Escrito por Marìa Belèn

Escrito por Marìa Belèn

miércoles, 20 de abril de 2011

Untitled II: 22ª Parte

Solo nos queda aliviar, en lo que nos sea posible, su dolor. Lo lamento, ahora resta esperar a que llegue el momento. Recordaba una y otra vez las palabras del médico.
Era lo que había temido tanto: sería la última internación de Matilde. Ya ni siquiera podía llorar, tampoco sentía odio o rabia, ya no valía la pena, estaba resignado. Tenía que ser fuerte para acompañar a su esposa lo que restara del camino. ¿Cuándo sería el momento de la despedida? ¿Cuánto restaba? ¿Cómo sería? Aun así, no lo quería, no le parecía justo a pesar de haber flaqueado en la lucha.
Todos los días, cientos y cientos de personas se marchaban de este mundo. Algunas con una vida realizada, rodeada de sus afectos y habiendo cumpliendo todos sus sueños. Otros eran condenados al abandono y a la soledad, partiendo sin haber conocido la felicidad. Y otros pocos ni siquiera llegaban a ver la luz de la vida, siéndoles arrebatada la posibilidad de vivir antes de que pudieran nacer. ¿Por qué tenían que pasar cosas así? ¿Por qué tenía que sucederle algo así?
Gerónimo hace tiempo había entendido que la muerte era algo irremediable, pero esperaba toparse con ella en su vejez. Ese no era el momento, Matilde era joven y tenía mucho por lo que vivir… de millones de personas, ¿por qué era ella? Bien, tenía que reconocer que no se acomodaba a la idea de perderla y no estaba del todo resignado. Siempre llegaba a la misma conclusión: no era justo, ni para Matilde ni para nadie.
Cuando a su esposa le diagnosticaron ese tumor maligno y en lo que desembocaría, había creído que sería fuerte. Se había impuesto la misión de ser fuerte, porque lo veía como a algo lejano aún. Sin embargo algunas veces pensó en Francisco, también en su padre y supo que no podría cumplir con esa meta. Le había llevado años superar la muerte del viejo y cuando por fin creyó que lo podría sobrellevar, gracias al amor de Eugenia, ella se va y Francisco muere en Malvinas. Ahora era el turno de Matilde y volvería a quedarse solo, ¿qué le diría a los niños? ¿Cómo pretendería cuidar de ellos si estaba seguro de que la muerte de Matilde lo fulminaría? Otra vez la misma historia que estaba cansado de vivir.
Las personas iban y venían a lo largo y ancho del extenso pasillo de la clínica. Cada quien con sus ocupaciones y preocupaciones. Todos indiferentes a su sufrimiento… cada uno en lo suyo. El mundo seguía girando y Gerónimo estaba detenido en el tiempo, como siempre lo había estado. No tenía a nadie que le ofreciera su hombro, en el que pudiera apoyarse y desahogarse sin reparos.
-¡Papá!-Escuchó que una voz conocida gritaba a lo lejos. Primero pensó que se dirigía a otra persona, pero cuando la joven se fue acercando cada vez más supo de quien se trataba.
-¡Paula!-Algo en su corazón estalló de alegría, porque ella lo había llamado papá. De un salto de levantó del asiento y fue a recibirla.
Ambos se fundieron en un abrazo. Ninguno necesitó expresar con palabras sus sentimientos, lo estaban haciendo a través de ese gesto. Cuando Gerónimo creyó que no tenía a nadie a quien acudir, aparece Paula, dispuesta a acompañarlo el tiempo que le fuera necesario. Gerónimo ya tenía su refugio y era su propia hija… siempre supo que las cosas sucedían por un motivo y Paula estaba confirmando su teoría.

