Escrito por Marìa Belèn

Escrito por Marìa Belèn

miércoles, 30 de marzo de 2011

Untitled II: 21ª Parte

Tarde o temprano tenía que suceder, la reacción de Paula no hubiese sido muy diferente si se lo hubiera dicho ese día o meses después. Gerónimo prefería creer eso. Lamentaba haberle dicho tantas cosas horribles a Eugenia, muchas de las cuales solo eran producto de la ira del momento, cosas que no pensaba ni sentía realmente. ¿Cómo se le pudo haber escapado algo así? ¿Por qué justo en el cumpleaños de su hija? Se sentía terriblemente culpable por el estado en que había quedado Paula y por no poder estar allí, conteniéndola de algún modo. Pero por otro lado estaba aliviado de haberse sacado un enorme peso de encima. Aunque era algo inevitable, ya no podía permanecer oculto mucho más tiempo…
¿Cómo estaría Paula en ese momento? ¿Qué pensaría de él? Lo último que deseaba era alejarse de ella nuevamente o que se ganase su odio. Era la joven más bonita que podía haber visto, más allá de que fuese su hija, y eso era producto de los esfuerzos de Eugenia. Tampoco deseaba que Paula se enojase con su madre, pero el panorama le era menos favorable a Eugenia que a él. Por más de que Eugenia se hubiera equivocado, seguía siendo una madraza y no merecía el rencor de su propia hija. Simplemente se había comportado como un completo estúpido al decirle todas esas barbaridades, tales como que era una inmadura o mala madre. Si tan solo era una mujer desorientada…
Ahora se sentía estúpido. Por tres palabras, su mundo había colapsado. Definitivamente jamás lograría descifrar los sentimientos de Paula. Si él era incapaz de reaccionar a todo aquello, no quería siquiera imaginar lo que su pobre hija estaba padeciendo.
Mientras esperaba que el ascensor lo dejara en su piso, esperaba que por lo menos en su casa las cosas estuvieran más calmadas y Matilde se haya mejorado un poco… si es que podía hacerlo.
-¡Gerónimo!-Exclamó Ana, su madre, al verlo entrar.-Qué suerte que llegaste. Pasó algo terrible.-Comentó alarmada, acercándose a su hijo.
-Hola. ¿Qué? ¿Qué pasó? ¿Y Matilde?-La abrazó a modo de saludo, buscando a su esposa con la mirada. No había ningún resultado favorable. Comenzaba a sentir temor.
-Justo llegué del médico. Sabes, por todos los estudios que me tengo que hacer y…
-Mamá. ¿Qué pasó?-Interrumpió. Su madre tenía la costumbre de detallar perfectamente el contexto en el que se encontraba la situación en cuestión. Pero ahora no había tiempo para el parloteo.
-Bueno, llegué y estaban Julieta y Matilde hablando acá…-Señaló el sillón.-… cuando tu esposa dijo que se sentía mal y luego se desmayó.-Concluyó, adquiriendo un tono más y más angustioso.
-¿Qué? ¡Se desmayó!-Sus más terribles temores empezaban a materializarse. Todo el mismo día. Todo. Maldición. -¿Dónde está? ¿A dónde la llevaron?
-Al hospital, pero al de la obra social.
-¿Quién está con ella? ¿Julieta?
-Sí. Recién le avisé al hermano de Matilde y me dijo que iba directo para allá.-Comentó.-Él se enojó cuando le dije que no estabas acá en ese momento…-Murmuró, pero Gerónimo alcanzó a oírla.
-No me importa lo que ese idiota diga.-Afirmó, severo.
Entró a su habitación unos minutos, buscó otra camisa, unos jeans limpios y unas zapatillas. Sabía que su estadía en la clínica sería larga. No quería siquiera pensarlo, pero la posibilidad de que Matilde no volviera era firme. Los últimos días había estado bastante decaída, apenas se podía levantar de la cama y los dolores se habían intensificado bastante. Gerónimo ya no quería que Matilde siguiera sufriendo, se le partía el alma con solo pensarlo, pero ya no podía verla marchitarse de esa manera…
Salió de la habitación a las corridas, acomodándose el cuello de la camisa como le era posible. Su madre se interpuso, lo arregló como se debía y lo retuvo unos segundos más.
-¿No debes comer algo primero?-Inquirió.
