todo había sido una farsa. Una vez más, habían jugado con su corazón.
A los pocos días de su regreso, supo que Eugenia ya no estaba en el país. Su casa tenía un enorme letrero, que anunciaba la venta de la misma. Nadie supo el porqué ni el cómo ni el cuándo de su partida. De un día para el otro, había desaparecido. Se había marchado.
Y con ella, la oportunidad de resucitar. La única chance de recuperarse de aquel infierno sufrido… solo le quedaba Ana y Julieta, sus únicas esperanzas. Lo demás no tenía importancia.
Sus sueños habían sido pisoteados y su felicidad tirada a la basura. Nada volvería a la normalidad. Nunca.
Solo le quedaba ocuparse de su familia y hacerlas felices, de algún modo. No tenía más porqué luchar ni soñar. Ya estaba muerto, pero su corazón permanecía latiendo.
Ni los años, los reconocimientos o las disculpas cambiarían en lo más mínimo su vida. Ya estaba condenado… no había remedio alguno para ello.

Continuará…

martes, 2 de noviembre de 2010

Untitled I: 14ª Parte

Los días corrían, como Gerónimo lo hacía en el Regimiento. Nada le causó sorpresa alguna: todo era tal cual lo había imaginado siempre. Exceso de ejercitación, trato severo y poca alimentación. Esto por nombrar solo algunas de las cosas que allí acontecían.
Su día comenzaba a las seis de la mañana y finalizaba a las diez de la noche, si al Comandante no se le ocurría que pusieran en práctica todo lo que hacía durante el día. En ese caso, permanecían, sin dormir, hasta las cuatro de la mañana o más. Claro era que, no pasaba un solo día sin pensar en su amada. Solo por Eugenia, incluso antes que su madre o su hermana, soportaba las interminables horas de actividad en aquel lugar. Lo mantenía fuerte la ilusión de que ella estuviera haciendo todo lo posible para que, a su llegada, por fin terminaran juntos. Aguardaba, impaciente, la llegada de ese día.
En cuanto a lo que respectaba a la “Colimba”, se le hacía verdaderamente insoportable. Dormía en un galpón, al que llamaban “barraca”, junto a otro compañero. Gerónimo dormía abajo y su compañero arriba de la cama cucheta, ya que no había podido lograr quedarse junto a Francisco. Pero, al menos, estaban en el mismo regimiento. La rigurosidad iba desde el mismo amanecer, hasta bien entrada la noche.
Todo debía hacerse correcta y prolijamente. Le habían enseñado a doblar la ropa, acomodar sus tasas, toallas y demás elementos, todo como lo quería el Teniente. Y más le valía que encontraran todo como se lo habían indicado, sino recibiría una sanción segura. Todos sus movimientos tenían que ser autorizados por el Teniente a cargo. Si podían ir al baño, debía ser acreditado; si podían desayunar, debía ser acreditado; si podían irse a dormir, debía ser acreditado. Todo debía ser acreditado y eso lo molestaba en demasía. Cada semana cambiaban de Teniente y, salvo contados hombres, eran realmente unos idiotas. Para su suerte, ninguno se había quejado de su conducta, pero en el caso de su compañero no podía afirmar lo mismo. Este siempre era objeto de burla, por parte de los demás compañeros y por los mismos militares. Su situación era desagradable.
Estar allí era una prueba de supervivencia, no cabía dudas. La mayor parte del día, debían afrontar distintas pruebas de resistencia física. Lo que solían hacer era ir hasta el campo, anteriormente preparado, donde tenían que superar todo tipo de obstáculos imaginables. Moverse a ras del suelo; saltar enormes pozos; esquivar objetos; escabullirse por espacios muy pequeños; y, todo esto, a lo largo de una hectárea y en el menos tiempo posible. Si al Comandante no le parecía suficiente el tiempo, debían volver a repetir este procedimiento y, ciertamente, les podía llevar un día entero esta prueba. Siempre, esta actividad, se realizaba en forma grupal. Había compañeros mucho más ágiles y veloces que Gerónimo, pero este no podía quejarse. Su delgadez le permitía avanzar los obstáculos y, sumado a que era rápido, esto hacía que pudiese pasar la prueba y no recibir ninguna bravuconería por parte de sus superiores. Pero esto implicaba un esfuerzo muy grande, que lo obligaba a mentalizarse que tenía que soportar todo aquello. De otra manera, su cuerpo no resistiría mucho más.
Entre las pruebas, también se encontraba el uso de diferentes armas. El Regimiento contaba con polígono de tiro propio, por lo que allí mismo practicaban. Bastaba con tener buena puntería. Y todos la poseían, hasta el menos habilidoso. ¿A qué se debía esto? Mientras Gerónimo esperaba su turno, lo descubrió. Ya había pasado un mes desde su llegada. Analizó con detenimiento las inscripciones que su fusil tenía y notó que este había sido hecho en 1955. ¡1955! Así cualquiera podía ser bueno al usarla, era un arma vieja e inservible. Cuando le comentó esto a Francisco, él inspeccionó su propia arma y esta había sido hecha al año siguiente. ¡Vaya entrenamiento que se les estaba dando!
La peor parte era, sin dudas, los ejercicios a plena luz del día, bajo el ardiente sol de verano. Esos hombres no tenían piedad alguna. La mayor parte de las veces, los hacían correr alrededor del predio (más de catorce kilómetros) durante una hora y media. Pocas eran las veces que los superiores eran benévolos y solo les hacían trotar durante cuarenta minutos. Pero esto solo sucedía en extrañas ocasiones. Luego, debía recostarse sobre el asfalto, para realizar abdominales y demás ejercicios físicos. En momentos como este, Gerónimo creía que no lograría soportar aquello. Aunque el paso de los días le demostró que, pese a su delgado aspecto corporal, era capaz de resistir mucho más que otros compañeros que ostentaban un físico mejor desarrollado.
En lo único que coincidían todos, era en que siempre estaban con hambre. Apenas si desayunaban; almorzaban guiso o sopa, no había otra opción; no solían merendar y solo algunas veces llegaban a cenar, ya que siempre se les encargaba hacer alguna actividad a esa hora. Era mucho esfuerzo, pesimamente remunerado. Gerónimo ya había bajado varios kilogramos en solo un mes. Se obligaba a ser fuerte. Tenía que serlo. Por Eugenia, por su familia.
Algunas veces, en el silencio de la noche, cuando no podía conciliar el sueño imaginaba la sonrisa de Eugenia. Solo así, le era posible sentirse vivo otra vez. Recordarla, lo reconfortaba. Soñar con sus besos era todo lo pedía. Cuanto más pasaban los días, más crecía en su pecho el amor que le tenía. Simplemente, Eugenia lo era todo. Eran sus sueños, sus esperanzas, sus ganas de seguir adelante. Ella era su escudo, contra todo mal. Eugenia era su presente y sería su futuro.

