Caminaba de un lado a otro. Estaba nervioso, temeroso. Había salido corriendo de su casa ni bien se enterara de lo que ocurrió con Matilde. Rogaba que no hubiese sido tan grave, que tan solo sean unos golpes sin importancia, lo más leve posible. No estaba listo para otra perdida.
Toda la maldita noche lo tuvieron allí, recorriendo mil veces el prolongado pasillo de guardia. Por más que había preguntado infinidad de veces por su esposa, nadie le daba una respuesta favorable o, por lo menos, informarle en qué lugar se encontraba o quien la estaba atendiendo. No podía más. La incertidumbre lo estaba matando. No sabía que decirle a su hermana, quien llamara varias veces a enterarse de lo ocurrido, más que cuidara bien de Francisco y Violetta y que no les dijera nada, hasta estar seguro de lo que le ocurrió a Matilde.
¿Cómo podía un hospital funcionar tan mal? ¿Acaso no lo habían informado bien sobre donde se encontraba su esposa? Ese podía ser un justificativo, pero no era lo suficientemente sólido. ¿Tan complicado de les hacía decirle qué diablos estaba pasando? …
-Usted es familiar de Matilde Marino, ¿no es así? –Lo sorprendió el interrogatorio de la enfermera, cosa que lo hizo levantarse del asiento de un solo tirón. Se recompuso y trató de ser lo más amable que le fue posible.
-Sí.-Afirmó, con una tenue sonrisa.-Soy su esposo. ¿Dónde está ella? ¿Cómo está? –Evitó toda cordialidad, pues lo único que le importaba era saber de Matilde.-Llevo toda la noche aquí y nadie me da una respuesta acerca de…
-Cálmese señor.-Cortó la mujer.-En un momento la doctora que la atiende vendrá a hablar con usted y le sacará todas sus dudas. Se lo prometo.-Dijo, sin perder la seriedad.-Quédese aquí que ella vendrá enseguida.
-Gracias.-Suspiró, más aliviado. Volvió a tomar asiento.- ¿Cómo dijo que se llamaba la doctora…?-Alcanzó a preguntar, pero cuando giro la cabeza, la enfermera ya se había marchado. Poco cortés de su parte. Aunque eso no tenía sentido. Sabía que Matilde se encontraba allí y tuvo la sensación de que todo mejoraría muy pronto…
-Solo espero que esa doctora aclare todas mis dudas…- Emuló, para sí mismo, las palabras que la enfermera le dijera minutos antes.
En momentos como este, él era quien debía demostrar que no tenía ninguna duda. Matilde siempre había mostrado innumerables certezas en los momentos más difíciles que vivieran. Ahora, Gerónimo era el encargado de devolverle la confianza.
Casi siempre todo se había tratado de él; Malvinas; el dolor; la angustia; el sufrimiento… Matilde se encargó una y mil veces de llenar todos los espacios vacíos en su corazón, acompañándolo, conteniéndolo y amándolo. Y eso último, era lo que (en un punto) más lamentaba: que ella lo amara incondicionalmente. Porque, más allá de Matilde, nunca pudo recuperarse del abandono de… ella.
De alguna u otra manera, ella siempre estaba ahí metida, sin la intención de marcharse. Ella era la causa de los males que lo aquejaban; sus llantos, miedos y tristezas. Pero, a su vez, ella había sido la única y la última que lo hiciera sentir vivo. Y eso era lo que más odiaba de sí mismo: que no pudiera corresponder al cariño de una extraordinaria mujer, como lo era Matilde; sin embargo, estaba condenado a amar de por vida a una maldita, que lo único que hizo fue jugar con sus sentimientos y desertarlo como a un juguete. ¿Y por qué siempre tenía que colarse en sus pensamientos?
¡Maldita sea!
Gerónimo ya no era un niño, pero seguía empeñado en meterla en cuanta cosa pensara… Había aprendido a lidiar con su ausencia, sin embargo, no podía arrancarla de su alma por más que quisiese. Tal vez, no quería hacerlo. Razonándolo, sabía que eso sería imposible de lograr…
Cerró los ojos. Se quitó los lentes de contacto y se pasó la mano por la frente. Basta de pensar en idioteces.
-Usted… usted… usted es el esposo de Matilde Marino.
Él levantó la mirada ni bien escuchó la tensa voz de la mujer. Debía ser la doctora… ¿La doctora? Quedó paralizado por completo, sin posibilidad alguna de respuesta. Ni siquiera podía afirmar con la cabeza que él era el esposo de Matilde. Simplemente, parecía irreal. Era imposible. No… no podía ser justamente ella. La médica no podía ser Eugenia. ¡No podía!
Ambos permanecieron en silencio, pero turbados. Gerónimo seguía sin comprender bien que estaba pasando y que estaba sintiendo. Por un instante, pero solo por un instante, pareció que el tiempo nunca había transcurrido, como si fuera ayer que se despidieran en aquel departamento. Como si nada malo los hubiera afectado…
-¿Usted es familiar de Matilde Marino?- Repreguntó Eugenia, esta vez con más seguridad. Basta se dijo a sí misma, prometiéndose mantener la cordura al hablar con él.