-No, mamá. Matilde me necesita.-Replicó.-Cuida bien a los niños, por favor. Solo diles que su mamá tuvo que ir al doctor, ¿sí? Después te llamaré.-Se despidió de ella con un beso el su frente y cerró la puerta tras de sí.
-Paula, por favor, ábreme.-Rogó Isabel.-Desde ayer que estás encerrada. No comiste nada. Por favor, Paulita, sal de ahí.
-¡No quiero ver a nadie!-Fue todo la respuesta que recibió. Así había sido durante toda la noche. Luego, el llanto desconsolado de Paula.
Eugenia se sentía terrible. ¿Cómo fue capaz de llegar hasta ese extremo? La verdad era que se había quedado corta con todo lo que imaginara. Esto era aún peor. Sabía que no arreglaría nada con reprocharse a sí misma lo que nunca había querido hacer, pero aún no encontraba explicación a las decisiones infantiles que tomara durante todos esos años. Y era ella quien debía estar encerrada en su cuarto. Ella era quien debía sentirse confundida, temerosa. Sentía todas esas cosas, pero los errores los pagan los inocentes y por eso Paula también los sentía. Qué triste y oscura se había vuelto su perspectiva en tan pocas horas. Cuando creyó que estaba haciendo lo correcto, que por fin iba por buen camino… ¡pum! explota la bomba, dejándola inconsciente.
Solo quería saber que su chiquita la perdonaba o al menos entendiera su posición. Quería ayudar a Paula, aunque no sea la persona más indicada para hacerlo, tenía la inmensa necesidad de compensar en algo el daño que le estaba causando. También debía ver la única cosa buena que salía de todo aquel embrollo: Gerónimo. Su niña no estaría sola, ahora tenía un padre en el que podía refugiarse (si no quería hablar con ella). Suponía que eso serviría de algo, ¿no?
-No puedo creer que Gerónimo le dijera algo semejante.-Isabel iba y venía a lo largo de todo el pasillo del piso superior. Eugenia permanecía sentada en un pequeño sillón que allí había, abrazada a sus piernas.-No tenía derecho, era algo que tú debías decirle. No él…
-Mamá, basta.-Interrumpió ella, antes de que comenzara a recibir un sermón sobre la crianza de los hijos y la responsabilidad que ello conlleva.-Él no tiene nada que ver. Punto. Aquí la única culpable soy yo.
-No es así…
-Es así.-Recalcó. -¿Llamaste a Octavio?
-Sí. Me dijo que en un rato estaría aquí.-Respondió, deteniéndose sobre la baranda y apoyándose en esta.-Ojala que a él le haga caso. Sino…
Cuando Eugenia se disponía a intentar disipar los más terribles miedos de su madre, el sonido del timbre acaparó la atención. Entonces Isabel bajó rápidamente las escaleras con la esperanza de que se tratara del novio de su nieta. Esperanzas que dieron paso a un súbito alivio al ver al apuesto joven esperando en el portón.
En ese pequeño intervalo, Eugenia se levantó de su asiento y se paró frente a la puerta de la habitación de Paula. Hizo un ademán con la mano como para golpearla, pero se detuvo. Entonces decidió acercar su oído a la puerta para tratar de oír lo que sucedía del otro lado. Su intentó fue en vano, no se oía nada como si no hubiese movimiento…
-Hola.-Saludó Octavio, llegando al piso superior. Al escucharlo, Eugenia dio una zancada de vuelta al lado del sillón donde estuviera sentada.
-Hola.-Respondió el saludo, cabizbaja.
-¿No salió de allí en toda la noche?-Preguntó el joven, incrédulo.
-Así es.-Se apresuró a contestar Isabel.
-Bueno. Veré que puedo hacer…-Octavio se colocó frente a la puerta, respiro profundo y rogó interiormente que Paula lo escuchara.-Paula. Paula soy yo, Octavio. Por favor, déjame entrar, quiero hablar contigo…
Como respuesta, la puerta se abrió muy lentamente. El corazón de Octavio había comenzado a latir desbocadamente. Aparentemente, Paula estaba detrás de la puerta, pero no se dejaba ver.
-Pasa rápido…-Se escuchó una voz, casi en tono de susurro. Octavio alcanzó a comprenderla y lanzó una tibia sonrisa a Eugenia, que lo estaba mirando desde un costado, con los ojos llorosos. Finalmente, la puerta se cerró y pudo estar a solas con Paula.

