La noche tan esperada, había llegado. La banda presentaba su nuevo, por primera vez, ante sus fans. Alex, Jason y Oliver estaban muy ansiosos antes de salir a escena. Pero una vez que estuvieron frente a su público, los miedos se disiparon y dejaron la adrenalina que llevaban acumulada. Y no pudieron tener mejor respuesta, que la aprobación de todos los que allí estaban.
Terminaron el show muy ovacionados. Nada podría haberles salido mejor. Sencillamente, había sido una noche perfecta.
Después del show, todos fueron a la fiesta exclusiva que estaba preparada para ellos. Jason había ido, claro estaba, con Gwen. Alex estaba acompañado por su esposa, Maggie, quien era envidiada por todas las asistentes al lugar. En cambio, Oliver, estaba solo. Si no fuera porque el médico le había recomendado hacer reposo, Charlotte estaría acompañándolo.
Más allá de toda la felicidad que el público le había proporcionado horas antes, Oliver se sentía bastante aburrido. Para él, la fiesta apestaba. Varias mujeres, ligeras de ropa, habían intentado animarlo, pero sin éxito. Ni siquiera podía estar con sus amigos. Ellos se veían bastante ocupados en los reservados.
Se sentó en la barra y pidió un whisky. Pero antes que se lo sirvieran, una señorita cruzó frente suyo, en dirección a la salida. Vestía un elegante vertido negro, ajustado perfectamente a su cuerpo, que dejaba ver sus curvas con toda claridad. Sin pensarlo, se levantó y la siguió. Ella iba a paso muy firme, segura de cada movimiento. Él solo la seguía, como si fuese un admirador de esa mujer. Había algo extraño que lo conducía hacia ella. Un poder sobrenatural que hacia que dependiera de ella.
Llegaron hasta la vereda del lugar, pero en una parte más apartada de las luces y los reporteros. Fue allí cuando ella se detuvo y Oliver también lo hizo, unos metros más alejado, expectante por saber lo que esa mujer haría.
Sacó un pequeño espejo de su diminuta cartera, de cuero negro, y fingió arreglarse su rojizo cabello. Lo colocó a la altura de su hombro, fijándolo en el rostro de Oliver, quien miraba extrañado.
-No pensé que fueras a verme.- Dijo ella. Oliver se acercó un poco más, solo porque reconoció su voz. Era inconfundible. Era ella…era Helen. Pero antes de que este pudiera decir algo, Helen guardó el espejo y se volvió hacia él.-Te felicito por el show. Estuvo fantástico.-Sonrió.
-Gracias.-Dijo atónito. Helen estaba más hermosa que nunca. Y en ese momento se dio cuenta de que realmente la extrañaba. Y no pensaba dejar que se marchara. Quería decirle todo lo que estaba pasando, lo mal que se sentía por no poder estar juntos. Pero las palabras parecían no querer salir.-Estás hermosa, Helen.-Fue todo lo que logró decir.
-Tú…tu también estás increíble.-Por su cabeza cruzó la idea de besarlo en ese mismo instante. Pero logró contener sus impulsos. Aunque no soportaría mucho tiempo. Debía huir lo antes posible de Oliver.-Debo irme, Oliver. Fue un gusto volver a verte.-Dio media vuelta, pero él la tomó del brazo y la apretó junto a su pecho. Sus miradas se cruzaron por un momento. Ambos no estaban dispuestos a una segunda despedida. Por más que no sea lo correcto. Se deseaban. Se extrañaban. Se seguían amando, aún más que antes.
-Necesito que hablemos.-Oliver le susurró al oído.
-Aquí no.-Se apresuró a decir Helen, separándose lentamente de él. Oliver la tomó de la mano y la condujo hasta su auto. Tenía pensado llevarla a su departamento, donde podrían estar más tranquilos. Pero el solo hecho de que Helen haya aceptado, le había dado la alegría que no había sentido desde que se separara de ella. Se mantuvieron en silencio todo el trayecto hasta el departamento. Cada uno tenía muchas cosas que decirle al otro, pero ninguno encontraba la manera perfecta de decirlo.
