-¡Doctora Arizábal! ¡Doctora Arizábal!
Los insistentes llamados de la enfermera lograron desertarla. Llevaba más de veinticuatro horas de guardia y, en ese momento, lo único que quería era volver a su casa y ver a Paula. Pero el deber la solicitaba y no podía hacer otra cosa que no fuera acudir a él.
-¿Qué pasó? –Preguntó, mientras se acomodaba el cabello y su bata blanca. A causa de tantas horas de trabajo, se quedó dormida en su pequeño consultorio.
-Acaba de ingresar una mujer con heridas múltiples.-Respondió, visiblemente apresurada.-Pareciera ser que sufrió un accidente en la autopista y la policía fue quien la encontró.
Mientras la enfermera terminaba de hablar, ambas ya se encontraban en el pasillo a metros de la herida.
-¿Saben cómo sucedió? –Inquirió Eugenia, dirigiéndose a los camilleros que trasladaban a la paciente. La miro unos segundos. Estaba inconsciente, tenía respiración asistida y moretones por doquier.-No debería estar aquí, sino en terapia…
-No sabemos mucho…
Antes de que pudieran intubarla, la paciente se descompensó.
-¡A terapia! ¡A terapia! ¡Ahora! –Repetía Eugenia, insistentemente, a medida de que iba desapareciendo en la oscuridad del pasillo, rumbo a cirugía.
Más tarde, lograron estabilizarla, induciéndola a un coma. Eugenia la visitó dos veces, en toda la noche. La paciente había llegado a las nueve de la noche, si ella no estaba equivocada. Por más que investigó, preguntó y repreguntó, Eugenia no logró dar con la identidad de la misma. Su estado era bastante delicado y alguien debía hacerse cargo de ella.
Después de varios estudios, la mujer solo tenía un traumatismo de cráneo y una fractura en el brazo izquierdo. Pero lo mejor era mantenerla en estado de observación, para ver cómo evolucionaba. Además, algún familiar debía tener.
Una vez que instaló a la mujer en una de las camas de terapia, la dejó a cargo de las enfermeras. En tanto, ella volvió a la guardia.
Y, a decir verdad, Eugenia no había tenido tiempo de dormir en toda la madrugada. Miro el reloj, eran las cinco y media de la mañana. Luego, le dio un pequeño sorbo a la abundante taza de café. Se recostó un poco sobre la camilla del consultorio. Deseaba tanto volver a casa.
A un costado, tenía estaba pegada la foto de Paula, junto con la de su madre. Le parecía increíble que pudieran llevar una vida tranquila las tres, en Argentina. Eugenia estaba muy cómoda con su trabajo en el Hospital Posadas. Sus compañeros eran amables, el ambiente era óptimo y por el sueldo no se podía quejar (más allá de que no necesitara demasiado de aquel dinero). Pero lo que más le agradaba era estar con su hija, acompañarla.
A Paula no le había costado en lo absoluto adaptarse al nuevo colegio. Hablaba perfectamente el castellano y era muy amigable con todos, por lo que no tardó en hacerse nuevas amigas. Se la veía realmente cómoda estando allí y eso era lo que a Eugenia la sorprendía.
Paula había nacido en los Estados Unidos, pero ella se encargó de darle la doble nacionalidad e inculcarle el amor hacia Argentina. Sin embargo, nunca pensó que podía despertar en su hija semejante interés por su país, como lo manifestaba Paula. Y, por esto, hizo hasta lo imposible para convencer a su madre y abuela de volver a Buenos Aires. Lográndolo.
Algunas veces, Eugenia pensaba que ella no había tenido nada que ver en ello. Creía que, tal vez, eso ya estaba con Paula desde que naciera. Porque había demasiadas cosas que la unían a esta tierra, muchas cosas…
Había cosas que eran mejor no recordar.
Volvieron tocar la puerta. Eugenia se levantó de un tirón y fue a ver de quien se trataba. Era la enfermera, otra vez. Al parecer, habían identificado a la paciente que llegara en la noche. Revisó los papeles. Esa mujer era Matilde Marino. ¿Marino?
-Doctora, ¿se encuentra bien? –Preguntó la enfermera, al ver el semblante que Eugenia tenía.- ¿Quiere que le traía algo? ¿Agua? –Insistió.
