No tardaron demasiado tiempo en llegar hasta la casa de Tim. No se encontraba tan lejos del café y Luján se lamentó no haber recorrido Bexhill en su totalidad, tal vez se lo hubiese cruzado mucho antes. Aunque la recompensa era mayor a lo que alguna vez se hubiese atrevido a pedir: Tim la había invitado a almorzar. Su sonrisa se iba ampliando a medida de que se acercaba a la hermosa casa. Ella imaginaba que Tim viviría en un lugar más grande y lujoso. Pero esa casa era todo lo contrario. Pequeña y acogedora. Alejada del resto del pueblo. Lo único lujoso allí, era el auto último modelo de él.
Se acomodó tímidamente en el sillón de la sala y noto que allí estaba el piano, del cual salían las notas que la hacían soñar. Karen se acomodó rápidamente a su lado y comenzó a parlotear un rato. Tim, mientras tanto, se había escabullido hacia la cocina.
Karen no paraba de hablarle sobre sus amigos y lo mucho que deseaba volver al jardín. Estuvo así media hora, hasta que Tim irrumpió en la sala informando que el almuerzo ya estaba listo y pidiendo que se acomodaran en el comedor. Parecía todo sacado de uno de sus tantos sueños: Tim actuando de lo más amigable con ella, en su casa. Aunque faltaba algo más…que ambos estén juntos. Que fueran novios, esposos o compañeros de vida o lo que fuera que sea, pero junto a él. Por lo menos estaría con Tim. Eso representaba mucho. Mejor dicho, todo.
El almuerzo transcurrió con la mayor de las tranquilidades posible. Karen fue la encargada de animarlo, con sus anécdotas. Tim se limitaba a escrutar con más detenimiento a esa mujer, esa extraña que estaba sentada en la mesa. Observaba como dialogaba con su hija, la ternura con la que le hablaba y la miraba. Pero ella no se atrevía a mirarlo y eso le sorprendía. La notaba algo tensa, no había cambiado nada con relación a horas antes. A su vez la encontraba bonita. Muy bonita. Delicada, sencilla y hasta simpática. Con un brillo en sus ojos, que la hacía más hermosa aún. ¿Hermosa había dicho? ¿Qué esa extraña le parecía…hermosa? Su mujer, el amor de su vida, acababa de morir y él ya se estaba fijando en esa muchacha. No podía permitirse un desliz semejante. No habría mujer en el mundo que lo hiciera sentir de aquel modo, que embruteciera todos sus sentidos, con solo hablarle. Que ocupara todos y cada uno de sus pensamientos y que se adueñe de él. Esa mujer se había ido hace tres semanas. El destino se la había arrancado de su lado. Ninguna otra podría reemplazarla.
-¿Podríamos ir allí, papi? –Irrumpió la dulce voz de Karen, sacándolo de su ensimismamiento.
-¿A dónde nena?
-Al café donde trabaja Luján. Al…-Se quedó en silencio unos segundos.- ¿Cómo se llama?-Miró hacia Luján.
-Sovereing Light Café.-Informó esta. Trató de centrar su mirada en Karen.
-¿Trabajas allí? –Inquirió Tim, obligándola a mirarlo.
-Si…si trabajo allí. Hace poco. Es muy lindo el lugar…-La voz comenzaba a temblarle: estaba hablando con Tim. El amor de su vida. ¿Cómo podía evitar sentirse así? -¿Lo conoces? –Se maldijo a sí misma, por haber hecho una pregunta tan tonta.
-Si.-Sonrió. Por primera vez, su mirada no denotaba desconfianza hacia ella. Más bien, amabilidad.-Solía pasear por allí con mis amigos, durante nuestra juventud…tengo bonitos recuerdos de ese lugar.-Su sonrisa se desdibujó, al recordar a Julia y él, tomados de las manos, caminando a la orilla del mar. Dos adolescentes locamente enamorados. Sacó fuerzas de donde no tenía, para evitar que una incipiente lágrima cayera por su mejilla.
Luján pareció entender lo que sucedía y decidió cambiar de tema. Le pareció una buena excusa el fin del almuerzo y se ofreció a llevar las cosas a la cocina, junto con Karen, quien aceptó gustosa. Tim, en cambio, se levantó de la mesa y se dirigió a su cuarto sin decir palabra alguna.
-Karen me parece que debieras ir a dormir un rato, ¿no te parece? –Dijo Luján, mientras terminaba de dejar la cocina en orden.
-Pero yo quiero quedarme a jugar contigo.-Se cruzó de brazos, en completo desacuerdo con ella.-Seguro te irás. Por eso quieres que yo me vaya a dormir, ¿no es cierto?
-Claro que no.-Sonrió.-Tendremos tiempo de sobra para jugar todo lo que quieras. Pero ahora debes descansar, niña.-La tomó de la mano y la condujo hasta su habitación. La acomodo en su cama y se despidió con un tierno beso en la mejilla, a lo que la pequeña respondió con un fuerte abrazo, que logró conmoverla.
-Te quiero Luján. Tú eres como mami.-Susurró. Ella se quedó atónita. Dejó a la niña durmiendo y cerró la puerta.
Tú eres como mi mami. Esa frase comenzó a darle vueltas por toda la cabeza. ¿Cómo la había llegado a querer de ese modo, en tan poco tiempo? ¿Qué tenía ella que le recordaba tanto a su madre? Parecido, ninguno. Había visto algunas fotos de la esposa de Tim y eran muy diferentes. Ella era una mujer esbelta, refinada, con cabello castaño lacio y muy largo. Aunque la imaginaba más hermosa y perfecta, así era la esposa de Tim. Su amado Tim. Y ahora recordaba que él se había encerrado en su habitación. ¿Qué debía hacer? ¿Golpear su puerta? ¿Esperar a que salga de allí? ¿Marcharse sin que ninguno lo notara? Podía ver en sus fantásticos ojos azules una terrible soledad y un dolor, que parecía matarlo por dentro. Se lo veía abatido, por más que sonriera de tanto en tanto. Y ella tenía que hacer algo. Tenía que devolverle, aunque sea mínimo, todas las alegrías que con su música le daba, los amigos que había conocido, gracias a su banda. Se acercó sigilosamente hasta la puerta de su cuarto y se quedó quieta frente a ella. Si podía hacer algo, tan solo para aliviar su tristeza, lo haría.
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