Paula sujetaba los hombros de su padre, en señal de apoyo. Ambos veían como, después de unas horas, Matilde podía conciliar el sueño. Era muy duro para ellos verla en ese estado: muy delgada, pálida, adolorida, sin deseos de vivir. Había estado en esa cama durante dos semanas, Gerónimo las había estado contando. No le quedaba más que rezar para que Dios se apiadara de su dolor y se la llevara con él, para poner fin a su agonía. Y Paula lo acompañaba cuanto podía. Más que el apoyo de Julieta o de su madre, quien lo mantenía firme era su hija. Hubiese deseado estar en otro momento de su vida para poder disfrutarla como debía y no tener que arrastrarla a su desgracia. Pero a pesar de todo, Paula estaba ahí y no le importaba lo que estuviera pasando, sentía la inmensa necesidad de estar con él. También lo eran sus otros hijos, Facundo y Violetta, aunque a ellos debía ser él quien los contuviera. La más pequeña parecía no comprender bien porqué su madre estaba en esa cama, le extrañaba verla triste (como solía decir ella) y por esto no dejaba de hacer dibujos con el único fin de hacer sonreír a su madre. Lo contrario pasaba con Facundo, él ni siquiera decía algo al respecto de todo eso. Una tarde, cuando la visita había terminado Violetta y Paula fueron a la cafetería de la clínica, por lo que se quedó a solas con su padre. Temeroso, aunque seguro de sus pensamientos, le susurró a Gerónimo lo que sentía que estaba pasando.
-Papá…-Murmuró, dudando aún de decir lo que estaba pensando.
-¿Qué pasa Facundo?-Dijo, distraídamente.
-Estuve pensando algo…-Inquirió él. Gerónimo lo miraba con atención.-Mamá está muy enferma, lo sé. Pero el otro día escuché, sin querer, que le dijiste a Paula algo así como que mamá…-Hizo una pequeña pausa.-Como que, ¿mamá se va a morir?
Esta afirmación lo sorprendió por completo a Gerónimo. No precisamente por lo que Facundo estaba diciéndole, sino por la entereza que mostraba al decir esas palabras. Entonces comprendió que ya no podía seguir ocultándole lo que le sucedía a su madre. Confiaba en la reacción de Facundo…
-Escúchame Facu, primero que nada, debes ser fuerte…-Ambos se sentaron en uno de los tantos bancos que habían en el pasillo.
-¿Entonces es cierto? ¿Mamá se va a morir?-Las lágrimas no tardaron en aparecer en su pequeño rostro. Eso solo le dificultaba a Gerónimo decirle que las cosas eran así. Pero debía hacerlo.
-Sí.-Afirmó, amargamente.-Tu mamá tiene una enfermedad que no se puede curar…
-Ah…-Solo pudo responder el pequeño, entre sollozos.
-Por eso…-Le tomó la mano.-Tienes que ser fuerte, Facu. Por vos y tú hermana. Piensa en que ella va a estar en un lugar mejor, donde ya no sentirá más dolor.-Trataba de contenerse, pero las lágrimas comenzaban a rodar por su rostro.
-¿No se puede hacer nada?-Preguntó, secándose las lágrimas.
-No hijo, ya no.-Suspiró Gerónimo.-Pero ella te va a cuidar siempre, nunca te abandonará realmente.
En ese momento, pasó por al lado de ellos un hombre que los observó a ambos hasta que se perdió en el pasillo. Parecía como si esa escena lo hubiese conmovido.
-Ya sé que mamá siempre va a estar al lado mío.
Sin poder contenerse Gerónimo abrazó lo más fuerte que le fue posible a su hijo, susurrándole que era la persona más fuerte que había conocido, que lo amaba y se apoyarían mutuamente.

Por su parte, Paula trataba de ser el refugio de su padre y que este fuera el suyo propio. Había ocupado la mayor parte de su tiempo en contenerlo, de esta manera evitando pensar en sus problemas. En especial los problemas que tenía con su madre. No volvió a dirigirle la palabra desde la última charla que tuvieran, en su habitación. Trataba de no coincidir con ella, ni siquiera verla. Si no estaba en el colegio o en casa de Octavio, estaba en la clínica. Algunas veces se quedaba en el departamento de su papá, cuidando de sus hermanos. Sí, sus hermanos.
Aun así, no lograba sentirse bien. Ni el ambiente ni el momento ayudaban mucho, tenía una herida que no dejaba de sangrar… pero ni así perdonaría a su madre por haberle mentido todo ese tiempo. Estaba completamente segura de que no merecía su perdón.