Escuchar su voz, después de tanto sufrimiento en soledad, fue como un oasis en el desierto. Por eso mismo, Paula se lanzó inmediatamente a abrir la puerta al escuchar la voz de su amado Octavio. Ni bien lo tuvo frente suyo no pudo hacer otra cosa más que abrazarlo y llorar (por enésima vez) sobre sus hombros. Octavio evitó decir alguna cosa, se limitó a abrazarla lo más fuerte que le fue posible y esto la reconfortó aún más.
Se separó lánguidamente de él, dando unos cuantos pasos hacia atrás hasta sentarse en su cama. A su alrededor todo era desorden y un montón de cosas que fueron tiradas en su momento de más furia y bronca. Paula estaba hecha un desastre, despeinada, con unas ojeras enormes, cansada y con los ojos rojos de tanto llorar. No hubiese querido que Octavio la viera en ese estado, pero lo necesitaba más que a nada.
-¿Por qué a mí?-Dijo, levantando la mirada hacia él, que permanecía cerca de la puerta, observándola.-No es justo, Octavio.
-Nunca preguntes el porqué de las cosas. Mejor pregúntate para qué pasan las cosas.-Fue lo primero que pensó en decirle, mientras se sentaba frente a ella. -¿Cómo estás?-Preguntó con suavidad, tomando la mano de Paula.
-Decepcionada. Así estoy.-Hizo una pausa, pensando en los años en que había vivido en una mentira.-No puedo creer que Gerónimo sea mi papá. No entiendo por qué mamá fue capaz de mentirme así. La odio…
-No, Paula. No, así no.-Trató de hacer entrar en razón a una Paula que se veía que estaba bastante desorientada. Pero, por sobre todo, la veía triste y no quería seguir viéndola así.-Tienes que hablar primero con ella, darle la oportunidad de que te explique por qué lo hizo o qué pensó para hacer lo que hizo. Escúchala.
-¿Te mandó ella?-Replicó ella.
-Vine porque te amo. Porque quiero que estés bien.-Afirmó con seguridad.-Nadie me envió.
-Ah…-Apenas si intentó responder. Permaneció en silencio, pensativa, unos segundos. Octavio decidió que seguiría sus tiempos y no trataría de interrumpirla.
Paula se dedicó a recorrer toda la habitación con la mirada. Sonrió levemente al darse cuenta que estaba rodeada de puro desastre… algo que no era su estilo.
-Esto es una porquería.-Comentó distraídamente.
-Ya lo sé.-Sonrió Octavio.
-¿Qué pasó ayer?-Quiso saber ella. No se había fijado que la tormenta se había desatado en medio del festejo de su cumpleaños, dejando desconcertados a todos los asistentes a la misma.-No me di cuenta que…
-Está bien.-Interrumpió él.-Los chicos se fueron al rato. Les dije que había surgido un pequeño problema que no podía decirles y ellos se marcharon.-Explicó con naturalidad.
-Pequeño problema…-Repitió con la mirada perdida. Ojala hubiese sido solo eso. Ojala nunca Gerónimo le hubiese dicho que era su papá. Ojala hubiese sido una pesadilla y ahora estuviera despertando en medio de su hermosa e indolora mentira…-Gracias, Octavio. No te agradecí que estuvieses acá, conmigo. Gracias, enserio.-Era lo menos que podía decirle en un momento como ese. Podría estar haciendo millones de cosas, pero estaba con ella.
-Te amo, Paula. Eso lo sabes.-Ella asentía con la cabeza, al borde del llanto, otra vez.-Y no quiero verte triste, llorando. Voy a hacer todo lo que pueda para verte feliz de vuelta.-Le tomó suavemente la mejilla y se acercó un poco más a ella para besarla dulcemente.
Eso fue todo lo que necesitó para reanimarse, en parte. Era increíble como Octavio transformaba todo su mundo, devolviéndole color a su vida. También aconsejándola, no solo sabía besar bien. Trató de evitar lo de su madre solo porque quería pensarlo un poco más. En realidad lo había pensado durante toda la madrugada, pero las palabras de Octavio sirvieron para darle el empujoncito necesario para hacerlo.
-Estuve pensando, Octavio.-Murmuró, abrazada a él y recostada sobre el respaldo de la cama.-Toda la noche pensé en hablar con mamá. Pero no me animaba… hasta que me aconsejaste que lo hiciera.
-¿Y? ¿Vas a hablar con ella?-Dijo él, sutilmente entusiasmado.
-Mmm…-Lo pensó unos segundos más.-Sí, voy a hablar con ella…

