Junto a Oliver había vivido los meses más hermoso de su vida. En realidad, durante todo el último mes. Al principio lo veía un tanto distante y lo entendía. La noticia tan repentina de su futura paternidad lo había tomado por sorpresa. Eso lo había puesto a sus pies. Él la había elegido, aunque fuese solo por el bebé. Charlotte no tenía otra opción. Tenía que alejarlo de esa chica que se estaban metiendo con su Oliver. Y un hijo era la excusa perfecta, aunque se había sentido mal por haberle mentido, con un tema tan delicado, al amor de su vida. Un hijo era algo muy serio. No podía jugar con algo así, mucho menos fingir su embarazo. Pero era lo que debía hacer si no quería perderlo. Y no estaba arrepentida de haberse jugado por él.
Oliver era el hombre más maravilloso del planeta. A pesar de estar a su lado por deber, se esmeraba por hacerla feliz. La acompañaba y la cuidaba. Era el hombre perfecto y por eso lo amaba tanto. Inclusive, los últimos días, estuvo más animado, que de costumbre. Sonreía a cada momento, estaba alegre y divertido. Tuvieron tiempo para salir de compras, mirar películas y hablar del futuro que les aguardaba. Solo le faltaba una cosa: enamorarlo. Pero eso podría esperar. Ya lo tenía junto a ella, solo sería cuestión de tiempo.
De momento, tenía que pensar en su mentira. Se había convertido en algo insostenible. Tuvo que pagar a médicos y conseguir ecografías, de mujeres que realmente estaban embarazadas, las cuales tuvo que pagar también. Su mentira le estaba costando caro y no podía sostenerla más. Sabía que lo siguiente que haría le dolería mucho a Oliver, ya que él estaba muy ilusionado con la idea de ser papá. Pero eso lo podría usar a su favor.
Charlotte estaría tan decepcionada con la pérdida de su embarazo, que necesitaría contención y cariño para poder superarlo. Y Oliver no tendría más remedio que cuidarla y protegerla. En el mejor de los casos, buscar otro bebé. Pero, de momento, no contaba con esa posibilidad.
Ella estaba convencida de que hacía lo correcto. Se estaba jugando, por primera vez, por lo que sentía. Era el motor de su vida, siempre lo sería y no imaginaba una vida sin él. Por Oliver respiraba. Gracias a su existencia era feliz y estaba segura de que nadie en el mundo podría amarlo con la misma entrega que ella. Oliver solo sería feliz si estaba con ella. Prefería verlo muerto ó quitarse la vida, antes que perderlo.
El destino ya estaba escrito, y quiso que sus caminos se cruzaran para que, algún día, estuviesen juntos. Charlotte solo hacía caso a su destino: estar con Oliver hasta que la muerte los separe…cueste lo que cueste.
Oliver había llegado muy sonriente a casa de Charlotte. Minutos antes, se había despedido de Helen, luego de pasar la noche entera con ella. Pero a diferencia de días anteriores, lo que encontró no era para nada agradable. Charlotte estaba tirada en suelo, llorando a gritos. Corrió hacia ella y la levantó, aunque esta se rehusaba a moverse de allí. La sentó en el sillón e intentó tranquilizarla. Su semblante no era nada bueno; estaba pálida y con signos de haber llorado durante horas.
Había tratado de calmarla de mil maneras posibles y, aún así, Charlotte seguía llorando desconsolada. Algo muy malo debió haberle sucedido, para encontrarla así. Comenzaba a suponer que era algo relacionado con el bebé, sino no había razón aparente para que esté con ese estado de ánimo. Esa idea empezaba a preocuparlo. No debía pensar en ello pero tal vez le había ocurrido algo a su hijo. Algo malo.
-Charlotte, por favor, tranquilízate.-Pidió, tratando de contenerla.
-Lo siento, Oliver. Perdóname.-Decía entre sollozos.-Fue mi culpa, mi amor, fue mi culpa.
-¿Culpable de qué? –Preguntó, extrañado.-Tú no hiciste nada. Por favor, cálmate.-Seguía tratando de tranquilizarla, pero ella no dejaba de llorar.
-Fue mi culpa, Oliver. Perdí al bebé. Perdí a nuestro hijo.-Lo abrazó con fuerza.-Te necesito Oliver. No podré sin ti.-Dijo, ya más calmada.
-Shhh…ya Char.-Fue todo lo que atinó a decir, porque no podía salir del shock que le había provocado esa noticia. Su sueño de ser padre se había esfumado en el aire. Una vez más. Todos los planes que tenía, con respecto a él, ya no le servirían. Porque su hijo ya no estaba. Una incipiente lágrima caía por su mejilla. Abrazó a Charlotte con más fuerza, como nunca lo había hecho, ya sin deseos de contenerla, sino contenerse a sí mismo. Porque tenía que ser fuerte para lo que vendría. Su paternidad era un sueño que acababa de derrumbarse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario