Escrito por Marìa Belèn

Escrito por Marìa Belèn

martes, 7 de septiembre de 2010

Untiltled I: 3ª Parte

Llevaban una semana compartiendo el curso, los trabajos de Matemática, los gritos de la profesora de Biología y esporádicas charlas sobre los chismes del colegio. No tenían una relación de amistad, solamente se trataban cordialmente, como dos compañeros de banco. Por lo menos Eugenia lo veía así, porque Gerónimo la amaba cada vez más.
En tanto su entorno seguía siendo el mismo: ella no tenía contacto alguno con su familia; mientras él continuaba ayudando a su madre, Rosario, con alguna que otra changa que tenía después del colegio.
Luego de una última hora de Historia intensa y agotadora, acabó la semana. Gerónimo se dispuso a salir, en dirección a la parada del bondi, que lo dejaba a unas cuadras de su casa. El ardiente sol, que hacía saber lo cerca que estaba la primavera, no lo dejaba pensar en nada. Tan solo quería llegar a su casa y darse una siesta reparadora. Después, quizás, iría a lo de Francisco, para hablar un poco y ver algo de televisión.
Gerónimo continuaba su viaje hacia la parada, de manera mecánica, pero no había notado que alguien lo estaba siguiendo desde que saliera del colegio. De pronto, sintió que lo tomaban del hombro y se asustó, en un primer momento. Si hubiese sido más rápido, quien lo seguía se habría llevado un bonito golpe de regalo. Pero ella lo sorprendió, otra vez…Eugenia había sido quien lo estaba siguiendo.
-Tranquilo.-Sonrió, despreocupada.-Soy yo, no me pegues.-Bromeó. Gerónimo quedó con su puño en el aire, anonadado. Lo único que atinó a hacer fue caminar hacia adelante, imitando a Eugenia.
Habían caminado una cuadra juntos, en silencio. Ninguno, al parecer, tenía mucho para decir. Por lo que Gerónimo decidió aprovechar de una buena vez la oportunidad que tenía de hablar con ella. Lo único que se preguntaba era porque Eugenia estaba caminando a su lado. Porque, hasta lo que él sabía, ella volvía a su casa del lado contrario que él. Aunque, para empezar, ese era un buen tema de conversación.
-¿Para dónde vas?–Se animó a preguntar, pensando que lo había dicho como un idiota.
-¡Hablas!–Exclamó ella, risueña.-Pensé que eras mudo. Lo digo porque nunca hablamos.-Continuo bromeando.
-Pues…sí. Tengo voz.-Decidió seguirle la corriente.-Pero vos no me respondiste todavía.-Sonrió.- ¿Vivís por esta parte? ¿O tienes que hacer alguna otra cosa por acá? –Insistió.
-No.-Contestó, distraída.-Me voy con vos.-Dijo, llegando a la parada. Los ojos de Gerónimo se abrieron de par en par, escuchándola decir aquello. ¿Era alucinación suya o Eugenia lo estaba acompañando? ¿Por qué diablos tenía que serle todo tan complicado? ¿Qué pretendía ella con todo esto?
-¿Qué?-Dijo, sorprendido, confundido. Era una mezcla extraña de emociones y sentimientos, que le provocara esa respuesta. Eugenia tenía poder absoluto sobre él, solo que ni siquiera lo intuía. O por lo menos, así parecía ser.
-Mira, Gero.-Comenzó.-Si no te molesta, me gustaría irme con vos. Porque, primero, no quiero volver a mi casa y, segundo, Martín me está molestando y si me ve con vos, tal vez, deje de hacerlo.-El colectivo estacionó justo al lado de ellos. Gerónimo no tenía mucho que pensar. Sabía cuál era la respuesta, solo tenía que coordinar todos sus sistemas, para reaccionar a tiempo.
-Bueno.-Sonrió al fin y le tomó bruscamente la mano, porque el colectivo se marchaba. Eugenia se acomodó en uno de los asientos del fondo, mientras él pagaba los boletos. Quizás, esa tarde, había comenzado algo (por así decirlo) entre ellos. Gerónimo no estaba seguro de ello, se había quedado atontado, recordando la manera en que ella lo había llamado. Pero, por otro lado, ¿cómo iba a ser su relación con ella? ¿Tendría que portarse como un amigo? ¿Era mejor decirle que le gustaba, para evitar malos entendidos?
-¿Vos por dónde vivís?-Inquirió Eugenia, regresándolo al mundo real.-Me gustaría saber a dónde estamos yendo.
-En Once.-Respondió, con un semblante poco usual para una persona normal. Irradiaba felicidad y le era imposible disimularlo. Pero su sonrisa se desdibujó un tanto, al ver la mueca de descontento de Eugenia, al decirle dónde vivía.
-¿Eres judío?-Fue lo primero que se le cruzó por la cabeza y no pudo evitar preguntarlo en voz alta. En realidad, no era buena para ocultar lo que pensaba. Además, le parecía extraño que alguien que vivía en Once terminara en un colegio, como el San Andrés.
-No, no soy judío.-Había descubierto que su amada era un poco “tonta” y sonrió al pensarlo.-Solo soy un chico con suerte…-Evitó, lo más que pudo, confesarle su amor y besarla en ese mismo instante. Eugenia se limitó a sonreír y volver su mirada al ajetreado paisaje urbano.
