Mentalmente, Gerónimo hizo el recuento de la semana completa, como si fuese una especie de obsesión. No habían pasado demasiadas cosas. Alguna que otra lección, trabajos pesados y toneladas de tarea. La única coincidencia que tenían lunes, martes, miércoles, jueves y viernes fue que Eugenia no había aparecido. Ni en el colegio ni en su vida.
La última vez que la viera, había sido junto a su padre. De ahí en más, no volvió a saber más de ella. Y lo preocupaba seriamente. No quería hacer ninguna aproximación ni empezar a hacer suposiciones sobre los porqués de su desaparición. Solo que le extrañaba que no le hubiese avisado a él. Sus amigas ya estaban enteradas de que no asistiría durante esa semana, pero él no. Había algo en aquel asunto que no terminaba de cerrarle, por una extraña razón. Un presentimiento, tal vez. En su interior sospechaba que Eugenia estaba ocultando algo o le sucedía algo, para que se ausentara una semana del colegio.
Pero la realidad era que la extrañaba. Mucho. Añoraba las tardes junto a ella. Las infinitas charlas que mantenían en alguna que otra plaza de Buenos Aires, preferentemente alejada de la civilización (si eso era posible en una ciudad como Capital Federal). También extrañaba sus fugaces besos, los cuales daba por compromiso, que ayudaban a sostener aquella mentira que se le ocurriera semanas atrás. Porque, por más que fuesen para sustentar una falacia, lo hacían inmensamente feliz. Él no debía preocuparse en fingir amor hacia Eugenia, porque sentía exactamente eso, y más, por ella. Deseaba tanto volver a verla… Tenía que volver a hacerlo.
Ya lo había decidido. Esa misma tarde se aventuraría a asomarse a su lujosa residencia, en busca de su amada Eugenia. Aunque ella le había rogado una y mil veces que no se apareciera por allí, lo haría. Si no tenía respuestas de su parte, iría en busca de ellas. Al diablo con los prejuicios y los silencios. Había meditado mucho, a lo largo de esa semana, y la única conclusión que sacaba era que debía confesarle todo de una buena vez. No podía seguir mintiéndole. No podía seguir ofreciéndole una amistad, basada en la esperanza de que Eugenia sintiese algo por él. Ya había dejado eso en manos del tiempo y creía que ya era hora de enfrentar la situación y dejarse de estupideces. La respuesta no importaba. Tenía que decírselo…
Una tensa calma cubría su pálido rostro. Los últimos días se habían dividido entre llantos y pensamientos catastróficos. En un primer momento, Eugenia, no se atrevía a resignarse a perder a Gerónimo de esta forma, brusca y precipitada. Porque todavía tenían que vivir muchas cosas juntos. Porque él debía saber lo que había despertado en su alma. Pero, con el correr de los días, después de meditarlo horas y horas, alejarse era lo mejor que podía hacer por él. Su padre había sido severo al respecto, amenazándola con quitarlo de la faz de la tierra. No quería arriesgarlo. Ya lo amaba demasiado, como para perderlo tan prematuramente. Sus ojos se volvieron a teñir de tristeza y amargura.
El maldito de Alfonzo no tenía el porqué de hacerle lo que le hacía. Él no era Dios para decidir sobre su futuro y sus acciones. No era nadie, como para quitar del medio a quien, según él significaba un “peligro” para su familia. ¿Peligro para su familia? ¿Qué familia? Si cada cual hacía su vida, independiente de lo que al otro le pasara. ¿Qué tenía que meterse él en sus asuntos? Jamás había demostrado amor para con ella y ahora pretendía ejercer el rol de “padre abnegado” que solo se preocupa por el bienestar de su adorada hijita. Eso era lo que la llenaba de rabia. Lo que hacía que en su pecho brotara un odio indescriptible hacía él. Toda la miseria humana se resumía en la recta y austera figura de su padre. El ser más vil y desalmado que hubiese llegado a conocer.
Y, quién debía pagar los paltos rotos, era el pobre de Gerónimo. Si ella no lo hubiese besado, ahora no estaría pasando por este infortunio.
Sin embargo, recordar ese momento, la hacía sentir bien. Hasta lograba sacarle una tenue sonrisa. Nunca hubiese imaginado sentir un amor tan puro, como el que sentía por Gerónimo. Recordarlo, la calmaba. Pensar en él, la hacía sentir mejor. Todas esas semanas, en las que estuvieron juntos, volvían a su mente, como la recopilación de una película. Una a una, las imágenes de dos adolescentes enamorados, regresaban a ella. Y, una vez más, la desazón. Porque en el preciso momento en que descubre cual era el motor de su desierta vida, le pasa esto.
Se levantó de la cama, con las pocas fuerzas que le restaban. Se asomó hacia la ventana de su habitación, arrastrando sus pies. La misma daba a la calle, por lo que veía a las personas marchar de un lado a otro, ajenas a su pesar. Aunque la sensación que permanecía en el aire, iba acorde a su dolor. Hacía años que se sentía en el aire una especie de vacío, como si ese sentimiento de amargura y desesperanza estuviera ahí, en el aire, acobijado interiormente por la gente. Tal vez, por su ignorancia, no lo había notado antes. O porque siempre se había sentido así, esa sensación se tornaba familiar.
Pero Gerónimo le había mostrado un mundo totalmente desconocido y excitante, esperando por ella. Había hecho que cambiara ciertas actitudes de niña consentida y que no se avergonzara de mostrarse tal cual era en realidad. Y si había cambiado, fue por algo: amor. Puro amor. Que ella se había empeñado en confundir con amistad, negando la existencia de algo más. Pero las circunstancias habían hecho que lo aceptara a la fuerza y que tuviera que tomar una decisión.