Alguien que se encontraba en el medio del fuego cruzado era Isabel. Por lo menos a ella su nieta le hablaba, aunque no demasiado debido a que también fue cómplice en esa mentira. Pero su lugar no era para nada cómodo. La mayor parte del tiempo estaba en la casa, sola. Su hija hacía guardia la mayor parte del tiempo, cuando estaba se dedicaba a dormir. Paula pasaba gran parte de su tiempo junto a Gerónimo y, algunas veces, no llegaba a dormir en su casa. Había quedado olvidada por todos.
Sin embargo, encontró la manera de ocupar su tiempo en algo que le fuera útil. Algo poco usual para alguien de su posición social: comenzó a colaborar con la asociación Madres de Plaza de Mayo. Se enteró de su existencia a través de Esteban, el hermano de Gustavo, en una de las pocas charlas que tuvieron durante los días del juicio. Por ese mismo medio supo que Alfonzo era sospechoso de haber estado involucrado en la desaparición de diez personas durante la última Dictadura. Esto no la sorprendió en lo absoluto, porque creía absolutamente que Alfonzo era capaz de hacer algo semejante. Debido a esto se contactó con estas personas y les ofreció su apoyo y ayuda para lo que necesitaran. Al principio no le creyeron, ya que era de esperarse que una mujer como lo era Isabel esté más a favor que en contra de los crímenes que se cometieron en aquellos años. Pero con el correr de los días y después de participar en varias reuniones, las convenció de que ella no pensaba así y se ganó la confianza de todas esas personas, a las que comenzó a admirar por su lucha y la firmeza que tenían ante los obstáculos que se les presentaron.

Sabía que no podría seguir manteniendo la rutina de hacer más de treinta horas de guardia. Pero Eugenia lo hacía porque encontraba en ello la única escapatoria a sus problemas. Bah, una salida en parte. Paula ya no le hablaba y no daba señales de querer volver hacerlo alguna vez más, solo se dedicaba a sus estudios y a su padre. La había hecho a un lado por completo. Por esto Eugenia se dijo que si pensaba en sobrevivir la única forma que tenía para hacerlo era el trabajo. Y así comenzaron las interminables guardias. Cada diez minutos un paciente nuevo, un drama nuevo, una ronda nueva. Se había vuelto adicta al café y al cigarrillo, que la ayudaban con el sueño y los nervios. Solo unos minutos para comer y de vuelta al trabajo. Había ganado más horas de guardia y perdido unos cuantos kilos. Se alimentaba muy mal, comía porquerías y dormía poco. Seguramente, los que no la conocían, jamás pensarían que ella tenía una hija y una familia por la cual luchar. Pero, ¿qué más daba?, su hija la odiaba y eso significaba perder toda expectativa en la vida. Por eso se comportaba como si nada le importaba, más allá de que la realidad le indicaba que solo lo hacía para intentar anestesiar sus pensamientos y reproches. Sin embargo le eran inútiles las horas y horas en el hospital. Interiormente, rogaba que el lastimado corazón de su hija le diese una segunda oportunidad y la perdonara.
También se había enterado gracias a la buena relación que mantenía con el Dr. Carrizo, oncólogo de Matilde, supo que a esta no le quedaba demasiado tiempo, días tal vez. Eso era extraño, pensaba en lo mal que debía sentirse Gerónimo y agradecía que por lo menos Paula lo acompañara en ese difícil trance. En ese momento pensó, ¿de qué manera podría ayudar a Gerónimo? Luego, su celular comenzó a vibrar.