El colectivo los dejó a dos cuadras de la casa de Gerónimo, un pequeño departamento remodelado, en el sexto piso de un, no muy lujoso, edificio. Caminaron las cuadras que faltaban, en absoluto silencio. Él podía ver que Eugenia no estaba muy acostumbrada a la realidad que presentaba su barrio. Sin embargo, no notó ninguna clase de incomodidad de su parte, sino más bien intriga sobre ese mundo que estaba descubriendo.
Al fin, ambos llegaron al departamento. Eugenia se acomodó en un pequeño sillón que se encontraba a un costado, junto a la ventana que daba a la calle. No sabía muy bien por qué se le había dado por seguir a Gerónimo, pero no se arrepentía de ello, a pesar de que viviera en un lugar al que no estaba acostumbrada. En un principio, había sido por que Martín insistió en llevarla a almorzar con él y la excusa de irse con Gerónimo le había resultado efectiva. Pero, ahora que lo pensaba un poco más, él no era como los demás chicos que había conocido. Es decir, no trataba de conquistarla ni, mucho menos, de pasarse de listo con ella. Parecía más centrado que el resto y, a su vez, inocente. Y si lo pensaba un poco más, era lindo. Por lo menos, para ella, lo era. Él era un chico común, aunque demasiado flaco, con unos inmensos ojos celestes, que los escondía detrás de sus lentes durante las horas de Lengua. También Gerónimo le inspiraba una cierta confianza, que ningún otro chico había logrado despertar en ella. No estaba segura de nada, pero sabía que quería tenerlo en su vida. De una u otra forma haría lo necesario para conocer más a ese chico introvertido que, de la nada, había despertado su curiosidad.
-No hay nadie en casa.-Anunció Gerónimo, retornando de su cuarto, luego de haberse cerciorado de que su madre estaba trabajando y su hermana también.-Si hay algo que te incomoda podes…
-Para nada.-Se apresuró a contestar.-Te puede parecer extraño, pero hay algo que siento acá que no siento en mi casa.-Lo que estaba confesando, por más minúsculo que pareciera, era real. La casa de él tenía algo que la suya, con todos los lujos habidos y por haber, no tenía y eso la hacía más disfrutable. Pero no sabía identificar bien qué era y por qué sentía aquella sensación de…calma.
-Sí… ¡esto es horrible!-Exclamó, haciéndola sonreír.-Pero no se la pasa tan mal, sabes. Aunque te la vas a tener que aguantar, vos quisiste venir conmigo.-Rió. Se acomodó en una silla que estaba frente de Eugenia.
-No es eso, Gero.-Volvió a llamarlo así.-No me vas a creer….pero esto es mejor que estar encerrada en mi cuarto.
-¿Enserio? ¿Por qué?-Se suponía que, con la ostentosa vida que ella levaba, su casa debía parecerle una pocilga. Y esa no era precisamente la impresión que ella se estaba llevando de allí.
-Creo que es…bueno, esto no se lo conté a nadie y no sé porque te lo cuento, pero…en mi casa todo es muy, por decírtelo, frío.-Al ver que él no entendía lo que estaba diciéndole, intentó explicarse mejor.-Quiero decir que, no siento que sea importante para nadie allí. La única que parece preocuparse por mí, es la empleada de mi mamá. Después de ella, a nadie más le importo.-Giro su cabeza y vio una foto de la madre de Gerónimo, junto a él y, parecía ser, su hermana.-Y ahora que observó tu casa… esta foto, por ejemplo.-Tomó la misma.-Puedo ver que a vos sí te quieren y te tienen consideración…-Bajó la mirada y suspiró amargamente.-Ojala mis padres también me quisieran así.
Gerónimo no dijo nada. Él había sufrido más de lo que Eugenia imaginaba, pero no era momento de decirlo. De su pecho brotó la necesidad de contenerla y acabó por abrazarla.
Esa chica, a la que parecía no importarle nada, ahora estaba en sus brazos, triste, desprotegida. Por un lado, le alegró saber que era mucho más inteligente que todas las envidiosas que hablaban mal de ella. Pero, por otro, se encontró con una muchacha necesitada de afecto, de amor. Lo que le demostró que sus actitudes, eran tan solo una fachada que encubría sus temores y su angustia.
Sin embargo, él estaba conteniéndola en ese momento. Y estaba dispuesto a ser su refugio, cada vez que lo necesitara.

1 comentario:

  1. Hayyyyyyyyyy sobriiiiiiiii!

    Te pasastes! :D

    Ya quiero el 4º capituloooooooooooo!
    Jajajaa!

    Esta hermoso! Que lindooo! ♥ Hay cada dia mas juntos! Re tierno Gerónimo! se re parece a Richy! :D

    Te Quiero Muchoooooooo sobri!

    Sos una genia! :)

    Besits! ♥

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