Paula se dejó caer en su inmensa cama, exhausta. Había tenido uno esos días en los que se veía sobrepasada por tantas actividades escolares. Matemática, Historia, Biología, Lengua, formaron la mayor parte de su día. Hojas y hojas, alrededor de su cuarto, repletos de borradores, cuentas, Revolución Industrial y el Martín Fierro. Pero estaba agradecida de haber podido terminar todo, para entregarlo al día siguiente.
Se acomodó un poco mejor y se cubrió con una suave sabana rosa, ya que la habitación (aunque hiciera calor) siempre estaba fría. Tomó el control remoto de su centro musical y lo encendió, dando paso a los primeros acordes de su disco favorito, Dookie, editado años antes por la banda de la cual se había hecho fanática en Estados Unidos, Green Day. Un poster, junto con otras fotos de ellos ocupaba gran parte de su colorida habitación. Los tonos pasteles eran los que predominaban allí, combinados a la perfección con los muebles (al mejor estilo francés) de color blanco. También poseía un baño propio, que no difería demasiado de la decoración del cuarto. Ella misma había decidido que este estuviera decorado como lo tenía mientras vivía en New York. Era como tener un poco de esa ciudad consigo, ya que la amaba.
Pero Argentina no le sentaba mal. Buenos Aires era ese lugar fascinante que le habían contado y su ritmo le recordaba al de New York. Había hecho “nuevas amigas”, por así decirlo (más bien eran muy buenas compañeras de colegio), y le gustaba mucho el colegio en el que estaba, además era el mismo al que su madre acudía cuando aún vivía en esta ciudad. No fue un gran reto acostumbrarse ni prepararse para los exámenes, solo lamentaba que si se hubiese quedado en Estados Unidos estaría a pocos meses de empezar el último año de la secundaria. Sin embargo, sabía que eso era necesario para alcanzar el objetivo que la había llevado a insistir con mudarse a Buenos Aires.
Hace casi un año, por casualidad, Paula encontró una carta escrita por su madre. En su momento, pensó en devolvérsela, pero la curiosidad venció a la discreción y acabó por leer su contenido. Al parecer no hacía mucho que la había escrito y tampoco estaba hecha como para que su destinatario la leyera… era un simple borrador. En ella, Eugenia expresaba cuanto amaba a un tal Gerónimo; que lo extrañaba más que a nada y se sentía culpable de la distancia que los separaba. Tal vez eso hubiera pasado desapercibido por Paula, pero en ese papel había más que una confesión de amor (que le parecía muy cursi), también estaba escrito un párrafo que le llamara poderosamente la atención:
“Pero, pase lo que pase, sé que siempre estaremos unidos. Más allá de nuestro amor, tú me dejaste un pedazo de ti, al cual estaré unida hasta el final.”
Al leerlo, Paula no supo si reír o sorprenderse por ello. No quería hacer ninguna suposición errónea, pero comenzaba a dudar sobre algunas cosas inconclusas… En un principio creyó que, en una de esas, se trataba de su padre. Sin embargo, esto fue descartado de inmediato: el suyo había muerto. Además, si así hubiese sido, sería demasiado decepcionante para ella saber que toda su vida estuvo basada en una mentira.
Más allá de eso, se quedó con la carta porque ese hombre le despertó una enorme curiosidad. Nunca supo explicarlo bien, pero tenía la imperiosa necesidad de saber de quién se trataba. No tenía la más mínima idea de dónde empezar a buscarlo, aunque de todas formas se había propuesto hacerlo. Y encontró en el viaje de su abuela a Buenos Aires la excusa perfecta, para demostrar su amor por el país y convencer a su madre de mudarse allí. Lo cual no le tomó mucho tiempo lograr ya que, a fin de cuentas, iba a reunir a su madre con su gran amor. Valía la pena.
Sin embargo, pasaban los días y Paula no sabía por dónde empezar. Si le preguntaba a su abuela, esta sospecharía. Solo sabía del Registro Nacional de las Personas, pero nunca había encontrado la oportunidad para visitar ese lugar. Hasta había intentado con la guía telefónica (por lo menos significaba un comienzo), idea de la cual desistió poco después, al verse abrumada por cientos y cientos de números pertenecientes a personas con el mismo nombre.