El sol asomaba imponente sobre la Ciudad de Buenos Aires. El aire que se respiraba, los rostros de las personas y hasta la temperatura hacían que se sintiera a la primavera que llegaría unas horas más tarde. Las plantas florecían, el día se iluminaba, todo tomaba color, luego de un frío invierno. Así sentía el resto del mundo, Matilde no.
Ella sabía perfectamente que no alcanzaría a ver ni siquiera los primeros rayos de sol primaverales sobre su rostro. Jamás habían sentido tantas ganas de rendirse, como en ese momento. El dolor ya era insoportable, que ni las altas dosis de morfina lograban aliviarlo. Ya había comenzado a significar una carga para su familia, sobre todo para Gerónimo. Solo la tranquilizaba el hecho de saber que había tenido una vida plena, cumpliendo todos sus sueños y dejando su huella sobre la tierra. Aunque hubiese sido completo si lograba adueñarse del corazón del hombre que más amaba, pero eso ya no estaba a su alcance. Pero lamentaba no haber sido lo suficientemente valiente como para decirle a su esposo lo que había hecho…
En fin, ese lunes parecía que sería un día diferente al resto de todos los días que le había tocado vivir: Matilde presentía que sería el último. Por eso quería dejar las cosas, por así decirlo, arregladas antes de que sea tarde.
Lo primero que pidió fue ver a sus hijos, despedirse de ellos. Abrazarlos, con las limitaciones que tenía debido a que le dolía hasta el alma, por última vez. Su adorada Violetta parecía no saber lo que realmente sucedía, pero a pesar de ello notaba el ambiente del que estaba rodeada. Ella pensaba que, tal vez, era una forma de protegerse a sí misma. En veía el rostro de Facundo y no necesitaba preguntar nada, él sí sabía lo que estaba pasando. Sin embargo, lo sentía tan fuerte ante semejante situación que no podía hacer otra cosa que enorgullecerse por tener un hijo así.
Estaban solos en esa blanca y fría habitación, los tres. Facundo y Violetta estaban apostados a ambos lados de la cama.
-Te voy a extrañar, mamá.-Dijo Facundo sin poder soportarlo más, pero conteniéndose para no llorar.-Te quiero, mami.
-¿Por qué le decís así? ¿A dónde te vas mamá?-Inquirió Violetta, preocupada, con una dulce vocecita.
-Me tengo que ir, linda.-Respondió Matilde, de igual modo.
-¿Y los dibujos que quiera regalarte? ¿Cómo los vas a ver?-Repreguntó, preocupándose aún más.
-Quédate tranquila, cariño. Yo los voy a ver igual.-Sonrió, con las pocas fuerzas que le quedaban, logrando convencer a su hija. Después de unos minutos, tomó las manos de ambos y las apretó fuertemente, para volver a hablarles.-Quiero que le hagan caso en todo lo que les diga su papá, ¿está bien?
Violetta asentía repetidamente con la cabeza y Facundo miraba a su mamá con los ojos llorosos, pero seguía conteniéndose. Matilde continuaba dándole indicaciones sobre que tenían que hacer y cómo debían comportarse para ser buenos niños.
-…y sepan que los amo más que a nada. Lo amo.-Finalizó, dejando escapar una lágrima que llamó la atención de Violetta.
-Nosotros también mami, pero no llores.-Le dijo cándidamente, pasando su pequeña mano por la mejilla se su madre y secándole la lágrima.
Facundo no pudo decir nada, el nudo en su garganta ya no le dejaba hacerlo.
-Vengan…-Sonrió ella.-Quiero un fuerte abrazo.
Los tres se fundieron en un abrazo cargado de ternura y disfrazado de despedida. Esa clase de momentos serían los que Matilde recordaría una vez que todo acabara. Era doloroso, pero gratificante a la vez… Lo último que vería de ellos, sería la triste mirada de Facundo y la inocente despedida de Violetta, antes de que se perdieran en el pasillo.
Después de ello, permaneció sola durante una hora. Gerónimo la acompañó unos minutos pero se vio obligado a salir por un inusual pedido de parte suya: hablar con Eugenia. Aunque se resistió en un principio, pero terminó cediendo. Así volvió a quedarse sola. Estaba con el enfermero, cuando sorpresivamente entró Paula a la habitación. Él hombre terminó con lo que estaba haciendo y finalmente las dejó solas.
-Hola.-Saludó tímidamente Paula. -¿Cómo te sientes?-Inquirió, sentándose en el sillón que había allí.
-Solo quiero que termine de una vez…-Contestó, cansinamente. -¿Llamaste a tú mamá?
-Papá fue a llamarla… yo no quiero hablar con ella.-Dijo secamente.
-No debería ser así Paula…-Murmuró.
-Yo la odio.-Interrumpió, sin tener intención de continuar hablando de ello.
-Eso es lo que crees.-Sonrió Matilde.-Sé que no puedes perdonarle lo que te hizo, pero aún así es tu mamá y deberías perdonarla.
-Discúlpame Matilde, pero no creo que es el momento indicado para hablar de…
-Sí que lo es.-Enfatizó.-Porque tú eres el puente hacia la felicidad de tus padres.-Afirmó.
-¿Qué?-Paula la miro extrañada. Podía llegar a adivinar que si ella hacia algo, sus padres estarían juntos otra vez porque no le costó notar que había un sentimiento de amor real entre ellos dos. Aún así no sabía la clase de amor que tuvieron, para que ella terminara siendo fruto de aquello. Pero, la última persona sobre la tierra que lo insinuaría siquiera… esa era Matilde.-No… no entiendo.
-Sé que puede parecer extraño, sobre todo viniendo de mi parte, pero solo quiero que mi esposo sea feliz.-Explicó con naturalidad.-Y también sé que esa felicidad solo la conseguirá al lado de Eugenia, aunque no lo quiera reconocer…
-¿Yo tendría que hacer algo al respecto…?-Balbuceó Paula.
-Sí. Tú eres ese puente, la que los une.
-No creo que yo…
-Claro que podrás.-Sonrió ella.-Lo último que quiero es que él sea fiel a un recuerdo… quiero que sea feliz de una vez. ¿Entiendes?
-Sí.-Asintió con la cabeza, pero a decir verdad, no había entendido el mensaje que le quiso transmitir. Le seguía pareciendo raro. Es más, hasta podía denotar algo de culpa en sus palabras. Estaba por volver a hablar, cuando la frenó la irrupción sorpresiva de su madre junto con Gerónimo en la habitación.
-Hola, Paula.-Saludó Eugenia, dirigiéndose exclusivamente a su hija.
-Adiós, Matilde.-Se acercó a esta y se despidió con un beso en su mejilla. Evitó todo contacto con su madre, pero al salir la miro de reojo y vio que no se encontraba en el mejor estado posible. Pero decidió hacer caso omiso y marcharse de allí.

