Gwen y Helen se pasaron la tarde entera hablando y acomodando las cosas de ella. Con cada segundo que pasaba Helen se convencía más y más que no podía haber tomado mejor decisión que haberse mudado allí. Solo que una cosa comenzó a enfurecerla: el ruido que provenía del departamento continuo. Al parecer su prima tenía vecinos ruidosos. Podía percibir que era el sonido de una batería, el cual era bueno, pero ya comenzaba a sacarla de quicio. En cambio, Gwen se había quedado estática y con una amplía sonrisa en su rostro, que iba de oreja a oreja. Parecía que ella estaba disfrutando de ese estruendoso sonido.
-Gwen, ¿tienes idea de quien es el dueño de esa batería? –Preguntó, al borde de un ataque de furia.
-Es…el es Jason.-Contestó Gwen, con una sonrisa que se ensanchaba aún más.
-Bien.-Dijo Helen, mientras se encaminaba hacia la puerta.-Será una buena ocasión para conocerlo…y ponerlo en su lugar.-Sentenció. Antes de que Gwen pudiera detenerla, Helen cerraba la puerta detrás de ella, dispuesta a acabar con aquel ruido que la molestaba. Lo que no sospechaba era con lo que se iba a encontrar allí…
-Por el amor de Dios, Jason, ¡deja esa batería! –Pidió Oliver.-Molestaras a alguno de tus vecinos. Estoy seguro de ello.
Pero este parecía no escucharlo. Se lo veía sumido en los sonidos que estaba creando. Aunque, después de todo, no le molestaba demasiado. Al menos ese sonido se interpondría en sus pensamientos y dejar de lado a Kate por un instante. Ya había pasado un año desde la última vez que la viera. Sin embargo, la seguía amando. Pero sabía perfectamente que no podían estar juntos. Su trabajo se había metido en medio de ambos. Las extensas giras de la banda, de la cual formaba parte, lo mantenían fuera durante la mayor parte del tiempo y Kate no pudo soportarlo. Ella lo quería a su lado, lo necesitaba y Oliver no podía ofrecerle eso. Por lo que Kate se terminó enamorando de un hombre que sí tenía tiempo para dedicarle y hacerla realmente feliz. Ante esto, Oliver no tuvo más remedio que dejarla ir, a pesar que él seguía enamorado de ella. Y eso lo fulminó. Con la ayuda de sus amigos pudo recuperarse, pero no lograr olvidarla. Su amor por la música lo llevo a perder al que creyó sería la mujer de su vida. Se había resignado a la idea de que si pretendía vivir de lo que le gustaba, debía resignar al amor.
Mientras, de a poco, Kate volvía a su mente, oyó que tocaban la puerta insistentemente. Jason seguía sin oír nada, por lo que tuvo que levantarse del sillón, para ver de quien se trataba.
-¿Si?-Sonrió amablemente y sus ojos verdes se abrieron de par en par, al ver a la muchacha que estaba frente suyo.
-Tu… ¿tú eres Jason?-Preguntó la jovencita quien, al parecer, había tenido la misma reacción al verlo.
-No…yo…-Balbuceó.-Soy Oliver.-Dijo al fin. -¿Y tú?-Trataba de parecer lo más calmado y normal posible, pero la realidad era que ella lo había puesto tan nervioso, que comenzaba a perder el control.
-Soy Helen.-Sonrió. Oliver no pudo evitar tildarse frente a eso.-Yo…yo solo quería que tu amigo dejara de tocar la batería.-Explicó, recordando el motivo que la había llevado a tocar la puerta.-Es que…bueno…tu sabes…
-Sí, claro. Es algo…”ruidoso”.-Interrumpió.-Diculpalo. Me encargaré de que no vuelva a molestarte.-Sonrió. Esta vez, quien se quedó tildada, fue Helen.
-Bien…gracias…Oliver.-Dijo, tímidamente.
-Fue un enorme placer haberla conocido, señorita Helen.
Oliver sintió un pequeño revoltijo al cerrar la puerta. Muy lejos de molestarlo, sintió que era la sensación más maravillosa que había sentido en mucho tiempo. Esa desconocida, de cabello rojizo y ojos azules lo había cautivado por completo.
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