Se apoyó sobre la baranda de su balcón y suspiró amargamente. La infelicidad era su destino. No podía hacer nada contra ello…Pero una figura conocida, a lo lejos, la hizo volver de su ensimismamiento. ¿Acaso quién estaba cruzando la calle no era…? ¡Gerónimo! Gerónimo se acercaba a toda prisa al portón de su casa.
Cual si fuera un rayo, Eugenia salió de su cuarto y bajó las escaleras. Para su suerte, nadie (excepto su madre) estaba en la casa. Si lograba persuadir a Gerónimo para que se marchara, nadie notaría que alguna vez estuvo allí. Abrió la puerta de madera que estaba en la entrada, con una fuerza que jamás imaginó que poseía, y se encontró con un Gerónimo sonriente, del otro lado de las rejas.
-Hola hermosa.-Sonrió este, ajeno al semblante de preocupación que Eugenia tenía.
-¿Qué haces aquí?-Lo increpó, en cambio. Aunque en el fondo, estaba feliz por verlo todo con claridad. Sabiendo que lo amaba. Pero no podía hacer otra cosa, más que escudarse bajo el disfraz que siempre había tenido, pero que ahora se le hacía imposible de seguir usando.-Te dije que no vinieras.
-Bueno, tranquila. No es para hacer tanto escándalo.-Seguía sonriendo, aunque un tanto extrañado por la actitud que tenía para con él. Se asemejaba mucho más a la jovencita a la que todos envidiaban, que a la chica que amaba con locura.-Solo quería saber cómo estabas. No me has llamado ni fuiste a verme. ¿Puedo pasar? –Inquirió, tímidamente.
-No.-Cortó ella, a la vez que sentía una puntada en el pecho al comportarse como una estúpida con Gerónimo.-Estoy bien. Gracias.-Dijo, inexpresiva.-Ahora, te pediría que me hagas el enorme favor de dejar de molestarme, ¿quieres? –Sus esfuerzos por contener las lágrimas que estaban a punto de caer, todavía surtían el efecto esperado. El semblante de Gerónimo cambió por completo. La miraba, pero no conocía a la chica que tenía enfrente.
-Eugenia, ¿pasó algo? ¿Por qué me tratas así?-Preguntó, con la leve esperanza de que tan solo sea víctima de uno de sus arranques emocionales. No se animaba a creer que ella había vuelto a ser la misma de siempre. Estaba así porque seguramente tenía algún problema y justo había llegado, para que descargara toda su furia sobre él.
-Mira, Gerónimo.-Hacía tiempo que no lo llamaba así y, en parte le dolía lo cruel que estaba por ser. Pero era la única forma de alejarlo. De salvarlo de algo mucho peor.-Perdí la apuesta. Y la perdí porque me cansé de ti y de tus estupideces de niño…
-¿De qué estás hablando?-Interrumpió. Incrédulo. Esa no podía ser su Eugenia.
-Hablo de que hice una apuesta con mis amigas.-Se le había ocurrido la más estúpida, pero la más efectiva mentira de todas.-Aposté que me acostaba contigo antes de que terminara el año. Eras el último en mi lista. Pero, para serte sincera, me aburrí de ti. No me quiero imaginar lo que serías en la cama…-Ya tenía su antiguo disfraz sobre su piel, no podía volver atrás después de lo que estaba diciendo. Estaba segura de que luego de eso, Gerónimo no se volvería a acercar a ella nunca más. A fin de cuentas, por más que se le partiera el alma, era eso lo que quería. Ella sabía muy bien que no podían continuar viéndose.- ¿Te quedó claro? Así que no me vuelvas a molestar. Ya bastante tuve que mentirte, querido.-Sentenció.- ¿Y? ¿No me vas a decir nada?
-Te odio.-La miro, movido por una rabia que jamás había sentido. La Eugenia que creyó conocer, había sido una farsa. No estaban equivocados quienes la defenestraban y le guardaban rencor. Era una niñita rica, que no sabía con que más divertirse. Pero esta vez, se había metido con él. Había jugado con su amor y su cariño. No podía hacer más que odiarla con toda su alma.- Quédate tranquila….Eugenia. No me vas a volver a ver nunca más.-Recalcó.-Ojala que alguien te use y te deje hecha una mierda, como lo hiciste vos.-Respiró profundamente, conteniendo el llanto.-Espero que estés contenta, estúpida.-Eugenia parecía no inmutarse, pero en realidad, escuchar esas palabras le hacían más y más daño. Pero no podía retractarse de sus dichos, Gerónimo ya la odiaba. Podía ver la furia en sus ojos, la desilusión que había detrás de sus palabras…-Eres peor de lo que pensaba. Hasta nunca…Eugenia.-Dio media vuelta, marchándose dejándola detrás, a ella y a sus ilusiones de que podían estar juntos. A esta altura, ya no creía que Eugenia estuviese jugando. Pero estaba muy equivocado. Seguía siendo una maldita puta, que manejaba a todos a su antojo. Y él no había sido la excepción.
El daño ya estaba hecho. Pero Eugenia sabía que era lo mejor para ambos. Le dolía haber alejado de esa forma al único chico que había amado, aunque la reconforta saber que le estaba haciendo un bien. A su manera, pero lo había hecho. Cerró la puerta detrás de ella, suspiró profundamente. Rogó, en su interior, que existiera una nueva chance, una nueva oportunidad para ellos dos. Su historia no podía terminar de esa manera abrupta. Ellos merecían otra oportunidad…eso era lo que Eugenia pedía, por si alguien la escuchaba.
No tenía idea de cuan cerca estaba esa oportunidad…
:O Y esa duda que me dejas siempre al final ...
ResponderEliminarMe voy a leer el prox. cap. ;)
Este estuvo de 10 :D
♥