Así estaba, hasta esa mañana. La directora del colegio San Andrés les hizo saber a todos que, al día siguiente, los visitaría para dar una charla el prestigioso periodista Gerónimo Marino. Hasta allí no tenía nada de sorprendente o revelador, era una charla aburrida charla más. Lo que lo volvió interesante fue que mencionó que este señor era un ex alumno del colegio, egresado hace más de… ¿Cuánto había dicho? ¿Veinte años? ¿Dieciocho años? Más o menos, eso había dicho.
Al investigar un poco más, descubrió que este señor había integrado idéntica promoción que su madre, aunque no era el único que poseía ese nombre… pero podía ser él. Solo faltaba el año en que egresaran… pero la directora interrumpió su investigación, por lo que cerró el libro apresuradamente y volvió a su curso.
Eso ya no importaba. Estaba por conocer a uno de los compañeros de su madre… de no tratarse de él, por lo menos sabría quien era ese Gerónimo que aún volvía loca a Eugenia…
Apenas se atrevió a acariciarle la mano y a susurrarle algunas palabras. Se le partía el corazón al ver el estado en el que se encontraba Matilde, llena de cables, inconsciente y con un tubo que la ayudaba a respirar. Logró contener las lágrimas que amenazaban con hacerlo caer. No podía haber sucedido cosa como aquella. Su esposa no podía estar en esa camilla de terapia intensiva, luchando por sobrevivir.
El miedo regresaba otra vez.
Se mantenía en silencio junto a la camilla, contemplando a Matilde a la espera de alguna reacción que nunca llegó. El lugar era espantosamente helado, con un aire grisáceo y apagado. Las camillas estaban dividas por cortinas blancas (al igual que paredes, mesas, sabanas y sillas) y el único sonido que se oía era el de los aparatos que marcaban los latidos del corazón. Ese lugar le recordaba al color de su adolescencia, plagada de contratiempos y desgracias. Era como volver el tiempo atrás…
Mientras sujetaba fuertemente la mano de su esposa, recordaba lo sucedido horas antes. Los brillantes ojos verdes de Eugenia tomaban el protagonismo entre sus pensamientos, volviéndolo vulnerable al pasado. Cuando había creído que nada lo sorprendería, ella reaparece para hacerlo sentir estúpido y miserable. Porque así lo había dejado, al marcharse sin avisar. Y así había sido siempre, más allá de todo el amor de su esposa.
Los recuerdos de momentos felices volvían a su mente uno tras otro, atormentando su estabilidad. Los besos, las caricias, los secretos y promesas que le diera a Eugenia se hacían presentes como si el tiempo nunca hubiese pasado. El día que la conociera; la primera charla; ese accidentado beso; la última tarde que pasaran juntos… ¿Acaso todo eso había sido fruto de una mera fantasía? ¿Tan equivocado estaba como para creer en ese amor? ¿Seguía tan confundido como para amarla a pesar de los años?
Basta.
El pasado era solamente eso: pasado. Algo que quedó atrás y no tenía importancia recordar. No era momento de rememorar el dolor que ella le producía… menos todo lo que hacía que no pudiera dejar de amarla.
El sonido de su celular lo devolvió a la realidad, a medida de que se alejaba de terapia.
Pasados unos minutos, se encontraba tomando su auto y volviendo hacía Capital. Había olvidado por completo que debía dar una charla en la que fuera su escuela secundaria. Vaya casualidad. Con todo lo que pasó con Matilde no le dio tiempo de avisarles que no podría asistir. Pero ahora no tenía más remedio que dar esa maldita charla, librarse de compromisos y volver al lado de su esposa.
Hayyyyyyyyyyyyyyyyy sobriii! *_*
ResponderEliminarYa esta por enterarse de que es su padre :O seguro cuando se encuentren se daran cuenta de que los unen ;)
Justo va a hacer una charla en su colegio :O Eso jamas lo hubiese pensado sobri
Me encantan tus novelas! :)
Las amoooooo! Amo la forma en que la relatas :)
Hermosooo este capitulo sobrii :)
Te quiero muchooooooooooooo!
Y espero el cap. 6º :D
Besitos!♥