-No, no… estoy bien.-Sonrió. Mintió. No lo estaba.
Matilde Marino. Marino, ahí estaba la cuestión. Sabía perfectamente que podría haber miles de personas que tuvieran idéntico apellido. Pero, ¿justo le tenía que tocar a ella atender a una mujer de apellido “Marino”? ¿Por qué tenía que volver a tropezar con el pasado? Otra vez, retornaban los recuerdos del ’81.
Mierda.
En sí, volver a la Argentina significaba volver al pasado. En su momento, pensó que no sería tan complicado adaptarse al país otra vez. Pensó que, tal vez, era tiempo de darse cuenta que los años habían pasado y que ya no tenía oportunidad de enmendar las cosas. Supuso que era tiempo de volver a disfrutar de la vida, de darse una nueva chance. Y ahora… aparecía esto.
-Y además apareció…-Continuaba hablando la enfermera, abstraída del estado en que Eugenia se encontraba.
¿Cómo sería empezar otra vez? Se preguntaba, interiormente, Eugenia. No cabía en sus planes cosa semejante, simplemente le parecía imposible. La única motivación que tenía era Paula y, después de ella, no había nada más que le interesase. Ella era todo lo que le quedaba de, lo que alguna vez, fue su felicidad. Tantos sacrificios, lágrimas contenidas y silencios tortuosos, fueron para protegerla. Y, por ella, tuvo que volver a pesar de no desearlo… ¿o sí?
La realidad era que, a pesar de que tuviera treinta y cuatro años, una profesión que amaba, una hija preciosa y una inusual estabilidad anímica, más de tres meses en su tierra le demostraron que ella seguía siendo aquella muchacha ingenua, que enloqueciera de amor por Gerónimo.
Gerónimo Marino.
-… Gerónimo.-Concluyó la enfermera, esperando una respuesta por parte de Eugenia. Esta se sobresaltó al escucharla decir aquel nombre.- Perdóneme, doctora Arizábal, pero ¿usted estaba escuchando lo que decía?
-Discúlpame…-Se excusó Eugenia, apenada.-La verdad es que no lo hice… no pude dormir en toda la noche…
-Bien.-Interrumpió la enfermera, sin cortesía alguna.-Apareció un familiar de la paciente. Más bien, su esposo. Y quiere verla con urgencia, porque desea saber cómo está su esposa. Estuvo toda la noche esperando en la sala de guardia.-Informó.- ¡Ah! Su nombre es… Gerónimo Marino.
Eugenia se quedó sin voz. Su garganta se había cerrado. Ni quiera pudo agradecerle a la enfermera la información que le había dado, ya que esta se marchó raudamente hacia el pasillo. Estaba parada en la puerta del consultorio, con la carpeta donde estaba anotado todo el proceso por el que tuvo que pasar la mujer, desde que llegara al hospital. Lo que debía hacer era ir en busca del familiar de la mujer… pero, la verdad, era que no tenía idea de qué era lo que había que hacerse. Estaba completamente estática. Atontada.
¿Casualidad? ¿Causalidad? ¿Por qué? ¿Gerónimo estaba casado? ¿Por qué? ¿Estaba lista para volver a verlo? ¡Por qué! No sabía si reír o llorar. Salir al pasillo o encerrarse en su consultorio para siempre. Creer o no en lo que acababa de escuchar.
Durante años, trató de contener la angustia y el dolor que su recuerdo le causaba. Trató de de guardarse todos los sentimientos que solo él producía en su corazón, para que nadie sospechara de su dolor. Ahora, estaban exteriorizados en sus nervios y en el miedo que le producía la proximidad del reencuentro.
Con firmeza, cerró la puerta detrás de ella y se encaminó hacia el final del pasillo.
Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo, no lo puedo creer! Jamas se me hubiera ocurrido que esto sucederiaaaaaaaaaaaa! :O
ResponderEliminarMe sorprendiste en serio sobri! Wowww! O.O
Me encantooooooooooooooooooo!!♥
En seriooo!
Hay hay hay, quiero que se veannnnn *_* por fisss!
Te quieroo mucho sobri!
Y espero el 4º ;)
Besitos!♥