Gerónimo ya se había despedido de su madre y su hermana. Había sido inmensamente amargo y triste…pero trató de no exteriorizar su desencanto ante el inminente viaje con ellas. Estaba sentado en el cordón de la vereda, frente al edificio donde vivía Francisco, junto al bolso que tenía sus pertenencias. Mucha ropa, alguna que otro “objeto de la suerte” que le diera su madre y una pequeña fotografía de Eugenia. Entre todas sus cosas, esa era la más importante. Allí estaba la persona que le había dado las fuerzas que le faltaban para afrontar semejante momento. Sabiendo que después de que todo terminase, se marcharía definitivamente con ella.
Giro lentamente su la cabeza. Cuando hubo llegado a la altura de sus hombros, antes de volverse definitivamente, divisó que su amigo estaba saliendo por la puerta de entrada, bastante distraído. Supuso que serían nervios, pero que trataba de disimular para el resto e, inclusive, para sí mismo. Se saludaron con un cálido abrazo. Minutos después, el móvil de la Policía Federal se acercaba a ellos, para luego llevárselos al destino que les correspondería.
Una nueva etapa, estaba a punto de comenzar.
Despedirse de Gerónimo había sido duro. En medio de besos rápidos y, aún, con su aroma impregnado en la piel, lo vio alejarse. Pero la esperanza la colmaba a la vez, sabiendo que después de que todo hubiera terminado, se escaparían. Llevaba examinando posibilidades una semana. Imaginando formas, pensado en lugares a donde podrían acudir e ideando la forma de huir de las garras de su padre. Todo estaba en sus manos, así se lo había prometido a Gerónimo. Lo único que lamentaba era no poder comunicarle los diferentes planes. La comunicación se limitaba solo a la familia, por lo que la única que podía hablar con él era su madre. También se lamentaba no saber el tiempo exacto que Gerónimo permanecería en Bahía Blanca. Pero nada de esto desalentaría llevar a cabo el escape. Ya estaba decidida y nada la haría cambiar de opinión al respecto.
Mientras daba vueltas entre las sabanas, reía por lo bajo, recordando lo que sucediera una semana antes. La madrugada estaba en su plenitud, sin embargo, Eugenia no podía conciliar el sueño. Pensaba, una y otra vez, en Gerónimo. Pensaba en sus besos, sus caricias, sus palabras. A medida que lo recordaba cada vez más, se decía a sí misma que estaba dispuesta a dejar todo por no perderlo. No quería perderse de la posibilidad de ser, por primera vez, realmente feliz. Y sabía que sin Gerónimo jamás lograría serlo.
Las semanas siguientes, junto con su madre, Eugenia comenzó a averiguar dónde podría estudiar Medicina. Aunque, a decir verdad, solo fingía que estaba interesada en ello, ya que se aproximaba la fecha estimativa, para el regreso de Gerónimo. Ella hubiese querido compartir esto con su madre, pero esta no aprobaría su actitud y Eugenia no necesitaba de eso. Mientras tanto, recorrían universidades y lugares donde se preparaban alumnos para la carrera.
Al ver tantas posibilidades, en un punto, Eugenia era consciente de lo que estaba perdiendo si se fugaba definitivamente con Gerónimo. Pero, por otro lado, sabía que tarde o temprano tendría la oportunidad de retomar esos estudios, ya que eso podría recuperarlo. Esa era la diferencia que tenía con respecto a Gerónimo. Esta era la única ocasión que se le presentaba para ser feliz y no estaba dispuesta a desaprovecharla. Por lo que estaba totalmente convencida de que eso era lo que debía hacer y que, además, era lo correcto para ella.
Regresaron casi para la hora del almuerzo. El calor de febrero era insoportable y parecía no querer dar tregua. Al llegar, Eugenia saludó a su padre y luego, fue a darse un baño. Sin embargo, Isabel de quedó allí, junto a su marido, quien la escrutaba seriamente.
-¿No me vas a preguntar cómo nos fue?-Sonrió Isabel, una vez que Eugenia subió a su cuarto. Alfonzo no pareció inmutarse o dar signos de querer entablar una conversación.-Bueno, te lo cuento de una vez.-Prosiguió ella, de muy buen ánimo.-Recorrimos bastante. Pero la mejor opción para Eugenia sigue siendo la Facultad de Medicina. Solo que deberá estudiar mucho, pero no creo que eso…
-No va a estudiar ahí.-Interrumpió él, sin mostrar emoción alguna en su rostro. Isabel lo miró extrañada.
-¿Perdón?-Se acercó un poco más a este, que estaba sentado en el sillón de cuero que había en el living.- ¿A qué se debe esto?-Preguntó, con toda la calma que le era posible demostrar.
-Se debe a que no va a estudiar Medicina y punto. Una Arizábal no debe ser una simple doctora.-Dijo, con tono de desprecio.- ¡Por Dios! ¡Jamás permitiré que suceda algo semejante!-Exclamó.
-¡Y por qué no dejas que eso lo decida ella!-Gritó, dejando atrás la calma y el buen humor que tenía. ¡Maldita sea! Otra vez Alfonzo se estaba metiendo en cosas que no le incumbían. ¿Cómo era posible que ese hombre tenga la manía de meterse en dónde lo llamaban? Pudo evitar que convirtiera a Eugenia en una desgracia una vez y ahora lo tendría que volver a hacer. Ante esta respuesta, Alfonzo se levantó de un tirón y, sin miramientos previos, abofeteó con toda la fuerza que tenía a su esposa. Isabel lo miro con indignación, ocultando las lágrimas que asomaban por sus ojos. En su mente había una sola idea: salvar a Eugenia de ese monstruo y evitar que le arruinara la vida, como sí lo había hecho con ella, años atrás.
-¡La discusión se acabó aquí!-Dijo, con potente voz.- ¿Oíste?-Sus ojos solo albergaban furia y rencor hacia su esposa. Pero esta no se contentó con que todo quedara allí. Había algo que le decía que esa sería la última discusión que tendrían.
-¿Quién te crees que eres Alfonzo, eh? ¿Crees que puedes manejar la vida de los demás como se te antoje? ¿Crees que…?
-¡Isabel, basta!-Interrumpió.
-¡Basta nada, Alfonzo!-Replicó esta, con un grito descontrolado.- ¡Estoy harta de vivir siempre a tú sombra! ¡Y no voy a permitir que hagas lo mismo con Eugenia!-Algo, en su interior, comenzaba a aliviarse diciendo estas palabras. Llevaba años y años de angustia constante y sufriendo en silencio, a causa de lo que no pudo ser alguna vez… Estaba presa de un matrimonio que detestaba y solo se mantenía en pie por su hija. Aunque, en un principio, no se lo hiciera notar. Ahora sabía que sentía y pensaba su hija, y se veía reflejada a ella misma. Por eso no quería condenarla a soportar el mismo calvario que pasó ella.
-¡Acá no eres nadie! Soporté cosas peores, como para dejarme amedrentar por tus gritos.-Intentó persuadirla, como solía hacerlo, pero no surgía efecto alguno en Isabel.
-Estás muy equivocado.-Dijo, firme y mirándolo a los ojos.-Tú no eres nadie aquí. ¿No recuerdas lo que eras antes de que me casara contigo? –Alfonzo permanecía callado, por lo que ella continuó.- ¡No eras nadie, Alfonzo! ¡Nadie! Tú familia estaba en quiebra. Ni el apellido los salvaba…hasta que te casaste conmigo. ¡Eras un muerto de hambre! ¡Yo te salvé! ¡Mi familia te salvó! Idiota…-Dio dos pasos hacia él y lo escupió en la cara.-No me vengas ahora con que no soy nadie…-Pero Alfonzo la tomó con fuerza de la muñeca, al punto que comenzaba a hacerle daño.
-No me vengas con eso ahora, estúpida.-Murmuró.-Sabes de lo que soy capaz…
-Pero vos no sabes de lo que yo puedo ser capaz…-Replicó, conteniendo el dolor que le producía Alfonzo.-Puedo hacer que toda “tú” riqueza de vaya al diablo…A fin de cuentas, todo esto solo nos pertenece a Eugenia y mí.-Él ya no la apretaba con fuerza, por lo que Isabel pudo librase, antes de que le quebrara la muñeca.
-¡Lo que es de mi hija, es mío también!-Exclamó, prepotente, como si con eso fuera a mitigar las acusaciones de Isabel.-Contra eso no puedes hacer nada. Y ya déjate de estupideces, que no estoy de humor…
-Te olvidas de algo, mi querido Alfonzo…-Sonrió, sarcásticamente.
-Déjame adivinar…- Respondió, con idéntico tono.-Todavía sigues enojada porque mandé a matar al idiota ese que te gustaba...-Rió, al ver la expresión de Isabel. Había dado en su fibra más sensible.- ¿Gustavo era, no? Gustavo Ortiz. Si hubieses visto como suplicaba que no le hicieran daño.-Su sonrisa se acentuó aún más, viendo que Isabel permanecía en silencio. De haberlo recordado antes, se hubiera evitado el disgusto de discutir con su esposa.-Y…ahora que lo recuerdo…-Dijo, pensativo.- ¡Claro! Él era médico. Por eso tu empeño en que nuestra hija estudié Medicina…
-¡Cállate!-Gritó Isabel, al borde del colapso. Sin embargo, no dejaría que Alfonzo ganara esta vez. El recuerdo de Gustavo seguía vivo en ella y Alfonzo recurría cada vez que discutían a eso, para concluir con ella. Pero ya estaba harta de él, de los recuerdos y de llorar todo lo que nunca pudo ser… ya no más.- ¡Y deja de mencionar a Eugenia como si fuese algo tuyo!
-Te volviste loca, ¿no es así?-Bromeó, sonriente.-Porque ella…
-¡Eugenia no es tú hija! ¡Tú no eres su padre!-Explotó. Llevaba años ocultándolo, pero ahora ya era insostenible. La sonrisa de Alfonzo desapareció por completo.-Por eso, aquí, nada te pertenece. Y no eres quién para mandar en su vida a tu antojo. Ella es hija mía y de Gustavo, ¿te quedó claro ahora? –Jamás había hablado con la seguridad que lo estaba haciendo en ese momento. Y se sentía cada vez más satisfecha por haberlo logrado.-Olvídate de los lujos, de todos esto que está a tú alrededor, porque a partir de mañana no volverás a verlo nunca más… ¿Entendiste?
Alfonzo permanecía tieso, mudo, sin reacción alguna. Pero, de lo que ninguno se percató, Eugenia los observaba desde la escalera de la misma manera en que lo hacía el que, había creído, era su padre. ¿Había estado inmersa en una gran mentira toda su vida?
-Esto no va a quedarse así…-Amenazó, como último recurso, Alfonzo.
-Ya lo veremos.-Refutó Isabel. Luego, se echo a correr tras Eugenia, quien rápidamente había subido las escaleras, para encerrarse en su cuarto. Había algo que estaba muy claro en la mente de Isabel. Lamentaba que fuera esa la solución, pero no había otra salida.
:O Dios mio esta si que no la veia venir! :O
ResponderEliminarVamos mamá de Eugeniaa :D ♥
que genia que genia! :D
Me voy a leer el otro cap. sobri! ♥
Hermoso este! :)
Te quiero mucho! ♥