El lunes siguiente, ninguno se dirigió la palabra. Cada cual hacía las cosas por su parte, sin pensar en el otro. Pero ambos no se sentían a gusto con ese trato. En especial, Eugenia.
Ella se sentía mal por las cosas que dijera en su momento, por Gerónimo y por no poder decirle lo que realmente sentía. Aunque, dentro suyo, estaba intacta la esperanza que le diera su madre de volver a hablar con él. Pero… ¿cómo? Ambas discutieron ideas e imaginaron planes para un posible reencuentro durante todo el fin de semana. Ninguna de las opciones parecía convencer a Eugenia, ya que no podría ser ni en el colegio ni en su casa y menos en la casa de Gerónimo. Hasta que Isabel recordó que poseía un departamento, un tanto alejado del centro de Capital, al cual no utilizaba hacía años. Era el lugar perfecto y su padre no tenía conocimiento de el. Solo restaba convencer a Gerónimo para que se acercase hasta allí. Otra vez, la misma pregunta… ¿cómo?
Hacerlo regresar era más difícil que ocultar que lo vería. Las cosas que le dijera habían sido muy duras y, conociéndolo, no querría saber nada de ella, por más que le jurara que la habían obligado a hacerlo. No tendría oportunidad. Él la evitaría, si intentaba hablar… ¿Cuál podría ser la forma de llegar a Gerónimo? Dada las circunstancias, Eugenia se conformaba con que le prestara, al menos, algún segundo de su atención. Necesitaba decirle lo que pasaba, que la entendiera. Tenía que decirle que lo amaba… Una carta, pensó. ¡Una carta! ¡Sí, una carta! Aunque no tenía muchas posibilidades, no perdía nada con intentarlo. Y, así lo hizo. Se la pasó toda la noche escribiendo palabra por palabra. Todas y cada una de las cosas que quería decirle, aclararle y que, suponía, Gerónimo debía saber. Ya que ambos seguían siendo compañeros de banco, se lo pondría en su carpeta y esperaría a que lo leyera… o, tal vez, podría suplicárselo.
Todas sus expectativas y esperanzas estaban puestas en esas líneas. Si había sido escuchada una vez, posiblemente también lo sería ahora. Rogaba, suplicaba, pedía a quien fuese que Gerónimo le creyera. Si había algo de amor en su corazón aún, para ella, le daría una última oportunidad para hablar. Solo que, esta vez, Eugenia no la desperdiciaría. Confiaba en que él regresaría. Y si eso llegaba a suceder, ya nada la volvería a apartar del chico que más amaba.
Verla le hacía daño y, a su vez, lo aliviaba. ¡Maldita sea! ¿Cómo podía amarla tanto? ¿Por qué no se atrevía a odiarla? Pero su amor iba más allá de eso. Esas semanas que pasaran juntos, lo habían marcado a fuego, dejándola impregnada en su alma, de tal manera que nada ni nadie podría quitarla de allí. Y eso estaba mal. Porque el único perjudicado era él. Solamente él.
Hizo lo que pudo, durante la primera hora de clase. Pero Eugenia estaba a su lado y, para colmo, no dejaba de mirarlo. Él trataba de no hacerle caso, pero no estaba seguro de poder seguir fingiendo rechazo. Había muchas cosas que no tenía claras y, en algún momento, tendría que hablarlas con Eugenia. Sin embargo, no sintió el mismo rechazo de su parte, como sucediera el viernes, en su casa. Quizás, eran apreciaciones suyas, pero Eugenia no se veía prepotente ni desafiante. Más bien parecía, algo así, como…temerosa. Eso lo extrañó bastante. Aunque también podría ser parte de su actuación y él no estaba de ánimos como para volver a caer en la trampa. Muchas cosas iban y venían en su mente. Demasiado, aparte de Eugenia, en qué pensar.
Ese dichoso Servicio Militar lo tenía sin dormir. La noche anterior, su madre había insistido otra vez con que debía ir allí, que solo sería por poco tiempo y bla bla bla. Parecía como si no entendiera que él lo haría de todos modos, a pesar que no tuviera ni la más mínima intención, solo porque la amaba y no quería decepcionarla. Podía ser que ella notara su descontento y quisiera convencerlo, sabiendo que era el motivo por el cual él estaba dispuesto a hacerlo, para no sentirse… ¿tan mal, quizás? No tenía el porqué, pero la Ana lo hacía, de todas formas. Pero Gerónimo ya no quería escucharla más.
Faltaban dos meses. Exactamente dos meses para su cumpleaños número dieciocho. Dos meses para conocer el infierno, por dentro. Había algo en su interior que le decía que no debía presentarse. Que no era el momento oportuno, que algo malo sucedería. Él trataba de acallar a esas voces que le gritaban que desista de hacerlo, pero le era imposible. Ellas sembraban el miedo en su pecho y no dejaban que descansara. Casualmente, habían vuelto, cuando Eugenia decidió terminar con todo…y, otra vez, Eugenia.
Antes de que pidiera permiso, para ir al baño, lo tomó disimuladamente del brazo y lo acercó a ella.