Octavio salió de la habitación con una sonrisa que Eugenia no supo interpretar. Había permanecido junto a su hija un buen rato y estaba ansiosa por saber qué le había dicho esta.
-Quiere hablar con usted…-Informó él, sosteniendo el picaporte de la puerta, pero dándole la espalda a esta.-Pase.-Inquirió.
Ni bien dijo eso, Eugenia se lanzó hacia la puerta empujándola de un tirón. Estaba apresurada por saber qué pensaba su hija y tenía la necesidad de pedirle perdón las veces que fuese necesario. Sin notarlo, estaba en el cuarto de Paula, parada frente a su hija. Isabel y Octavio habían desaparecido de la escena. Una llamada mantenía ocupada a su madre y Octavio simplemente se marchó, creyendo que no era conveniente estar allí.
Estaban ellas dos. Madre e hija, enfrentadas. Finalmente.
-Paula…-Murmuró Eugenia, sin saber qué decir. Todo el discurso que había ensayado en su mente durante horas y horas se había borrado completamente.
-Mamá…-Replicó ella, seca.
-Paula yo quiero que me perdones por…-Se apresuró a decir, a medida que intentaba acercarse a su hija.
-¿Por qué, mamá?-Interrumpió ella, indiferente. -¿Por qué me mentiste?
-Yo… yo no sé, Paula.-Las manos le temblaban y su frente había comenzado a sudar.-Pensé que jamás volveríamos y no podía dejar todo lo que construí, a menos que…
-¿A menos qué?
-A menos que me lo pidieras… y lo hiciste. Tuve miedo. Nunca volví a saber de Gerónimo…
-Sin embargo escribías cartitas, ¿no?-Interrumpió Paula, sorprendiendo a su madre. Lamentablemente, las explicaciones que estaba recibiendo solo la confundían aún más.
-¿Qué?-Dijo sorprendida.
-Sí. Leí una de las cartas que le escribiste a un tal Gerónimo y decías que nunca lo habías olvidado. Eso me motivo a querer venir a vivir aquí y encontrarlo, para ver si podía hacer que volvieras con él… ya que parecías extrañarlo. Lo que jamás pensé fue que estaba buscando a mi verdadero papá.-Se levantó de un tirón, pero permaneció en su lugar junto a la cama.
Eugenia suspiró, resignada. Era increíble como el destino había jugado un rol tan importante en su historia…
-No sé qué decirte, Paula.-Dijo, sin poder salir del asombro provocado por las palabras de su hija.-Solo necesito que me perdones… por favor, hija.
-No sé…-En ese momento, la miro fijamente a los ojos, pero en su corazón no había lugar para la compasión. Se escuchaba el sonido de unos pasos a lo lejos, como si alguien estuviera subiendo las escaleras apresuradamente.-No sé si pueda perdonarte esto tan fácilmente… no estoy segura.
Eso fulminó el alma y las esperanzas de Eugenia. Su hija se veía fuerte ante la situación, eso la reconfortaba. Pero fue muy tonta al pensar que olvidaría así como así que le haya ocultado algo semejante… ¿Qué iba a hacer ahora que había perdido a su hija, a lo que más amaba?
-Llamó Gerónimo.-Interrumpió bruscamente Isabel, a la vez que se sorprendió al encontrar tal escena: la puerta de la habitación abierta, madre e hija enfrentadas. Pero, aun así, lo que tenía que decir implicaba a Paula.-Perdón por interrumpir…
-¿Qué pasó con papá?-Se apresuró a intervenir Paula, sorprendiendo a su madre y a su abuela por haber llamado a Gerónimo así. Aunque no debía sorprender a nadie…
-Su esposa, Matilde… ella está internada. Dice que está mal y que te necesita allí.-Informó.-Si podes, claro. Solo quería que sepas eso, no te obligó para nada a…
-Me cambio y voy para allá. Voy a ir con Octavio en colectivo, solo decime donde está internada.-Replicó. Inmediatamente se internó en su baño, cruzando frente a su madre pero displicente ante ella.
Eugenia decidió que no debía permanecer allí, ya que las cosas habían quedado bien claras entre ambas. Con el corazón destrozado y sin fuerzas se encerró en su cuarto. A eso era lo que le temía: el rechazo, la indiferencia. Era momento de empezar a pagar por sus errores… esto era solo el comienzo.

1 comentario:

  1. Noooooooooooooo, me mueroooooooooooooooo! Dios, :S Me encanto la descripcion que le diste en este capitulo sobri!

    Te pasasteeee como siempre :) Te quiero muchsisimo y quiero el prox cap ^^

    Disculpa por la tardanza de comentar u.u casi ni tengo tiempo sobri :( Pero igual lo leo siempre:)


    te quiero muchooo! :) ♥

    ResponderEliminar