Pero, hacia mediados de Marzo, ocurrió una desgracia. Una tragedia. Una desdicha. Los miedos de Gerónimo se habían materializado en aquella triste notificación.
Esa tarde, mientras descansaban, luego de haber practicado el desfile militar, se les informó que ya no seguirían en aquel Regimiento. Había habido un cambio de planes. Rotundo. Contundente. Desgraciado.
El Presidente de la Nación había ordenado a todas las fuerzas militares que para el día dos de Abril, a más tardar, se tomaran por sorpresa a Las Islas Malvinas. Estas habían quedado en manos del Reino Unido de Gran Bretaña hace tiempo ya. Pero la intención era recuperarlas, mediante este golpe sorpresivo.
La noticia hizo que se apoderaran de Gerónimo el terror y la angustia. Jamás se le había cruzado por la cabeza, ni una sola vez, que algo similar podía llegar a ocurrir.
-Ahora van a saber lo que es bueno.-Dijo el Comandante, paseándose a lo largo y ancho de la “barraca”, observando a los soldados, mientras estos preparaban sus pertenencias para emprender el viaje.
Gerónimo no quería. Realmente no quería. Tenía mucho miedo de morir en aquella guerra. Pensaba en todos los que quería. También pensaba en Eugenia. Se preguntaba si ella estaría al tanto de su situación, si su madre sabía de lo que estaba por suceder…
Antes de marcharse, logró llamar a su madre a escondidas. Le aseguró a donde estaba por marcharse y de que se encontraba en perfecto estado. Solo que la interrupción del Teniente evitó que le pudiera preguntar por Eugenia. Este lo sorprendió y lo obligó a cortar a la brevedad.
Ya estaba en el avión, emprendiendo el viaje hacia el sur. Estaba completamente seguro de que nada volvería a ser igual después de que acabase la guerra. De cualquier forma que resultaran las cosas. Se dijo que tenía que ser fuerte. Más de lo que ya lo había sido. Tuve que armarse de valor para no llorar, mientras el motor se encendía y comenzaban a tomar altura.
Ese viaje lo cambiaría para lo que le quedara de vida, era de lo único que estaba seguro.