-Necesito que leas esto, por favor Gerónimo, es muy importante que lo hagas.-Susurró, guardándole un papel en el bolsillo.-Por favor.-Dijo y lo soltó. Antes de que pudiera reaccionar, la profesora le preguntó porque se encontraba de pie y este le pidió permiso para pasar al baño. Esta asintió y él se marchó, con el papel que Eugenia dejara en su bolsillo, minutos atrás.
Una vez allí, bajó la tapa del retrete, y se sentó allí, dispuesto a leer lo que estaba en el papel. Antes de siquiera abrirlo, había una inscripción que decía: No tires este papel, sin antes leerlo, Gerónimo. Parecía ser que Eugenia tenía demasiado interés por que leyera lo que allí había escrito. Pero, ¿por qué tenía que obedecer siempre a sus pedidos? ¿Y si mandaba todo al demonio de una vez? ¿Quién había pensado en él, cuando le ofreció su sincera amistada a ella? …
¡Al diablo con eso! Abrió el papel de un tirón y se dispuso a leerlo.
Gerónimo:
Primero que nada, quiero pedirte perdón. Perdón por haberme comportado como una estúpida contigo. Perdón por haberte dicho todo lo que te dije. Perdóname, con eso me conformo. Pero quiero que sepas que no fui yo la que decía eso. Quiero decir, nunca te utilicé, nunca aposté nada contigo y nunca te mentí…excepto esa tarde de viernes. La situación en la que me encontraba, hizo que inventara semejante mentira como aquella. Me obligaron a que me alejara de ti…
¿Recuerdas el viernes pasado? Mi padre fue a buscarme al colegio. Llegamos a casa y discutimos como nunca lo habíamos hecho. Me dijo cosas horribles, entre ellas, que me alejara de ti. Que no volviera a acercarme siquiera… o te mataría, Gerónimo… ¡Está dispuesto a matarte, con tal de separarte de mí! Te juro que fue así. Él me obligó a que dejara de verte…
La carta continuaba, pero Gerónimo no se atrevía a seguir leyendo. Un tenue escalofrío le corrió a lo largo de la espalda y, de pronto, comenzó a tensarse. ¿Era posible que… que quisieran matarlo? ¿Podía el padre de Eugenia llegar a tanto? ¿Acaso no era otra de sus mentiras? ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué sentía que todo se estaba complicando más de la cuenta?
Se armó de valor, y retomó la lectura, porque aún quedaban unos párrafos más por leer.
Por eso, cuando te vi llegar, necesitaba que te fueras de allí. Pero no podía decirte la verdad…te conozco Gero, no te hubieras movido de allí, hasta que hablaras con mi padre. Así que pensé en una mentira que tuviera sentido y así logré que te alejaras.
Aunque, en realidad, yo no quiero esto. Yo quiero estar contigo, quiero que sigamos viéndonos, me encantaría que sepas que… bueno, eso no debo decirlo aquí, ya dije demasiado.
Lo más extraño de todo es que, mediante este mal trago, mi madre se acercó a mí, ¿puedes creerlo? Actuaba como si quisiera ayudarme. En verdad, quiere ayudarme. Ella tuvo mucho que ver con que volviera a insistir contigo, aun suponiendo que no quieres saber nada de mí. Gracias a ella, me animé a escribirte esto, con un poco de miedo todavía, pero con la esperanza de que me creas. Porque todo lo que te estoy diciendo es cierto, Gero, y necesito que me creas.
Si no quieres saber más nada de mí, lo entenderé. Pero, al menos, dame la oportunidad de despedirme de ti y decirte, mirándote a los ojos, todo lo que estoy diciendo ahora. Te ruego que me concedas una última oportunidad, por favor. Solo necesito una última ocasión, para dejarte en claro muchas cosas que, imagino, deseas saber.
Por si lo deseas y quieres verme, aquí te dejo la dirección de un departamento, para poder vernos ahí. Está en Caballito, en Achabal al 3250, 3° Piso Departamento “B”. Te voy a estar esperando Gero.
Nunca mentí con nuestra amistad y con lo que sentía por ti…que eso te quede siempre claro.
Te quiero.
Eugenia.
Después de terminar de leerla, Gerónimo guardó el papel en su bolsillo y regresó al aula. Eugenia, una vez más, lo había convencido. Él no estaba obligado a creerle, pero el motivo por el cual le dijo todo lo que le dijo, no le parecía una farsa. Eso podría explicar su actitud, pero no le garantizaba que esté diciéndole la verdad. De todos modos, ya que sería la última vez que estuviera con ella, asistiría. No estaba dispuesto a sufrir más por alguien que ni siquiera lo amaba de la misma forma. Las cosas quedarían claras y luego cada uno volvería a su vida y con sus problemas.
Esa misma tarde terminaría todo entre ellos.
Biennnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn leyó la cartaaaa! :D Wiiiiiiii!
ResponderEliminarNonononon, eos no va a terminar hoy nononono! Que ni lo sueñee! ♥
Ellos se aman, ojala que logre entenderla y sigan viendose ^^
Te quieor mucho sobri!
Me encanto el cap. :)
Quiero el 10º
:D que se encuentren y perdonen :D
Besitos, te quiero mucho! ♥