Los rostros de Gerónimo y Eugenia denotaban la incomodidad que sentían estando en esa habitación. Entre ellos solo se habían hablado cuando él le informara a Eugenia sobre el deseo de Matilde y ella preguntándole a Gerónimo cómo se sentía su esposa. Ni una palabra demás. Ni disculpas ni peleas. Solo silencio. Un silencio que Eugenia creía que marcaría el final de su historia y de su amor.
En tanto, Matilde los observaba sin pronunciar aún palabra alguna. La tarde comenzaba a caer, así como lo hicieran sus fuerzas. Era el último pendiente del cual librarse y se marcharía en paz.
Gerónimo se acercó a ella y le tomó la mano con fuerza, como no queriendo dejarla escapar.
-Bien… Eugenia está aquí.-Inquirió él.-Si quieres yo puedo…
-No.-Interrumpió Matilde. Carraspeó.-Quiero que estén los dos.
-¿Qué sucede Matilde?-Preguntó Eugenia.
-¿Recuerdas lo que te dije hace un tiempo?-Replicó Matilde, haciendo referencia a la única charla que ambas tuvieran en casa de Eugenia.
-Claro.-Asintió ella. No le sería fácil olvidar que la esposa de Gerónimo, en líneas generales, le estaba dejando el camino libre para estar con él.
-Quiero que lo hagas… porque sé que deseas hacerlo, pero no te animas.
-¿De qué hablas?-Intervino Gerónimo, sorprendido por cómo se estaban tratando.
-Quiero que seas feliz, cariño.-Se dirigió a su esposo.-Tienen que ser felices…-Miro a ambos.-Juntos.
-Pero, ¿qué estás diciendo? Mejor nosotros nos vamos y te dejamos descansar…-Dijo él, sin creer que Matilde estuviera consciente lo que estaba diciéndoles.
-No.-Se apresuró a negar ella.-Ya no me queda demasiado tiempo, así que por favor… prométanme que dejaran de rehusarse a una vida juntos. Que aprovecharan esta segunda oportunidad que tienen.
Ellos se miraron sin saber qué responder.
-¿Lo harán?-Insistió Matilde.
-Sí.-Respondió finalmente Gerónimo. -¿No es así Eugenia?-Se dirigió a ella.
-Claro que sí.-Contestó de igual manera.
Con una tenue sonrisa, Eugenia se despidió de Matilde, sin soportar más estar en esa habitación. Había sido un adiós muy extraño y presentía que, por la actitud que tenía, sería la última vez que viera a la esposa de Gerónimo. Intentó buscar a Paula, por si estaba cerca, pero fue inútil. A pesar del tiempo, seguía enojada y Eugenia comenzaba a pensar que sería algo irremediable, como el futuro de Matilde.

El silencio reinó durante las dos horas siguientes en la habitación. Gerónimo sujetaba con fuerza la mano de Matilde, viendo como se alejaba de él cada vez más rápido. A la mañana había hablado con el médico y este le dijo que no pasaría de esa misma noche. Por eso ella hacía lo que hacía, era consciente de que ya no tenía tiempo… Tenía que prepararse para volver a perder a alguien y no tenía la menor idea de qué forma lo podría superar.
Hacia las diez de la noche Matilde supo que el dolor estaba a punto de irse. Se sentía tranquila por todo lo que había hecho a lo largo de su vida, hasta pensaba que no le faltaba mucho para reencontrarse con sus padres y eso la hacía sonreír. No podía evitar ver el sufrimiento en los ojos de Gerónimo, pero estaba segura de que podría recuperarse de ello, como lo había hecho de tantas pérdidas que sufriera. Lo mejor estaba por llegar para él.
-Gerónimo...-Suspiró Matilde.-Creo que ya es tiempo.-Sonrió tibiamente.
-No, por favor Matilde, no digas eso.-Dijo él, besándole la mano.-Yo estoy aquí.
Los minutos se hicieron eternos. Matilde miraba quedadamente al techo, esperando. Su dolor comenzaba a aliviarse y, aunque sentía un poco de miedo, por fin estaba lista. A lo lejos, escuchaba a Gerónimo murmurar frases inentendibles. Era la más hermosa música con la que podía marcharse de este mundo.
De pronto, toda su vida pasó frente a sus ojos. Innumerables momentos felices: su niñez; los primeros logros; los primeros besos y caricias; el día en que coincidió en la misma aula con Gerónimo; su casamiento; el nacimiento de Facundo, el de Violetta y hasta el día que se cruzara con… sería lo único que lamentaría. Pero era demasiado tarde para reprocharse esas cosas.
-Te amo Gerónimo…-Dijo, con el último aliento que le quedaba. Podía resumir su vida en esas palabras.
Gerónimo ya no respondió, solo la besó tiernamente, acariciándole la frente.
El tiempo había acabado. Las fuerzas se habían extinguido. Ya no se sentía dolor alguno. Lentamente, Matilde cerró los ojos. Sintiendo el tacto de su gran amor, la vida de Matilde expiró.

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