Untitled I: 13ª Parte

Gerónimo ya se había despedido de su madre y su hermana. Había sido inmensamente amargo y triste…pero trató de no exteriorizar su desencanto ante el inminente viaje con ellas. Estaba sentado en el cordón de la vereda, frente al edificio donde vivía Francisco, junto al bolso que tenía sus pertenencias. Mucha ropa, alguna que otro “objeto de la suerte” que le diera su madre y una pequeña fotografía de Eugenia. Entre todas sus cosas, esa era la más importante. Allí estaba la persona que le había dado las fuerzas que le faltaban para afrontar semejante momento. Sabiendo que después de que todo terminase, se marcharía definitivamente con ella.
Giro lentamente su la cabeza. Cuando hubo llegado a la altura de sus hombros, antes de volverse definitivamente, divisó que su amigo estaba saliendo por la puerta de entrada, bastante distraído. Supuso que serían nervios, pero que trataba de disimular para el resto e, inclusive, para sí mismo. Se saludaron con un cálido abrazo. Minutos después, el móvil de la Policía Federal se acercaba a ellos, para luego llevárselos al destino que les correspondería.
Una nueva etapa, estaba a punto de comenzar.

Despedirse de Gerónimo había sido duro. En medio de besos rápidos y, aún, con su aroma impregnado en la piel, lo vio alejarse. Pero la esperanza la colmaba a la vez, sabiendo que después de que todo hubiera terminado, se escaparían. Llevaba examinando posibilidades una semana. Imaginando formas, pensado en lugares a donde podrían acudir e ideando la forma de huir de las garras de su padre. Todo estaba en sus manos, así se lo había prometido a Gerónimo. Lo único que lamentaba era no poder comunicarle los diferentes planes. La comunicación se limitaba solo a la familia, por lo que la única que podía hablar con él era su madre. También se lamentaba no saber el tiempo exacto que Gerónimo permanecería en Bahía Blanca. Pero nada de esto desalentaría llevar a cabo el escape. Ya estaba decidida y nada la haría cambiar de opinión al respecto.
Mientras daba vueltas entre las sabanas, reía por lo bajo, recordando lo que sucediera una semana antes. La madrugada estaba en su plenitud, sin embargo, Eugenia no podía conciliar el sueño. Pensaba, una y otra vez, en Gerónimo. Pensaba en sus besos, sus caricias, sus palabras. A medida que lo recordaba cada vez más, se decía a sí misma que estaba dispuesta a dejar todo por no perderlo. No quería perderse de la posibilidad de ser, por primera vez, realmente feliz. Y sabía que sin Gerónimo jamás lograría serlo.

