La salud de Matilde dio un giro inesperado. La fiebre y dolor intenso en el abdomen pusieron en alerta nuevamente a los médicos y, por supuesto, a Eugenia. Los estudios que le hacían no llegaban a ninguna conclusión que les diera una pista de lo que hacía que la salud de Matilde se complicara de la nada. Sin embargo, las lesiones causadas por el accidente seguían mejorando favorablemente, por lo que Eugenia comenzó a sospechar.
Si estos nuevos inconvenientes no eran provocados por las lesiones significaba que el “actual problema” no era tal, sino que ya venía con la paciente antes del accidente. Ahora restaba saber cual. Investigó en la historia clínica de Matilde, pero no obtuvo nada. Esta era la primera vez que ella tenía un inconveniente relevante en toda su vida. Siguió buscando, ya que algo tenía que haber a lo que pudiera relacionar con lo que le sucedía actualmente.
Mientras leía atentamente cada uno de los controles que Matilde se hiciera, por un segundo, distraídamente levantó la vista y vio el retrato donde se encontraba una fotografía de ella y Paula, sonrientes, felices. No recordaba donde se habían tomado esa foto, pero sabía que por entonces Paula era solo una niña de ocho años, bonita y radiante. Se permitió tomarse un descanso en su búsqueda y retomó los pensamientos que tuviera días atrás. Con las intensas guardias, no había podido volver a su casa y, cuando tenía un momento de zozobra en el trabajo y escaparse unas horas hacia su casa, ella no estaba o permanecía encerrada en la habitación con el volumen de Green Day sonando al máximo.
Se debían una charla más tranquila. Eugenia le debía una disculpa. Nunca pensó, con la seriedad que el tema requería, que se encontrara en una situación como aquella. Su pasado y su presente enfrentados, cara a cara. Comprendía perfectamente que no podría sostener su mentira por mucho tiempo más, pero también debía defender esa postura, si no quería que su vida cayera a pedazos en un abrir y cerrar de ojos. Y todo era por su maldita ocurrencia de no hablar con Paula seriamente y contarle todo lo que tuvo que pasar antes de que naciera. Una vez se dijo que no seguiría el ejemplo de su madre, pero (tal vez, era su destino) no pudo evitarlo.
Decidió no pensar más y volver a su trabajo. Hojas y hojas sin nada relevante, sin un indicio de un problema anterior, nada. Fue inútil buscar. Aparentemente, Matilde estaba sana… ¿sana? Inmediatamente volvió a abrir los legajos que contenían los estudios que se había hecho y notó que, para su satisfacción, que hubo un par que no realizó. El más relevante: Papanicolaou. Tal vez, las complicaciones podían deberse a un cáncer o, en su defecto, un tumor. Significaba un comienzo. Aunque había más afecciones por las que debía examinarla.
Se levantó de su asiento, abrió rápidamente la puerta de su consultorio y salió en busca de Gerónimo, quien estaba preocupado y expectante por saber que sucedía con su esposa. Lo encontró dados vueltas por el pasillo principal, en medio de la multitud que allí se encontraba. Evitó todo saludo posible y fue directamente al grano.
-Gerónimo…-Gritó, a unos metros de distancia y mientras se acercaba a él, este giro para verla.-Encontré algo que puede ser útil para saber que tiene tu esposa…-Finalmente, se detuvo frente a él. Estaba impecable, a pesar de la situación.
-Hola…-Balbuceó él.
-Mira, estuve revisando el historial clínico de Matilde…-Interrumpió, evitando mirarlo a los ojos.-… y encontré que jamás se hizo una prueba de cáncer de mama, entre otras, claro está. Pero me pareció interesante y un buen punto de partida para saber que la está afectando en este momento.
Gerónimo la miro más preocupado de lo que estaba antes. Pero, así y todo, se veía dulcemente tierno…
-Bueno, eso era todo lo que tenía para decirte.-Dijo rápidamente, antes de comenzar a describir cuan hermoso lo veía… ¡basta de estupideces! ¿No podía pensar en otra cosa? –Antes de terminar mi turno, voy a ordenar que se realicen las radiografías y demás estudios. Lo único que no sabría decirte es en cuánto tiempo van a estar los resultados, pero supongo que será cuestión de días…
-Gracias.-Interrumpió Gerónimo.-Por preocuparte así. Gracias.-Sonrió.
Eugenia no supo que replicar. Estaban pasando demasiadas cosas juntas por su mente en ese instante.
-Necesito que hablemos. Necesito…
-Ya me voy, Gerónimo.-Interrumpió austeramente.-Y yo solo estoy haciendo mi trabajo.-Dijo, con una sonrisa casi imperceptible y se marchó sin dar lugar a nada más.
Ni siquiera lo pensó, Gerónimo decidió seguirla.
Después de pasar por su consultorio, Eugenia se dirigió hacia el estacionamiento. No se animó a enfrentarla allí, por lo que fue en busca de su auto, anticipándose a ella y así poder seguirla. No entendía bien porque estaba haciéndolo, pero ya no era tiempo de pensar si era correcto o no, la estaba persiguiendo a lo largo de la autopista. Sabía que podía quedarse tranquilo, porque la hermana de Matilde estaba con ella y los niños estaban informados del estado de su madre.
Un giro inesperado lo sorprendió. A medida de que volvía a internarse en las calles, que se tornaban más tranquilas, comenzaba a recordar sus viajes en colectivo en tardes primaverales, cuando apenas era un estudiante. No podía estar conduciendo hacia donde él imaginaba. Después de tantos años… no era posible que mantuviese ese lugar…
El auto de Eugenia se detuvo en frente de un añejo edificio, cuya puerta de entrada estaba abierta pero sin ningún encargado a la vista. Tal como sucediera la primera vez. Una extraña sensación le recorrió el cuerpo. Aparcó el su auto no muy lejos del allí y se dispuso a ingresar al edificio.
A medida de que subía las escaleras, se sorprendía a sí mismo por los recuerdos que aparecían en su mente. A pesar del tiempo conocía muy bien ese camino. Volvía a sentirse libre, a respirar el mismo aire que en aquellos días, donde el amor que Eugenia le ofrecía parecía bastarle para ser feliz. Con una sonrisa y, a su vez, un dejo de tristeza regresaba a su memoria esa tarde de Enero en donde sellaran su amor y su destino. La última tarde.
Abrió la puerta lentamente, para no llamar la atención. Encontró todo tal cual lo había dejado, años atrás. Le sorprendió que Eugenia no lo arreglara o, al menos, ordenara un poco. ¿Qué podría significar eso? ¿Lo recordaba? ¿Sentía culpa? ¿Sentía amor? ¿Amor?
-Bienvenido.-Eugenia interrumpió sus pensamientos, manteniéndose apostada frente a la ventana.-Nuevamente.
Gerónimo, cautelosamente, se acercó a ella. Era la primera vez, en lo que llevaba de esos días, que la notaba débil, derrumbada. En nada se asemejaba a la chica que tenía el mundo a sus pies y que locamente lo enamorara. Estaba viendo a la mujer en la que se había convertido y que representaba su sueño hecho realidad. Porque no había podido dejar de quererla y nunca lo haría.
-¿Qué sucede?-Murmuró, a centímetros de Eugenia, apoyándose en la ventana.
-No puedo más.-Se sinceró, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Ni las largas horas de guardia podían hacerle olvidar la pelea con su hija y la cercanía del desmoronamiento total de su vida. No tenía a nadie en quien refugiarse y Gerónimo estaba ahí…-Todo se me está viniendo abajo.-Una endeble lágrima asomó por su mejilla y lo primero que atinó a hacer fue abrazar a Gerónimo, como si encontrase en él un refugio en el cual sus temores no podrían alcanzarla. Y en verdad, así lo había sido. Siempre.
-Sh… tranquila.-Sorprendido ante la reacción de Eugenia, trató de contenerla dándole palmaditas en la espalda. Comenzaba a asustarse al darse cuenta de que ese contacto estaba despertando todos aquellos sentimientos que llevaba años ocultando.-Todo va a estar bien…
-Perdón.-De un tirón se separó de él, por más que su corazón le decía que no lo hiciese. Cargar a Gerónimo con sus problemas no era justo, él ya tenía suficiente con los suyos.-Tú tampoco estás pasándola bien y no tienes porqué cargar con los míos también… ya bastante te he lastimado.-Tenía que decírselo, por los menos hacerle saber que era consciente del mal que le causó.
-Me alivia saber que lo entiendes.-La confusión se apoderó nuevamente de él, la peligrosa cercanía que existía entre ambos y las palabras que dijera estaban nublando sus pensamientos.-Aunque siempre te excusé intentando pensar que no fue al propósito…-Eugenia levantó la mirada y él empezó a acercarse aún más, posándose en sus finos y tentadores labios.
-Yo…-Susurró, de una manera casi imperceptible. Sus piernas temblaban, pero mantenía su mirada firme en la inmensidad de los ojos de Gerónimo. Había algo dentro de ella que le decía que no la había desterrado de su vida. Sus palabras solo hacían que sus sospechas se afirmaran. Tal vez todavía la amaba. Tal vez estaban a tiempo de ser felices…
Cuando se disponía a disfrutar del beso que Gerónimo estaba darle, se alejó de bruscamente de él. No podía soñar con vivir un cuento de hadas, cuando ambos ya tenían una vida hecha. Pasaron demasiadas cosas entre ellos, como para olvidarlas de un día para el otro. Gerónimo no se vio sorprendido ante la actitud de ella.
-Discúlpame, Gerónimo…-Dijo ella, mirando al suelo.
-Está bien. Perdóname tú a mí. No debió haber pasado.-Se disculpó él, reincorporándose, pero sin mirarla tampoco.
-No hay problema. Ya me voy.-Estaba a punto de salir del departamento, cuando se detuvo. Buscó unas llaves y sacó una en particular. Volvió a mirarlo. Este hizo lo mismo.-Toma.-Le lanzó la llave, que Gerónimo no tuvo problema en alcanzar.-Es una copia de la llave de este departamento, por si quieres venir. Por favor, quédatela.-Bajó nuevamente la mirada.-De veras lamento lo que pasó recién. Es una pena que ya no tengamos las mismas posibilidades…-Diciendo esto, se marchó al fin. En tanto Gerónimo se quedó tieso junto a la ventana y con la llave en su mano. Aturdido por las últimas palabras de Eugenia. Desconcertado, ante la veracidad de las mismas.
:O Me mueroooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!!! No lo puedo creer! Esto si que no me lo esperabaaaa!
ResponderEliminarAhor ame leo el otro ;)
Te quiero sobri!
De 1.000 este capitulo ;)