Escrito por Marìa Belèn

Escrito por Marìa Belèn

viernes, 11 de junio de 2010

Sunshine: 13ª Parte

Helen se levantó cuidadosamente en busca de algo que ponerse. Lo primero que encontró fue la camisa de Oliver que estaba tirada junto a la cama. No le pareció mala idea adueñarse de ella por un momento. Salió sigilosamente del cuarto en busca de algo para comer. En el comedor encontró la cena, ya fría, que Oliver había preparado. Solo que el deseo fue más fuerte y la comida pasó a un segundo plano. Desde esa madrugada de noviembre, repetían el mismo rito: encontrarse a las diez de la noche, en el viejo departamento de Oliver. Hablar un poco, cenar y hacer el amor. Y así había llegado diciembre para ambos, encontrándolos como amantes.
En el fondo, sabía que este engaño no podría durar mucho. Pero mientras ese momento legaba, disfrutaban cada instante estando juntos. Habían vuelto a vivir después de aquella noche.
Todo mejoraba a su alrededor. Helen seguía trabajando con Matt y, en lo que tenía que ver con su relación, se podía decir que estaban bien. Con lo poco que ella le demostraba, Matt parecía conformarse. Pero a Helen no le agradaba mucho besarlo y decirle que lo quería, después de haberse acostado con Oliver. No era justo, porque los sentimientos de Matt eran puros y buenos. Era por uno de esos motivos por los que su felicidad no dudaría mucho.
En cuanto a Oliver, él también había vuelto a encontrarle un sentido a su vida. Podía sonreírle a Charlotte con autenticidad, aunque ella no fuese el motivo. Habían comenzado a pensar nombres para el bebé, pero no se decidían por ninguno. Lo único extraño era que habiendo entrado en el quinto mes de embarazo Charlotte no tenía una panza visible. Pero su hijo estaba ahí, lo había visto en la ecografía por primera vez. Intento no llorar cuando el ecografista les hizo escuchar los latidos del corazón del bebé. Pero no pudo contenerse. Allí estaba la personita más importante de su vida, que lo llenaba de orgullo. Otra razón (la más fuerte) por la que su aventura con Helen no tendría futuro.
-Yo también tengo hambre.-Susurró Oliver, abrazándola por la espalda.
-También la estoy preparando para ti.-Puso a calentar la comida en el microondas.
-Pero que sea pronto…aún no hemos hecho nada en la cama.-Dijo con voz seductora. Si no fuera porque moría de hambre, ella le hubiese quitado los boxers en ese mismo instante. Aunque aún tenía tiempo para hacer muchas cosas. Solo eran las dos se la mañana.
Se acomodaron en el mullido sillón de la sala. Cada uno con su respectivo plato de spaghetti. Jugaron un poco, mientras comían. Helen tuvo que quitarle la salsa que, varias veces, se le había caído a Oliver en su pecho. Lo hacía divertido quitárselo con la lengua, lo que amenazaba con enloquecerlo.
Terminada la cena, Oliver se recostó sobre el sillón y Helen se acomodó entre sus piernas, con al cabeza apoyada en su pecho. Por un momento, ninguno parecía estar allí. Había una idea que ninguno podía sacarse de la mente: la separación. Porque tarde o temprano, así sucedería.
-¿Cuánto piensas que podremos seguir así? –Preguntó Helen, sin notarlo.
-No creo que por mucho.-Respondió apenado.-Pero me has hecho el hombre más feliz del mundo, Helen.
Ella se acomodó, hasta quedar a la altura de Oliver. Antes de que pudiera decir algo más, Helen lo estaba besando apasionadamente, como si se tratara de la última vez. Y todo había vuelto a comenzar. Ignoraban que el sillón no era el lugar más cómodo donde podían estar. Pero no les importaba. Solo querían dar rienda suelta a la pasión, que parecía nunca acabar.
Ninguno tenía la menor intención de seguir con aquella charla. Tenían que disfrutar el tiempo que les quedaba. No era momento de sufrir por anticipado un final irreversible.

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