Las semanas siguientes, junto con su madre, Eugenia comenzó a averiguar dónde podría estudiar Medicina. Aunque, a decir verdad, solo fingía que estaba interesada en ello, ya que se aproximaba la fecha estimativa, para el regreso de Gerónimo. Ella hubiese querido compartir esto con su madre, pero esta no aprobaría su actitud y Eugenia no necesitaba de eso. Mientras tanto, recorrían universidades y lugares donde se preparaban alumnos para la carrera.
Al ver tantas posibilidades, en un punto, Eugenia era consciente de lo que estaba perdiendo si se fugaba definitivamente con Gerónimo. Pero, por otro lado, sabía que tarde o temprano tendría la oportunidad de retomar esos estudios, ya que eso podría recuperarlo. Esa era la diferencia que tenía con respecto a Gerónimo. Esta era la única ocasión que se le presentaba para ser feliz y no estaba dispuesta a desaprovecharla. Por lo que estaba totalmente convencida de que eso era lo que debía hacer y que, además, era lo correcto para ella.
Regresaron casi para la hora del almuerzo. El calor de febrero era insoportable y parecía no querer dar tregua. Al llegar, Eugenia saludó a su padre y luego, fue a darse un baño. Sin embargo, Isabel de quedó allí, junto a su marido, quien la escrutaba seriamente.
-¿No me vas a preguntar cómo nos fue?-Sonrió Isabel, una vez que Eugenia subió a su cuarto. Alfonzo no pareció inmutarse o dar signos de querer entablar una conversación.-Bueno, te lo cuento de una vez.-Prosiguió ella, de muy buen ánimo.-Recorrimos bastante. Pero la mejor opción para Eugenia sigue siendo la Facultad de Medicina. Solo que deberá estudiar mucho, pero no creo que eso…
-No va a estudiar ahí.-Interrumpió él, sin mostrar emoción alguna en su rostro. Isabel lo miró extrañada.
-¿Perdón?-Se acercó un poco más a este, que estaba sentado en el sillón de cuero que había en el living.- ¿A qué se debe esto?-Preguntó, con toda la calma que le era posible demostrar.
-Se debe a que no va a estudiar Medicina y punto. Una Arizábal no debe ser una simple doctora.-Dijo, con tono de desprecio.- ¡Por Dios! ¡Jamás permitiré que suceda algo semejante!-Exclamó.
-¡Y por qué no dejas que eso lo decida ella!-Gritó, dejando atrás la calma y el buen humor que tenía. ¡Maldita sea! Otra vez Alfonzo se estaba metiendo en cosas que no le incumbían. ¿Cómo era posible que ese hombre tenga la manía de meterse en dónde lo llamaban? Pudo evitar que convirtiera a Eugenia en una desgracia una vez y ahora lo tendría que volver a hacer. Ante esta respuesta, Alfonzo se levantó de un tirón y, sin miramientos previos, abofeteó con toda la fuerza que tenía a su esposa. Isabel lo miro con indignación, ocultando las lágrimas que asomaban por sus ojos. En su mente había una sola idea: salvar a Eugenia de ese monstruo y evitar que le arruinara la vida, como sí lo había hecho con ella, años atrás.
-¡La discusión se acabó aquí!-Dijo, con potente voz.- ¿Oíste?-Sus ojos solo albergaban furia y rencor hacia su esposa. Pero esta no se contentó con que todo quedara allí. Había algo que le decía que esa sería la última discusión que tendrían.
-¿Quién te crees que eres Alfonzo, eh? ¿Crees que puedes manejar la vida de los demás como se te antoje? ¿Crees que…?
-¡Isabel, basta!-Interrumpió.
-¡Basta nada, Alfonzo!-Replicó esta, con un grito descontrolado.- ¡Estoy harta de vivir siempre a tú sombra! ¡Y no voy a permitir que hagas lo mismo con Eugenia!-Algo, en su interior, comenzaba a aliviarse diciendo estas palabras. Llevaba años y años de angustia constante y sufriendo en silencio, a causa de lo que no pudo ser alguna vez… Estaba presa de un matrimonio que detestaba y solo se mantenía en pie por su hija. Aunque, en un principio, no se lo hiciera notar. Ahora sabía que sentía y pensaba su hija, y se veía reflejada a ella misma. Por eso no quería condenarla a soportar el mismo calvario que pasó ella.