Él. Su rostro no denotaba el paso de los años. Sus ojos seguían siendo azules, como en cielo en un mediodía despejado. Pero ahora tenía un cierto aire intelectual que lo rodeaba y lo volvía casi irresistible. ¿Qué dijo? Solamente la verdad… Sin embargo, también formaba parte de la verdad la distancia que había entre ellos. Hasta creyó percibir una cierta tristeza en Gerónimo, pero que no sabía describir con exactitud. Tenía tanto que decirle. Tanto que explicarle…
-Sí.-Dijo al fin, tratando de controlarse.-Soy yo.-Se levantó del asiento y se puso frente a Eugenia. Sin dudas, era ella. Tan hermosa y altiva como solía recordarla. Sentía como si sus grandes ojos verdes lo invadieran. Notaba en ella una cierta calma, que estaba seguro que fingía. Ya había madurado, era una mujer, aunque su rostro de niña desprotegida se mantenía firme al paso de los años. Lo carcomía la curiosidad por saber que estaba pensando, que estaba sintiendo. Quizás, ni siquiera le importaba, pero tenía la inmensa necesidad de saberlo. Por un momento, las palabras de la enfermera volvieron a su mente… la doctora que la atiende vendrá a hablar con usted y le sacará todas sus dudas. La única certeza que tenía era que lo había confundido, aún más de lo que ya estaba. De lo que siempre había estado.
-Bien…-Volvió a decir Eugenia, como si entre cada palabra pasase una eternidad. Gerónimo estaba enfrente de ella. Era muy tentador. Una vez más, ¡basta!
-¿Cómo está mi esposa?-Interrumpió, colocándose los lentes con la mano izquierda.
Eugenia notó el reluciente anillo que llevaba puesto y sintió dentro suyo una especie de punzada. Una fuerte punzada. Era hora de volver a la realidad: Gerónimo estaba casado.
-Bien, Geroni… señor Marino.-No sabía por cuánto tiempo más podría controlarlo.-Matilde se encuentra estable. Tiene traumatismo de cráneo y una fractura en el brazo izquierdo. No descartó alguna que otra fisura en las costillas, pero necesito ver las radiografías primero. Por el momento, su pronóstico es reservado. Mientras tanto, la mantendremos en terapia intensiva.-Explicó.
-¿Por cuánto tiempo?
-No lo sé.- Le parecía increíble, pero estaban charlando.-Todo depende de cómo se recupere, según la gravedad de las heridas.
-¿Y vos…? Perdón.-No tenía que tratarle así, solamente era una desconocida. Se había transformado en una desconocida.- ¿Usted qué cree? ¿Va a mejorarse?
Eugenia no supo que responder. Se quedó tildada en los ojos de Gerónimo. ¿Por qué se sorprendía de actuar de aquel modo? Porque sabía que iba a reaccionar así. Aunque nunca imaginó que volvería a verlo…
-Eugenia, ¿ella se va a recuperar? –Dijo, sin pensarlo, al ver que ella no reaccionaba. Se maldijo por dentro. No debió haberla llamado así. Su inconsciente lo traicionó. Su corazón también.
-Yo creo que sí.-Respondió, al fin.-Pero es mejor ser cautos. No siempre lo que uno quiere que suceda y lo que sucede al fin, van de la mano.-Justamente era lo que ocurrió con ellos. Era lo más sincero que había dicho en mucho tiempo.
-Lamentablemente…-Murmuró, con un dejo de melancolía en sus palabras.-…es así.-Sacudió su cabeza, antes de que los recuerdos lo aturdiesen más todavía.-Gracias… doctora.
Pero, antes de marcharse, recordó que no le había preguntado donde se encontraba Matilde y si podía verla.
-Una cosa más…-Se volvió hacia Eugenia. Esta permanecía en el mismo lugar.- ¿Dónde está? ¿Puedo verla?
-En el cuarto piso.-Se limitó a contestar.-Pero aún no puedes verla. Tal vez, esta tarde.
-Gracias.-Volvió a decir. Cuando se disponía a irse, Eugenia lo tomó del brazo para evitar que lo hiciera. Gerónimo sintió como si su tacto lo quemara por dentro. Ya había olvidado cómo era sentirla contra su piel… Le provocó un tenue cosquilleo que lo aterró.
-¿Cómo estás?-Lo miro fijo a los ojos, sin soltarlo. Por lo menos quería saber cómo había estado todos estos años…
-Sobreviviendo a la amargura.-Respondió, sin expresión alguna. Frío. Dejó que el odio ganara por esa vez. Porque no era precisamente eso lo que estaba comenzando a sentir. Sino todo lo contrario… y era eso lo que más lo aterraba.
Gerónimo se soltó y empezó a alejarse, ante la triste mirada de Eugenia, que lo veía perderse hacia el fondo del pasillo… sabiendo que sus ilusiones nunca se habían separado de él.
Opaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
ResponderEliminarNaaaaaaaaaaaaa, este cap. me matoooooooooo!
Diso mio, encima no puedo evitar que cada vez que leo tus historias, me imagino todoo! Como una peli, y más que el personaje se parece a Richy :O No puedo evitarlo sobrii, te admiroooooooooooo!
La verdad, wowwww! Hermoso cap, amo la historiaaa!
Te quieroooo muchooooooooooooooooooooooo sobri, ya queiro el prox. cap, quiero que hablen bien y vuelvan a juntarse :D
Te quiero sobbri! :D
Besos!♥