Y así continuaron, hasta llegar al departamento. Helen se dedicó a mirar la decoración, mientras que Oliver la miraba a ella. Por sus mentes corrían millones de palabras, pero ninguna quería salir. Necesitaban algo que los liberara, alguna especie de llave que abriera el cofre donde estaban escondidas…
Helen sentía que Oliver la estaba asechando. Y no podía resistir más de lo que ya lo había hecho. De pronto, se puso tensa, sabiendo que ya no tenía con que defenderse, presintiendo lo que pasaría si ella cedía. Y eso había dejado de importarle.
Dejó caer la cartera de cuero al piso y dio media vuelta. Se abalanzó sobre Oliver y lo besó, como hace tiempo deseaba, de una manera desesperada. A lo que él respondió tomándola de la cintura y aforrándola contra su cuerpo.
Poco a poco la tensión se iba incrementando entre ambos. Las manos de Helen abandonaron el cuello de Oliver y comenzaron a decender a lo largo de su pecho. Lo primero que atinó a hacer fue quitarle la chaqueta plateada que llevaba puesta y tan bien lucía en él. Oliver le acariciaba el trasero de una manera muy sexy y desenfrenada. De a poco, él empezaba a conducirla hacia la habitación. Helen se liberó de sus zapatos negros y de la colorida remera que Oliver llevaba puesta. Al reintegrarse, fue directo a besar el cuello de Oliver, acariciándolo incesantemente, desde su espalda hasta su pecho. Oliver la oprimía más fuerte contra él, besando su cuello y llegando hasta sus pechos. Lo que hizo que diera un fuerte suspiro.
El fuego que había entre ambos iba de lo más bajo, acabando en sus lenguas, que se entrelazaban frenéticamente. Oliver bajó el cierre y la despojó de su vestido negro, en un abrir y cerrar de ojos. Ella hizo lo mismo con los jeans de él, dejándolo solo con sus boxers, como la única prenda de vestir.
La respiración comenzaba a ser más rápida. Estaban próximos a llegar al clímax. Los movimientos eran cada vez más acelerados. Ninguno de los dos soportaba ya esa dulce agonía, previa al momento cúlmine. Conduciéndola los últimos metros, hasta la cama, fue jugueteando con el elástico de su braga. Helen no dejaba de recorrer con su lengua cada porción de su piel. Estaban sumidos en un mundo en el que podían ser felices, sin embarazos que pudieran separarlos. Solo ellos dos, a las puertas de la felicidad.
Cruzaron sus miradas, antes de que Helen se dejara caer suavemente en la cama. Todo lo que había era amor, ya no necesitaban de palabras, sus actos hablaban por sí solos.
Oliver se quitó los boxers con rapidez y se acomodó lentamente sobre ella. Helen se mantenía a la espera de lo que él haría. Le quitó la braga paulatinamente, recorriendo con los dedos sus suaves y largas piernas. Comenzó a ascender, besándola desde el ombligo hasta sus pechos dulcemente. Helen lanzó un estruendoso gemido, al sentirlo, que terminó ahogándose en la boca de Oliver.
No podía aguantar más. Lo necesitaba, si no explotaría en cualquier momento. Oliver lo notó, porque sentía el mismo deseo de fundirse completamente en ella. Ya, sin poder resistirlo más, se introdujo en Helen de una manera muy sutil y delicada. Ella gemía con cada movimiento, clavándole las uñas en la espalda, hasta llegar a la cúspide del placer. Oliver había dado en el lugar exacto y ella respondió con un fuerte jadeo. Los movimientos se tornaron más agitados, en un intento por alargar la pasión y el fuego que los quemaba.
Oliver bajó sus manos hasta la cintura de Helen, aforrándola con fuerza y sin dejar de besarla, por última.
Todo había acabado, pero la magia seguía flotando en el aire. Ambos se separaron lentamente, entre tiernos besos y suaves caricias. Habían concretado su amor. Ya no eran necesarias las palabras…ya lo habían dicho todo.
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