-¡Acá no eres nadie! Soporté cosas peores, como para dejarme amedrentar por tus gritos.-Intentó persuadirla, como solía hacerlo, pero no surgía efecto alguno en Isabel.
-Estás muy equivocado.-Dijo, firme y mirándolo a los ojos.-Tú no eres nadie aquí. ¿No recuerdas lo que eras antes de que me casara contigo? –Alfonzo permanecía callado, por lo que ella continuó.- ¡No eras nadie, Alfonzo! ¡Nadie! Tú familia estaba en quiebra. Ni el apellido los salvaba…hasta que te casaste conmigo. ¡Eras un muerto de hambre! ¡Yo te salvé! ¡Mi familia te salvó! Idiota…-Dio dos pasos hacia él y lo escupió en la cara.-No me vengas ahora con que no soy nadie…-Pero Alfonzo la tomó con fuerza de la muñeca, al punto que comenzaba a hacerle daño.
-No me vengas con eso ahora, estúpida.-Murmuró.-Sabes de lo que soy capaz…
-Pero vos no sabes de lo que yo puedo ser capaz…-Replicó, conteniendo el dolor que le producía Alfonzo.-Puedo hacer que toda “tú” riqueza de vaya al diablo…A fin de cuentas, todo esto solo nos pertenece a Eugenia y mí.-Él ya no la apretaba con fuerza, por lo que Isabel pudo librase, antes de que le quebrara la muñeca.
-¡Lo que es de mi hija, es mío también!-Exclamó, prepotente, como si con eso fuera a mitigar las acusaciones de Isabel.-Contra eso no puedes hacer nada. Y ya déjate de estupideces, que no estoy de humor…
-Te olvidas de algo, mi querido Alfonzo…-Sonrió, sarcásticamente.
-Déjame adivinar…- Respondió, con idéntico tono.-Todavía sigues enojada porque mandé a matar al idiota ese que te gustaba...-Rió, al ver la expresión de Isabel. Había dado en su fibra más sensible.- ¿Gustavo era, no? Gustavo Ortiz. Si hubieses visto como suplicaba que no le hicieran daño.-Su sonrisa se acentuó aún más, viendo que Isabel permanecía en silencio. De haberlo recordado antes, se hubiera evitado el disgusto de discutir con su esposa.-Y…ahora que lo recuerdo…-Dijo, pensativo.- ¡Claro! Él era médico. Por eso tu empeño en que nuestra hija estudié Medicina…
-¡Cállate!-Gritó Isabel, al borde del colapso. Sin embargo, no dejaría que Alfonzo ganara esta vez. El recuerdo de Gustavo seguía vivo en ella y Alfonzo recurría cada vez que discutían a eso, para concluir con ella. Pero ya estaba harta de él, de los recuerdos y de llorar todo lo que nunca pudo ser… ya no más.- ¡Y deja de mencionar a Eugenia como si fuese algo tuyo!
-Te volviste loca, ¿no es así?-Bromeó, sonriente.-Porque ella…
-¡Eugenia no es tú hija! ¡Tú no eres su padre!-Explotó. Llevaba años ocultándolo, pero ahora ya era insostenible. La sonrisa de Alfonzo desapareció por completo.-Por eso, aquí, nada te pertenece. Y no eres quién para mandar en su vida a tu antojo. Ella es hija mía y de Gustavo, ¿te quedó claro ahora? –Jamás había hablado con la seguridad que lo estaba haciendo en ese momento. Y se sentía cada vez más satisfecha por haberlo logrado.-Olvídate de los lujos, de todos esto que está a tú alrededor, porque a partir de mañana no volverás a verlo nunca más… ¿Entendiste?
Alfonzo permanecía tieso, mudo, sin reacción alguna. Pero, de lo que ninguno se percató, Eugenia los observaba desde la escalera de la misma manera en que lo hacía el que, había creído, era su padre. ¿Había estado inmersa en una gran mentira toda su vida?
-Esto no va a quedarse así…-Amenazó, como último recurso, Alfonzo.
-Ya lo veremos.-Refutó Isabel. Luego, se echo a correr tras Eugenia, quien rápidamente había subido las escaleras, para encerrarse en su cuarto. Había algo que estaba muy claro en la mente de Isabel. Lamentaba que fuera esa la solución, pero no había otra salida.